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Año 123 a.C. Una calle de Roma, durante una
indecisa madrugada.
CIUDADANO 1º
¡Eh, eh! ¡Arriba, compañeros! El
sol ya se precipita sobre Roma y vuestra pereza os impedirá
participar en los comicios.
CIUDADANO 2º
¡Al infierno los comicios!
CIUDADANO 1º
Sí, sí, como quieras. Pero los patricios
han comenzado a comprar los votos y, no sé por
qué razones, se muestran más generosos
que de costumbre.
CIUDADANO 3º
Espera, muchacho. Desconfía de la generosidad
de los patricios.
CIUDADANO 1º
¿Crees que confío en ella? Tengo hambre,
simplemente.
CIUDADANO 2º
¿Y dices que pagan bien?
CIUDADANO 1º
Un zapatero del Quirinal me dijo que le ofrecieron diez
sestercios por su voto en favor de Lucio Opimio.
CIUDADANO 2º
¿Qué esperamos, entonces?
CIUDADANO 3º
Escuchadme...¿Sabéis quién es Lucio
Opimio?
CIUDADANO 2º
Uno cualquiera...¿Qué importa?
CIUDADANO 3º
Ese usurero miserable, dueño de media Roma y
acreedor de la otra media...¿Con vuestro voto
lo elegiréis tribuno de la plebe?
CIUDADANO 1º
¡Oh, por favor, no moralices! Te dije antes que
mi estómago...
CIUDADANO 3º
¡Tu estómago, tu estómago! ¿Lollenarás,
acaso, con esos diez sestercios?
CIUDADANO 1º
Sé que hoy lo llenaré. Pero sin ellos...
CIUDADANO 2º
Tienes razón: yo estoy contigo. ¿Os acordáis,
hace unos años, cuando Catón y Lupercio
Agrícola se disputaban el consulado? Catón
es probo, nos decían. Lupercio es un disoluto
corruptor de jovenzuelos. Catón resultó
electo...
CIUDADANO 3º
Pero...
CIUDADANO 2º
¡Pero Catón era realmente probo! ¿Me
comprendéis...? ¡Catón era probo
y nos llenó de máximas! (Al Ciudadano
3º) ¿Me comprendes?
CIUDADANO 1º
Entonces, viejo, si la única diferencia consiste
en que el vicioso ignora nuestra miseria y el probo
la justifica con máximas..., ¿qué
más te da uno que otro?
CIUDADANO 3º
Me guardaré mi voto.
CIUDADANO 2º
(Al Ciudadano 1º) ¡Déjalo! Vámonos
mientras éste se muere con la panza llena de
escrúpulos...
CIUDADANO 1º
Espera. Hoy corre dinero en abundancia y no es cosa
de desperdiciarlo. (Al Ciudadano 3º) ¿Tienes
mujer, abuelo?
CIUDADANO 3º
Mujer, hijos y nietos.
CIUDADANO 1º
Piensa en ellos y no pierdas esta oportunidad.
(Pausa larga)
CIUDADANO 2º
¿Qué dices?
CIUDADANO 3º
En verdad...
CIUDADANO 2º
¡Vamos, no nos hagas perder tiempo!
CIUDADANO 3º
No sé...
CIUDADANO 2º
¿Te decides o no?
CIUDADANO 1º
Mirad, allí viene uno con la túnica blanca
de los candidatos.
(Entra Cayo Graco)
CIUDADANOS
Salud.
CAYO
Cumpliendo con la antigua costumbre romana, recorro
las calles solicitando votos para mi elección
como tribuno de la plebe.
CIUDADANO 1º
Dejadme, yo hablaré. (A Cayo) ¿Qué
nos ofreces, candidato?
CAYO
Mi voluntad de servir al pueblo.
CIUDADANO 1º
(A los otros dos) ¡Bah, bah...! ¡Su voluntad
de servir al pueblo! ¿Oís, compañeros?
CIUDADANO 2º
(A Cayo) Eso es muy vago...Y nada que tenga que ver
con nosotros directamente.
CAYO
No he terminado aún. Quiero deciros...Seré
la mano de vuestro amor y el puño de vuestro
odio.
CIUDADANO 1º
¡Todos dicen lo mismo! Pero, en definitiva...¿qué
nos ofreces?
CAYO
¿Sabéis quién soy?
CIUDADANO 2º
¿Qué nos importa?
CIUDADANO 3º
Déjale decir su nombre.
CIUDADANO 2º
¿Qué nos importa? Cuando Lupercio Agrícola
y Catón...
CIUDADANO 1º
Cállate (A Cayo) Sólo te decimos una cosa,
candidato. De entre cien postulantes, doce serán
electos. Aunque a la plebe poco les importe, se llamarán
tribunos de la plebe. Y bien, puesto que nuestro único
provecho consiste en cobrar ese sufragio, no les saldrá
barato.
CAYO
¿Quiere decir, entonces...?
CIUDADANO 2º
Lucio Opimio ofreció en el Quirinal diez sestercios.
CAYO
¿Queréis dinero?
CIUDADANO 1º
¿Te sorprende?
CAYO
No. Pero yo no doy dinero.
CIUDADANO 1º
¡Ah, eres de los puros...!
CIUDADANO 2º
Si eres de los puros y resultas electo, buena la pasaremos.
En medio de los eructos del festín, nos pedirás
resignación y austeridad. Pero dime..., ¿no
nos darás dinero?
CAYO
No.
CIUDADANO 3º
¡Vámonos de aquí!
CIUDADANO 1º
¿De qué te avergüenzas? ¿De
la miseria que te lleva a pedir dinero por tu voto?
¿No te parece, en cambio, que él debería
avergonzarse de que la poderosa Roma sea tan ingrata
con sus hijos? (A Cayo) Escúchame, no nos avergonzamos
ante ti. Nuestras deudas no necesitan perdón;
son tus créditos los que lo necesitan.
CAYO
Nadie me debe nada.
CIUDADANO 1º
En fin, vámonos. (A Cayo) Sólo te digo
una cosa: si no largas dinero, la República romana
no gozará jamás de tus servicios.
CAYO
¡Ahora me dejaras hablar a mí!
CIUDADANO 2º
Nos desprecias, ¿eh?
CIUDADANO 3º
Déjalo, no nos desprecia. Nos compadece.
CAYO
¡No! No es eso...
