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En
el mes de julio de 1981 la dictadura argentina iniciaba
su proceso de declinación. En aquellos estamentos
donde el verdadero poder toma decisiones se pensaba
que los militares debían prepararse para abandonar
el gobiernos conquistado hacía cinco años
y medio. Los hombres de uniforme habían cumplido
sobradamente su misión principal: aniquilar a
la guerrilla izquierdista armada y desactivar las estructuras
políticas y gremiales más combativas.
El plan militar se desarrolló a la perfección,
pero el costo fue muy grande. Los métodos aplicados
por los dictadores horrorizaban al mundo. La imagen
internacional de la Argentina ponía en peligro
su futuro como país integrante de la comunidad
civilizada.
Las prácticas de terror aplicadas en los cuarteles
y comisarías del país eran conocidas desde
hacía tiempo por las organizaciones políticas
y por las entidades de derechos humanos de todo el mundo.
Los sectores progresistas se degañitaban desde
1976, pero no habían sido escuchados. Hasta que,
finalmente, los alaridos de los torturados, los quejidos
de las Madres, el silencio de los desaparecidos y las
reiteradas denuncias de los exiliados atravesaron todos
los muros de la comunidad internacional. Ya nadie podía
hacerse el tonto sobre lo que estaba sucediendo en la
Argentina.
Desde mediados de 1980 circulaba por todos los despachos
diplomáticos, políticos y periodísticos
del mundo un informe de la Comisión de Derechos
Humanos de la Organización de Estados Americanos
(OEA). Se trataba de dos gruesos tomos que contenían
escalofriantes denuncias sobre el sistema de terror
aplicado por los militares argentinos. De hecho, si
la complaciente burocracia diplomática latinoamericana
condenaba a la dictadura militar argentina, quería
decir que el mundo le estaba extendiendo su certificado
de defunción.
En síntesis: a mediados de 1981 el poder militar
en la Argentina estaba agotado. Había que pensar
de qué manera no traumática se producía
el recambio. Finalmente, se trataba de preservar el
sistema cambiándole la fachada.
En julio de 1981 todo parecía encaminarse por
carriles previsibles. Nadie podía sospechar lo
que ocurriría ocho meses después: la demencial
invasión de las islas Malvinas, un intento desesperado
de un comando militar decadente, conducido por un general
delirante y borracho, por permanecer en el poder. "Los
militares argentinos huyen para adelante", iba
a ironizar Jorge Luis Borges cuando se enteró
del desembarco argentino.
Argentina: julio de 1981
Cinco años y tres meses después del golpe
que derrocó al gobierno legal de Isabel Perón,
la sociedad argentina estaba reponiéndose del
plan de exterminio aplicado por los militares. La "guerra"
había terminado hacía más de un
año, pero los mecanismos de represión
y censura persistían.
Hasta fines de 1980 sólo las Madres de la Plaza
de Mayo desafiaban al régimen con su rito semanal,
valiente y solitario, girando alrededor de la pirámide
de la plaza, frente a la Casa de Gobierno, con sus cabezas
cubiertas por pañuelos blancos. Fue po aquel
tiempo cuando empezaron a registrarse los primeros brotes
de resistencia. Era evidente que la actitud de la ciudadanía
comenzaba a cambiar, en principio la de aquellos sectores
más castigados por el régimen: la clase
obrera y los intelectuales. Como síntomas de
resistencia aparecieron las huelgas aisladas, las protestas
populares focalizadas y las primeras reacciones de la
prensa independiente.
Hasta los grandes diarios comenzaron a filtrar noticias
y comentarios críticos al régimen, y los
líderes políticos se sentaban a conversar;
sentían que había llegado la hora de programar
la vuelta a la democracia.
Los intelectuales volvían a reunirse en los bares
del centro de Buenos Aires y se abrían tres frentes
de protesta: el teatro, las revistas de humor y los
recitales de música popular.
Entre tanto, buena parte de los argentinos, la llamada
mayoría silenciosa, más preocupada por
su bolsillo que por las libertades públicas,
comenzaba a sospechar que también ella era víctima
de la dictadura y que la acción de los militares
no sólo estaba destinada a terminar con la guerrilla
marxista. Por aquellos años el sueldo de los
obreros y de los empleados se iba a reducir en un veinte
por ciento.
En síntesis, a mediados de 1981 ningún
argentino podía asegurar que el régimen
militar estuviera a punto de caerse. Aún así,
la gente se animaba a protestar, sea por convicciones
políticas, por necesidad económica o por
hartazgo. El pueblo sabía que seguía viviendo
bajo una dictadura aunque algunos nudos de la mordaza
comenzaran a aflojarse. La mayoría de los argentinos
desconocía la magnitud del genocidio, sus detalles
perversos, pero nadie podía ignorar que existían
miles de desaparecidos, hombres y mujeres torturados,
campos de concentración y presos políticos.
Ese fue el contexto político en que se produjo
Teatro Abierto.
El Teatro Resistente
El teatro en la Argentina, especialmente el de Buenos
Aires, tiene una larga tradición militante. Desde
siempre estuvo ligado a procesos políticos y
sociales, fue vanguardia en la resistencia y víctima
propiciatoria de las dictaduras y las intolerancias.
