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del Pueblo

Personajes:
Natalio.
Empleado de oficina.
Olmos.
Benigno de nombre.
Matagente.
Un muchacho.
Gerente.
El Torito Mazzarone.
Isabel.
Una secretaria. Hermosa.
Solo amo a la gente vulnerable.
Pienso que son los únicos que están realmente
vivos.
Marguerite Duras
Las oficinas de Round Producciones, empresa dedicada
a las actividades boxísticas. Construcción
antigua bien conservada. Paredes altas. Signos de confort
de otra época que conviven con agregados, el
mobiliario, por ejemplo, de diseño moderno
Sobre las paredes, fotografías de boxeadores
y afiches anunciando combates que ya fueron.
La puerta de acceso a la oficina no se ve, está
al fondo de un corto pasillo que se asoma al ámbito.
Se ve, en cambio, la puerta del despacho de la gerencia,
identificada con la palabra Gerente, la cual ha perdido
una e.
Una ventana acorde con la altura de las paredes da a
la calle. Abierta de par en par. La brisa agita de tanto
en tanto las cortinas blancas y casi transparentes.
Es el atardecer de un agobiante día de verano.
Natalio, en camisa, corbata floja, escribe a máquina.
Rápido y afanoso.
Entra Olmos. Traje color arena con chaleco, corbata
y pañuelo de bolsillo carmín oscuro. Zapatos
con capellada blanca con base negra. Llega de muy buen
humor, cantando una canción de los Redonditos
de Ricota. Saluda: los pulgares para arriba.
Olmos. Bonjour (sigue cantando.) Vivir
sólo cuesta vida...
Natalio. Hola.
Natalio arranca el papel de la máquina. Lo
hace un bollo, lo arroja al cesto.
Olmos. ¿Qué hacía? Siga.
Sólo Natalio advierte la entrada silenciosa
de un muchacho a espaldas de Olmos. Jean roto en las
rodillas, saco de vestir y pelo atado detrás.
Zapatillas. Masca chicle.
Natalio. Hacía como hacía. Un modo
de pasar el tiempo y no despertar sospechas.
Olmos. ¡Muy bien! ¡Buen recurso!
Aplausos (aplaude.) Aplausos para Natalio.
Natalio. Lo esperaba solo. En eso habíamos
quedado.
Olmos. Y vine solo.
Natalio señala con el dedo al muchacho, que
sonríe al sentirse descubierto.
Natalio. ¿Cómo entró? ¿Usted
lo hizo pasar?
Olmos. Yo no lo hice pasar. Entré como
usted me dijo que tenía que entrar. La puerta
se cerró detrás mío con las dos
trabas. Escuché el trac trac. Como en la cárcel,
Natalio.
Natalio. ¿Entonces? ¿Pasó
por el agujero de la cerradura?
El muchacho ríe.
Natalio. ¿Quién es? Un boxeador
no es. Yo los conozco a todos (al muchacho.)
¿Qué desea?
Olmos. Yo lo conozco.
Natalio. Hubiéramos empezado por ahí.
Me puso nervioso.
Olmos. ¡Pero no vino conmigo, de ninguna
manera! (grita al muchacho, a boca de jarro.)
¡Matagente!
El muchacho ríe. Saca un encendedor del bolsillo,
que enciende y apaga. Una nerviosa manía que
mostrará siempre (a veces acercará la
mano a la llama, o fingirá el intento de quemarse
las uñas o las puntas de los dedos.)
Olmos. (confirma a Natalio.) Matagente.
Un fumón con mucha historia. Lo último
(espera la autorización de Matagente, quien
asiente; entonces informa a Natalio.) Asalto a estación
de servicio. Zona norte. Murió el sereno. El
sereno y...
Matagente. (interrumpe y grita a la manera
de los umpires de tenis.) ¡Nooo!
Olmos. El sereno, nada más. No hubo que
lamentar más víctimas
Matagente acuerda. Vuelve a reír.
Olmos. (a Natalio, afirma.) Muy nervioso,
Natalio. Tenso como las cuerdas de un violín.
Natalio. Ufff. Tiene razón. La cabeza
en otra parte. En una nube.
Olmos. Yo: puntual.
Olmos saca un reloj del bolsillo del chaleco. Coteja
la hora con el reloj pulsera de Natalio, con el reloj
de pared y con...
Olmos. ¿Qué hora, Matagente?
Matagente se desentiende, no tiene reloj.
Olmos. (a Natalio.) Así
son. Así trabajan. Todo improvisado. Intuición
y olfato. Ni siquiera un mísero reloj pulsera.
Matagente, por favor. Un relojito. Un relojito de cinco
guitas.
Matagente ríe.
Olmos. Me callo. Me está tomando para
el churrete.
Natalio. La soberbia de la juventud, Olmos.
Creen que van a ser jóvenes toda la vida. Tengo
un sobrino, de esa edad más o menos, que no escucha
a nadie. Sabe todo de todo. No cree en la experiencia
de uno que...
Matagente ríe.
Olmos. De usted también se está
riendo.
Natalio. No le contesto. Sé que no vale
la pena. Igual a mi sobrino.
Matagente saca un frasco de pastillas y traga un
puñado.
Olmos. (burlón canta aquello de los
Redondos.) Con pastillitas entré en gladiador...
Matagente ríe e hincha el pecho, como si las
pastillas le hubieran dado la fuerza de un superhombre.
Olmos. Nosotros también tenemos lo nuestro
(a Natalio.) ¿Trajo?
Natalio. Traje. Tal cual usted me pidió
(saca una botella de ginebra del cajón.)
Aquí tiene.
Olmos desafía a Matagente: destapa la botella
y bebe un buen sorbo de ginebra. También imagina
que la bebida le produjo efectos transformadores: hincha
el pecho, es un superhombre.
Olmos. (ofrece la botella a Natalio.)
Usted, amigo.
Natalio. Yo no podría probar ni una gota.
Olmos. ¡Eh! Insisto. Hace bien. Tranquiliza,
relaja. Y usted...
Natalio. Tengo el estómago vacío.
No probé bocado desde la mañana. No pude,
no me pasaba por...
Olmos. Me cansa con tantas vueltas, Natalio.
Olmos insiste y Natalio tiene que aceptar. Bebe un
sorbo que le cae como plomo hirviendo. Natalio tose,
se ahoga.
Olmos. (le arranca la botella de las manos.)
Pídale pastillitas al mocoso (bebe otro buen
sorbo.)
Natalio. La falta de costumbre, Olmos ¿Qué
pretende de mí? Le dije que no iba a poder. ¿Su
gente?
Olmos. Presta a llegar (consulta su reloj.)
Dentro de siete minutos exactos los tenemos aquí.
Si se asoma los va a ver llegar. Un Falcon azul.
Como si la invitación se la hubieran hecho a
él, Matagente se asoma por la ventana.
Natalio. Vea qué atrevimiento.
Olmos. (se alza de hombros.) ¿Y
qué está viendo, Natalio? ¿Qué?.
Los adoquines de la calle. Los arbolitos de la plaza.
Faltan siete minutos para que lleguen. Se consiguieron
un buen auto. Falcon azul. En buenas condiciones. Chapa
de la provincia (bebe ginebra, la saborea con disgusto.)¿Querosén?
¿Nafta de avión?
Natalio. Pedí ginebra y me vendieron eso.
No soy un entendido.
Matagente. ¡Ahí llegan!
Olmos, alterado consulta su reloj. Coteja la hora
con el reloj de pared, con el de Natalio.
Matagente. Falcon azul. Chapa de la provincia
que termina en cuatro.
Natalio. ¿No será una coincidencia,
Olmos? Falcon azules hay a montones.
Olmos. (asomado a la ventana.) Aplausos.
Aplausos para los muchachos. (aplaude.) Ya llegaron.
El doctor estacionó con dos maniobras. Un genio
al volante. El auto como un juguetito, hace lo que quiere.
