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PRIMER ACTO
(En la sala resuena una melodía clásica
y serena, cuyo volumen irá descendiendo gradualmente
al comenzar el espectáculo para no interferir
la voz de los personajes. Se sugiere el "Concierto
para dos mandolinas y cuerdas en Sol mayor", de
Vivaldi.
La acción transcurre en la casa del profesor
García Chaves, en el pueblo de Campana. Un ámbito
amplio y sombrío, con las paredes cubiertas de
libros que se precipitan sobre los escasos y vetustos
muebles e incluso sobre el piso. Dos puertas comunican
con el interior y el exterior de la casa, respectivamente.
El profesor García Chaves es un hombre de más
de setenta años, todavía bastante gallardo.
Viste con ropa muy gastada pero reveladora de cierta
afectación (chaleco, moñito), que lo hace
parecer una caricatura de un dandy de la década
del 30; una especie de Ricardo Güiraldes viejo,
por ejemplo. Está sentado ante su escritorio,
abstraído en una tarea que, como luego se verá,
consiste en resolver el crucigrama de un diario)
PROFESOR
(Leyendo para sí mismo) "Figura, representación
o apariencia de algo". Seis letras...(Tras una
brevísima meditación) Tiene que ser imagen...(Lo
escribe. Un pasaje de la melodía reclama su atención.
Dirige la invisible orquesta con la lapicera que está
usando. Regresa al crucigrama) "Príncipe
escocés que hizo asesinar a su primo Duncan y
se coronó rey en 1040". Siete letras...(Casi
de inmediato) ¡Macbeth! ¡Macbeth, por supuesto...!
(lo escribe mientras rezonga) ¿Qué clase
de estúpidos preparan estos crucigramas? Ni un
poco de imaginación, ni una pizca de astucia...(Casi
a regañadientes, vuelve a su tarea) "Punto
de flexibilidad de un metal". Seis letras...(Piensa,
vacila) Punto de flexibilidad de un metal...(Pausa)
¿Torque...? Podría ser torque? No, torque
no puede ser...(Se irrita) Punto de flexibilidad de
un metal! Lo he puesto cien veces, mil veces y...justo
ahora, vengo a olvidarme de esa vulgaridad...(Suena
el timbre de la puerta de calle.El profesor levanta
apenas la cabeza en esa dirección y enseguida
llama hacia el interior de la casa) ¡Laura...!
¡Están llamando a la puerta! (Como nadie
responde, parece olvidarlo) Punto de flexibilidad de
un metal...¡Es inconcebible, inconcebible...!
¿Cómo demonios se llamaba el punto de
flexibilidad de un metal? (Tímidamente, vuelve
a sonar el timbre) ¡Laura...! (Espera un instante
y luego, resoplando, va hasta la puerta de calle y abre.
En el umbral está Horacio; un hombre común
y corriente de alrededor de cuarenta años, cuyo
único encanto particular reside en cierto brillo
juvenil que todavía conserva en la mirada. Viste
con la elegancia impersonal de los ejecutivos)
HORACIO
Buenos días. (Pausa.El viejo lo examina) ¿Profesor
García Chaves?
PROFESOR
(Algo impaciente) ¿Sí?
HORACIO
¿Cómo le va, señor?
PROFESOR
Bien, gracias. ¿Qué desea?
HORACIO
Yo soy Caletti, Horacio Caletti...(Pausa) ¿Me
recuerda?
PROFESOR
(Tras una ligera vacilación) Si usted viene por
ese asunto de la enciclopedia...
HORACIO
¿La enciclopedia? Yo no...Mire, señor...
PROFESOR
¡Sí,Sí, la enciclopedia! Le advierto
que no pienso pagar una sola cuota más...(Sin
atender a las protestas de Horacio, levanta tres voluminosos
tomos que están encima del escritorio y lo obliga
a aceptarlos) Esta obra es una estafa, joven, está
llena de errores imperdonables...
HORACIO
(Totalmente desconcertado, mientras sostiene los libros)
No, pero yo no tengo nada que ver...
PROFESOR
¡A mí eso no me interesa! Si usted vende
una enciclopedia, no puede ignorar que Tirso de Molina
no nació en 1570...
HORACIO
¡Pero escúcheme, señor...! Usted
está confundido...Yo soy un exalumno suyo...Caletti,
señor...¿no me recuerda?
PROFESOR
Perdón, no le entiendo muy bien...(Va hasta el
tocadiscos que emite música desde un rincón
y lo detiene. Se vuelve hacia Horacio) ¿Me decía...?
HORACIO
(Dando un paso hacia el interior) Caletti, señor...Yo
fui alumno suyo.
PROFESOR
¿Alumno mío?
HORACIO
Hace veinte años...
PROFESOR
No me diga...
HORACIO
En el Colegio Nacional Buenos Aires...¿No se
acuerda?
PROFESOR
Sí, claro, pero...Discúlpeme, hace tanto
tiempo...
HORACIO
Veinte años, justamente.
PROFESOR
Y ahora...¿Trabaja para esa editorial?
HORACIO
(Como afirmando lo que dice, vuelve a dejar los libros
en cualquier sitio) No, señor. No tengo nada
que ver con ninguna editorial.
PROFESOR
Menos mal...En realidad, un exalumno del Buenos Aires
no podía estar complicado con semejante porquería...¿Y
qué lo trae por aquí, entonces? (Corrigiéndose)
Quiero decir...¿No me dirá que ha venido
a ver a su viejo maestro?
HORACIO
Y...Sí, señor. Exactamente. Hubiera querido
anticiparle mi visita, pero no pude conseguir su teléfono.
PROFESOR
No tengo teléfono. Pero venga, pase, pase...¿Y
ha venido hasta Campana, sólo para verme...?
(Horacio asiente) ¿Desde Buenos Aires? (Horacio
vuelve a asentir) Bueno, ¿qué quiere que
le diga? Ha sido una gran deferencia...Una exquisita
amabilidad de su parte...¿Cómo me dijo
que era su nombre?
HORACIO
Caletti. Horacio Caletti.
PROFESOR
Realmente, no es habitual hoy en día que los
jóvenes se acuerden de sus viejos maestros...Pero
siéntese, Caletti. (Horacio mira a su alrededor,
pero no encuentra dónde hacerlo, ya que todo
está cubierto de libros y papeles. El viejo lo
advierte y comienza a desocupar un sillón mientras
Horacio trata inhábilmente de ayudarlo. Esta
nueva situación de incomodidad física
se prolongará el tiempo que el director juzgue
tolerable, mientras se desarrolla el diálogo
entre ambos personajes)
HORACIO
Sin embargo...Yo todavía recuerdo sus antiguas
clases.
PROFESOR
(Halagado) Oh, no me lo dirá en serio...
HORACIO
Todavía me veo, parado junto al banco, recitando
alguna poesía bajo la mirada del implacable García
Chaves...
PROFESOR
¿Así me decían?
HORACIO
Sí. El implacable.
PROFESOR
Vamos, no era para tanto...
HORACIO
Duro, pero justo.
PROFESOR
(Más halagado todavía) ¿Usted cree,
realmente...?
HORACIO
Y con bastante sentido del humor...
PROFESOR
¿Sentido del humor? Sí, puede ser. Eran
otras épocas, aunque...¿Usted era compañero
de Vaquier?
HORACIO
¿Vaquier?
PROFESOR
Un muchachito muy simpático, de pelo muy negro,
ojos azules...
HORACIO
(Cortésmente) Sí, creo que lo recuerdo,
pero...(Breve pausa) Se debe haber recibido uno o dos
años antes que yo.
PROFESOR
Un muchachito muy simpático, Vaquier, pero muy...No
sé, parecía uno de estos jóvenes
de ahora...
HORACIO
¿Y qué pasó con él?
PROFESOR
En aquella época había en todas las aulas
unas salivaderas enlozadas...El se ponía a toser
como un condenado, hasta que conseguía permiso
para acercarse a la salivadera...Y entonces, mi querido
amigo, entonces...¡El muy taimado escupía
una bolita!