Ya en los tiempos de la colonia, es decir de la prehistoria,
allá po 1792, cuando el teatro argentino no existía,
se produjo un episodio premonitorio: el incendio de
la primera sala de Buenos Aires, el Teatro de La Ranchería,
un galpón con techos de paja fundado por el virrey
español Juan José de Vértiz. El
fuego lo originó una bengala que partió
de una marcha de fieles católicos durante una
festividad religiosa. Nunca se supo bien si fue un accidente
o un atentado. Los historiadores más rigurosos
recuerdan que la jerarquía católica no
veía con mucha simpatía la presencia de
ese "antro" pecaminoso, ni compartía
la política progresista del virrey Vértiz
quien, además de construir un teatro, había
introducido la imprenta en estas tierras salvajes.
En los arranques de este siglo el teatro asumió
un mayor compromiso social. Aparecieron los dramaturgos
propios, los autores nacionales, que en su mayoría
eran anarquistas y socialistas. Pero sólo en
el año 30, el teatro de arte encontraría
una estructura que lo convertiría en una arma
de acción contra el sistema. A fines de ese año,
un intelectual, hombre de teatro pero también
periodista y narrador, Leónidas Barletta, funda
el Teatro del Pueblo, piedra basal del movimiento de
teatros independientes, un fenómeno que cambió
las estructuras del teatro de la Argentina y que sirvió
de modelo para el nacimiento de buena parte del actual
teatro de arte de América Latina. Teatro Abierto
fue hijo directo de aquel movimiento, heredero del mismo
espíritu de disconformidad con el arte comercial,
y de resistencia cultural a los sectores más
reaccionarios de la sociedad.
Los protagonistas de Teatro Abierto suelen recordar
esta continuidad, que no es casual. En 1930 se produjo
el primer golpe de Estado y a partir de ahí comenzarían
más de 50 años de gobiernos con fuerte
presión militar sobre la sociedad argentina.
Naturalmente, la cultura en general y el arte en especial
serían las víctimas preferidas del fascismo.
Hasta 1945 se sucedieron una serie de gobiernos ilegítimos
que llegaron al poder mediante el fraude o la violencia;
entre 1945 y 1955 se instaló la década
peronista (legítima en lo político, pero
rígida también en lo cultural); de 1955
a 1983 se alternaron los gobiernos civiles con regímenes
militares cada vez más violentos. Salvo los tres
años de gobierno radical de Arturo Illia son
casi 30 años donde imperan la censura y la auto-censura,
tiempos de convulsiones políticas. A medida que
fue creciendo la resistencia popular la respuesta fue
más dura, hasta llegar a la brutal dictadura
genocida de 1976.
Tanto en épocas de dictadura como de dictablandas,
en tiempos de gobiernos militares violentos o de gobiernos
civiles ilegítimos, el sistema mantuvo una misma
estrategia represiva hacia el teatro. Permitía
la presencia de espectáculos de arte, pero le
ponía como condición que se encerrara
en pequeños espacios. Es decir, el teatro podía
existir siempre y cuando no se notara, siempre y cuando
lo escucharan sólo los convencidos.
Contrariamente a lo que ocurrió en la España
de Franco, el Chile de Pinochet o en Uruguay y Brasil
bajo regímenes militares, en la Argentina no
se aplicó nunca la censura previa. Aún
en los momentos más duros los espectáculos
se estrenaban sin ninguna inspección; las obras
no estaban obligadas a ser indagadas antes de subir
al escenario. Claro que quien se animaba a sacar la
cabeza corría el peligro de perderla. Entonces
empezaba a funcionar la autocensura. Los empresarios
de las grandes salas estrenaban solo comedias intrascendentes
y en los teatros de arte se eludían aquellos
textos directamente políticos. El hombre precavido
-suele suceder- es más papista que el Papa.
En los teatros oficiales la censura no estaba oficializada,
pero de todas maneras, la elección del repertorio
y de los intérpretes era responsabilidad de los
directores -funcionarios designados por el gobierno
de turno- que aplicaban la política discriminatoria.
De hecho, no subía a escena ninguna obra de los
autores argentinos cuestionadores del sistema, lo que
equivale a decir casi todos, ni se convocaba a ningún
actor o director catalogado de izquierdista. Los resistentes
eran confinados a la actividad privada, obligados a
recluirse en los pequeños teatros.
Y era en los pequeños teatros de arte donde aparecían
los mayores riesgos, pero cada estreno estaba cargado
de nerviosismo, de desconfianza e inseguridad, mucho
más si el espectáculo tenía una
intencionalidad política o social.. Lógicamente,
no se produjeron a partir de 1976 obras que atacaran
directamente al gobierno militar, pero hubo algunas
cuya lectura era inocultablemente antifascista. El régimen
las dejó pasar con su tradicional estrategia
de no prohibir aquello que no tenía notoriedad,
que sólo llegaba a los convencidos. Los ingenuos
estaban resguardados por una censura que impedía
cualquier desliz en los medios masivos de comunicación,
tales como la televisión o el cine.
Por eso, Teatro Abierto pudo ser soñado y pudo
nacer. Cuando el régimen tomó conciencia
de que era un hecho significativo envió un comando
de represores para que incendiara la sala, el Teatro
del Picadero, donde se estaba desarrollando. Todo lo
que logró fue convertir a Teatro Abierto en un
fenómeno político, en un acto masivo de
resistencia.
Porque Teatro Abierto nació como un delirio de
las catacumbas y terminó compartiendo las luces
de la notoria calle Corrientes, lo que demuestra que
las cosas no salen siempre como los poderosos lo escriben
de antemano. A los militares argentinos, por ejemplo,
tan expertos en armas, con Teatro Abierto el tiro les
salió por la culata.
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