Natalio. (se une a todos en la ventana.)
Llegaron antes.
Olmos. Alguien tiene mal el reloj. Adelantado.
Natalio ¿Cuántos son?
Olmos. En que habíamos quedado, Natalio.
Natalio. Tres.
Olmos. Tres, muy bien. Y yo cuatro.
Natalio. Y yo, cinco. No me deje afuera, Olmos.
Olmos. A quién se le ocurre? Usted es
el más importante, Natalio.
Natalio. Tampoco para tanto. Un buchón.
Un vulgar entregador.
Olmos. Lo habría hecho solo.
Natalio. Nunca. ¿De dónde saca
eso? Yo soy muy cagón.
Olmos. Jamás vi a una persona tan decidida.
Natalio. Siempre me pasó lo mismo. Cada
vez que se guardó una bolsa importante aquí,
yo tomaba la decisión: esta vez me la afano,
esta vez me la afano. Muy decidido, Olmos. Muy
decidido. Me comía a los chicos crudos. Pero
poco a poco iba perdiendo el furor. Al final me convencía
de que no podía ser, que yo nunca. Y manso, muy
mansito, iba con toda la guita y la depositaba en el
banco. Toda. Ni una moneda para mí. Soy muy cagón,
Olmos.
Olmos. Alguna vez la gota desborda el vaso. El
cántaro va a la fuente hasta que...
Natalio. Agradezco el día en que lo conocí.
Olmos. (burlón.) ¡Epa!. Me
va a hacer llorar de emoción. Póngale
violines. (imita violines.)
Matagente ríe.
Olmos Yo también tengo mucho que agradecer,
Natalio. Haberlo conocido me permite morder en
un postre bien grande. ¿Nos manejamos con las
mismas cifras?
Natalio. Las mismas. Más de siete millones.
Casi ocho.
Olmos. (entusiasmado.) ¡Mi madre!
Transpiro de felicidad.
Natalio. Están ahí, quietitos,
esperando que los saquemos a pasear.
Olmos. Aplausos, aplausos para Al Capone (aplaude.)
Natalio. Mandé a todo el personal para
su casa. Les di el día franco.
Olmos. En eso habíamos quedado.
Natalio. Cumplí.
Olmos. (yendo hacia la gerencia.) ¡Muy
bien diez, Natalio! Enseguida se lo pongo en la libretita,
para que lo vean sus padres. Y lo voy a proponer como
abanderado de la escuela.
Natalio. (alarmado.) ¡Qué
va a hacer!
Olmos. Nada. Escucho (escucha a través
de la puerta.)
Natalio. Hice que se vaya hasta el pibe que sirve
café. Y esa bestia se toma uno cada quince minutos.
Olmos. ¿Con quién está hablando?
Natalio. Por teléfono. A los Estados Unidos.
Larga distancia, por eso grita tanto. Está obsesionado,
quiere organizar una pelea por el título mundial
de los pesados. Está loco con eso. No piensa
en otra cosa.
Olmos. Ahora no grita. Habla con alguien. Voz
baja.
Natalio. Con su secretaria. Está con él.
Olmos. (disgusto.) Ummm.
Natalio. A ella no puedo darle órdenes
y mandarla a la casa como hice con el resto. Responde
sólo a él. A mí no me hace caso.
Olmos. No me gusta.
Matagente. A mí tampoco.
Olmos. Ahí tiene. Matagente está
de acuerdo conmigo. Tiene dos opiniones en contra, Natalio.
Está perdiendo dos a cero.
Natalio. No es para preocuparse, Olmos.
Es una bobita. Buena chica pero... Se le podría
robar la bombacha sin que ella se dé cuenta.
Olmos. ¿Buen culo?
Matagente ríe.
Natalio. ¿Qué se hace con esa chica?
Olmos. Ningún problema, Natalio.
Se le pega un tiro y listo (muestra el arma que porta
en la sobaquera.) Pum, pum, y se acabaron las preocupaciones.
Natalio. Me cuesta, Olmos. Matarla por...
Pero usted dijo que no podían quedar testigos.
Olmos. Ni para remedio. Peligroso. La policía
los interroga, ellos empiezan a contar lo que vieron
y... Pum, pum, Natalio. No queda otra. ¿Qué
va a hacer con su mujer?
Natalio. ¿Con mi mujer?
Olmos. Necesito tener un panorama completo, Natalio.
Qué va a hacer con su mujer. Cuénteme.
¿La va a llevar con usted? ¿O la va a
dejar varada acá, en Buenos Aires, mientras usted,
allá se consigue una linda mulatita?
Natalio. La llevo conmigo. Saqué pasajes
para los dos. La quiero. Veinte años de matrimonio.
Mucho tiempo.
Olmos. ¡Muy bien! Aplausos. Aplausos para
Natalio (aplaude.) Buen marido y mejor compañero.
En las malas y en las buenas.
Natalio. ¿Y usted?
Olmos. No soy casado. No llevo a nadie a la rastra.
Natalio. La otra noche, cuando cenamos, usted
trajo una rubia que me pareció...
Olmos. Amorío del momento, Natalio.
Muy pasajero. Sin futuro. Para mí no es fácil,
Natalio. Nada fácil. Apenas las mujeres
se enteran de lo que uno es, salen corriendo.
Natalio. Hay mujeres para todo.
Olmos. ¿Qué pasa cuando se acercan?
¿Y me abrazan?
Natalio. ¡Qué se yo! Las abraza
también. Aprovecha la oportunidad. No tiene cara
de sonso.
Olmos. ¡Tropiezan con esto, Natalio! (se
refiere al arma, que lleva en la sobaquera.) Y ahí
comienzan las preguntas que uno no sabe cómo
contestar (advierte que Matagente está escuchando
a través de la puerta de la gerencia.) ¡Fuera
de ahí! (a Natalio.) No hay que
dejarle hacer todo lo que se le antoje. Ese chico se
toma mucha confianza.
Natalio. Está tan obsesionado con sus
llamadas a Norteamérica que ni cuenta se va a
dar de que lo están espiando.
Olmos. ¿Quién manda aquí?
Natalio. ¡Usted! No lo dude ni un minuto.
En eso también quedamos.
Olmos. Y yo digo que ese pendejo tiene que salir
de ahí (a Matagente, lo apunta con el arma.)
¡Fuera!
Matagente obedece.
Olmos. (orgulloso.) Nueve tiros. Es el
arma que usan los comandantes israelíes.
Natalio. La verdad es que yo no sabría
por dónde agarrarla. A partir de hoy va a poder
tirarla a la basura.
Olmos se asusta. Protege el arma. La besa.
Natalio. No la va a necesitar más.
Olmos. ¿Una vida nueva, dice usted?
Natalio. Eso digo. Una vida nueva. Para usted
y para mí. También para sus muchachos,
claro. Para todos.
Olmos. Pero lo que uno es lo sigue siendo durante
todo el tiempo. Lo tiene impregnado con brea, con alquitrán
caliente.
Natalio. ¡Macanas! Con dólares se
tapa todo, Olmos. Puede hacerse una cara nueva
si se le antoja. Contrata al mejor cirujano plástico
del mundo y ...
Suena la chicharra del intercomunicador. Estridente.
Olmos y Matagente se asustan. Olmos apunta a todas partes,
con su arma de nueve tiros. Matagente saca un cuchillo
de entre sus ropas, amenaza al aire.
Natalio pide calma, con gestos.
Olmos. ¡Explique de qué se trata,
carajo!
Natalio Llaman de adentro (señala la
gerencia.) Seguro que es para pedir un café
(aprieta un botón del intercomunicador.)
Escucho.
Mujer. (su voz.) ¿Con quién
hablo?
Natalio. Natalio.
Mujer. ¡Ah, Natalio! Usted otra vez ¿El
chico?