CIUDADANO 1º
¡Vámonos! Si le dejamos hablar, nos convencerá
de que lo votemos sin soltar un sestercio. Y éste
es más peligroso que los otros, porque su rostro,
¡sólo su rostro!, es honrado.
CAYO
Tienes razón, basta de regateos. Sólo
puedo deciros que pido vuestro voto y que mi bandera
es mi nombre. Soy Cayo Graco.
CIUDADANOS
¿Cayo Graco?
CIUDADANO 2º
¿El hermano de Tiberio?
CAYO
Soy Cayo Graco, el hermano de Tiberio.
CIUDADANO 1º
No sabíamos...
CAYO
Nada podíais saber. Mi presencia en Roma es casi
un secreto y muy pocas personas saben aún que
me presento en los comicios.
CIUDADANO 3º
Señor, cuando tu hermano cayó bajo el
puñal de los patricios, yo estaba a su lado.
¿Qué puedo decirte? Mi voto te aguardaba.
CIUDADANO 2º
También el mío será tuyo.
CIUDADANO 1º
¡El nuestro! ¡El de todos!
CAYO
Pues yo os digo que Tiberio será vengado y satisfechas
vuestras demandas.
(Entra Licinia)
LICINIA
¡Cayo!
CAYO
¡Licinia...! ¿Qué haces aquí?
LICINIA
Fulvio Flaco me avisó que te había dejado
en este lugar y quise verte.
CIUDADANO 3º
(A sus compañeros) Vámonos. Nuestra presencia
es necesaria en los comicios.
CIUDADANOS
Salud, Cayo.
CAYO
Salud. Cuento con vosotros.
CIUDADANO 1º
Y nosotros contigo. (Salen)
LICINIA
¿Te votarán, Cayo?
CAYO
No a Cayo...No a Cayo. Al hermano de Tiberio. ¿Pero
qué importa eso?
LICINIA
Tus ojos arden y tu piel se humedece...¡La pasión
te consume!
CAYO
Sí, la pasión...¡Les he hablado
y me han respondido! ¡Son iguales a mí!
LICINIA
¿Ellos también lo creen?
CAYO
Ya sabré convencerlos. ¡Oh, mi amor, mi
amor, tenía tanto miedo de hablarles! Temí
que me contestaran en un raro idioma en que toda palabra
no fuera sino mero sonido. ¡He visto que no es
así! Al conjuro de un nombre, de una memoria
querida, sus ojos se aclararon y se ennobleció
su frente.
LICINIA
Sólo ellos te preocupan...
CAYO
¿Me lo reprochas?
LICINIA
Sí. Temo por tí, por mí, por nuestros
hijos...Y más aún: temo por nosotros.
Quizá se salven nuestras vidas de los vaivenes
de la política, pero nuestro amor, nuestra paz,
nuestra intimidad...¿se salvarán?
CAYO
Yo no busqué esto, Licinia. Sabes que después
de la muerte de mi hermano, cerré las puertas
y tapié las ventanas de mi casa, resuelto a ignorar
el dolor de la República. Pero el dolor de la
República logró traspasar los muros. No
agucé mis oídos: el grito llegó
hasta ellos sin que yo lo buscara.
LICINIA
Entonces, yo tengo la culpa, porque debí tapártelos.
CAYO
¡No hablas como romana!
LICINIA
Hablo como una pobre mujer enamorada y temerosa.
CAYO
Licinia, si me amas, ¿por qué me contrarías?
Lo hemos hablado mucho. Tienes sobre mí derechos
que a nadie, salvo a mi madre, reconozco. Pero así
como cuando partí para Cerdeña, a luchar
por Roma, me despediste con un beso, del mismo modo
deberías despedirme ahora.
LICINIA
Ese deber no podías eludirlo...
CAYO
Este, tampoco.
LICINIA
Estaba en juego la estimación de tus conciudadanos.
CAYO
Y ahora, mi propia estimación. ¡Por favor,
Licinia! Hace rato que comenzaron los comicios y yo
aún no me he presentado.
LICINIA
Cayo...
CAYO
¿Sí?
LICINIA
Sabes que así como discuto tus resoluciones,
una vez adoptadas soy la primera en seguirlas. El peor
de tus soldados en la paz; en la guerra, el mejor y
más fiel. ¿Lo sabes?
CAYO
Sí, querida.
LICINIA
Cuando te vuelva a ver, serás tribuno de la plebe.
(Lo besa) Y lucharemos juntos.
(Salen. Ya el sol alumbra la casa de los Graco)
FULVIO FLACO
No te impacientes, Cornelia. Mis amigos me han dicho
que esta madrugada un águila de plata cruzó
el Tíber volando desde el sur, graznó
al pasar sobre el Capitolio y se posó sobre el
Templo de la Fe. Los augurios nos favorecen.
CORNELIA
No necesito otros augurios que los de mi corazón...
FULVIO
¿Temes, acaso, los peligros que lo acechan?
CORNELIA
Sí, pero confío en que el puñal
que no se desvió frente a la virtud de Tiberio,
se doblará contra el coraje de Cayo.
FULVIO
Entonces, amiga mía, no te entiendo.
CORNELIA
He llevado un león en mi seno y no me he dado
cuenta. ¿Me comprendes? (Pausa larga) Un niño,
¿entiendes?, solamente un niño al que
tú le enseñas a escribir palabras, a inventar
palabras que tú no habías previsto, que
no podías prever. El maestro se asombra, se enorgullece,
se atemoriza. Toda esta grandeza terrible estaba en
aquellas primeras letras inocentes. Así estoy
yo: asombrada, orgullosa, temerosa. Temo, en fin, que
su amor y su odio sobrepasen nuestros deseos. ¿Qué
dicen los patricios?
FULVIO
Aunque recelan de Cayo, confían en vuestro noble
origen. Por otra parte, suponen que la suerte de Tiberio
servirá de escarmiento a la familia de los Graco.
CORNELIA
¿Y el pueblo?
FULVIO
Ha reconocido al hermano de Tiberio y sus corazones
se han volcado hacia tu hijo (Pausa)
CORNELIA
Antes que el sol saliera estuvo aquí Livio Druso...
FULVIO
¿Qué quería?
CORNELIA
Reiteró sus protestas de amistad hacia nosotros.
Quería que Cayo intercediese ante el pueblo para
que lo voten.
FULVIO
¿Lo hará?
