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¿Cómo lo hicimos?
Pasaron quince años desde el momento en que empezó
todo. ¿Cómo éramos? ¿Cómo
era yo? Supongo que de alguna manera seguimos siendo
también los que éramos. También.
Pero no todo. No somos los mismos. ¿Cómo
reconstruir quince años después, el comienzo
(si es que hubo un comienzo definido) de algo que fue,
más que una experiencia estética, una
explosión de vida, intensa, divertida, intransferible?
Trato de hacer lo que hago cuando escribo una obra y
sé lo que sigue: cerrar el cuaderno, dejar pasar
el tiempo, intentar reencontrarme con la sorpresa.
¿Cómo nació? Pareció como
que nos agarraba de sorpresa.
En 1980, en medio del terremoto desatado por la dictadura
del 76, comenzaron a aparecer pequeños círculos,
islitas flotantes. Algún estreno, alguna obra,
algún intento de recrear grupos teatrales. Algunos
autores nos reuníamos en nuestras casas (era
lo más seguro) para contarnos cosas, para leernos.
Y volvíamos a nuestras casas (¡siempre
nuestras casa!). De pronto, la negación. A alguien
se le ocurrió decir que el autor argentino no
existía. No sé por qué nos pusimos
tan furiosos. Tantos directores y críticos decían
lo mismo desde hacía tanto tiempo. Ahora pienso
que fue un pretexto. Tal vez descubrimos en ese momento
del 80 que ya era tiempo de unir las islitas flotantes
en un continente. Habíamos heredado el círculo.
Convocamos a un continente circular.
Los primeros convocantes fueron los autores. Y es bueno
aclarar algo que sirve como antecedente de Teatro Abierto.
Cuando voy a otro país me cuesta reunirme con
todos los autores. De a uno, sí. Con todos, casi
imposible. De a uno, es un goce. Con todos, el silencio
previo a la batalla. En Buenos Aires, y no sé
por qué, es tradicional que grupos de autores
se reúnan para realizar cosas en conjunto. Tal
vez la influencia del teatro independiente, muy fuerte
para una generación, a la que pertenezco. De
esa generación nació Teatro Abierto.
¿Cómo lo hicimos? No es fácil recordar.
Más, cuando la pérdida de la memoria se
ha convertido en religión. Y en tabla de salvación.
Hay que salvarse de la utopía. Cuidado con ella,
que muerde. Además, cuando se escribe sobre un
recuerdo, se corre el riesgo de definirlo, alejarlo,
despersonalizado. Y Teatro Abierto fue una experiencia
tan personal, tan privada. Al menos para mí.
¡Tan personal! Lo hicimos de noche. Buenos Aires
es la ciudad de la noche. De los laberintos nocturnos.
De los encuentros. En otras ciudades se usa la noche
para perderse. En Buenos Aires, uno espera la noche
para encontrarse. El día es la hora de los horarios,
de los ejecutivos, de los portafolios. La noche es el
territorio del círculo. Teatro Abierto comenzó
de noche. Aunque fuesen las tres de la tarde. Pero el
sonido, el espacio, correspondían a la noche.
La mesa de un bar. Un grupo de autores. Y el primer
proyecto: 21 obras en un acto, estreno, para representar
tres por día durante una semana, con la idea
(loca) de que el ciclo se extendiese durante dos meses.
Veintiún directores. Contábamos con cuatro
o cinco. Los demás, eran una incógnita.
El miedo había convertido todo en una incógnita.
Actores. ¿Cuántos? Los que consiguiésemos
convencer. Otra incógnita. Y músicos,
y escenógrafos, y técnicos, y...y...y...Incógnitas.
La noche es también el espacio de las incógnitas.
Para penetrarlas comenzamos a reunirnos, en los bares
nocturnos de la calle Corrientes, con actores, con directores,
con músicos, con amigos. Buscábamos cómplices
para una idea (loca). Casi como contrabandistas. En
voz baja. Para no asustar a nadie. Ni siquiera a nosotros
mismos. Sonaban más fuertes las sirenas policiales
que nuestras voces. Y, de pronto, nació el círculo.
¿Cuál era el objetivo? ¿Responder
a la negación demostrando que existíamos?
Creo que el objetivo profundo fue volver a mirarnos
a la cara, sin vergüenza. Afeitarnos sin temor
de cortarnos por vergüenza propia y ajena. Olernos
nuevamente. Reconocernos en la piel y el aliento del
otro. Y cuando a la primera reunión que llamamos
vinieron más de cien personas, y la gente del
Teatro del Picadero aceptó estar con nosotros,
y que nosotros estuviésemos en su teatro, sentí
que habíamos atravesado el espacio del miedo.
Quiénes dijeron que sí, quiénes
dijeron que no. No sé. No lo recuerdo muy bien.
Se han olvidado tantas cosas en Argentina que también
podemos olvidar eso, después de tanto tiempo.
Al final, de una manera o de otra, estuvimos todos.