Natalio. Todavía no volvió, señorita.
Mujer. Qué contratiempo. El señor
quiere un café.
Natalio. Enseguida se lo hago llevar.
Mujer. Gracias, Natalio. Gracias por la
molestia.
Natalio. Se toma uno cada quince minutos (sirve
café en una taza.)
Olmos. ¿Ella?
Natalio. Ella. La secretaria. Isabel.
Olmos. (canta.) Isabel por favor te lo
pido...
Natalio. (la taza en una bandeja, a punto
de entrar a la gerencia.) No me haga reír,
Olmos.
Olmos. La risa es salud.
Natalio. Si entro riéndome y me preguntan
de qué me río, qué les digo.
Olmos. La verdad, Natalio. La verdad. Se ríe
porque se siente muy feliz. Está a punto de afanarle
toda la plata que guarda ahí adentro y rajarse
para el Caribe. A vivir la vida de un emperador, Natalio.
En bolas, tirado bajo los cocoteros.
Natalio. No puedo pensar en eso, Olmos. Cada
vez que entro a esa oficina y estoy delante de él
me transpiran las manos y me tiemblan las piernas. Parezco
un adolescente que...
Olmos. Nervios.
Natalio. Más que eso, Olmos. La mala conciencia.
Es como si llevara un cartel aquí, en la frente,
que dice ladrón, ladrón.
Olmos. Y asesino. Vamos a tener que matar al
tipo y ahora también a esa chiquilina.
Natalio. No me diga eso justo ahora que voy a
...
Suena la chicharra.
Natalio. Tardo demasiado. Se pone impaciente
(grita a través de la puerta.) ¡Ya
va!
Olmos lo detiene.
Olmos. Un momento.
Olmos escupe dentro de la taza de café.
Matagente ríe.
Olmos. Adentro, adentro que ese café se
enfría (lo empuja.)
Natalio entra a la gerencia.
Olmos apunta con su arma a Matagente. El muchacho
intenta defenderse con el cuchillo. Luego escapa. Olmos
lo persigue, lo acorrala. Apoya el caño del arma
en la frente de Matagente. Simula disparar. Y Matagente
simula morir. Cae al suelo.
Olmos. ¡Bang, bang! Estás liquidado.
Natalio sale. Vio el final.
Natalio. (con disgusto.) ¿Los nenes
están jugando?
Olmos. Con Eichman no necesitaron ni usarla.
Se la mostraron. Nada más. No hizo falta otra
cosa. Y el nazi se metió calladito dentro del
avión (guarda el arma en la sobaquera.)
Natalio. Se quejó porque se lo sirvo frío.
Reclama al chico, al cadete. Dice que se
lo sirve como a él le gusta.
Olmos. ¿Jovencita?
Natalio. ¿No la sacó por la voz?
Olmos. (afirma.) Jovencita.
Natalio. (idem.) Jovencita.
Olmos. ¿Veinte? ¿Veintiuno, veintidós?
Natalio. Cerca. Diecinueve años.
Olmos. ¡Un pimpollo! ¿Natalio, usted
conoce algo más hermoso que una
secretaria en el subte?
Natalio. Yo viajo leyendo el diario. No veo nada
de lo que ocurre a mi alrededor.
Olmos. Me va a costar pegarle un tiro.
Natalio. Usted fue el que dijo que era inevitable.
Olmos. Propóngale que se venga conmigo.
Si acepta le perdono la vida.
Natalio. ¡Vaya la solución! ¡Qué
disparate! Anda con él, Olmos. Vé
con sus ojos, respira con su nariz. No hay otro hombre
en el mundo que no sea ese salvaje.
Olmos. (desalentado.) Ah, la femme, la
femme.
Matagente ríe.
Natalio. (por Matagente.) Lo entendió.
Sabe francés.
Matagente. Yes.
Natalio. (ríe.) ¡Bestia!
Yes es...
Olmos. Se burla, Natalio. La oveja negra de una
buena familia. Estudió en los mejores colegios
ingleses.
Matagente. (a Natalio.) Good save the
king.
Olmos. Seis o siete idiomas. Una educación
del carajo. Muy a fondo.
Natalio. Sáquesela de la cabeza, Olmos.
Confórmese con las mulatitas.
Olmos. Cambié, Natalio. Viajo a Sudáfrica.
Mejor clima. Más confort. Se pueden hacer negocios.
Ahí no hay mulatitas.
Natalio. Yo le mando una desde Jamaica. Por correo
y envuelta para regalo. Me tiene que dejar su dirección.
Para colmo hoy se trajo una pollerita que...
Olmos. ¡Cállese! Cómo voy
a hacer para sacármela de la cabeza si usted
me...
Natalio. Tengo ojos para mirar, Olmos. Tampoco
soy de fierro. Hasta acá la pollera.
Olmos. Necesito un teléfono (busca
con la mirada.) ¿No hay teléfono aquí?
Natalio. (ofrece un teléfono que guardaba
escondido.) Lo escondo para que no se tienten los
boxeadores. Lo ven y se les antoja hablar con sus novias.
¡Horas! Después a fin de mes llegan unas
cuentas que dan escalofríos.
Olmos. Necesito el número de la policía.
Natalio. ¿Qué me pide?
Olmos. ¿Sordo? El de la seccional más
próxima.
Natalio. ¡Se volvió loco, Olmos!
¡Me va a denunciar! ¡Resultó un soplón!
Matagente, también asustado, blande su cuchillo,
sin ton ni son.
Natalio. (a Matagente.) ¡La policía
suele usar a esta gente! ¡Soplones! ¡Delatadores!
¡Se meten en el asunto, se ganan la confianza
y después denuncian.
Natalio corre el perchero, descuelga su saco y sigue
carrera hacia la puerta de calle.
Matagente amenaza a Olmos con el cuchillo. Olmos lo
mantiene a distancia apuntándole con su arma
israelí.
Olmos. (grita a Natalio.) ¡La puerta
de calle no se puede abrir! ¡Sin llave no se puede
abrir! (agita el manojo de llaves que encontró
sobre el escritorio de Natalio.)
Silencio
Natalio asoma su rostro desolado. Mira. Olmos sigue
agitando las llaves, como una campanilla
Olmos. ¿No hay manera, no?
Natalio. No. No hay manera. Usted tiene las llaves.
Olmos. ¿Cuál es? Yo adivino (busca
entre el manojo, elige una.) ¿Esta?
Natalio. Esa saca las trabas.
Olmos. ¿Con esta se abre la puerta? (Natalio
asiente.) Tengo mucha experiencia. Uno ya sabe algo
de esto.
Natalio (a Matagente.) ¿Usted
no puede hacer nada? Claro, qué va a hacer con
ese cuchillito. Ese infame tiene un revólver
que parece un cañón (a Olmos.)
Nunca imaginé que podía caer en una trampa
así. Como un chorlito.
Olmos. ¿El número que le pedí?
Natalio. (a Matagente.) ¿Y
usted qué le va a decir a sus padres? Lo mío
no tiene tanta importancia. Ya soy un hombre grande.
No digo viejo, pero ya hice mi vida. Usted tiene un
futuro por delante. Prometedor. Títulos.
Matagente. Bachiller.
Natalio. ¡Bachiller, mire usted! ¿Terminó?
¿Ya se recibió?
Matagente. (asiente.) Bachiller en Artes.
Natalio. ¡Para colmo! Todo un porvenir
por delante. Ir a la cárcel, por culpa de esa
rata. Da rabia.
Olmos traga un sorbo de ginebra. Disgusto.
Olmos. ¿Seguro que no había de
otra marca?
Natalio. Pedí ginebra y me dieron ginebra.
Basta con ese asunto. El número que busca lo
va a encontrar detrás suyo. En esa cartulina
colgada en la pared. ¡Esa!
Olmos arranca la cartulina de la pared. Sigue apuntando.
Olmos. Tranquilos. El que da un pasito pierde.