HORACIO
(Sonriente) Cierto...Esa bolita se hizo famosa.
PROFESOR
Y no era para menos, mi querido joven...Las escupidas
de Vaquier resonaban como cañonazos...Y sus hazañas
se agigantaban cada día frente a los sorprendidos
profesores que no se atrevían a examinar las
salivaderas para verificar...Eh, digamos, la causa del
estampido.
HORACIO
Sí, era el héroe de todo el turno de la
mañana.
PROFESOR
Hasta que un día, "el turno" me tocó
a mí.
HORACIO
Supongo que era la prueba de fuego de Vlaquier.
PROFESOR
No lo sé, pero en cambio le aseguro que yo sentí
que era la mía. Cuando se arrimó a la
salivadera, tosiendo como un tísico, yo me paré
a su lado y le pregunté: "¿Tiene
mucha tos, Vaquier? Y cuando el asintió...¡Zas!
(Da una fuerte palmada en el respaldo del sillón)
¡Se tragó la bolita y se curó para
siempre!
(Los dos ríen alborozados por el recuerdo compartido)
HORACIO
Pobre Vaquier...
PROFESOR
Aquella palmada en la espalda lo derrumbó del
pedestal de prócer que había construido
a fuerza de sonoras escupidas.
HORACIO
Me parece que al poco tiempo se fue del Colegio.
PROFESOR
Sí, puede ser...Un muchachito muy travieso, ese
Vaquier. Parecido a los jóvenes de ahora, en
cierto sentido...Pero no sé...Antes uno podía
corregirlos.(Pausa) Duro pero justo, dijo usted...¿Así
era yo?
HORACIO
¿Qué otras cosas recuerda, señor,
de aquella época?
PROFESOR
(Hace un gesto que abarca el mundo mientras suspira
nostálgico) Un gran colegio, el Nacional Buenos
Aires...Un gran colegio...En aquel tiempo, claro...Después,
no sé.
HORACIO
(Con cierto pudor) Nosotros, por lo menos, pensábamos
que era el mejor del mundo.
PROFESOR
Bueno, no sé si tanto, pero...Uno de los mejores,
no le quepa duda...
HORACIO
Sentíamos que era una especie de honor, ser sus
alumnos...
PROFESOR
Y lo era, mi querido amigo, lo era...
HORACIO
Supongo que sí. Sólo que nosotros...Los
alumnos, digo...Me parece que siempre fuimos un poco
engrupidos...
PROFESOR
No, no...Era un orgullo legítimo (Pausa) Ah,
esta visita suya me trae tantos recuerdos, tantas añoranzas...¿Caletti,
me dijo?
HORACIO
Sí, señor. Horacio Caletti.
PROFESOR
Sí, creo que ahora empiezo a recordarlo, Caletti...¿O
puedo llamarlo Horacio?
HORACIO
Como guste.
PROFESOR
Es un hermoso nombre (Evocativo) "Non semper feriet
quodcumque minabitur arcus" ¿Lo recuerda?
HORACIO
El latín nunca fue mi fuerte, señor.
PROFESOR
Es un verso de Horacio, su tocayo, ¿Usted fue
alumno mío de Latín?
HORACIO
No, señor; de literatura.
PROFESOR
Entonces, lo perdono...Literatura, ¿en qué
año? No tenga miedo, no le voy a tomar examen...
HORACIO
Cuarto y quinto.
PROFESOR
¿Y eso fue en...?
HORACIO
Mil novecientos cincuenta y seis, cincuenta y siete...
PROFESOR
Claro, claro...¿Quiere decir que usted se recibió...?
HORACIO
En el cincuenta y ocho.
PROFESOR
(Asintiendo) En el cincuenta y ocho...(Pausa) ¿Usted
no era aquel muchachito...? (Horacio lo mira con interés)
Sí, aquel muchachito que siempre usaba una bufanda
verde...
HORACIO
¿Una bufanda verde? No...No, ése era Romero,
me parece...
PROFESOR
Ah, no era usted...Sí, Romero, puede ser...Era
curioso...En invierno o verano, siempre andaba con aquella
bufanda verde...
HORACIO
Para los exámenes, solamente...Era una especie
de amuleto, decía que le traía suerte...
PROFESOR
¿No me diga? ¿Y era verdad? (Horacio se
encoge de hombros) Así que no era usted...Discúlpeme,
Horacio...Por momentos se me mezclan un poco las imágenes...
HORACIO
Es lógico, señor. Eramos tantos...
PROFESOR
(Apuntándole con el índice) Y, sin embargo,
su cara...No importa, ya lo voy a poder ubicar...(Pausa)
Pero, cuénteme...¿Qué ha sido de
su vida desde entonces?
HORACIO
(Sin saber por dónde empezar) Bueno...
PROFESOR
¿Siguió estudiando?
HORACIO
Abogacía...Pero no me recibí.
PROFESOR
¿No se recibió? Qué lástima...
HORACIO
(Picado) De todos modos...Conseguí abrirme paso
en otras actividades.
PROFESOR
¿ah, sí...? ¿Qué hace ahora?
HORACIO
Estoy en una empresa metalúrgica. (Breve pausa)
En realidad, la abogacía nunca me interesó...Quizás
usted recuerde, cuando era alumno suyo...
PROFESOR
(Lo interrumpe, súbitamente interesado) ¿Una
empresa metalúrgica, dijo?
HORACIO
(Sorprendido) Sí.
PROFESOR
(Levantándose y yendo hacia el escritorio) Entonces,
usted entiende de metalurgia...
HORACIO
Bueno, estoy en la parte administrativa, pero...
PROFESOR
Usted puede hacerme un gran favor, Horacio, un gran
favor...(Tomando el diario con el crucigrama) ¿Cómo
se llama el punto de flexibilidad de un metal?
HORACIO
(Asombrado) ¿El punto...?
PROFESOR
Sí, el punto de flexibilidad de un metal. A usted
le parecerá una pavada, claro, pero a mí
casi me arruinó la mañana...
HORACIO
¿El punto de flexibilidad de un metal? (Breve
pausa) Temple, supongo...
PROFESOR
(Dándose una palmada en la frente) ¡Temple...!
¡Temple...! (Mientras lo escribe en el crucigrama)
Son esas lagunas inexplicables...Ya ve, mi querido amigo;
los años no pasan en vano...(Volviendo hacia
Horacio) Muy bien, muy bien...¿Así que
tiene una empresa metalúrgica?
HORACIO
Bueno, yo...No, no es mía.
PROFESOR
(Ligeramente decepcionado) Ah, no es suya...(Casi como
afirmándolo) Pero será un buen trabajo,
de todos modos...
HORACIO
Sí, realmente, no me puedo quejar...Soy jefe
de ventas...Tengo un buen sueldo, un porcentaje en las
ganancias y...En fin, buenas perspectivas.
PROFESOR
Ese gran auto que vi afuera...¿Es suyo?
HORACIO
(Algo desconcertado) Sí, claro.
PROFESOR
Muy bien, muy bien...¿Y se ha casado, supongo?
HORACIO
(Tras una casi imperceptible vacilación) Tengo
dos chicos: una nena de once años y un varón
de nueve.
PROFESOR
Bueno, me alegro mucho, Horacio...Todo parece indicar
una vida tranquila, próspera, feliz...
HORACIO
Sí...En realidad, señor, una vida común.
PROFESOR
"Aurea mediócritas", Horacio; "áurea
mediócritas"...Y dígame...¿Se
ve a menudo con sus compañeros?
HORACIO
Sólo con algunos, de tanto en tanto...
PROFESOR
Hábleme de ellos.
HORACIO
Benguria, creo que ahora es comodoro...Olivari, ¿se
acuerda?, es párroco de no sé qué
Iglesia...Kinkel -usted lo debe haber visto en los diarios-
es un gran músico ahora, le va muy bien en Norteamérica...Dabini
es un oculista famoso...Hay varios médicos, varios
abogados, algunos ingenieros...