CORNELIA
Supongo que sí. Quiere a Livio.
FULVIO
Ambos sabrán cobrar la sangre de Tiberio.
CORNELIA
¡No hables de sangre!
FULVIO
¿No deseas la gloria de Cayo? La venganza es
la condición de la gloria. Que nadie diga de
él, "Pudo vengar a su hermano muerto y abandonó
su recuerdo a la ira de los verdugos".
CORNELIA
Eres injusto, Fulvio. A ambos los eduqué para
la gloria. Y sabes que soy dura...Si el amor es en Licinia
ternura, en mí es fiereza. Pero ya he perdido
un hijo y ahora me queda Cayo. ¿No alcanzaron
la gloria sus antepasados, su abuelo, su padre? ¿No
merecieron el laurel que la República otorga
a sus hijos predilectos? Pero todos murieron en su lecho
o en el campo de batalla, dignos de su estirpe y de
su patria, apoyados en el fervor y la admiración
de sus conciudadanos. No en una oscura emboscada, como
Tiberio. No rodeados de una turba maloliente ni afrontando
el desprecio de los de su clase. No tragados por el
horror de una guerra civil.
FULVIO
Con las letras que tú le enseñaste, Cayo
va a escribir una palabra: "Justicia". ¿No
te enorgulleces?
CORNELIA
Sí. Pero también te dije que me asusta.
FULVIO
No sé, Cornelia. Sólo soy un soldado.
He elegido a mi jefe y no discuto sus acciones. Puesto
que él lo ha decidido, castigaremos a los asesinos.
CORNELIA
¡Oh, dioses! Permitid esta vez que vuele la retórica
bajo las cúpulas del Capitolio, y se debata si
las tierras deben o no ser repartidas, y triunfe en
este lance aquel a quien señaléis para
esgrimir la espada de la justicia. Que Cayo luche noblemente
con sus pares y vuelva a nuestro lado laureado. Sea
ello mi justificación y la gloria de mi hijo.
FULVIO
Yo le aseguro una gloriosa vida: lo he visto en las
entrañas de los bueyes.
(El día ha crecido. Entran Cayo y Livio Druso)
CAYO
Aquí estoy, madre. Ya soy tribuno de la plebe.
CORNELIA
Déjame que te bese. (Lo hace) Y a ti, Livio...(Besa
a Livio)
LIVIO
¿Sabes entonces que amí también
me han elegido?
CORNELIA
¿Cómo podría ignorarlo si he mirado
tu rostro?
LIVIO
Hemos venido corriendo, desoyendo los plácemes
que demoraban a Cayo, apartando las manos que se interponían
en su camino, porque quería verte a tí,
ver a Licinia.
CAYO
Es verdad.
CORNELIA
¡Lo dices tan tristemente...!
CAYO
Hoy debo despojarme de toda mi ternura. De ahora en
adelante, mi espíritu deberá velar armado,
sin abandonarse ni ante vosotras, para no abrir brecha
al enemigo.
CORNELIA
¡Cayo!
FULVIO
Yo también os saludo, tribuno de la plebe. Y
a ti, Cayo, te ofrezco mi brazo y mi lealtad inveterada.
CAYO
Y yo te retribuyo con mi afecto, Fulvio, porque desde
que perdí mi padre y mi hermano, tú fuiste
ambas cosas para mí.
CORNELIA
(A Fulvio) Tus augurios no te han engañado. (A
Cayo y Livio) Decían que el triunfo sería
vuestro.
LIVIO
El triunfo ha sido de tu hijo, pero él no lo
aprecia...¡Oh, qué no diera yo por igualar
tu suerte!
CAYO
Mi suerte, Livio, consiste en que hace diez años
asesinaron a mi hermano.
LIVIO
No es verdad, Cayo. El pueblo te adora y te ha aclamado.
CAYO
Sí, me ha aclamado, pero no me conoce todavía.
LIVIO
Cierto es que la Fortuna sonríe a quien la desdeña.
CAYO
No la desdeño. Necesitamos de ella.
LIVIO
Se ha enamorado de tí...Y no te envidio, Cayo
(A Fulvio y Cornelia) Sabéis que soy su amigo,
incapaz de otra cosa sino de regocijarme con su triunfo.
Pero os digo que el pueblo ha sido injusto: me han acogido
con indiferencia y sólo me votaron porque Cayo
intercedió en mi favor. (A Cayo) ¿No fue
acaso elocuente mi discurso?
CAYO
(Tímidamente) Bueno..., no lo sé. Mientras
hablabas, yo recorría las calles solicitando
votos.
LIVIO
¿Recorriste las calles?
CAYO
Cumplí una vieja costumbre romana.
LIVIO
¡Pero tú...! ¡Un Graco!
CAYO
No te entiendo. No quiero entenderte.
LIVIO
Te desconozco, Cayo. Me parece excesivo...
CORNELIA
(A Livio) No te apures. Mejor será que el pueblo
te aprecie después de conocerte, que antes.
CAYO
¡Qué importa todo esto! Lo cierto es que
ahora podremos luchar contra la aristocracia corrompida
que oprime al pueblo de Roma.
LIVIO
No te exaltes, Cayo. Luchemos, sí, pero con moderación,
con ecuanimidad...
CAYO
Tiberio les ofreció la paz basada en la justicia
y la rechazaron. Ahora tendrán la guerra.
CORNELIA
Me asustas, hijo.
CAYO
Que la verdad no te asuste. Tiberio era dulce como un
suspiro de Ceres y lo asesinaron; yo seré fuerte
como una interjección de Pan.
CORNELIA
El odio es siempre estéril.
CAYO
¿Sí? No sé. Pero la justicia es
siempre fecunda.
LIVIO
Sé prudente.
CAYO
Estimula mi valor, Livio. Mi cobardía no necesita
pretextos.
LIVIO
¡No se trata de eso! En fin, haz lo que quieras...Los
patricios me anunciaron hace un momento que te visitarían
para saludarte.
FULVIO
La prudencia que Livio te aconseja y que yo mismo observaré,
te ayudará a cumplir tus designios. Es lícito
emplear la astucia ahora, como quizás mañana
será Lícito emplear el puñal.
CAYO
¡Qué pobres armas...!
FULVIO
¿Qué dices tú, Cornelia?
CORNELIA
Cayo es ahora un magistrado y no se dejará influir
por las opiniones de su madre.