Natalio. ¡No soy yo, Olmos! ¡No soy
yo! ¡Es este muchacho que se mueve sin parar!
¡No hizo otra cosa desde que llegó! (Matagente
lo hace callar, lo amenaza con el cuchillo.)
Olmos. (mientras marca en el teléfono.)
Matagente.
Matagente. ¿Señor?
Olmos. Quietito.
Natalio. Será un apodo, me imagino.
Olmos. ¿Qué?
Natalio. Matagente.
Olmos. Bien ganado que lo tiene.
Natalio. El comisario es muy amigo mío.
Le va a costar hacerle creer que yo...
Olmos. ¡Chito!
Natalio. (rabioso.) Aplausos, aplausos
para Olmos.
Olmos. ¡Chito le he dicho!
Natalio. ¡Maldigo la hora en que lo conocí!
¡La maldigo con toda mi alma! (llora, la cara
contra la pared.)
Olmos. (lo atienden.) Hola. ¿Puedo
hablar con el comisario? De aquí, de... Mierda,
¿cómo se llama este lugar?
Natalio. (a Matagente.) ¡No
le diga nada! ¡No lo ayude!
Olmos. (sonríe triunfal, acaba de recordar
donde está.) De Round Producciones, señor.
Sí, sí, cómo no (ahoga el tubo,
a Natalio.) Se creyeron que es usted el que
habla.
Natalio. Se comunican conmigo por lo menos una
vez a la semana. Siempre para pedirme entradas.
Olmos. (lo conectan con el comisario.)
Hola, comisario, cómo le va. No, no. Un socio
nuevo. Olmos es mi nombre. O, ele, eme, o y ese.
Natalio. Aclare bien su apellido. Así
lo tienen en cuenta para los ascensos.
Olmos. (al comisario.) Bien, muy bien.
Aquí lo tengo cerca mío. Un burro de trabajo,
sí señor. Siempre metido entre sus papeles.
Confiamos mucho en él. Usted sabe lo que significa
para la empresa. Un brazo, una pierna. Más que
eso, sí señor.
Natalio. (rabioso.) ¡No quiero más
elogios! ¡Haga la denuncia de una buena vez!
Olmos. Se enoja, claro que se enoja. A los gritos.
Porque estoy ocupando el teléfono. No, no. Olmos,
con ese final. Así, muy bien.
Natalio. Dele con su apellido. ¿Qué
pretende, salir en los diarios?
Olmos. (al comisario.) Vamos al grano,
comisario. Lo molestamos porque aquí tenemos
una gran preocupación. Un auto sospechoso. Sí,
comisario. Estacionado aquí abajo. En la plaza
pero frente a nuestro edificio. Falcon azul. Tres tipos
adentro que no se bajan. Estacionaron y se quedaron
adentro, como esperando algo. Muy preocupados. Aquí
todavía tenemos la recaudación del sábado.
¡Toda! Mucha plata, comisario. ¿Qué
dice? ¡Más que eso! ¡Mucho más!
Cerca, cerca de esa cifra, claro. Por eso estamos tan
intranquilos. De rutina, comisario. Un procedimiento
de rutina. Documentos y alguna otra averiguación.
Nada más. A lo mejor se trata de tres pobres
inocentes que están esperando vaya a saberse
qué.
La situación se ha distendido para Matagente.
Se tranquiliza. Ríe. Guarda el cuchillo.
Natalio todavía no entendió.
Olmos. Enseguida se lo averiguo, comisario (ahoga
el tubo, consulta a Natalio.) ¿Para
cuándo la próxima pelea?
Natalio. Dentro de dos semanas. González
contra un negrito de Salta. Dos welters insignificantes.
Olmos. No le puedo decir eso. Me está
pidiendo entradas.
Natalio. Prométale dos. Para el ring side.
Olmos. Dentro de dos semanas, comisario. Una
buena pelea. Dos welters que prometen. Dos entradas,
sí señor. Dos entradas para el ring side.
Asiento preferencial, comisario.
Natalio. Cuarenta y ocho horas antes las manda
a buscar. Como siempre.
Olmos. Cuarenta y ocho horas antes. Ah, ya lo
sabe. Muy bien, señor comisario. Un abrazo y
gracias por todo. (cuelga.)
Natalio. Explíqueme. Estoy confundido.
No entiendo nada. Acaba de denunciar a sus amigos.
Olmos. Ajá.
Natalio. Cómo ajá. Necesito una
explicación (a Matagente.) ¿Usted
entiende? (Matagente ríe: entendió.)
¡Mierda, Olmos! Recién pasé por
un susto grande y ... Quiero entender, Olmos. Que todo
me quede bien claro.
Olmos. (perdonavidas.) ¿Cuánta
plata tenemos ahí adentro?
Natalio. Ya le dije ¿Cuántas veces
me lo va a preguntar?
Olmos. ¿Cuánta? Repita.
Natalio. Más de siete millones. Casi ocho.
Olmos. Digamos ocho.
Natalio. Digamos ocho. No llega pero digamos
ocho.
Olmos. Ocho millones dividido cinco. ¿Cuánto
da?
Natalio. Una cuenta fácil. Un millón
seiscientos mil.
Olmos. Muy bien. ¿Y ocho millones dividido
dos? ¿Cuánto da?
Natalio. Cuatro millones exactos.
Olmos. ¿Cuánto prefiere sacar con
este negocio? ¡Un millón seiscientos mil
o cuatro millones?
Natalio. Si tengo que elegir...
Olmos. Tiene que elegir. Puede elegir, mejor
dicho ¡Qué quiere usted? ¿El gran
premio o el premio consuelo?
Natalio. (vacilante.) Bueno. Planteado
así, como usted lo plantea...
Olmos. Yo ya elegí por usted, Natalio.
Deje de pensar. Cuatro millones para cada uno.
Natalio. (entiende, ríe.) Y yo
lo llamé traidor.
Olmos. Traidor, soplón, rata. Me maldijo.
Natalio. Le pido perdón, Olmos ¡Olmos!
Olmos. ¿Qué le pasa ahora, por
que se asusta?
Natalio. ¿Y si le piden documentos y tienen
todo en regla?
Matagente ríe.
Natalio se confunde.
Olmos. ¿Y si el culo de mi tía
fuera un sombrero?
Matagente ríe divertido.
Natalio. Me están tomando el pelo.
Olmos. Escuche Natalio, escuche bien. El Frula,
por ejemplo, hace dos meses que se escapó de
Batán. Matagente no me deja mentir.
Matagente. Oui.
Olmos. Lo persiguen hasta los bomberos. Captura
recomendada. En cuanto al Doctor (Matagente ríe.)
Por dónde empezamos con el Doctor. A ver. Tiene
antecedentes como para empapelar esta pieza y la de
al lado.
Natalio. Necesitamos el auto.
Olmos. ¿Para qué?
Natalio. Tenemos que llevar las dos valijas.
Van a pesar mucho, Olmos. Muy cargadas. Hay que
llevarlas hasta el aeropuerto.
Olmos. Ningún problema. Tomamos un taxi,
Natalio. Como cualquier honesto ciudadano.
Natalio. ¿Un taxi?
Olmos. ¿Tiene inconveniente?
Natalio. No, no. Ninguno. Uff, la verdad es que
el alma me está volviendo al cuerpo. Me vi entre
rejas, Olmos. Y a mi señora del lado de afuera,
llorando como una magdalena y diciendo: qué hiciste,
Natalio, qué necesidad había de...
Llama el teléfono.
Momento de desconcierto.
Natalio reacciona con calma.
Natalio. (a Olmos.) Atienda. Alguno
de los apoderados que llama para reclamar su parte de
la bolsa. Yo todavía no le pagué a nadie.
Ni un peso. Ni siquiera separé para los impuestos.
Olmos. ¿Qué contesto?