PROFESOR
(Complacido) Una camada brillante.
HORACIO
Supongo que hubo de todo.
PROFESOR
¿De todo?
HORACIO
Quiero decir...También fracasados, mediocres...
PROFESOR
(Ceñudo) ¿Supo concretamente de alguno?
HORACIO
Bueno, no...
PROFESOR
¡Entonces no lo creo! (Tratando de suavizar la
cosa) Usted peca de modesto, Horacio, pero...No, no
había lugar para fracasados ni para mediocres
en nuestras filas...
(Una pausa larga, incómoda, durante la cual ninguno
de los dos parece tener otra cosa que decirse)
HORACIO
¿Y usted señor?
PROFESOR
¿Yo?
HORACIO
Sí. ¿Cómo le ha ido en todos estos
años?
PROFESOR
Bueno...¿Qué quiere que le diga? Tengo
poco que contar y...(Casi obligado por el atento silencio
de Horacio) A usted puedo confesarle, Horacio, que desde
que me jubilé, mi vida perdió su auténtico
sentido...Entonces, me vine a vivir a Campana, porque
había heredado esta casita, tenía algunos
ahorros y...Me gusta esta vida de hidalgo rural. (Pausa)
Desde entonces, vivo acá...Leyendo...Escuchando
música...Dando algunas clases particulares...Nada
importante, como ve.
HORACIO
¿Y vive acá...? ¿Solo...?
PROFESOR
Sí (Corrigiéndose tras una brevísima
pausa) Es decir, con mi hija Laura.
HORACIO
(Cordial) Ah, tiene una hija...
PROFESOR
Una chica muy despierta, muy...(Apresuradamente) Me
hubiera encantado que la conociera pero....No está
en casa.
HORACIO
Y de sus antiguos alumnos...¿Tuvo noticias de
alguien?
PROFESOR
¿Noticias? Sí, claro...Muchos me han escrito...Tengo
montones de cartas, por ahí, en algún
lado...E incluso...Muchos han venido a visitarme, como
usted...
HORACIO
Estoy seguro de que todos lo recuerdan.
PROFESOR
No tantos como yo hubiera querido, pero...
HORACIO
(Disculpándolos) Claro, Campana queda un poco
a trasmano...
PROFESOR
Sí, seguramente (Se queda pensativo. Otra pausa
larga)
HORACIO
(Consulta su reloj) A lo mejor le estoy robando demasiado
tiempo...
PROFESOR
No, no, al contrario...(Pausa) Justamente, estaba pensando...Dígame,
Horacio...¿Por qué vino?
HORACIO
(Confundido) Pero...
PROFESOR
Quiero decir...(Con alguna ansiedad) En serio...¿Qué
lo trajo hasta acá?
HORACIO
Es que...
PROFESOR
Sí, dígamelo...
(Horacio se levanta, da unos pasos por la habitación,
toma algún objeto al azar, lo deja y finalmente
encara al Profesor, con algo de vergüenza y memorizando
dificultosamente)
HORACIO
"Faciendo la vía
del Calatraveño
a Sancta María
vencido del sueño
por tierra fragosa
perdí la carrera
do vi la vaquera
de la Finojosa..."
¿Se acuerda?
PROFESOR
Sí, claro...La "Serranilla" del marqués
de Santillana...
HORACIO
¿Pero ve que yo también me acuerdo? (Animándose
un poco más)
"Música porque sí, música
vana
como la vana música del grillo
Mi corazón eglógico y sencillo
se ha despertado grillo esta mañana..."
PROFESOR
(Nostálgico) Nalé...Nalé Roxlo.
HORACIO
(Entre emocionado e incrédulo) ¿Ve que
me acuerdo?
PROFESOR
Sí.
HORACIO
Bueno...Creo que...Por eso vine.
PROFESOR
(Lo toma de los brazos, conmovido) Dios lo bendiga.
Dios bendiga su buena memoria.
HORACIO
(Tras un instante se desprende de los brazos del viejo)
¿Y de ésta no se acuerda, señor...?
¿De ésta no se acuerda?
(Con mucha vergüenza)
"Capitán de los Andes: la libertad nos diste
y hoy nos toca a nosotros velar por ese bien.
Defendamos la idea por la cual tú viviste
y los siglos te vean dormir en paz. Amén"
(Pausa larga) ¿No se acuerda?
PROFESOR
(Tras una pausa) No, ésa no la ubico, pero...De
todos modos...(Entra Laura; 19 años, blue jeans
y suéter, comúnmente linda. Lleva en la
mano una revista, que luego dejará abandonada
en cualquier sitio)
LAURA
Hola.
PROFESOR
(Sin advertir su presencia) De todos modos, Horacio...
Creí que nadie...Ni yo mismo...Se acordaba ya
de todo eso...(Sigue la dirección de la mirada
de Horacio y descubre a Laura, con algún sobresalto)
Ahora no puedo...Estoy ocupado. (Se aproxima a ella
y trata de conducirla sin rudeza hacia el interior de
la casa) Te repito que ahora estoy atendiendo a este
señor...
LAURA
Creí que me estabas llamando.
PROFESOR
(Impacientándose y empujándola con mayor
decisión) No, ahora no...¡Hace media hora
que te estaba llamando!
LAURA
Sí, pero...Estaba cagando, papá.
(El Profesor acusa el impacto, casi como si se tratara
de un golpe físico. Da unos pasos erráticos
por la habitación, tratando de recuperarse, mientras
Laura se instala en algún sitio, aparentemente
decidida a quedarse)
PROFESOR
Después vamos a hablar, Laura. (A Horacio, como
arrepintiéndose de haberla nombrado) Sí,
acaba usted de conocer a Laura...Esta es mi hija Laura.
HORACIO
(Sintiéndose ridículo) Mucho gusto.
LAURA
¿Quién es él?
PROFESOR
El señor es Horacio...(Vacila) ¿Horacio...?
HORACIO
Caletti.
PROFESOR
Eso es, Horacio Caletti. Un antiguo discípulo.
LAURA
(Con curiosidad) ¿Ah, sí...?
PROFESOR
Hace veinte años, fue alumno mío de literatura
en el Colegio Nacional Buenos Aires. Ahora es dueño
de una empresa metalúrgica.
(Horacio hace un gesto negativo con la cabeza, pero
no se anima a desmentirlo)
LAURA
¿Una empresa metalúrgica? (Breve pausa.
Ligeramente irónica) Sí, claro, lo oí
recitar.
HORACIO
Bueno, yo...No estaba recitando.
PROFESOR
¿Arreglaste tu cuarto, Laura? (Ella lo mira sorprendida)
Creí que ya estabas en lo de tu amiga Lucía.
¿No habías quedado en ir a verla?
LAURA
Vos me lo habías prohibido, pero...De todos modos,
eso fue ayer...Lo que querés es que me vaya.
PROFESOR
Estábamos recordando viejas épocas...Hablando
de cosas que a vos no te pueden interesar.
LAURA
Sí, seguramente. ¿Lo que querés
es que me vaya?
HORACIO
De cualquier modo, señor...Yo ya me iba.
PROFESOR
¿Irse? No, de ninguna manera, no puede irse ahora...Justamente
ahora. (Ante el gesto de vacilación de Horacio)
Acaba de llegar, en realidad...Y todavía tenemos
tantas cosas de que hablar...
HORACIO
(Indeciso) Bueno...
PROFESOR
Al fin y al cabo, ha venido especialmente desde Buenos
Aires para verme y...(Pausa) Sí, Horacio; se
lo ruego...Se quedará a pasar el día conmigo...
HORACIO
¿El día...?
PROFESOR
Se quedará a almorzar, por lo menos...(Horacio
consulta su reloj) ¿Qué hora es?
HORACIO
Las once y media, pasadas.
PROFESOR
Entonces, se quedará a almorzar, por supuesto...
