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Como cualquier pueblo, cualquier civilización,
o hijo de vecino, tenemos los teatristas -siempre las
hemos tenido- nuestras propias, intransferibles, utopías:
quimeras de sala repleta, con público pegándose
por entrar, de textos sustanciosos engordados a pura
idea, que son devorados con pasión, digeridos
con placidez y asimilados con eficacia. Sueño
de poderosos en guardia frente al poder armado de la
escena. Resabio imborrable de la vieja polémica
sesentista, el hombre de teatro suele relajarse en privado
en un fantaseo obsceno y ya inconfesable: el arte sí
es capaz de cambiar el mundo. Utopía como deseo
condensado en su máxima potencia. Teatro Abierto
fue así. De repente, los mismos espectadores
que antes hacían rogar estaban allí aclamando.
Un libro con las obras se vendía en cifras de
best-seller, y hasta Vanessa Readgrave alentaba a seguir
desde Europa: el sueño del pibe. ¿Qué
había sucedido? El soberano había escogido.
La gente había puesto el dedo. Y de un utensilio
como el teatro había hecho un arma más
para enfrentar a la dictadura. Como esos pañuelos
mojados que en las manifestaciones se usan contra los
gases, le había asignado una nueva función
y así la usaba. Nada nuevo el mecanismo. Ya muchos,
en las grandes salas de la calle Corrientes, habían
agitado el mismo pañuelo para rendirse. Siempre
he creído que así se resolvía aquella
fastidiosa polémica de los '60: el arte puede
ser un elemento de lucha, pero no es el artista quien
lo empuña sino el espectador. A nosotros sólo
nos cabe la responsabilidad de hacer el mejor acero,
el más insidioso y afilado, el más certero.
Y en eso -sin duda- los artistas de Teatro Abierto resultaron
artesanos solventes y denodados. Fueron días
invaluables en horas hombre, en esfuerzo, creatividad
y paciencia. Ya dos notas anteriores se han referido
al '81, el primer ciclo -el apogeo-, pero allí
no quedó todo. Durante cuatro años más
Teatro Abierto seguiría saliendo a la calle.
El 82
Había que cambiar el criterio de selección
de las piezas. Aquella interconvocatoria que había
reunido a los veintiuno del inicio, ya no se compadecía
con el carácter masivo que había cobrado
el movimiento. Todos querían estar allí.
Se decidió entonces por un concurso de piezas
breves, de hasta una hora de duración, y más
de cuatrocientos originales aparecieron como de la nada.
¿No es que no había autores en el país?
La euforia consiguiente no fue la mejor consejera: como
había tanto material se extendió el ciclo
a treinta y cuatro obras que, sumadas a los diecisiete
espectáculos experimentales elegidos también,
daba la tan argentina suma de cincuenta y un estrenos
simultáneos. Ciento veinte directores se inscribieron
para trabajar en el ciclo. Cada uno escogió cinco
obras de su interés, y cada autor cinco directores.
Partiendo de coincidencias se formaron parejas de trabajo
que convocaron a su vez a mil quinientos actores. Como
una sola sala ya no alcanzaba, se contrataron dos: el
Odeón -un antiguo y hermoso teatro hoy desaparecido-
y el Margarita Xirgu, que fue acondicionado para cuatrocientas
cincuenta personas -en el Odeón, "a la italiana",
entraban otras novecientas-. Se programaron seminarios,
mesas redondas y laboratorios. Hubo incluso elencos
del interior del país que viajaban especialmente
los fines de semana para presentarse en Teatro Abierto.
Resultaba evidente que tanto despliegue no sería
fácil de manejar, pero cuando reaccionamos ya
era tarde. ¿Cómo substraerse de esa sensación
de poder? Si antes se habían hecho veintiuna
piezas, ¿por qué no cincuenta ahora?,
o cien. Creo que si se hubiera podido, se habrían
hecho las cuatrocientas. En la complicada selección
de obras se eligieron algunos materiales muy débiles,
y quedaron fuera -inexplicablemente- autores de reconocida
experiencia. El concurso cerró a mediados de
marzo. Unos días después se declaraba
la guerra de las Malvinas. Víctimas de esta realidad
caleidoscópica que nos ha tocado, el ciclo se
largó en octubre sin un solo material que aludiera
al conflicto. El público, aunque confundido por
las dos salas y el nivel desparejo de las puestas, mantuvo
su adhesión pero sin la euforia del año
anterior. Las funciones -no obstante- se sostuvieron
hasta el 30 de noviembre. Creíamos haber aprendido
la lección. Para el año que viene volveríamos
a una sola sala. Un año importante el '83 que
se nos venía: el año de la vuelta a la
democracia.