Natalio. Que llamen mañana a primera hora.
Van a tener el cheque listo.
Olmos. Hola (ahoga el tubo, consulta a Natalio.)
Preguntan por una tal Olga.
Natalio. Es una de las empleadas. Dígale
que ya se retiró.
Olmos. Señor, aquí me dicen que
por orden de la gerencia el personal se retiró
a las dieciséis. Por nada. Adiós (cuelga.)
Natalio. Me nombró gerente. Tiene razón.
Me merezco el título. Aunque yo trabajo como
un gerente y me pagan como peón.
Olmos. ¡Hoy se hará justicia, Natalio!
Le pagarán todo lo que le deben.
Natalio. Esperé mucho. Demasiado.
Olmos. Quisiera contarle un cuento.
Natalio. ¿Un cuento?
Olmos. ¿Se sorprende? Tenemos que esperar.
Los muchachos todavía están abajo.
Matagente. (se asoma por la ventana.)
Están.
Olmos. Hasta que eso no se resuelva no podemos
mover un dedo. ¿Naipes?
Natalio. ¿Naipes? De dónde los
voy a sacar. Aquí no hay naipes.
Olmos. Entonces el cuento.
Natalio. El cuento. Adelante.
Olmos. No es un cuento.
Natalio. Usted dijo un cuento.
Olmos. Es una historia real. Parece un cuento.
Natalio. Adelante. Cuento, historia real. Da
lo mismo.
Olmos. Ocurrió en una pensión.
Cerca del puerto.
Natalio. Una pensión. Cerca del puerto.
Muy bien, me ubico. Déle, Olmos.
Olmos. Un lugar donde iban a comer estibadores
y los marineros en tierra.
Natalio. Toda gente de buen apetito.
Olmos. A dormir también. A veces por una
sola noche. Lo que duraba la estadía del barco
en el puerto. La dueña cocinaba, el marido servía
las mesas y el precio era acomodado, como para esa gente.
Se comía rico, abundante y barato. De verdad.
Cuando el servicio de comida terminaba, y ya se había
limpiado el salón y lavado todos los platos,
el hombre, el marido de esa mujer, se sentaba en una
de las mesas y ella le acercaba una botella de vino.
Plaf, se la ponía delante de la cara. Con un
vaso. Un litro de vino, de muy buen vino tinto. Buen
paladar el tipo. Se la mandaba al buche de a sorbitos.
Al cabo de una hora más o menos estaba mamado.
Enseguida se dormía ahí, sobre la mesa.
Natalio. ¿Y eso todas las noches?
Olmos. Todas las santas noches.
Natalio. Costumbre rara la de ese cristiano.
Olmos. Entonces ella...
Natalio. Eso. Ella. Ella qué hacía.
Olmos. Aprovechaba. Se metía en la cama
de alguno de los pensionistas. Dormía con uno
distinto cada noche.
Natalio. ¡Mire qué pícara!
El marido nunca se enteraba.
Olmos. Nunca jamás. La mujer nada del
otro mundo, no vaya a creer. Petisa, culona como una
hormiga. Ninguna belleza, Natalio. Pero a caballo regalado...
Natalio. Ya la estoy odiando a esa mujer. Por
sinvergüenza. No me gusta eso.
Olmos. Espere. Viene lo mejor.
Natalio. Adelante con lo mejor.
Olmos. Una noche viene a pedir pieza un muchachito
rubio, ojos celestes, alto. ¡Una pinta del carajo,
Natalio!
Natalio. Papita pal loro, dijo ella.
Olmos. Papita pal loro. Le dio la pieza y a la
noche se le metió en la cama. Y a la noche siguiente
también, porque el rubio no se fue. Se quedó
esa noche y las siguientes. No daba muestras de querer
irse. La mujer no cambió de cama nunca más.
Siempre dormía en la misma, agarrada del pito
del rubio. Quince días, Natalio. Un poco más
también. Un camote de la gran flauta el de esa
mujer. Ya no tenía ojos para nadie. Le hacía
comidas especiales y no le cobraba un centavo por la
pieza, se había olvidado de eso. Hasta que llegó
la policía.
Natalio. Llegó la policía (a
Matagente, asomado a la ventana.) ¿Qué
pasa ahí abajo?
Matagente. Nada.
Natalio. Tardan demasiado. Me estoy...
Olmos. Natalio.
Natalio. ¿Qué?
Olmos. Tranquilo. Escuche el final. Ocurre que
el muchachito de ojos celestes venía de matar
a un custodio de un banco y tenía como cinco
o seis homicidios en su haber. La policía llegó
cuando todo el mundo dormía y rodeó la
pensión por los cuatro costados. Le gritaron
que saliera, que se entregara. Manos en la nuca y todo
eso. Un megáfono.
Natalio. ¿Qué hizo?
Olmos. ¿Cómo que hizo? Se entregó.
Qué remedio le quedaba. Salió en pelotas.
Las manos en la nuca. Le pusieron las esposas y lo metieron
adentro de un auto. Pero la mujer no lo pudo soportar.
Le agarró un ataque de nervios. Puteó
a toda la policía, escupió a todo el que
se acercaba y se abrazó al automóvil,
para que no se lo pudieran llevar.
Natalio. ¡Mire qué loca!
Olmos. Loca, sí. Trastornada. Al fin la
pudieron sacar de ahí, a los tirones, y la dejaron
tirada en el suelo, gritando y llorando. Quería
matarse. Tomar veneno para las ratas. Eso gritaba. Importa
el marido.
Natalio. El marido, claro.
Olmos. No entendía nada. Un espectador
más, tan sorprendido como cualquiera. La policía
le hizo algunas preguntas y él no supo qué
contestar. Claro, había vivido todo el romance
de su mujer durmiendo la mona. No estaba enterado de
nada.
Natalio. ¿Y cómo terminó
todo?
Olmos. Al mes vendieron la pensión y desaparecieron
de la zona. Yo, por lo menos, les perdí la pista.
Natalio. Mire las cosas que pueden pasar sin
que uno sepa que están pasando.
Sirena policial.
Olmos. La patrulla.
Seña de Matagente. Los llama a la ventana.
Olmos. (va, cantando la canción de
los Redondos.) Y cuánto vale dormir tan custodiado,
de expertos cínicos y botones dorados...
Natalio. ¡Uy, que despliegue!
Olmos. Le pedí discreción. Usted
me escuchó, Natalio. Le pedí a ese comisario
amigo suyo que fuera un operativo de rutina. ¡Vea
qué escándalo! (relata lo que ve.)
¡Abajo, abajo todo el mundo! ¡Las manos
en la nuca! ¡Eso! El de anteojos es el Doctor.
Natalio. ¡Fíjese todo lo que encontraron
dentro del auto!
Olmos. Veo.
Natalio. ¿Y para qué todo ese arsenal!
Olmos. ¿Qué pretende, Natalio?
¿Qué se trajeran el baldecito para jugar
en el arenero de la plaza? Si se sale a afanar, hay
que salir con toda la ferretería. Es el hábito.
Fíjese el que está al lado del Doctor.
¿Lo ve? Como impermeable. Siempre con impermeable.
Llueva o haya sol. Ese es Zacarías. Adivino lo
que está pensando en este mismo momento: esto
es cosa del anciano, esto es cosa del anciano. Zacarías
es muy inteligente. Ya sabe cómo son las cosas,
sabe que yo... A mí me dicen el anciano. Por
estas canas prematuras.
Natalio. Con un poco de tintura.
Olmos. Cosas de maricas, Natalio. Qué
me está proponiendo.
Natalio. Se los llevan.
Olmos. Ahora a la seccional. Interviene el juez
y a declarar a tribunales. Pero el boga los saca en
cuarenta y ocho horas.
Natalio. ¿Cómo sabe eso usted?
Olmos. Porque el boga es un león. Menos
el Frula. El Frula va a tener que completar la condena.