HORACIO
En todo caso, señor...Soy yo el que quiero invitarlos
a comer afuera.
PROFESOR
¿Afuera?
HORACIO
Sí, claro. Donde usted guste.
LAURA
(Con infantil entusiasmo) ¡Bárbaro...!
PROFESOR
(Severo) No, no, de ninguna manera...
HORACIO
¿Por qué, señor?
PROFESOR
Sería un verdadero abuso.
HORACIO
Es lo menos que yo puedo hacer...
PROFESOR
Usted ha venido a visitarme y es lógico que sea
mi invitado.
LAURA
Pero...
PROFESOR
(Ignorándola) Además, es un hábito
arraigado, no salgo nunca. No, Horacio, discúlpeme,
pero prefiero que nos quedemos a almorzar aquí.
LAURA
¿A almorzar aquí? (Los dos hombres la
miran) ¿A almorzar, qué? Lo único
que hay en casa es una caja de ravioles que sobró
del domingo.
PROFESOR
Laura, por favor...
HORACIO
(Con creciente incomodidad) Señor, yo...
PROFESOR
(Deteniéndolo con un gesto) No se preocupe, Horacio.
Compraremos cualquier cosa.
LAURA
(Negando con la cabeza) No hay un mango. Con suerte,
recién el viernes cobrás la jubilación.
PROFESOR
Sí, no importa...Ya nos vamos a arreglar.
LAURA
(Inexorable) Y el almacenero ya no nos fía...
PROFESOR
(Realmente consternado) ¡Laura...!
HORACIO
(Intercediendo casi con desesperación) Señor...Permítame
insistir...Ya sé que no le gusta salir, pero...Yo
creo que hasta "el implacable García Chaves"
podría hacer una excepción, por esta vez...
(Pausa larga. El profesor vacila, aunque sigue negando
con la cabeza)
LAURA
(Conciliadora) Se puede comprar algo en la rotisería
de la esquina.
HORACIO
Por mí...Siempre que sea una invitación
mía...
LAURA
Sí, claro.
HORACIO
Y de ese modo, podríamos quedarnos aquí...
PROFESOR
(Dándose por vencido) Está bien, sea.
Sólo para evitarle a usted una nueva violencia.
HORACIO
Se lo agradezco.
PROFESOR
De todas maneras, Horacio...No me interesan demasiado
las apariencias, pero...Tampoco quiero que se haga una
idea falsa de mi situación...Este mes tuvimos
algunos gastos extras...Hubo que arreglar un techo y...¿Comprende?
HORACIO
No se preocupe, señor.
LAURA
Bueno, ¿entonces...? (Vuelve a concitar el interés
de los dos hombres) ¿Cómo hacemos?
PROFESOR
(Asqueado ante la perspectiva de la inminente transacción)
¿Podés ocuparte vos de...todo eso? (A
Horacio) Yo voy a preparar el aperitivo, mientras tanto.
Creo que por ahí tengo una botella de vermut...
(Huye hacia el interior de la casa. Se produce entre
Laura y Horacio una nueva pausa incómoda. Ella
lo examina, acercándosele)
HORACIO
Esto está un poco oscuro, ¿no?
LAURA
(Mientras va hacia un rincón, señala la
pared del fondo) Ahí había una gran ventana,
hace años...Pero hubo que tapiarla para agrandar
la biblioteca. (Acciona una llave y una cruda luz cenital
cae sobre el centro de la habitación. Vuelve
a acercarse a Horacio, examinándolo sin impertinencia,
pero con curiosidad)
HORACIO
(Incómodo) Bueno, Laura...Si usted me dice lo
que tengo que hacer...
LAURA
(Con naturalidad) Y, dame la plata...
HORACIO
¿No prefiere que vaya yo?
LAURA
No, dejá, vos dame la plata...(Con alguna vergüenza,
Horacio saca la plata del bolsillo y le entrega algunos
billetes) ¿Qué querés que traiga?
HORACIO
No sé, lo que usted...(Decidiéndose a
aceptar el tuteo) Lo que vos quieras...Lo que a él
más le guste.
LAURA
¿Así que vos fuiste alumno del viejo?
HORACIO
¿Qué pasa? ¿Soy distinto de los
otros?
LAURA
¿Qué otros?
HORACIO
Los otros que vinieron.
LAURA
No, vos sos el primero...(Pausa . Laura no advierte
la reprimida sorpresa de Horacio) Pero, no sé...Te
imaginaba de otro modo.
HORACIO
¿Cómo?
LAURA
No sé, de otro modo...¿Cuántos
años tenés?
HORACIO
Cuarenta. Casi cuarenta.
LAURA
(Ufana) Yo, diecinueve.
HORACIO
¿Qué querés que te diga? Te felicito.
LAURA
Pareces más joven, pero...No sos feo para tu
edad (Se ríe con espontaneidad, ante la evidente
turbación de Horacio) Una mujer de tu generación
nunca te diría una cosa así...
HORACIO
No sé, depende.
LAURA
Y menos, después de recibir plata para ir a comprar
comida...
HORACIO
(Empezando a fastidiarse) Mirá, Laura...(Se arrepiente
y se calla)
LAURA
¿Qué?
HORACIO
Nada.
LAURA
No, ¿qué ibas a decirme?
HORACIO
(Ahora es él quien la examina) ¿Así
que vos sos la hija del profesor García Chaves?
LAURA
¿Por qué me decís eso?
HORACIO
No sé, yo también te imaginaba de otro
modo...
LAURA
(Riendo) Está bien, empatamos...Creí que
el viejo ya te había contado la historia de la
familia.
HORACIO
¿Qué historia?
LAURA
Ya te la va a contar...Es interesante aunque, lamentablemente,
falsa.
HORACIO
No sé de qué me estás hablando.
LAURA
Bueno, tengo hambre. Me voy a hacer las compras. (Al
llegar a la puerta exterior se vuelve) ¿Te hace
falta boleta?
HORACIO
(Asombrado) No...¿Por qué?
LAURA
Qué se yo...La gente grande es tan desconfiada...
(Sale hacia la calle. Horacio, por hacer algo, se acerca
a la biblioteca y contempla distraídamente los
lomos de los libros. Por último, saca uno y lo
hojea sin mayor interés. Regresa el Profesor)
PROFESOR
¿Ya se fue Laura? (Sin esperar respuesta, apaga
al pasar la luz cenital y va también hacia la
biblioteca, donde busca algo detrás de los libros)
Debe haber quedado por acá...Sí, acá
está. (De atrás de los libros saca una
botella) Pero, fíjese...No era vermut, sino jerez...Le
da lo mismo, ¿no? (De algún lado saca
un par de copas , las llena y ofrece una a Horacio)
Mi querido muchacho...No sabe la alegría que
me ha dado...Aunque esta situación, tan peculiar,
con Laura...Supongo que le debo una explicación...
HORACIO
No, por favor, señor...A mí no tiene nada
que explicarme.
PROFESOR
Ella es un poco...(Hace un gesto ambiguo que puede indicar
imaginación como locura) Y, encima, hoy se puso
peor que nunca...Yo no sé, su presencia...Parece
que lo hubiera hecho a propósito...
HORACIO
No, yo no noté nada...especial.
PROFESOR
Sí, sí...Usted lo disimula por cortesía,
pero...
HORACIO
Es muy joven y...
PROFESOR
¡Los jóvenes, los jóvenes...! Sí,
ahora está de moda idealizarlos, pero...Espero
que usted no incurra en esa clase de demagogia...
HORACIO
De todos modos, señor...Realmente, no creo que
haya que preocuparse demasiado por Laura...
PROFESOR
(Desconfiado) ¿Por qué me dice eso?
HORACIO
Créame...(Señalándolo) Ella está
en buenas manos.
PROFESOR
Se lo agradezco, pero...Seguramente yo he pecado también
de un exceso de tolerancia, de una benevolencia culpable...(Bebe.
Repara en el libro que Horacio todavía conserva
entre las manos) ¿Encontró algo interesante?