CAYO
(A Cornelia) Pero yo te pregunto: ¿estás
conmigo? ¿Me comprendes tú, al menos?
¿O crees también que todo es fruto de
mi exaltación?
CORNELIA
Y yo te contesto: soy tu madre. Siempre estoy contigo,
vayas adonde fueres: soy tu madre. No te comprendo,
pero estoy orgullosa de ti: soy tu madre.
CAYO
Y sin embargo, hay alguien que me entiende. Hay uno
que me escucha, me inspira, me estimula. Ignoro dónde
yace su cuerpo corrupto: quizás entre las aguas
a las que lo arrojaron sus enemigos, quizás bajo
el suelo, donde el trigo habrá brotado desde
su corazón. Pero siento que aún se estremece
con las palpitaciones de la tierra y su voz llega hasta
mí en el viento. En fin, mi hermano no se avergonzará
de mí, en su lecho de barro, cuando a través
de los tallos le lleguen mis palabras y sepa que mis
acciones son el escudo del pueblo, como él lo
quería.
LIVIO
¡Poco favor le harás haciéndote
matar...!
CAYO
¡Quién sabe, Livio! ¡Quién
sabe...!
FULVIO
Yo estaré siempre a tu lado.
CAYO
Lo sé.
(Entra Licinia)
LICINIA
¡Cayo!
CAYO
(Abrazándola) ¿Ya lo sabes?
LICINIA
Nadie lo ignora en Roma.
FULVIO
Saldré para avisarte cuando lleguen los patricios.
(A Livio) Vén conmigo. Nosotros seremos amables
con ellos...por ahora. (Salen Fulvio y Livio)
CAYO
¡Qué cansado estoy...!
LICINIA
¿Estás cansado y aún no comenzaste?
CAYO
¿Tratas de estimularme? De veras, hoy no lo necesito.
CORNELIA
No estás cansado, sino impaciente. Los caballos
de las cuadrigas sudan antes de empezar la carrera.
¡Y eres tan joven todavía!
CAYO
Tengo treinta años. Veintinueve años tenía
Tiberio cuando fue electo tribuno. Veintinueve cuando
promulgó el reparto de las tierras. Veintinueve
cuando hizo expulsar a Marco Octavio, por indigno, del
tribunado. Veintinueve cuando alcanzó el privilegio
de ser odiado y muerto por los ricos de Roma. ¡Y
dices que soy joven!
CORNELIA
No debieras perderte en tan tristes pensamientos...Hoy
ha triunfado Tiberio de sus enemigos.
CAYO
¡Dulces palabras con las que engañas tu
corazón, pero no el mío! ¿No queréis
comprender...? Hoy he perdido a mi hermano, definitivamente.
Hoy me han llamado en su lugar, he ocupado su puesto...Y
siento que he comido en su plato vacío, que he
dormido en su cama vacía, que me han vestido
con sus ropas vacías...Y siento que, en efecto,
ya todo lo que ocupaba está vacío. También
mi corazón. (Pausa) Vamos, habladme.
LICINIA
¿Qué podemos decir...? Piensa en nosotros.
CAYO
¿Crees que no lo hago...? Por última vez,
ayudadme a olvidar las asperezas de la próxima
lucha. Habladme de las cosas claras y pacíficas
que aún quedan en el mundo. ¿Hay en el
mundo cosas claras y pacíficas? Antes las había,
ahora no sé. (Pausa) Vamos, Licinia; recuérdame
el tiempo en que podíamos sino amarnos...¡Ah,
el mundo tenía entonces el gusto de una uva aplastada
contra el paladar! Uno era feliz y sólo ansiaba
rascarse la garganta.
LICINIA
Tú lo recuerdas todo...
CORNELIA
Hemos llegado al límite de lo que pueden expresar
las palabras...
(Se oye afuera un rumor creciente)
CAYO
Entonces, calla y piensa, que yo pensaré con
vosotras. (El rumor crece) ¿Qué es eso?
(Llamando) ¡Fulvio...! ¡Fulvio, amigo mío!
(Entra Fulvio) ¿Qué es ese rumor?
FULVIO
Es el pueblo que rodea tu casa y quiere verte. Cientos
de personas, Cayo.
(Pausa)
CAYO
Que entre el pueblo.
(Entra Livio)
LIVIO
Miles de personas que te aclaman, ¿Los dejarás
entrar?
CAYO
¿Por qué no?
LIVIO
Pero es que los patricios se acercan...
FULVIO
Es cierto, Cayo.
LIVIO
Deja entrar a los senadores, que ya te anunciaron su
visita, y luego escucharás al pueblo.
CAYO
¿Tu padre necesita anunciarse para visitarte,
Livio...? Que entre el pueblo, he dicho.
FULVIO
Ofenderás a la nobleza sin necesidad.
CAYO
Que entren también los patricios, si así
lo desean. No habrá secretos en lo que aquí
se diga.
LIVIO
¿Así desdeñas nuestro consejo?
FULVIO
Tu obcecación no reconoce límites...
CAYO
¡Oh, ya me cansáis...!
FULVIO
Esta es tu casa, Cayo, y tú mandas en ella y
en nuestros corazones. (Salen Fulvio y Livio)
CAYO
Ha llegado la hora.
CORNELIA
Te dejamos, Cayo.
LICINIA
Sé prudente.
CORNELIA
Sólo tu cautela puede equilibrar esta desigual
batalla.
(Salen Licinia y Cornelia, en tanto entran los Patricios,
con paso decidido, y los Ciudadanos, tímidamente,
precedidos por Livio y Fulvio)
FULVIO
Los patricios han saludado a Livio Druso en el atrio
y ahora quieren presentarte sus plácemes.
PATRICIOS
Salud, Cayo.
CIUDADANOS
Salud, Cayo.
CAYO
Salud.
LUCIO OPIMIO
Hemos venido a saludarte, Cayo.
CLAUDIO VALERIO
Las águilas de Roma y mi púrpura senatorial
se inclinan ante tu magistratura.
MARCIO POMPONIO
Y nos felicitamos de tu elección, porque confiamos
en la prudencia de tu madura juventud.
CAYO
Os agradezco, patricios.
CIUDADANO 1º
(A los otros dos) ¡Ay de nosotros!