Lo veo asustado.
Natalio. Muerto de miedo, Olmos. Es gente de
avería. Van a querer cobrarse esto.
Olmos. Mire cómo tiemblo. Cuando vean
de nuevo la calle nosotros vamos a estar en la otra
punta del mundo. Usted en el Caribe, chupando un coco
y con su señora haciéndole cosquillas
en la panza. Yo en Sudáfrica. ¡Vamos! ¡Aplausos!
¡Aplausos para los hombres de azul! (aplaude.)
¡Botones dorados!
Sirenas policiales que se alejan.
Se abre la puerta de la gerencia. Se asoma el Gerente.
Camisa de colores caribeños, desabotonada hasta
el obligo. Pantalones y zapatos blancos.
Gerente. ¿Alguien me puede decir qué
es lo que está pasando ahí abajo?
Nadie le responde.
Gerente. ¿Abajo, qué pasa abajo?
Un montón de policías, tres tipos armados
hasta los dientes, y nosotros con toda la guita aquí
adentro, Natalio.
Olmos. (una orden.) ¡Quieto!
El grito de Olmos sorprende a todos. También
al Gerente.
Olmos. ¡Quieto, quietito! ¡Así!
(escruta al Gerente.) Un poco más de perfil.
Así, muy bien. Otro poco. Levante un poco la
cabeza. Un poco, no tanto. ¡Así! ¡Muy
bien!
Gerente. ¿Puedo hablar?
Olmos. Puede, pero quietito. Sin moverse (fuerza
la memoria.)
Gerente. Natalio, cuando me asomé por
la ventana me puse pálido. Pálido como
un papel. Isabel es testigo. Pálido como...
Olmos. (se lamenta.) ¡Carajo!
Gerente. (a Olmos.) ¿No
me saca?
Olmos. No. Lo tengo en la punta de la lengua,
pero...
Gerente. ¿Lo ayudo?
Olmos. No. Déjeme. Déjeme. ¡Tengo
que poder!
Gerente. ¡Cabeza dura! Siga exprimiéndose
el cerebro entonces. Déle.
Matagente ríe.
Olmos. ¡No se mueva!
Gerente. Disculpe. No fue mi intención
(queda tieso.)
Olmos lo rodea. Lo escruta. No recuerda.
Gerente. Insisto. ¿Lo ayudo?
Olmos. Ayúdeme. No queda otro remedio.
El Gerente se pone en pose de boxeador.
Gerente. ¿Mejor? ¿Más cerca?
Natalio. Imagínelo con menos panza.
Matagente ríe.
Gerente. (a Matagente.) Aumenté
quince kilos. No quiero engordar pero engordo. Qué
voy a hacer. Me ponen un caballo hervido en el plato
y me lo como, entero.
Natalio. Y más pelo.
Matagente ríe.
Gerente. Más pelo. Claro que sí.
Sí señor. Aunque duela. Más pelo,
muchísimo más pelo. ¿Me saca?
Olmos. No.
Gerente. No puede ser. Eso me pone triste. Me
destruye (baja la guardia.) ¿Qué
está pasando, Natalio? ¿Qué está
pasando en este mundo? ¿La gente ya se olvidó
de mí? ¿Tan rápido? Yo llenaba
el Luna. No hace mil años.
Olmos. ¿Habla del Luna Park?
Gerente. ¿Conoce otro Luna usted? La Luna.
En el cielo. De noche. Pero si se dice el Luna es le
Luna Park. Nunca pelié en otra parte. En mi época
no era como ahora, que cualquier paquete se le animaba
al Madison.
Olmos. (recuerda, de pronto.) ¡Lo
vi con un japonés!
Gerente. ¡Cerca! ¡Con un japonés!
En realidad pelié contra tres japoneses. No sé
de cuál me habla. Vio que son todos iguales.
Cara redonda, chata y ojos así.
Olmos. Uno de nombre ridículo.
Gerente. ¡Caliente, caliente! ¡Anímese!
¡Vamos! Un nombre muy ridículo. Que da
risa.
Olmos. Kawada
Gerente. ¡Se quemó! Kawada, ¡sí
señor!
Todos ríen.
Olmos. Y usted es...
Gerente. ¿Quién?
Olmos. Creo que me estoy quemando.
Gerente. Sáqueme por el estilo.
El Gerente vuelve a su pose de boxeador. Matagente
le ofrece las palmas de sus manos y el Gerente les da
puñetazos. Matagente retrocede y el Gerente avanza,
siempre golpeando.
Gerente. Fíjese. Punteaba con la izquierda,
así, así, mientras preparaba la derecha.
¡Paf!, sacaba la derecha. Recorrido corto. Sin
mucha potencia, pero con mucha precisión. Uno,
uno, uno, uno, y dos: ¡paf! Uno, uno, uno, uno,
y dos: ¡paf!
Olmos. Inconfundible.
Gerente: ¿Me tiene?
Olmos. Lo tengo.
Gerente. No puede equivocarse. Si se equivoca
me muero aquí mismo. El corazón me revienta
de tristeza.
Olmos. Fue tapa del Gráfico.
Gerente. Fui tapa de Gráfico dos veces.
Olmos. Las iniciales.
Gerente. Las iniciales. Muy bien. Diga.
Olmos. Te. Eme.
El Gerente simula no haber acusado recibo. Sigue
trompeando las palmas de Matagente (avanza y Matagente
retrocede), pero lo delata una sonrisa de satisfacción.
Sin duda Olmos acertó.
Olmos. Aplausos, aplausos para el campeón
(aplaude, se le une Natalio.) ¡Aplausos
para... Torito Mazzarone!
Gerente. ¡Ay, carajo! (baja los brazos.)
Lo que me hizo sufrir (le arroja una juguetona trompada
a la mandíbula.) Torito Mazzarone, para servirle.
Olmos detiene el golpe, agarra el brazo del Gerente
y lo atrae hacia él. Se abrazan.
Olmos ¿Cuánto hace que se retiró?
Gerente. ¡Un siglo! Pero sigo ligado al
boxeo. Cuéntele Natalio. El boxeo es mi vida.
Sin el boxeo yo no vivo. Organizo peleas. Monté
esta oficina, Round Producciones, y me va bastante bien.
Es bastante peor que boxear. Ahora tengo que pelearme
contra las aves negras que pululan alrededor de este
negocio. O con los números, que es todavía
más difícil. Cuéntele, Natalio.
Cuéntele. Las cifras nunca cierran. Nunca.
Natalio. Cuéntele en lo que anda ahora.
Gerente. Una quimera. Una locura. Me parece que no
va a andar.
Natalio. Con el señor puede desahogarse.
Gerente. Lo sé, pero no quería
tocar el asunto por... Estoy negociando con Don King.
Si, señor. Don King. Recién acabo de hablar
con él. Lo llamé a Nueva York. Quiero
organizar una pelea por el título de los pesados.
Aquí, en mi país. ¡Una locura! No
sabe lo que es ese tipo. Uno le ofrece una parva así
de dólares y al muy hijo de puta no se le cae
ni siquiera la ceniza del habano. Well, well. Otra cosa
no dice. Well, well. Y uno no sabe si agarró
viaje o está esperando que le aumente la oferta.
Olmos. ¿Entero?
Gerente. ¡Enterito! (se palpa el cuerpo.)
Me pegaron muy poco. Yo era de guardia muy cerrada.
Tengo dolores de cabeza. Todos los días, al levantarme.
Pero es por los números. Cifras y cifras. Para
colmo ni jota de inglés.
Olmos. Jaguariú.
Gerente. ¡Déjeme de joder con esa
parla! Por suerte Isabel me ayuda. Lo habla muy bien.
Parece Sespir.
Olmos. ¿Puedo ver?
Gerente. Asómese. Tiene mi permiso.
Olmos se dirige a la puerta de la Gerencia.