El '83
Un día pegajoso aquel viernes de octubre del
'83. Una siesta calurosa que ya preanunciaba el verano.
El bar de Chacabuco y Estados Unidos, en esa penumbra
todavía con la que los viejos dueños de
boliche saben protegerlos del bochorno. Las mesas vacías
a las que iban llegando -antes de la función-
los actores, en esa liturgia indolente, de sobremesa,
que imponen las funciones vespertinas. Se tomaba algo
habitualmente. Esas copitas de Talento con las que se
suele calentar la máquina, y que ya comprometen
a otro tomar más comprometido: el de la salida,
más escandaloso, ahora sí teatral, purísima
crema de adrenalina. Un lindo bar. De colectiveros y
taxistas. Un vino fresco más que discreto, y
unos pedazos de aceitunas como huevos. Un bar de gallegos
entre el Casal de Cataluña y la pensión
Cangas de Narcea, un rincón de esa extravagante
geografía revisionista que han practicado los
españoles aquí. Un bar de San Telmo, junto
a un teatro, lleno de actores ahora, un día después
de las elecciones nacionales con las que terminaban
esos siete años de dictadura militar. Pero si
esos encuentros habían sido hasta entonces una
coincidencia, todos olimos ese día que algo en
el lazo se deshilachaba. Llegaban los peronistas al
bar boleados todavía por el fracaso. Los radicales,
eufóricos. Los intransigentes...Los comunistas...En
sus dos primeros años de vida Teatro Abierto
había sido un bloque. En ese momento, terminada
la furia de la resistencia, se volvía -irremediablemente-
fragmentos. Era previsible. La lucha contra ese enemigo
común había amalgamado ideologías
y limado diferencias. La puja por el poder las había
aguzado. Ya unos días antes se había encendido
la mecha: los diarios anunciaban que el palco del acto
de cierre de campaña del doctor Alfonsín
había sido construido por Teatro Abierto. Una
jugada más mezquina que astuta de los radicales
que participaban -algunos conducían- en el ciclo.
Era un secreto a voces que el proselitismo que distintos
que distintos artistas hacían entre las filas
del Teatro Abierto. El principio del fin. Sólo
nos mantendría unidos en adelante la esperanza
de un proyecto cultural en democracia y la expectativa
por la nueva gestión que reconociese a Teatro
Abierto, y nos diera el espacio y la posibilidad económica
que necesitábamos. Soñábamos con
un Centro Cultural en la cortada Rauch, allí
mismo donde la dictadura nos quemara el teatro. Soñábamos
con un ciclo gratuito y las salas de un teatro oficial.
Pronto despertaríamos a la realidad.
El ciclo del '83 se completó de todos modos con
módica repercusión. El clima pre y poselectoral,
con su teatralidad propia, se llevaba buena parte del
público. Nos habíamos propuesto superar
el descontrol del año anterior con una reestructuración
sustancial, elaborando un proyecto común cuyo
eje era el trabajo colectivo. El consejo directivo votó
por veintiún autores y otros tantos directores
a los que se llamó a participar. Se formaron
siete grupos integrados por cuatro autores y cuatro
directores -el número se completaba con algunos
artistas jóvenes incorporados en calidad de invitados-
y fueron estos grupos quienes, a su vez, convocaron
a los actores para cada obra. Cada grupo preparó
por separado su espectáculo que se representaba,
así, uno en cada día de la semana. El
tema era nuestra historia inmediata, esos siete años
de represión. Las cosas fueron bien hasta aquel
día después de las elecciones. El ciclo
terminó en noviembre con la promesa de una nueva
edición. Ya había asumido Alfonsín
y en la última función terminamos bailando
con el público en la calle. Volvía la
democracia. Nos emborrachamos en el bar, y nos despedimos
-como siempre- jurándonos el reencuentro el año
entrante. Los gallegos, con más intuición,
no dieron fiado a nadie.