Y hubo momentos especiales en que acudió más
gente que la que soñábamos al principio.
El círculo irradia. Abre puertas y ventanas.
Exorciza el miedo. Ensancha la percepción porque
une y mezcla percepciones, contagiando la de uno con
la del otro. Vence límites y fronteras. Teatro Abierto pasó por encima de las generaciones porque
parió la generación de Teatro Abierto.
Había que escribir las obras. Un acto corto,
en un teatro que no se caracterizaba por eso. Y se decidió
que cada autor trabajase en absoluta libertad. Sin darnos
cuenta reconstruimos la estructura familiar multitudinaria,
una tribu casi, fuera de las casamatas de nuestras casas.
Sin dirigentes. Sin jefes. Creo que ninguno de nosotros
olvidará la anarquía creativa que se dio
en esas primeras reuniones convocadas en la Sociedad
de Autores (Argentores). El que proponía algo,
debía llevarlo a la práctica. Por supuesto,
en esa familia nacieron los primeros matrimonios: un
autor con un director. Un director con un autor. De
ese matrimonio debía nacer la obra. ¿Cómo
ser celestinos de parejas que no podían divorciarse
antes del parto? El azar no nos pareció lo más
conveniente. Hacía tanto que no elegíamos
nada, que, ¿por qué no aprovechar esta
oportunidad para volver a ejercer nuestra necesidad
de elegir? Así, nos elegimos los unos a los otros.
Autores a directores. Directores a autores. Cada autor
seleccionó tres directores, y cada director tres
autores. De un complicadísimo diagrama de líneas
entrecruzadas, surgieron las felices parejas. Para festejar
el acontecimiento se empezaron a escribir las obras.
Algunos contaban una idea. Y todos opinaban. Alguno
leía su primera página. Y todos opinaban.
Algunos traían su obra terminada. Y todos sugerían
correcciones. Fue un seminario de 21 autores y 21 directores.
Un verdadero horno de creatividad. No se puede creer.
Ahora que lo recuerdo, para escribir estas notas, no
puedo creerlo. Claro, ha pasado tanto tiempo. Tantas
cosas...¡tantas! Y en eso se nos fue 1980.
Recuerdo el verano del 81. Mientras la gente iba a veranear
a Mar del Plata o Punta del Este, y las Madre daban
vuelta en círculo en la plaza de la dictadura,
el círculo de Teatro Abierto crecía. Marginal,
contrabandista, fuera de todo circuito de promoción.
Llegaron los músicos, los escenógrafos,
se formaron los elencos (algunos se de-formaron y se
volvieron a formar de otra manera). Llegaron los técnicos.
También llegó un amigo que no era autor,
ni actor, ni director, ni escenógrafo, ni técnico.
Tenía un comercio. Por supuesto, le tocó
ser nuestro productor, pobre. Porque, ¿cómo
producir "eso" sin nada, si ni la Fundación
Rockefeller podía bancar un cartel como ese?
Se decidió que ninguno cobraría un centavo.
Pero la gente tenía que seguir sobreviviendo
de su trabajo. Se decidió que el ciclo se realizaría
en una hora que les permitiese hacerlo. La hora elegida
fue las seis de la tarde, en el Teatro del Picadero.
Y comenzaron los ensayos. En cualquier lugar. Los posibles.
Y a cualquier hora. Las posibles. Las mañanas,
las tardes, las noches, las madrugadas. Donde y cuando
se pudiese. Los músicos componían y al
mismo tiempo eran ejecutantes de la música de
los demás. Los directores colaboraban con las
luces de todos. Y los escenógrafos fueron escenógrafos
y técnicos de cada obra. Entonces, Teatro Abierto
decidió salir a la luz; el 12 de mayo del 81
convocó a una conferencia de prensa. La prensa
fue. La televisión no se dio por enterada. Teatro Abierto en pleno, todos apretaditos, tocándonos,
oliéndonos, esperó a los periodistas sobre
el escenario del Picadero. No podían creerlo.
A mí me cuesta creerlo, ahora que trato de recordar.
¿Cómo lo hicimos?
Faltaban casi dos meses para el estreno. Como necesitábamos
dinero para algunos gastos, imprimimos unos abonos.
Baratos. Baratísimos. Como pan. Resolvimos dejar
algunos en la boletería del Picadero, y vender
nosotros la mayoría. A la semana debimos dejar
todos en el teatro, tal era la avalancha de compradores.
Las noches en los bares de la calle Corrientes se volvieron
más alegres que nunca, a pesar de las sirenas
policiales y las requisas que entraban para pedir documentos.
Y de pronto nos dimos cuenta de que faltaban dos semanas
para que el círculo se cerrase. En una mesa de
café, a media cuadra del Picadero, un autor dijo:
"¿Se dan cuenta de que no podremos hacerlo?".
Y le contestamos riendo "¡Claro!".