Gerente. (a Natalio.) Si la pesca con
las piernas cruzadas se nos muere de un infarto. (ríe.)
Olmos se detiene.
Gerente. Siga, siga. No tenga miedo. Sea valiente.
Olmos abre la puerta, una hendija, y espía
el interior. Ve a Isabel, solo él la ve. La observa.
Se deleita. Cierra la puerta.
Gerente. ¿Y?
Olmos. Tiene un llamado de Don King.
Gerente. ¡Negro inmundo! Con qué se saldrá
ahora (corre a su oficina.) Un café, Natalio.
Haga que me lo traigan. Bien caliente, por favor. Y
dígale al chico que convide a los señores
(se encierra.)
Olmos. ¡Caliénteselo al mango, Natalio!
¡Qué se queme hasta las orejas! ¡Qué
se le derrita la lengua!
Natalio. (sirviendo el café.) Tranquilo,
Olmos. Tranquilo. No se enamore como un chiquilín.
No es buen momento.
Olmos. ¿Usted tiene algo mejor para ofrecerme?
Natalio. Una mulata, ya le dije. Pero déjeme
llegar hasta Jamaica. Además vaya donde vaya
las mujeres se le van a pegar como ventosas. El dinero
las va a atraer. Va a poder lucirlas en la solapa, como
racimos de uvas.
Matagente. En la frente (lo miran.) Como
los pámpanos de Dionisios.
Interrumpe la chicharra del intercomunicador.
Natalio. Apurado como siempre. Ya me está
reclamando el café. (atiende.) Hola.
Isabel. (su voz.) ¿Natalio? ¿Usted
otra vez?
Natalio. El chico sigue sin regresar. Habrá
tenido algún problema.
Isabel. El señor quiere saber cómo
se llama su amigo.
Olmos. La voz de un ángel que baja del
cielo.
Natalio. Olmos.
Olmos. Benigno Olmos.
Matagente ríe.
Natalio. Benigno Olmos. Olmos con ese final.
Olmos. Me lo pusieron por mi abuelo, que se llamaba
Benigno y era más malo que una serpiente.
Isabel. Gracias, Natalio. Ya tomé nota.
El señor espera su café.
Natalio. Ya se lo llevo yo.
Isabel. Cuánta molestia, Natalio. Cuánta
molestia.
Natalio se dirige a la gerencia: la bandeja con la
taza de café. Pasa junto a Olmos y ofrece el
pocillo, para que Olmos escupa adentro. Olmos lo hace.
Natalio se cruza con Isabel, que sale de la oficina.
Isabel es hermosa. Corta la respiración y agita
los corazones, aun los más dormidos. Trae una
fotografía de Torito Mazzarone, en ropas de boxeador.
Isabel. ¿El señor Olmos?
Olmos. (a modo de respuesta.) Brotaron
las flores, todas juntas, y el mejor pimpollo me está
llamando. Para servirle, ricura. Olmos. Benigno Olmos.
Isabel. El señor Mazzarone le manda este
obsequio (le entrega la fotografía.) Su
foto con una dedicatoria. Es la misma foto que salió
en la tapa de gráfico.
Olmos acepta el regalo. Lee la dedicatoria.
Olmos. Demasiado.
Isabel. Me alegra que le guste. Yo se la dicté.
El no sabía qué poner. El señor
le tomó mucho aprecio, sabe usted. Me pidió
que le dijera que es su invitado permanente, que siempre
va a tener a su disposición dos buena entradas
para el ring side.
Olmos. ¿Dos entradas? No tengo quien me
acompañe.
Isabel. Invite a algún amigo que le guste
el boxeo.
Olmos. ¿Usted tiene algo que hacer?
Isabel. Vivo sola con mi madre. No se duerme
hasta que yo no llego.
Olmos. Lástima. Otra vez será.
Isabel regresa a la gerencia.
Olmos. ¡Matagente! ¡Matame! ¡Clavame
tu cuchillo! ¡Aquí! ¡En el medio
del pecho! ¡Partime el corazón en dos!
¡Matame!
Natalio sale del despacho del Gerente. Presencia
el cuadro.
Natalio. Están esperando el divorcio de
él. Cuando Mazzarone se divorcie se van a casar.
Ya tienen donde ir a vivir. Se compraron una linda casa
en San Telmo. Grande. Confortable. Piensan llevarse
a la madre a vivir con ellos. Hasta tienen los muebles.
Nuevos. Sé todo esto porque soy el que paga las
cuentas de la mueblería. Las facturas pasan por
mi escritorio.
Olmos saca su pistola. Apunta a su sien.
Natalio. (fastidiado.) Deje de hacer teatro,
Olmos.
Olmos. Cierto. Para qué. Mejor me voy
a buscar una francesa. Dicen que son las mejores putas.
Natalio. Tiene esa fama. Acabo de convencerlo
de que hay que sacar todo el dinero de ahí. Abrió
la caja fuerte. ¿Está preparado usted?
Olmos. Enamorado como un idiota.
Natalio. Evidente. Pero yo ya no tengo margen
para buscarme otro socio. Ahora o nunca. Hasta se creyó
que me abrieron el banco, para depositarlo ahora mismo.
Un disparate. Pero se lo creyó.
Olmos. Estoy preparado, Natalio. Estoy... ¡A
qué vinimos entonces! (arma en mano, se planta
junto a la puerta de la gerencia.)
Natalio. ¿Puedo seguir confiando en usted?
Olmos. Puede, Natalio, puede. Avanti. Sin miedo
(lo invita a entrar, con señas.)
Natalio. Enseguida vuelvo con todo.
Natalio entra a la gerencia.
Matagente, ganado por la ansiedad, se mete un puñado
de pastillas en la boca.
Olmos. (le grita, burlón.) ¡Pastelero!
Matagente ríe. Sale Natalio, cargando dos
valijas.
Natalio. Ahora está hablando con John
Dundee. Peor tipo que Don King. Más duro de pelar.
Olmos. Voy a esperar que corte la comunicación.
No quiero que los tiros se escuchen desde Norteamérica.
Natalio. Dividí en dos parte. Me parecen
iguales. Puede haber alguna diferencia, a favor de uno
o de otro, pero poca cosa. Monedas. Lo importante es
que en este momento estoy tirando por esa ventana veinte
años de vida honrada.
Olmos. Y yo estoy perdiendo a la mujer de mis
sueños, que es mucho peor (se asusta.)
¡Cuidado! (esconde el arma.)
Se abre la puerta de la gerencia. Sale Isabel.
Isabel. Todo se vino abajo, Natalio. Definitivamente.
Se cortaron las negociaciones. Ya no hay nada más
que decir o hacer. El señor se hundió
en el sillón y de ahí no lo puedo sacar.
La mirada perdida, algunas lágrimas. ¿Habrá
algo fuerte para darle?
Olmos. ¡Cómo no! (corre, recoge
la botella de ginebra, se la ofrece.) Ginebra.
Natalio. Tal vez quiso volar muy alto.
Isabel. (acepta la botella.) Tenía
que intentarlo, Natalio. No podía pasarse la
vida organizando peleas entre tucumanos y mendocinos.
Uno tiene derecho a vivir con alguna ambición,
algún ideal. ¿A quién le sobra
un pañuelo?
Olmos. ¡Cómo no! (le entrega
su pañuelo bordó, de bolsillo.) Dígale
que es mío.
Isabel. Se lo voy a decir (huele el perfume.)
¡Ah, qué rico perfume!
Isabel regresa al despacho.
Olmos. (la imita, rabioso.) ¡Ah,
qué rico perfume! ¡Putona!
Natalio. ¡Adentro usted también!
¡Vamos! ¡Detrás de la chica!
Olmos. ¿Quién manda aquí?
Natalio. Usted. Pero me parece el mejor momento.
Olmos. Es el mejor momento. El momento justo.
Dos minutos más y se pasan los fideos.