El '84
La libertad había pasado como un vendaval arrasando
todo. ¿Y ahora qué? ¿Cuál
era el rol de Teatro Abierto en la democracia? ¿Cuáles
eran los temas que debía encarar? ¿Había
que desensillar de aquel teatro político? Las
preguntas eran tantas que se decidió contestarlas
de la manera en que mejor sabíamos hacerlo: con
teatro. "Teatro Abierto opina sobre la libertad",
así debió haberse llamado aquel espectáculo
que escribimos entre todos los autores más cercanos
al movimiento. Eran pequeñas piezas -sketches-,
en realidad que, unidos, conformaban un espectáculo
más extenso y multitudinario, que planeábamos
representar una vez por semana en algún ámbito
no tradicional -se pensaba en un estadio o galpón
acondicionado al efecto-. Las piezas se terminaron en
el plazo previsto, con un proceso de trabajo rico y
rendidor: nos reuníamos semanalmente los autores
-con la asistencia de algunos directores- y leíamos
los borradores que eran debatidos por el grupo. El debate
animó tanto a la reflexión que empezamos
a descubrir que eso era lo que estábamos necesitando.
A la hora del montaje los entusiasmos estaban divididos.
A la mayoría de los directores -a quienes ahora
correspondía el esfuerzo mayor- les resultaba
engorroso conciliar la puesta con sus compromisos profesionales.
Dudaban de su estética. Tantas dudas pedían
a gritos continuar con el debate interno y así
se hizo. El año fue propuesto como una pausa
de reflexión. Las piezas se estrenaron luego
en distintos ámbitos, formando parte de varios
espectáculos independientes.
El '85
"Nuevos autores, nuevos directores". Es lo
que hacía falta, y así llamó el
ciclo ese año. La condición para participar
fue no haberlo hecho en ciclos anteriores, y eso dejó
aparecer en Teatro Abierto a artistas más jóvenes
y con nuevas propuestas. Se organizaron cinco talleres
autorales que convocaba cada uno a diez escritores surgidos
de una selección previa. La coordinación
de los talleres estaba a cargo de dramaturgos de mayor
experiencia agrupados por parejas: Osvaldo Dragún
y Eduardo Rovner, Ricardo Halac y Gerardo Taratuto,
Carlos Somigliana y Carlos Pais, Aída Bortnik
y Eugenio Griffero, Roberto Cossa y yo. Salieron de
esta experiencia una docena de buenos materiales que
fueron estrenados en la sala Fundart con puesta en escena
de directores jóvenes asistidos a su vez por
directores profesionales. Los talleres autorales fueron
un aporte concreto de Teatro Abierto del que surgieron
algunos nombres -Cristina Escofet, Susana Poujol, Patricia
Zangaro, etc.- que comenzaron, a partir de esa experiencia,
a estrenar más o menos regularmente.
Se lanzó también por entonces un segundo
proyecto: el Otro Teatro, un ciclo de espectáculos
generados y realizados en sectores marginales de la
comunidad del que surgieron dos producciones: una pieza
estrenada en el Sindicato de Gráficos, sobre
el tema de los obreros desaparecidos, y otro montado
en el patio de un inquilinato de San Telmo sobre la
problemática del sector.
Teatro Abierto terminó como suelen terminar las
buenas cosas: con una fiesta, un estallido de teatro
que se llamó El Teatrazo. Se lo hizo
en el '85, y con él finalizó también
el último ciclo en el '86. El teatro ganó
la calle, los clubes, las plazas. Cientos de elencos
no profesionales de todo el país -y de Uruguay,
Chile y Puerto Rico-, comparsas, murgas, titiriteros,
que a una misma hora, en cada lugar, lanzaron simultáneamente
sus espectáculos durante tres ruidosos días
de septiembre.
"La utopía no es una meta sino un cauce,
y su función reside en el fracaso, que es el
único modo de abrir camino para otra utopía".
La frase no es mía, es de Juan Gelman, nuestro
más importante poeta contemporáneo. Eso
fue Teatro Abierto, una utopía que como
todas terminó cuando tuvo que terminar. Un sueño
de esos que se alcanzan rara vez y del que hubo que
despertar para poder soñar de nuevo. Porque es
claro: sin sueños no se puede vivir.
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