CLAUDIO VALERIO
Pero venimos también a recordarte que eres noble
y que tu sangre es ilustre; que eres nieto de Publio
Cornelio Escipión, llamado el Africano, el vencedor
de Zama, el conquistador de Cartago; que eres hijo de
Sempronio Graco, el vencedor de los celtíberos
y los sardos, el pacificador de España.
CIUDADANO 3º
¡Ay de nosotros, sí...!
CAYO
Vuelvo a agradeceros. Enumeráis sin duda a mis
parientes ilustres y, entre los más preclaros,
se encuentran mi padre y mi abuelo, de cuyo recuerdo
me enorgullezco. Pero, ciertamente por mala memoria,
ya que no quiero atribuirlo a descortesía, olvidáis
al más querido, al más venerado de mis
deudos...
LUCIO OPIMIO
Puesto que lo mencionas, huye de los excesos que le
costaron la vida.
(Cayo tiene un gesto de ira)
FULVIO
(A Cayo) Modérate, Cayo.
CAYO
(A los Patricios) ¿Y qué queréis
de mí?
CALUDIO VALERIO
¿No te hemos dicho? Saludarte.
CAYO
Pues ya que lo habéis hecho, dispensadme. Debo
atender a estos señores.
MARCIO POMPONIO
(A los otros dos) ¡Su arrogancia me asombra!
FULVIO
No lo interpretes mal, Marcio Pomponio. Aguardad mientras
despacha a esta gente. Luego conversaréis más
tranquilos.
CAYO
(A los Ciudadanos) ¿Qué queréis
vosotros?
CIUDADANO 1º
Mi abuelo y mi padre sirvieron en los ejércitos
romanos y conquistaron tierras y gloria para Roma. Así
tuve yo mi pequeña heredad, donde cultivaba el
trigo y la vid para mi mujer y mis hijos. Pero vino
la guerra nuevamente y yo debí luchar en los
ejércitos romanos y conquisté a mi vez
tierras y gloria para Roma. Volví cargado de
cicatrices y de deudas, tribuno. Los patricios, a quienes
había pedido dinero para alimentar a los míos
mientras duraba mi ausencia, se apoderaron de las tierras.
De la que yo había ganado para Roma y de la pequeña
mía propia. Pero la tierra es de todos. Y yo
te pregunto: si la tierra es de todos, ¿por qué
no es mía?
CLAUDIO VALERIO
Te equivocas. Si perdiste tus tierras, fue porque tus
gastos temerarios y tu falta de previsión te
impidieron ahorrar lo necesario para mantener a tu familia.
CIUDADANO 1º
¿Ahorrar...? ¡Si apenas nos alcanza para
comer!
CIUDADANO 2º
Escúchame, Cayo: también el trigo es de
todos y cuando nace no tiene destinatario cierto ni
crece para bocas elegidas. Brota, sencillamente, para
tí, para mí, para nosotros. Se da a todo
el que tenga manos limpias y apetito. Yo ya he perdido
el apetito, Cayo, de tanto tener hambre. Pero los nobles
acumulan el trigo en sus graneros, no sé si por
maldad, por avaricia o, simplemente, para que aumente
el precio. Lo cierto es que ahora el pan esquiva al
pueblo. Yo no lo entiendo, Cayo. ¿Y tú?
CLAUDIO VALERIO
Si no tienes trigo es porque prefieres holgazanear en
vez de trabajar para ganar tu sustento.
CIUDADANO 2º
¡Mira mis manos!
CIUDADANO 3º
¿Y qué decir de la Justicia? Dicen que
no contempla altos ni bajos, ricos ni pobres, nobles
ni plebeyos. Pero un día, el hijo del senador
Tulio Emilio violó a mi hija y los jueces se
rieron. Y otro día, mi nieto se atrevió
a mirar a la hija del noble Marco Aulio, y sus esclavos
lo mataron a palos, y los jueces volvieron a reírse.
Dicen que la justicia no distingue, pero ¿por
qué se ríe de mí cuando me ve bajo,
pobre y plebeyo?
CLAUDIO VALERIO
Eso es una insolencia. Si perdiste tus pleitos fue porque
la razón no te asistía.
CIUDADANO 3º
Pregunta por mi nieto. Cualquiera te mostrará
su tumba.
CAYO
¿Qué decís, patricios?
CLAUDIO VALERIO
Siempre ha sido ley natural en la República que
haya ricos y pobres, nobles y plebeyos, juzgadores y
juzgados. (Por los Ciudadanos) Dicen que están
muy mal, pero no han muerto. ¡Viven! ¿No
ves que viven? Entonces...¿de qué se quejan?
CIUDADANO 1º
Míranos, Cayo Graco. ¡Nos quejamos de vivir!
LUCIO OPIMIO
¿Qué dices tú, tribuno? Nos ofenden
en tu casa y tú lo permites.
CAYO
¿Por qué las palabras que parten de sus
bocas como súplicas llegan a vuestros oídos
como insultos? ¿Qué raro filtro tamiza
las verdades para que apenas insinuadas os ofendan?
Declaro que no he escuchado injurias y sí justos
reclamos.
CLAUDIO VALERIO
Piensa en tu gloria, Cayo, y en la grandeza de Roma.
CAYO
¿Qué tiene que ver mi gloria con vuestra
opulencia? ¿Y la grandeza de Roma se cobija acaso
bajo el ala de vuestros intereses?
MARCIO POMPONIO
Tus palabras son imprudentes.
CAYO
Partid, patricios, porque de antemano conocíais
mi imprudencia. Habéis venido a pesarme y a medirme.
Ya lo habéis hecho.
LUCIO OPIMIO
No obstante, queremos tu respuesta.
CAYO
¿Mi respuesta? ¿A quién y sobre
qué?
CLAUDIO VALERIO
(Señalando al Pueblo) A nosotros y respecto de
ellos.
LUCIO OPIMIO
¿Estás entonces a su favor?
MARCIO POMPONIO
¿Estás, pues, contra Roma?
CAYO
Estoy con ellos, sí. ¿Pero estoy contra
Roma? La respuesta es difícil porque...¿qué
es Roma? Decidme lo que es Roma. ¿Es injusticia,
hambre, opresión, esclavitud, miseria? ¿Es
miedo, egoísmo, lujuria, molicie, cobardía?
Porque entonces, patricios, no lo dudéis: estoy
contra Roma. ¡Estoy con ellos contra Roma!
CLAUDIO VALERIO
¡Oh, dioses, insulta a la República!