HORACIO
No sé...Lo agarré casi al azar, porque
me pareció que alguna vez había pasado
por mis manos...(Le entrega el libro)
PROFESOR
Ah, el "Elogio de la locura"...Un gran hombre,
Erasmo de Rotterdam...¿No ha vuelto a leerlo,
desde entonces?
HORACIO
En realidad, creo que nunca lo leí...Me sonaba,
simplemente.
PROFESOR
Es una lástima...(Se sirve nuevamente jerez e
intenta hacerlo en la copa de Horacio, que prácticamente
no la ha tocado todavía)
HORACIO
No, gracias.
PROFESOR
¿Todavía no terminó? (Bebe) Sí,
es una verdadera lástima...El genio de la humanidad
ha tardado siglos en producir creaciones exquisitas,
que a la gente le interesan cada vez menos...Bah, la
gente..."El vulgo municipal y espeso"..."Las
multitudes negras de la ciudad"...
HORACIO
¿No pasó siempre lo mismo?
PROFESOR
Me extraña que usted diga eso, Horacio. No, me
permito afirmar rotundamente que no pasó siempre
lo mismo.
HORACIO
Quiero decir...Erasmo de Rotterdam nunca fue un autor
popular...
PROFESOR
(Profesoralmente) No se trata de eso, en absoluto. Antes
eran muchos menos los que sabían leer, pero esos
pocos sabían leer...Ahora todo el mundo lee y
casi nadie sabe hacerlo...Sí, me temo que hayamos
caído en una de las trampas de la democracia...(Advirtiendo
el gesto de sorpresa de Horacio) ¿Qué
le pasa?
HORACIO
Me extrañó oírle decir eso...Me
acuerdo que usted, antes...
PROFESOR
(Interrumpiéndolo con alguna vehemencia) ¡Antes
yo era distinto, porque todo era distinto...! (Suavizándose)
Pero, fíjese...No es casual que el cuarto de
baño se haya convertido en el gabinete de lectura,
en esta desdichada época...Se encierran en el
baño durante horas, con su asquerosa sub-literatura,
y reciben por los ojos lo mismo que expelen por ...(Carraspea)
Por otras vías, usted me entiende... (Se sirve
más jerez) Discúlpeme, no quise decir
que usted...
HORACIO
No se disculpe. Al fin y al cabo, yo tampoco leí
el "Elogio de la locura"...
PROFESOR
Usted, por instinto...Por un instinto cultivado en las
viejas aulas, fue hasta la biblioteca y escogió
un libro ilustre...Usted recuerda poemas de Nalé
Roxlo y del marqués de Santillana...¡Pero
fíjese, fíjese lo que lee esa chica...!
(Recoge la revista que Laura dejó abandonada
y la exhibe con repugnancia) ¡Y usted me dice
que no hay que preocuparse...! ¡Historietas...!
¡Basura...! ¡Escatología...! ¡Caca
pre-digerida...! (Señala los libros) ¡Ahí
están aguardando Cervantes, Dante, Shakespeare,
Goethe...! ¡Y ella se entretiene con...! (Mira
la revista con asco) ¡Con "Cisco Kid"...!
¡Cisco Kid! ¿Le parece que yo me merezco...?
(Totalmente fuera de sí, rompe en pedazos la
revista. Al advertir el silencioso asombro de Horacio,
baja la vista y contempla los pedazos en sus manos temblorosas,
casi como si fueran ajenas; y, como si tratara de esconderlos,
se los mete en un bolsillo del saco)
HORACIO
Cálmese, señor...
PROFESOR
Discúlpeme, creo que me exalté demasiado...Aborrezco
la violencia, usted lo sabe, aunque a veces...(Se interrumpe,
esperando un comentario que no llega) Mi deber es protegerla,
incluso de ella misma...(Idem) Lo entiende, ¿verdad?
HORACIO
(Sin mucha convicción) Sí.
PROFESOR
Pero, de todos modos...Créame que deploro este
pequeño incidente...(Pausa. Suspirando) Sí,
será mejor que pongamos la mesa...(Frenando el
hipotético movimiento de Horacio) No, no; quédese
donde está...(Despeja de libros y papeles el
escritorio y comienza a poner la mesa con el mantel
y los utensilios que saca de algún sitio) En
un periquete va a estar lista...
HORACIO
¿Usted no cree, señor...? Realmente...¿No
prefiere que me vaya?
PROFESOR
Pero...¿Cómo puede decir eso, Horacio?
Su visita es lo mejor que me haya sucedido en mucho
tiempo...
HORACIO
Sin embargo, me parece que sólo he conseguido
incomodarlo...
PROFESOR
(Tocando el bolsillo donde guardó la revista)
¿Usted dice por...? No, mi querido muchacho,
usted no tiene la culpa de nada...No se preocupe, le
prometo que no volverá a suceder...(Por unos
instantes, sigue poniendo la mesa hasta que se interrumpe,
con aire preocupado) ¿Me dijo que tiene dos hijos?
HORACIO
Sí. Una nena de...
PROFESOR
(Interrumpiéndolo) En esta época, es una
pesada responsabilidad. Cuídelos.
(Regresa Laura cargada con varios paquetes de comida
y un par de botellas de vino, que deposita encima del
escritorio, ayudada por Horacio)
LAURA
¿Tardé mucho?
HORACIO
No, hiciste muy rápido.
LAURA
Acá no se ve nada. (Se dirige hacia el rincón
y enciende la luz cenital)
PROFESOR
(Molesto, haciendo visera con la mano) No en vano Lucifer
significa "el que trajo la luz"...
LAURA
Por lo menos, así podremos ver lo que comemos.
PROFESOR
(Resignándose) Ahora sí, Horacio, si quiere
hacerme el favor...Usted vaya abriendo el vino...(Le
da un sacacorchos y, mientras Horacio hace lo pedido,
examina los paquetes que Laura va abriendo) Ha comprado
comida como para un festín, Horacio...Esto parece
el banquete de Lúculo, las bodas de Camacho...(Con
repentino desagrado) Trajiste pollo, Laura...
LAURA
(Indiferente) Sí.
PROFESOR
Sabés que aborrezco el pollo...
LAURA
(Encogiéndose de hombros) No había otra
cosa.
PROFESOR
¿No había otra cosa, en esa enorme rotisería...?
(A Horacio que se acerca con la botella ya destapada)
No, no se preocupe, querido amigo...Tomaré un
poco de pan y un poco de vino, como se hacía
en épocas más austeras... La comida es
sólo un pretexto...
LAURA
(A Horacio , impaciente) Bueno...¿Empezamos?
HORACIO
Sí, cuando quieran.
PROFESOR
(Ignorándolos) La comida es sólo un pretexto,
decía, para seguir hilvanando aquellos hermosos
recuerdos...(Mientras tanto Laura se sirve una presa
de pollo y empieza a comer con ganas, lo cual seguirá
haciendo durante toda la escena, interviniendo en la
conversación sólo cuando se sienta directamente
aludida. El profesor señala ceremoniosamente
su lugar a Horacio) Por favor, querido amigo...(Horacio
se sienta mientras el viejo ocupa su lugar frente a
la mesa, de pie, y sirve vino en la copa de Horacio
y en la propia) Antes de que empecemos a comer, quisiera
proponer un brindis...Por su visita, Horacio...Por lo
que usted y yo éramos hace veinte años...(Los
dos beben) Duro pero justo, dijo usted...¿Oís
Laura? Así me consideraban mis alumnos...(Se
sienta) ¿Le gusta la pechuga, querido amigo?
HORACIO
Sí, cualquier cosa...
PROFESOR
Bueno...La pechuga propiamente dicha no podrá
ser porque Laura, la intrépida contestataria,
se ha apoderado de ella.¿Puede ser muslo?
HORACIO
No importa, me da lo mismo.
(El Profesor sirve una presa en el plato de Horacio
mientras Laura busca en la fuente hasta encontrar otro
pedazo de pechuga, que exhibe triunfalmente)
LAURA
¡Aquí hay otro pedazo de pechuga...!