Natalio. ¿Entonces?
Olmos. Allá voy (estudia el arma, con
atención.)
Natalio. ¿Algún problema?
Olmos. No. Nada. Todo okey.
Olmos entra a la gerencia. Natalio apoya las valijas
sobre su escritorio. Abre una, revisa el contenido.
Matagente, subrepticio, se asoma por detrás.
Se asombra.
Matagente. ¡Pahhh!
Natalio. ¿Alguna vez vio tanta plata junta?
Matagente. Sí. Fumado.
Natalio. Una para mí. La otra para mi
socio. Olmos. Mitad y mitad.
Dos disparos en el interior de la gerencia.
Natalio. Bueno, ya está (cierra la
valija.) No debe ser fácil matar así.
¿Usted que dice? A sangre fría. Bang,
bang.
Olmos sale de la gerencia. Gestos de calma
Olmos. Calma, calma. Despacio. Lo peor en estos
momentos es apurarse. Se puede derrumbar lo que se ha
construido con mucho esfuerzo.
Natalio. Olmos.
Olmos. Sí, ¿qué le pasa?
Natalio. Lo admiro.
Olmos. Aquí no ha pasado nada. ¿Cuál
es la mía?
Natalio. La que usted elija.
Olmos. Ta, te, ti, suerte para mí (elige
la valija, la carga.) Caminando con naturalidad,
como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
¿Por dónde pasan los taxis?
Natalio. Delante de la puerta, por la avenida.
Pasan taxis a cada momento.
Olmos. Vamos (canta la canción de los
Redondos.) El futuro llegó hace rato, todo
un palo, ya lo ve...
Natalio. ¿Qué hago con las luces?
Olmos. Apague todo. Ni una lamparita encendida.
Tiene que parecer que la oficina quedó vacía.
Natalio. La señora de la limpieza llega
a las seis.
Olmos. Bien. Más o menos a esa hora se
descubre todo. Ya vamos a estar muy lejos. ¿A
qué hora sale su avión?
Natalio. Cero treinta.
Olmos. A las seis ya debe estar volando sobre
Panamá (señala a Matagente.)
Unas monedas para el muchacho.
Natalio. ¿Por qué, qué hizo?
Olmos. Hummm. No se me ocurre ninguna razón.
Se trata de un amigo. Y a los amigos se los ayuda cuando
se está en la buena. Una propina.
Natalio. No entiendo ¿Hay que comprarlo?
¿Nos puede denunciar?
Matagente ríe.
Olmos. Y se queda pegado él también.
Viene de degollar a una viejita por un par de chocolatines.
Matagente. (a modo de los umpires de tenis.)
¡Nooo!
Olmos. Bueno, no. Una duquesa rusa en el exilio.
Le peló las alhajas.
Matagente acepta. Le gusta más.
Natalio. Yo no le doy nada. Ni un peso.
Olmos. (a Matagente.) Esta gente tiene
un nombre.
Matagente. Pequeño burgués.
Olmos. Eso. No proteste, Natalio. Usted se lo
ganó. Pequeño burgués.
Suena la chicharra. Todos quedan paralizados. Se
miran.
Olmos rehuye la mirada. Se niega a confesar. Al fin
debe hacerlo.
Olmos. No me animé.
Natalio. ¿Cómo no se animó?
¡Qué explicación es esa! A usted
le correspondía esta parte del asunto.
Olmos. ¿Qué pasa con el cuadro
que vi al entrar? ¿Qué pasa? El cuadro
de la tragedia, Natalio. El hombre llorando, derrumbado
en un sillón. La chica secándole las lágrimas
y llorando también. Un gigante abatido, Natalio.
Un gigante al lado de un ave del paraíso. No,
no pude. Me faltó coraje. No tengo un corazón
de piedra. Escuche, late como el de cualquiera: tac,
tac.
Natalio. (a Matagente.) ¿Y usted?
¿Se anima a hacerlo?
Olmos. ¡Muy bien! A buen puerto, Natalio.
Brillante idea. Mándelo y lo va a
hacer.
Natalio. (a Olmos.) Puede callarse un
minuto. (a Matagente.) ¿Se anima?
Olmos. Se anima a cualquier cosa.
Natalio. Chito, Olmos. Le pedí que se
callara. (a Matagente.) ¿Acepta?
Matagente asiente. Se traga un montón de pastillas.
Hincha el pecho, como un superhombre. Luego, cuchillo
en mano, se dirige a la gerencia.
Olmos. Ahí va Tom Mix.
Matagente, la mano en el picaporte, mira a Olmos
y, burlón, le saca la lengua. Entra.
Olmos. La juventud, carajo con la juventud. ¡Mire
qué confianza! ¡Qué decisión!
Natalio Divino tesoro.
En el interior de la gerencia un hombre grita de dolor.
Olmos. Mire que rapidez.
Natalio. Tendría que agradecerle a ese
muchacho. Hizo el trabajo por usted. Besarle las manos,
por lo menos.
Sale Matagente, las manos ensangrentadas, secándose
con un pañuelo.
Olmos. Aplausos, aplausos para... (se interrumpe.)
A Matagente lo sigue Isabel, pegada a los talones.
Isabel. (a Matagente.) Un momento,
amor. Me traje el abrigo. (Va al perchero y se pone
la prenda, un ligerito saco de lana.) Mamá
dice que a la noche siempre refresca. Y tiene razón,
mirá la brisa que se levantó.
Matagente le quita la valija a Olmos. Sin ninguna
dificultad. Tiende a hacer lo mismo con la valija de
Natalio. Natalio retrocede. Se defiende.
Natalio. ¡Pendejo de mierda! ¡No
se te ocurra ponerme una mano encima!
Olmos. (alarmado.) Natalio, Natalio.
Natalio. Dígale que no me toque.
Olmos. Natalio, por favor. Este chico le va a
cortar el cogote.
Matagente saca el cuchillo. Amenaza
Olmos. Entregue esa valija, Natalio.
Natalio cede: entrega la valija.
Matagente carga con las dos.
Isabel. ¿Pesan, mi amor?
Matagente. Pesan, sí que pesan. Pero no
tenemos que caminar mucho. Por la puerta pasan muchos
taxis (busca con la mirada.)
Olmos. (lo interpreta.) Las llaves. Natalio,
déle las llaves también.
Natalio le entrega las llaves. Matagente espera instrucciones.
Natalio se las da.
Natalio. Esta, la más grande quita las
trabas de seguridad. Con esta otra puede abrir la puerta.
Isabel. ¿Seguro que no tengo que arreglarme
el maquillaje? Lloré tanto.
Matagente. En el aeropuerto, querida.
Olmos. En el baño de damas hay unos espejos
grandísimos. De pared a pared.
Isabel. ¿Te ayudo, amor?
Matagente. No hace falta.
Isabel y Matagente salen. El muchacho cargando las
valijas.
Silencio.
Olmos. Le dijo mi amor.
Natalio. Un par de veces, por lo menos. Y él
le dijo querida.
Olmos. Una sola vez. Eso lo escuché una
sola vez.
Silencio.
Olmos. Se ve que se quieren.
Natalio. (asiente.) Se quieren. Y la van
a pasar bien.
Silencio.
Natalio. (señala la gerencia.)
¿Mazzarone?
Olmos se asoma por la puerta. Retrocede espantado.
Olmos. ¡No mire! No mire, Natalio.
Un cuadro que... Una carnicería. No se qué
pasa con usted si mira la sangre.
Natalio. Me hace mal. Me caigo desmayado.
Olmos. Entonces no se le ocurra asomarse. Un
charco así de grande. Y el hombre tirado en el
suelo, con... Ni se asome, Natalio (él se
asoma por la ventana.) ¡Mire que suerte! Ya
pescaron un taxi.
Natalio. Por aquí pasan a montones. Ya
le dije. Es una zona donde levantan mucho trabajo. (se
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