FULVIO
Esperad...
LUCIO OPIMIO
¡Manes de Rómulo, que esto tenga que oír
un romano de mi estirpe!
FULVIO
Atended...
MARCIO POMPONIO
¡Tiberio ha muerto, pero su orgullo insensato
revive en ti!
FULVIO
Oídme...
LUCIO OPIMIO
¡Eso es! ¡El orgullo de Tiberio!
MARCIO POMPONIO
¡La sangre maldita de Tiberio que corre por sus
venas!
CAYO
¡Basta! ¡Os digo que merecéis ser
aplastados! ¡Y lo seréis! ¡Lo seréis!
¡Esa es mi respuesta! ¿No la queríais?
¿No la querías tú, Lucio Opimio,
gorda sanguijuela que te revuelcas en la usura como
el cerdo en el fango? Corre, entonces, alcahuete del
Senado, y díle que Cayo Graco, como antes su
hermano Tiberio, está con el pueblo. Y tú,
Claudio Valerio, discípulo de Catón el
implacable, estéril moralista, vé y díles
a tus literatos adocenados y a tus oradores sin público
que la retórica se ha derrumbado sobre vuestras
cabezas. Y finalmente tú, Marcio Pomponio, que
te precias de soldado, vé y cuéntales
a tus cómplices que oficia de verdugo, no de
guerrero, quien levanta su espada contra el pueblo y
ampara la tiranía de los cobardes. ¡Vosotros
estáis con Roma! ¡Pobre Roma! ¡Yo
os arrojo ese cadáver podrido para que os quedéis
con él y, a semejanza de los cuervos, os disputéis
sus despojos! (Los Patricios huyen, despavoridos) ¡Esa
es mi respuesta!
FULVIO
Tu osadía te pierde. Ahora las conjuras se alzarán
hacia ti como las olas contra la playa...
CAYO
Tú estarás conmigo.
FULVIO
Es cierto, pero tus enemigos serán muchos y poderosos.
LIVIO
¡Qué valiente eres...! ¡Qué
imprudente eres!
FULVIO
(A Cayo) Toma mi viejo puñal. Sólo tendrás
que empuñarlo, y él guiará tu mano
al corazón de tus enemigos.
CAYO
(A los Ciudadanos) Pueblo de Roma: Cayo Graco, tribuno
de la plebe, os convoca para que votéis la antigua
ley agraria. ¡La tierra será de todos!
(Sale, seguido por Fulvio)
CIUDADANO 3º
He aquí que nuestra joven esperanza ha madurado.
(Se dispone a salir, junto con otros Ciudadanos)
LIVIO
Esperad, ciudadanos. A mí...¿nada tenéis
que pedirme?
(Los Ciudadanos se miran desconcertados)
CIUDADANO 1º
¿Quién eres?
LIVIO
¿No me conocéis? Soy Livio Druso, a quien
también habéis elegido tribuno de la plebe,
en este mismo día...¿Nada tenéis
que pedirle a Livio Druso?
CIUDADANO 2º
¿Qué podemos pedirte?
LIVIO
Soy vuestro tribuno. Os amo. Necesito también
que me estiméis. Puedo ser tan firme como Cayo,
y aún más, aun más...¿Qué
puedo hacer por vosotros?
CIUDADANO 3º
Auxilia a nuestro amigo, el joven Graco. (Sale con los
demás)
LIVIO
(Exasperado, siguiéndolos) Pero a mí,
a mí...¿nada tenéis que pedirme?
¿Nada tenéis que pedirme? ¿Nada
tenéis que escucharme, a mí...?
ACTO SEGUNDO
Otra mañana, meses más tarde. El Capitolio.
CAYO
¿Qué nuevas hay, entonces, del reparto
de tierras en Liguria?
FULVIO
Sigue llevándose a cabo sin mayores contratiempos.
En cambio, en Umbría, los terratenientes, encabezados
y dirigidos desde aquí por Lucio Opimio, ofrecen
enconada resistencia.
CAYO
Tendrás que ir a ver lo que sucede.
FULVIO
Pensaba viajar pronto. ¿Qué ha pasado
en Roma durante mi ausencia?
CAYO
Lentamente, vamos quebrantando el poderío de
los patricios. Logramos la concesión del voto
para los habitantes de Italia, el reparto de trigo a
bajo precio, el nombramiento de trescientos jueces plebeyos
que se unirán a los trescientos nobles que antes
existían...
FULVIO
Luego, todo marcha bien.
CAYO
Sí.
FULVIO
¿Salvo Livio Druso?
CAYO
Salvo Livio Druso.
FULVIO
¿Qué ha hecho ahora?
CAYO
¡Oh no, nada! Simplemente corroe, lima, mella,
embota...Pierde su tiempo junto a los patricios y sólo
concurre a las asambleas para obstruir nuestros proyectos.
FULVIO
¿No le has hablado?
CAYO
Aún no; pero ya va siendo tiempo de definir esta
penosa situación...
FULVIO
Temes hablarle, Cayo.
CAYO
Sí, me resisto a escuchar de sus labios la confirmación
de mis aprensiones.
FULVIO
¡Traidor infame!
CAYO
Dondequiera que miro, no encuentro sino deserciones,
torpezas, deslealtades.
FULVIO
(Picado) ¡Yo te soy fiel, Cayo!
CAYO
Sólo el pueblo es constante, y en e´l solamente
encuentro estímulos para proseguir.
FULVIO
¡Yo te soy fiel, Cayo!
CAYO
He visto las cartas, Fulvio.
FULVIO
¿Las cartas?
CAYO
Las cartas en que incitas a la sedición y a la
violencia a nuestros amigos de las ciudades latinas.
FULVIO
¡No les incito! Les advierto para que estén
preparados...
CAYO
Lo mismo da. Has dado pie para justificar las represalias.
Y en esas represalias, Fulvio, no caeremos ni tú,
ni yo; caerá el pueblo de Roma.
FULVIO
¡No puedes acusarme de deslealtad! ¡Lo he
hecho por tu bien! Es imposible permanecer indiferente
mientras los nobles traman tu caída, quizás
tu muerte...
CAYO
Sí, has querido hacerlo por mi bien. Escúchame,
Fulvio: esto es algo más que una asonada, ¿comprendes?
Nos abstendremos de la violencia mientras nos sea posible.
¡Ellos están desenvainando espadas porque
los muerde el miedo! ¡No tienen tiempo, Fulvio!