PROFESOR
Eso no es pechuga, Laura.
LAURA
¿No es pechuga, esto...? ¿Y qué
es?
PROFESOR
Esos es...(Vacila) Rabadilla.
LAURA
(Escandalizada) ¿Rabadilla? (A Horacio) Decime,
vos...¿Esto no es pechuga?
HORACIO
(Incómodo) Yo...No sé...No entiendo mucho
de...
LAURA
(Con desprecio, deja caer la pechuga en la fuente) Andá...
PROFESOR
(Paladeando el vino) Buen vino...Yo no debería
tomar, no sé cómo reaccionará mi
tensión arterial, pero...Esta visita suya, tan
especial...¿Sabés, Laura, que Horacio
viajó especialmente desde Buenos Aires para visitarme?
No es frecuente que alguien recorra tantos kilómetros,
sólo para conversar con un viejo maestro...Eso,
mi querido amigo, habla muy bien de usted y...(Ya algo
achispado) También de mí, ¿no es
cierto? Por lo menos, de lo que fui para usted en aquella
época...
HORACIO
Por supuesto, señor. Ya se lo dije...
PROFESOR
¿Oís Laura? Duro pero justo...Así
dijo que era yo...¿Oís?
LAURA
(Escéptica, mientras sigue comiendo) Sí,
oí.
PROFESOR
(Satisfecho) Beba, Horacio, beba usted también...Al
fin y al cabo, en esto se compendia toda la cultura
latina...Un barco de papel con un poema escrito en las
velas, navegando en un océano de vino...
HORACIO
(Bebe. Luego , a Laura) ¿Vos no tomás?
LAURA
El vino me da dolor de cabeza.
PROFESOR
(Despectivo) ¡Dolor de cabeza! A veces, realmente,
me pregunto qué pasa con los jóvenes de
hoy...
LAURA
Vos sabés perfectamente qué pasa con los
jóvenes de hoy...Y eso no tiene nada que ver
con el vino.
PROFESOR
Algún día, Laura, tendrás una hija
como vos y...
LAURA
(Interrumpiéndolo) Si yo llegara a tener una
hija...No sería como yo.
HORACIO
¿Por qué no?
LAURA
Porque...Yo trataría de que fuera más
feliz.
PROFESOR
¿Más feliz? Sí, supongo que para
entonces se habrán inventado drogas más
potentes que la marihuana.
LAURA
De todos modos, no te preocupes. Yo no voy a tener hijos.
HORACIO
(Tratando de distender un poco el clima que se viene
generando) ¿No vas a tener hijos?
LAURA
No.
HORACIO
¿No es una decisión un poco prematura?
LAURA
(Encarándolo) Mirá...Si a este mundo no
lo cambiamos, no vale la pena tener hijos...Y si nos
decidimos a cambiarlo, vamos a estar demasiado ocupados...
HORACIO
Ah...(Baja la cabeza y sigue comiendo, sin animarse
a pedir mayores precisiones)
PROFESOR
¿Oyó, Horacio? Me da miedo el futuro...
LAURA
¡Si es por eso, a mí me da miedo el pasado...!
PROFESOR
¿Se da cuenta, Horacio, se da cuenta?
LAURA
(A Horacio) ¿Y vos...? ¿Qué opinás?
HORACIO
¿Yo? Bueno, aunque quizás sea obvio...No,
yo tengo bastante con el presente...
PROFESOR
Sí, quizás sea obvio, pero...De todos
modos, es una buena respuesta...(Bebe.Ya está
casi ebrio) Y usted sabe, una respuesta ingeniosa, aunque
sea equivocada, conmigo siempre valió diez puntos...Como
cuando alguien me dijo que "Fuenteovejuna"
era de Cervantes..Y cuando yo le pregunté por
qué razón Cervantes nunca lo había
dicho, me contestó que "por modestia"...(Ríe
complacido. De pronto se interrumpe y mira a Horacio
con inquietud) ¿Ese no fue usted?
HORACIO
No, señor.
PROFESOR
No, claro que no...Discúlpeme, Horacio...Se me
mezclan los nombres, las caras, los recuerdos...Más
tarde buscaremos las viejas libretas de calificaciones,
para que veamos qué clase de alumno era usted...Creo
que debo tenerlas por algún lado...(A Laura)
Vos, que siempre andás revolviendo todo...¿No
las viste últimamente?
LAURA
No, las tiraste hace muchísimo tiempo.
PROFESOR
(indignado) ¡Eso es una infamia, Laura...! ¿Cómo
podría haber tirado...?
HORACIO
No se preocupe, señor...
PROFESOR
Estoy absolutamente seguro de tenerlas por algún
lado.
HORACIO
Yo puedo decirle qué clase de alumno era...(Pausa)
A juzgar por las calificaciones, era un alumno del montón...
PROFESOR
No, usted no puede haber sido nunca un alumno del montón...De
todas maneras, luego buscaremos las libretas...Estoy
segurísimo de que las tengo por algún
lado...Y esta casa es como el mar, Horacio...Guarda
las cosas por algún tiempo, pero luego las devuelve...
HORACIO
El mar sólo devuelve las cosas...Cuando están
muertas, señor...
PROFESOR
(Tocado) Era una metáfora, Horacio.
HORACIO
(Retrocediendo) Lo mío también.
PROFESOR
No, no...¿qué quiso decir con eso?
HORACIO
Estaba pensando, señor...(Pausa) ¿En qué
año nació Tirso de Molina?
PROFESOR
En 1571, pero...¿Qué tiene que ver...?
HORACIO
Sí, tiene muy buena memoria...No ha olvidado
la bolita de Vaquier, ni la bufanda verde de Romero...Pero,
en realidad...Usted no se acuerda de mí para
nada, ¿no?
(Cae el telón sobre la voluntad de Horacio de
hacerse reconocer, el repentino interés de Laura
y el abochornado desconcierto del Profesor)
SEGUNDO ACTO
(El mismo lugar, los mismos personajes y la misma situación)
HORACIO
Sí, tiene muy buena memoria...Pero, en realidad...Usted
no se acuerda de mí para nada, ¿no?
PROFESOR
¡Pero, Horacio! ¿Cómo puede decir
eso? ¡Claro que lo recuerdo...! Por momentos se
me mezclan las imágenes, ya se lo dije...Pero
por supuesto que lo recuerdo...
HORACIO
No fue tan importante, pero...¿Se acuerda del
concurso?
PROFESOR
(Perplejo) ¿El concurso...? (Tratando de ganar
tiempo) Creo que es un poco injusto, mi querido Horacio...Tantos
alumnos, en tantos años...Usted mismo lo admitió.
HORACIO
Un pequeño concurso interno.
PROFESOR
Cualquier exalumno hubiese sido bien recibido pero...
HORACIO
De poesía...
PROFESOR
Pero creo haberle demostrado la especial satisfacción
que me produjo su visita...
HORACIO
Para un 17 de agosto...
PROFESOR
Claro que sí, de golpe, los detalle...
HORACIO
(Inexorable) Sobre el general San Martín...(Pausa
larga) Y usted era el presidente del jurado...(Pausa
larga) Y me escribió una carta: "Tu vates
eris", me decía...
PROFESOR
"Tu vates eris": tú serás poeta...(Como
repentinamente iluminado por el descubrimiento) ¡Caletti!
(Se abalanza sobre Horacio y lo abraza, muy emocionado)
¡Caletti...! (Lo separa, contemplándolo
con ternura) Caletti...
HORACIO
¿Ahora me recuerda, señor?
PROFESOR
Sí, sí...Ahora me acuerdo, de verdad...Usted
hacía versos, usted ganó aquel concurso...(Avergonzado)
Y yo...(Pausa larga) Créame Horacio...Deploro
no haberlo reconocido enseguida, no haber recordado
antes todo esto. Seguramente, ese concurso fue muy importante
para usted...