Teatro Abierto decidió hacer una semanas de preestrenos,
para que todos pudiesen ver todas las obras. Y para
algunos amigos. No íbamos a ser muchos. Los suficientes
para ver lo que pasaba sobre el escenario, cómo
funcionaba todo ese monstruo. Pero se corrió
la voz. Y el primer día de los preestrenos llegó
una avalancha de gente, mucha gente joven, que convirtió
el teatro y la calle cerrada de cien metros donde estaba
el Picadero en una inundación de energía
liberada, de felicidad reprimida por tanto tiempo, de
autorespeto, porque estaban ahí, y ahí
se iban a quedar, porque habían recuperado la
calle, el cielo, el viento. Habíamos empezado
a recuperarnos a nosotros mismos.
El 28 de julio del 81 pareció que el círculo
se cerraba. Fue el estreno: Decir sí, de Griselda
Gambaro; El que me toca es un chancho, de Alberto Drago
y El Nuevo Mundo, de Carlos Somigliana. Somigliana escribió
para esa oportunidad: "¿Por qué hacemos
Teatro Abierto?...Porque amamos dolorosamente a nuestro
país, y éste es el único homenaje
que sabemos hacerle. Porque encima de todas las razones
nos sentimos felices de estar juntos..."
El 5 de agosto culminó la primera semana de Teatro Abierto. Parecía que el círculo se había
completado. Pero no. En la madrugada del 6 de agosto
del 81, mientras Frank Sinatra cantaba para el Buenos
Aires de la dictadura y para los comunicadores sociales,
los militares y la policía y los para, incendiaron
el Teatro del Picadero. Alguien me avisó. Yo
avisé a algunos. Algunos avisaron a otros. Y
bajo la llovizna de esa madrugada nos fuimos reuniendo
todos, ante las ruinas del teatro. Era nuestro teatro.
Y la llovizna nos corría por los ojos. Como habíamos
recuperado la vergüenza, no tuvimos vergüenza
de llorar. "La madrugada en que ardió el
Picadero ninguno de los reunidos en un bar de Corrientes
y Callao sintió que había quedado bajo
sus cenizas. Sabíamos que todos estábamos
sobre ellas. Y creo que tenemos el derecho de pedirle
a un país entero que nos acompañe a bailar
sobre las cenizas". Eso lo escribí un par
de meses después en una nota para el diario Clarín.
Y el país nos acompañó. Al día
siguiente muchos teatros de Buenos Aires se nos ofrecieron
para continuar el ciclo. Y el 7 de agosto, cuando Teatro Abierto llamó a una conferencia de prensa, el
Teatro Lasalle reventaba. De gente, de energía,
de indignación, de solidaridad. Allí estuvieron
también Ernesto Sábato y Pérez
Esquivel, nuestro Nobel de la Paz. Y Borges nos envió
un telegrama de adhesión. Cuando se leyó
la declaración de Teatro Abierto dejando sentada
su decisión de continuar con el ciclo, la gente
cantó el Himno Nacional. En otro momento podía
haber resultado cursi. Esa noche, no.
Para continuar, Teatro Abierto eligió el Tabarís,
un teatro comercial, cuyo horario nocturno estaba dedicado
a la revista porteña. Pero desde las cuatro de
la tarde, en la calle Corrientes, se formaban colas
de cuadras para asistir a las funciones de Teatro Abierto,
que recomenzaron el 18 de agosto de 1981. Releo mi álbum
de recortes. Anárquico, como Teatro Abierto.
Desordenado, como mis recuerdos. Delante mío
tengo también el libro que editamos con las obras
de Teatro Abierto. El dinero nos lo dio un banco. Los
autores renunciaron a sus derechos de autor para poder
venderlo barato, muy barato, tan barato como el pan.
Y en las colas que se hacían esperando el comienzo
de las funciones, actores, actrices, autores, escenógrafos,
músicos, amigos, vendieron a la gente miles y
miles de ejemplares.
El 21 de septiembre de 1981, el día de la primavera,
el día de la juventud, terminó el primer
ciclo de Teatro Abierto. El Tabarís estaba colmado.
Sentados y parados. El hall del teatro, la calle, habían
sido ocupados por una multitud que esperaba el final
del espectáculo para invadir la sala y festejar
con nosotros. Y cuando el teatro se inundó de
globos, y serpentinas, y flores y papel picado, y lágrimas,
sentí que ahí se había cerrado
el círculo, y que siempre iba a ser agredido,
y que dependía sólo de nosotros mantenerlo
vivo. Venía de lejos. Iba lejos. Cuesta escribir
esto. Pero ahí lo dejo. Porque la esperanza...
¿Cómo lo hicimos? Por utópicos.
Pero en América Latina ser utópico es
ser realista. Si no hubiésemos sido utópicos,
ni hubiésemos sobrevivido (condición imprescindible
para ser realista, o cualquier otra cosa), ni el país
flotaría como un corcho, ni hubiésemos
hecho nada de lo que hicimos. Teatro Abierto incluido.
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