Defienden el pasado y agonizan con cada día marchito.
¡Pero nosotros estamos aguardando en cada aurora!
Echaremos a rodar nuestro coraje por la ladera del tiempo
y los aplastaremos.
FULVIO
Sólo te digo que si quieres cultivar rosas, tienes
que arrancar las ortigas.
CAYO
No es necesario, Fulvio; no es imprescindible. Bastaría
con extirpar el ácido que la ortiga destila.
FULVIO
Nadie lo ha logrado.
CAYO
Bueno, te diré mi secreto. ¡Yo sé
cómo hacerlo! Arráncale a un rico la bolsa
y quedará tan inerme como una víbora sin
su glándula ponzoñosa.
FULVIO
No entiendo. Eras el más osado...
CAYO
¿Acaso he abandonado mis propósitos? Pero,
además, ahora soy responsable de otras vidas...
FULVIO
Está bien.
CAYO
Esto es definitivo, Fulvio. Cuando emprendes una acción
a mis espaldas, cosquilleas con un puñal entre
mis omóplatos.
FULVIO
Está bien. (Pausa) ¿Qué hay de
la fundación de una nueva colonia de ciudadanos
indigentes?
CAYO
Esta tarde propondré en la asamblea que se instale
en el lugar que ocupara la antigua Cartago, y deberá
decidirse cuál de los tribunos de la plebe marchará
a la cabeza del grupo de colonos.
FULVIO
¿Quién irá?
CAYO
Lo ignoro. A veces pienso si yo...
FULVIO
¡Es absurdo lo que piensas!
CAYO
Ya lo sé.
(Entra Cornelia)
CORNELIA
¿Puedo hablar contigo, Cayo?
CAYO
¿Qué haces aquí, madre?
CORNELIA
Supuse que aquí te encontraría.
CAYO
Terminaba de arreglar unos asuntos con Fulvio Flaco,
que acaba de regresar de Liguria.
CORNELIA
Ya lo sé. Puedo volver más tarde.
FULVIO
¡Oh no, yo ya me marcho!
CORNELIA
No es necesario. Al contrario, prefiero que te quedes.
FULVIO
Si así lo quieres...
CAYO
¿Y bien...?
CORNELIA
Evitaré los rodeos para que no malgastes tu tiempo.
¿Es cierto que piensas proponer una ley para
perseguir a Marco Octavio?
CAYO
Madre mía, eres lo más sagrado que hay
para mí en la tierra, pero normalmente, no contesto
ese tipo de preguntas.
CORNELIA
Lo sé. Pero esto es lo suficientemente importante
como para que me arriesgue a que faltes al respeto que
me debes, sean cuales fueren las preguntas que te formule.
CAYO
Perdóname. (Pausa larga) Es cierto que voy a
proponer esa ley y, realmente, no creo que sea tan importante.
CORNELIA
Para mí es muy importante. El padre de Marco
Octavio peleó junto a tu padre contra los celtíberos.
CAYO
Sí, lo recuerdo. Y Marco Octavio fue tribuno
de la plebe junto a Tiberio y traicionó a tu
hijo.
CORNELIA
Las disensiones políticas no autorizan a hablar
de traición. Marco Octavio no participó
en el asesinato.
CAYO
¡Pero lo fomentó con su actitud!
CORNELIA
No se justifica tu venganza.
CAYO
¡Por todos los dioses! Vivís obsesionados
con el fantasma de mi venganza. No estoy tratando de
vengarme, sino de hacer lo que creo justo.
CORNELIA
Pese a ello, permíteme que insista. Aunque adversario
tuyo, Marco Octavio es un hombre honorable y pertenece
a una noble familia romana.
CAYO
¡La mayor parte de los canallas de Roma pertenecen
a nobles familias romanas!
CORNELIA
Te dejo a esos canallas para que de ellos dispongas
a tu antojo, pero respeta a Marco Octavio.
CAYO
Madre mía, esa decisión ya no me pertenece.
CORNELIA
Hijo mío, no propongas esa ley.
(Pausa larga)
CAYO
Está bien. La retiraré.
CORNELIA
Gracias. Estoy orgullosa de ti.
CAYO
Yo no.
CORNELIA
Sean cuales fueren las circunstancias y cualquiera sea
el color de tu bandera, sigues siendo un Graco.
CAYO
Sí, supongo que sí. Sigo siendo un Graco.
¿Lo dudabas? Tú salvas a Marco Octavio,
pero yo... ¿acaso no traiciono a mi hermano?
¡Oh, maldición! ¡Yo no estoy orgulloso
de mí!
(Entra Livio Druso)
LIVIO
Te buscaba Cayo. Tengo que hablar contigo.
CAYO
También yo.
FULVIO
Antes de la asamblea nos veremos, Cayo. Acompañaré
a tu madre hasta su casa.
CORNELIA
Los dioses os guarden.
LIVIO
Ellos os acompañen.
(Salen Cornelia y Fulvio)
CAYO
Te escucho, Livio.
LIVIO
Seré muy breve. Me han dicho que piensas proponer
una ley para privar a Marco Octavio de todo cargo público.
CAYO
Ah...te han dicho.
LIVIO
Sí. Quiero advertirte que, si lo haces, vetaré
esa ley.
CAYO
No me extraña. Más aún casi descontaba
tu veto.
LIVIO
Te ganarás un enemigo más sin ningún
resultado práctico.
CAYO
¿Qué puede importarme un enemigo más?
LIVIO
Haz lo que quieras. Te he advertido.
CAYO
¿Recuerdas el motivo que le costó a Marco
Octavio su expulsión del tribunado?
LIVIO
Sí. Vetó una ley que Tiberio había
propuesto.
CAYO
Una ley de utilidad pública. Recuérdalo.
Pero en fin, no te preocupes. He resuelto retirar esa
ley.
LIVIO
¿Has resuelto retirarla?
CAYO
Mi madre intercedió por Marco Octavio y, aún
en contra de mis convicciones, he resuelto retirarla.
LIVIO
Cornelia es una noble y sensata matrona. Me alegro por
ti. Me voy, Cayo.
CAYO
Espera...Ahora debo hablar yo.
LIVIO
Te escucho.