LAURA
(Ya desinteresada, mientras se sirve postre) ¿Ustedes
no comen postre?
PROFESOR
¡Laura...! ¿Te parece, Laura, que es el
momento adecuado para pensar en...? (Trata de servirse
vino, pero la botella está vacía. Horacio
lo nota y comienza a abrir la otra botella) De manera
que, después de todo, usted era Caletti...
HORACIO
(Quizás sin decirlo) Sí, señor.
PROFESOR
Debo confesarle, mi querido amigo, que me siento en
falta con usted. No sé, no debo haber entendido
bien el apellido...
(Laura se ríe brevemente. El viejo la fulmina
con la mirada)
HORACIO
En realidad, señor, fue culpa mía...Yo
debí habérselo aclarado todo de entrada.
PROFESOR
¿Y por qué no lo hizo?
HORACIO
Porque si yo se lo decía...Qué se yo,
no era lo mismo.
PROFESOR
Tiene razón. (Horacio regresa con la botella
ya destapada y llena la copa del Profesor. Mientras
el viejo alza la copa y empieza a recitar con énfasis
nostálgico, Laura se dedica a apilar platos y
cubiertos usados en una bandeja, sin cuidarse de no
hacer ruido y obligándolo a esforzarse para hacerse
oir)
"Nunca debí dejaros dispersar a los vientos,
discípulos queridos que me brindó el azar.
Yo debí cada curso separar unos cuantos,
llevarlos de la mano y atarlos en un haz..."
"Palabras a mis alumnos", de Fernández
Moreno...La conocía ¿no?
HORACIO
Creo que no (A Laura) ¿Te puedo ayudar?
LAURA
No te preocupes.
PROFESOR
(En lo suyo) El también fue profesor del Nacional
Buenos Aires.
LAURA
(Mientras sale hacia el interior con la bandeja) Ustedes
están demasiado ocupados en volver a vivir.
PROFESOR
(Frenando otra vez un hipotético movimiento de
Horacio) Déjela, déjela...Así podremos
charlar más tranquilos. Y hágame un favor,
Horacio, usted que está más cerca...Ahora
que hemos terminado de comer, apague esa horrible luz
de arriba...(Horacio hace lo pedido y regresa hacia
el Profesor) En realidad, no me extrañaría
que ella misma las hubiese tirado...
HORACIO
¿El qué?
PROFESOR
Las libretas de calificaciones (Breve pausa) Pero hábleme
de sus versos, Caletti . Porque usted me trajo también
otras poesías...Ahora recuerdo algunos poemas
de amor muy sinceros, muy encendidos...Dedicados a una
muchacha...(Cordialmente irónico) Supongo que
no se casó con ella. Esas musas de la adolescencia...
HORACIO
Se equivoca. Me casé con ella...Y me divorcié.
PROFESOR
¿Pero siguió escribiendo?
HORACIO
No, por supuesto.
PROFESOR
¿Por qué dice "por supuesto"?
HORACIO
No, no...Digamos que me dediqué a...Cosas más
prácticas.
PROFESOR
Es una lástima, una verdadera lástima...Yo
recuerdo que usted me trajo algunas cosas estimables,
realmente prometedoras...Y es un sacrilegio no utilizar
los dones recibidos...(Horacio se encoge de hombros).
Debo decir en su descargo, claro, que aquélla
era una época propicia...Después, todo
cambió...
HORACIO
¿El cincuenta y ocho, señor? Teníamos
también algunos problemas...
PROFESOR
Bueno, quizás no ese año, precisamente...Pero
acuérdese, acuérdese...(Evocativo) Cuando
Rubén Darío escribía sus "Cantos
de vida y esperanza" sobre las mesas del Aues Keller...Cuando
Rodin cincelaba a nuestros próceres y Fader pintaba
una pampa delicada....
HORACIO
(Algo extrañado) No, pero yo no había
nacido todavía....
PROFESOR
(Sin prestarle atención) Henri Bergson y Anatole
France daban conferencias en el Teatro Odeón...Y
Jorge Newbery imponía a puñetazos los
buenos modales en los piringundines...
HORACIO
(Más extrañado todavía) Pero todo
eso fue mucho antes de...
PROFESOR
(Idem) Lola Mora escandalizaba a los pacatos con su
célebre fuente...Y el Presidente de la República
tomaba el té con la Infanta Isabel y el Príncipe
de Gales...
HORACIO
(Totalmente perplejo) Escúcheme, señor...
Usted está hablando de su pasado, no del mío...
PROFESOR
(Estallando) ¡Oh, termínela con esa cronología
de pigmeos...! ¡Le estoy hablando de una época...!
(Bebe. Se calma) Discúlpeme, Horacio, pero...Le
estoy hablando de una época...De un estilo de
vida...De un mundo poblado de banderas...El honor, el
respeto, la cultura, la cortesía...Poblado de
banderas, ¿me entiende? Y los jóvenes,
como usted, crecían a su sombra...
HORACIO
Hablando francamente, señor...Creo que nada de
eso nos hacía demasiado felices....
PROFESOR
(Benévolo) Por supuesto, por supuesto...Ustedes
eran rebeldes, como es lógico...Y manifestaban
por las calles cantando "La Marsellesa"...¿Qué
quiere que le diga? También eso era hermoso...
HORACIO
No, usted no me entiende. Nosotros no estábamos
conformes...
PROFESOR
Claro, claro...Pero esa rebeldía era...¿Cómo
puedo decirlo? Como una brisa fresca. Horacio, como
un aire suave...
HORACIO
(Negando, algo ofendido) Era una tempestad, señor.
PROFESOR
(Ilustrándolo casi coreográficamente)
Como una brisa que hacía ondear aquellas mismas
banderas con gallardía...¡Pero que no amenazaba
con derribarlas!
HORACIO
Era una tempestad, señor...Un viento ardiente...
PROFESOR
Como una brisa, Horacio, como un céfiro blando...
HORACIO
(Enérgico) ¡Le digo que nosotros también
queríamos cambiar el mundo!
PROFESOR
(Sarcástico) ¡Cambiar el mundo...! ¿Y
por qué no lo hicieron? (Pausa. Con ferocidad)
¿Por qué no lo hicieron, entonces?
HORACIO
(Bajando la cabeza) Lo que sucede es que aquellos mástiles
estaban mejor clavados...
(Pausa larga. El viejo se sirve más vino y bebe)
PROFESOR
De todos modos...Supongo que usted ya no tendrá
nada que ver con eso, ¿no?
HORACIO
¿Con qué, señor?
PROFESOR
Con esos vientos, con esas rebeliones...
HORACIO
(Mansamente) No se preocupe, señor. Yo mismo,
ahora...Apenas soy un suspiro.
PROFESOR
"Apenas soy un suspiro"...¿Ve, Horacio?
Usted tiene que volver a escribir.
HORACIO
Me gustaría, pero...
PROFESOR
Sí, todavía conserva el viejo amor por
las palabras...
HORACIO
Tendría que recuperar otros amores.
PROFESOR
"Tu vates eris"; tú serás poeta...Estoy
seguro de que no me equivocaba. (Suena el timbre de
la puerta de calle) ¿Qué hora es?
HORACIO
Ya son casi las tres.
PROFESOR
Cómo ha pasado el tiempo...
HORACIO
(Señalando hacia la puerta) Si usted quiere...
PROFESOR
No, no se moleste...(Hace ademán de levantarse,
cuando aparece Laura) La querida Laura tiene el don
de comprenderme. No viene cuando la llamo y aparece
cuando yo no la espero. (Sin dignarse contestar, Laura
se dirige hacia la puerta de calle, cuando suenan dos
nuevos timbrazos impacientes) ¿Pero quién
demonios...? (Laura abre y aparece Mario, un muchachito
de 17 años, inseguro y proporcionalmente agresivo)
MARIO
(Entrando) Buenas...(Se desconcierta un poco al ver
a Horacio)
PROFESOR
(Dulcificándose) Ah, Mario...(A Horacio) Mario
es un alumno mío. Lo estoy preparando para un
curso de ingreso.
HORACIO
Mucho gusto. (Mario lo saluda con la mano)
PROFESOR
Este señor, Mario, es un antiguo amigo. Fue alumno
mío de literatura, hace más de veinte
años...Ahora es dueño de una gran empresa
metalúrgica y ha venido especialmente desde Buenos
Aires para verme.
MARIO
Fenómeno, por mí sigan...
PROFESOR
No, ya es casi la hora de la clase...(A Horacio) Lo
había olvidado completamente...
MARIO
Pero ustedes están acá ocupados y yo...
PROFESOR
No importa, te puedo atender en mi cuarto...
MARIO
Es que yo...A mí me da lo mismo volver mañana.
PROFESOR
(Tentado) Bueno, no sé...En realidad, casi sería
lo mismo, ¿no?
HORACIO
No, por favor, señor...Yo ya he molestado bastante.
PROFESOR
No, no diga eso...No ha molestado para nada, en absoluto.
HORACIO
Para usted, una clase siempre fue sagrada (Breve pausa)
¿No es cierto?
PROFESOR
Sí, por supuesto, pero...
HORACIO
Y bueno...El muchacho no tiene por qué perderla,
por mi culpa.
MARIO
(Viendo escapar su oportunidad) ¡Pero no, al contrario...!
Escuche, profe...
PROFESOR
No, Mario.
MARIO
Pero es que...Usted está con gente y...Total,
hace un día tan lindo.
PROFESOR
Basta, Mario. Ya te dije que no.
MARIO
Si usted me la presta a Laura...
LAURA
¿Prestarme? ¿Vos estás loco?
MARIO
(A Laura, confundido) Lo que quiero decir es que...Tengo
la moto ahí afuera y...Podríamos ir al
río...Como las otras veces...
PROFESOR
¿Qué estás diciendo, Mario...?
¿Cómo, como las otras veces...?
MARIO
(A la defensiva, sin aparente malicia) Las otras veces
que me dejó faltar y...
PROFESOR
¡Pero...!
MARIO
(Incontenible) De todos modos, mi viejo no le va a descontar
la clase...
PROFESOR
(Apoplético) ¡Pero, Mario...! ¡Tu
padre confía en mí...!
MARIO
Sí, usted sabe que a él, yo nunca le dije
nada...
(Una pausa larga y helada. Quizás Laura ría
breve y dolorosamente)
PROFESOR
Tu sentido del humor es desagradable, Mario...Una broma
vaya y pase, pero...Vos confundís benignidad
con...Voy a preparar todo y enseguida te llamo...(Sale,
muy abochornado)
MARIO
(A Laura) Qué macana, ¿eh...? (A Horacio,
con un poco de bronca) El viejo ya estaba medio convencido,
pero usted...
HORACIO
¿"El viejo"? ¿Vos querés
decir el profesor García Chaves?
MARIO
Sí, claro.
LAURA
De todas maneras, yo no pensaba ir al río. Creo
que te olvidaste preguntarme...
MARIO
¿Ah, no...? ¿Y por qué?
LAURA
Porque no tengo ganas...
MARIO
(De abajo de la campera saca una pistola grande, del
tipo de las "Ballester Molina", agitándola
despreocupadamente) Mirá lo que conseguí...Si
hubiéramos ido al río, la hubiéramos
podido probar. (Advirtiendo el ligero sobresalto de
Horacio) Oiga, no se preocupe...Parece enorme, pero
apenas, es una 22...Calibre permitido.
HORACIO
(Tenso) ¿Ah, sí...?
MARIO
(Admirándola) ¿Es hermosa, eh...?
HORACIO
¿Te gustan mucho esas cosas?
MARIO
Sí, claro...Tengo varias, voy a formar una colección...¿Y
a usted?
HORACIO
¿A mí? Depende...(Tratando de sobrarlo)
Si es para tirar al blanco, sí...Si es para tirarle
a los pajaritos, no...
MARIO
(Ofendido) ¿A los pajaritos? ¿Oiga, se
cree que tengo doce años...? ¿Y que esto
es una gomera...?
HORACIO
No, claro que no...¿Y a qué te gusta tirarle?
MARIO
Qué se yo, a cualquier cosa...Pero no al blanco,
sino...A las cosas que se mueven, ¿entiende?
HORACIO
No. No entiendo mucho de armas, en realidad.
MARIO
De todos modos, ahora me estoy preparando con el profe
para dar el ingreso en la Escuela de Prefectura...Según
mi viejo, ahí van a...(Pide auxilio a Laura)
¿Cómo dice mi viejo?
LAURA
"Canalizar tus inquietudes"
MARIO
Eso, canalizar mis inquietudes...(Acerca la pistola
a Laura) ¿Y a vos, qué te parece?
LAURA
No es linda ni fea.(El la mira intrigado) Es una pistola,
no un juguete.
MARIO
¿Y eso qué tiene que ver?
LAURA
La andás mostrando como si fuera de cebitas...
MARIO
Andá...(Pero, un poco avergonzado, la vuelve
a guardar) Si hubiéramos ido al río, seguro
que te hubiera interesado...
(Como tratando de demostrar su hombría, se acerca
a Laura e intenta tomarla de la cintura. Ella, sin rudeza,
lo rechaza)
LAURA
Dejame tranquila, Mario.
MARIO
(Insistiendo) ¿Qué te pasa?
LAURA
Soy yo la que decido si quiero que me toquen o no...
MARIO
(Poniéndose pesado) Andá, no te hagas
la...(Le susurra algo al oído. Ella mira a Horacio
y se ríe, aunque lo sigue rechazando)
HORACIO
(Sintiéndose aludido) Escuchame, pibe...Te está
diciendo que la dejes tranquila.
MARIO
¿Y a usted quién le dio vela en este entierro?
(Antes de que Horacio pueda contestar, regresa el profesor)
PROFESOR
Mi querido Horacio, ¿lo está pasando bien?
(A Mario, sin aguardar la respuesta) Ya está
todo listo, podés pasar a mi cuarto...
(De mala gana, Mario se va hacia el interior)
HORACIO
Señor, creo que va a ser mejor que me vaya ahora...Ya
se ha hecho un poco tarde y usted está ocupado...
PROFESOR
¡De ninguna manera, de ninguna manera...! Usted
ha hecho un viaje larguísimo para verme y todavía
no hemos podido conversar prácticamente nada...
HORACIO
Puedo volver cualquier otro día...
PROFESOR
No voy a tardar más de media hora, cuarenta minutos,
a lo sumo...Es un chico muy despierto, aunque con poca
base...No, Horacio, prométame que me va a esperar...Tenemos
todavía tantas cosas de que hablar...(Ante la
vacilación de Horacio) Por favor...
HORACIO
Está bien, señor.
PROFESOR
Siéntese, escuche música, descanse...
HORACIO
No se preocupe por mí.
PROFESOR
(A Laura, que anda dando vueltas, como buscando algo)
¿Por qué no vas a tu cuarto, así
el señor puede descansar tranquilo?
HORACIO
(Anticipándose a la posible respuesta de Laura)
¡Pero, no...!
LAURA
(Sin darse por aludida) ¿Nadie vio una revista,
que dejé por aquí...?
PROFESOR
¿Una revista? (Relamiéndose) ¿Qué
clase de revista?
LAURA
(Sospecha algo, pero no sabe qué) Historietas...
PROFESOR
(Sarcástico) Ah...¿Historietas? (Su mano
se dirige al bolsillo donde tiene aún los pedazos
de la revista)
LAURA
Sí, me la prestó Mario. Tengo que devolvérsela.
PROFESOR
(La mano se le congela) ¿Era de Mario?
LAURA
Dicho sea de paso, a ver si le mejorás el gusto.
Al fin y al cabo, es tu alumno.
PROFESOR
Espéreme, Horacio. En un ratito vuelvo.
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