CAYO
¿Qué nos pasa, Livio? Cada día
nos encerramos más en nuestro retraimiento. De
nuestra antigua amistad sólo quedan las fórmulas
vacías, pero el contenido de aquella camaradería
ha ido quedando en el camino. Creo que ha llegado el
momento de explicarnos, amigo mío. Aún
te doy ese nombre. ¿Qué nos pasa, Livio?
LIVIO
No sé a qué te refieres...Nada me pasa
a mí.
CAYO
¿Estás seguro?
LIVIO
Creo que eres tú quien debe explicarse, ya que
has planteado esta curiosa cuestión.
CAYO
No tengo inconveniente. Como te he dicho, el retraimiento
es mutuo.
LIVIO
¿Entonces...?
CAYO
Antes el sol salía y se ocultaba para ambos en
el mismo momento. Ahora, tus días y mis días,
tus noches y las mías no coinciden, están
trastocadas...
LIVIO
Explícate...
CAYO
Te solazas en la compañía de los patricios
y olvidas al pueblo.
LIVIO
El pueblo me ignora.
CAYO
¡Claro que te ignoran! ¡Demuéstrale
tu existencia!
LIVIO
¡Bah!
CAYO
Obstaculizas mis proyectos y discutes mis resoluciones.
LIVIO
Tengo mi propio criterio.
CAYO
No te lo discuto. Pero me refiero a proyectos y resoluciones
en los que coincidíamos desde siempre. Aceptabas
que favorecían a los intereses del pueblo...
LIVIO
No en la forma en que tú lo haces.
CAYO
¿Qué forma propones?
LIVIO
Puedo haber cambiado de opinión.
CAYO
Es posible. Pero, en tal caso...¿qué más
justo, qué más honrado que una explicación?
A mí, que soy tu colega y amigo; a mí...
LIVIO
(Interrumpiéndolo) ¡A ti, que me ayudaste
a conseguir el tribunado!
CAYO
¡Livio!
LIVIO
¡No haces otra cosa que recordármelo!
CAYO
Faltas a la verdad. Jamás he mencionado esa circunstancia.
LIVIO
La he entrevisto en tus miradas, en tus insinuaciones,
en tus reproches. Has pretendido comprar mi obsecuencia
con tu ayuda. ¡Claro! Tu ambición no se
conforma ya con el tribunado y empiezas a pensar que
la corona regia ajustará bien sobre tus sienes...
CAYO
¡Livio, Livio! ¿Adónde vas? ¡Repites
todas las infamias que inventan los patricios!
LIVIO
¡Ya te sientes estatua, Cayo Graco! El orgullo
te ha enloquecido y ha enloquecido a los desesperados
que te siguen...
CAYO
¡Insensato! Te han inyectado su veneno...Si pudiera
convencerme de que tus reproches son sinceros, cortaría
mis muñecas para que escaparan todos los latidos
que hasta hoy poblaron mi corazón. Pero no, tú
no crees en eso, no puedes creerlo de verdad. Estás
ofendido conmigo, aunque yo ignoro la causa...
LIVIO
¿Que si lo creo? ¡Eres un tigre! ¡Puedes
creer en eso, porque hasta tu madre te teme!
CAYO
¡Mientes!
LIVIO
Acabas de confesarme que, contra tu locura demagógica,
apenas pudo salvar de tus garras a Marco Octavio.
CAYO
¡Marco Octavio! ¡Cómo te preocupa
el tribuno traidor! No pudiste elegir mejor ejemplo,
puesto que tú pareces dispuesto a seguir su camino.
Cuídate, Livio.
LIVIO
¿Me amenazas?
CAYO
Nada temas. (Con un gesto) Ahí vienen tus amigos
y yo te dejo.
LIVIO
Ya hablaremos.
CAYO
¿Para decir qué palabras, Livio...? Sólo
nos quedan los insultos. (Sale, en tanto entran los
Patricios)
LUCIO OPIMIO
¿Tu colega nos rehúye, Livio Druso?
LIVIO
No lo sé. Preguntádselo a él.
CLAUDIO VALERIO
Este descomedimiento no es habitual en ti. Casi diría
que, hasta hoy, tu virtud sobresaliente ha sido la cortesía.
LIVIO
¿Qué quieres decir?
MARCIO POMPONIO
Quiero decir que, aunque bebas nuestro vino y te diviertas
con nuestras esclavas, todavía no has demostrado
ser nuestro amigo.
LIVIO
¡Estáis locos! En aras de la paz social,
de la convivencia pacífica, he sacrificado...
CLAUDIO VALERIO
(Interrumpiéndolo) Exacto. Pero aunque tu compañía
nos es grata, te reprochamos que cierres los ojos al
crimen enseñoreando en Roma, la demagogia instalada
en el sitial de la Justicia y la persecución
de que se nos hace objeto.
LIVIO
¿Crimen, demagogia, persecución...? ¿Y
cuál es mi responsabilidad? ¿Qué
me achacáis?
LUCIO OPIMIO
No basta con no participar en el atentado. Hay que evitarlo.
CLAUDIO VALERIO
Hasta ahora no has empleado ni tus brillantes dotes
ni las atribuciones de tu cargo con la decisión
que el caso requiere.
LIVIO
Fácil es decirlo. ¿Qué puedo hacer?
Sabed que mi renuncia está en vuestras manos.
MARCIO POMPONIO
¿De qué serviría eso?
LIVIO
No sé...Os dejo. Pensaré algún
medio para contener a Cayo. Salud, patricios.
PATRICIOS
Salud.
(Sale Livio Druso)
MARCIO POMPONIO
Odio la corrupción y el peculado, pero...¿será
menester darle dinero?
LUCIO OPIMIO
¡Dinero, dinero! ¡No pensáis en otra
cosa...! Por mi parte, odio la guerra civil, pero...¿por
qué no descuelgas tu espada, que se está
poniendo mohosa, y la ejercitas contra Cayo y sus secuaces?
MARCIO POMPONIO
¿Estás insinuando...?
CLAUDIO VALERIO
Calma, calma... A su tiempo, el oro y el acero desempeñarán
su papel en esta intriga. Por ahora, abrid paso a la
abogacía.
LUCIO OPIMIO
Confío en tí, Claudio. ¿Qué
estás tramando?
CLAUDIO VALERIO
En Livio Druso hay pasta para hacer un excelente tribuno
de la plebe.
MARCIO POMPONIO
¡Bah, te burlas de nosotros!
CLAUDIO VALERIO
¿No habéis notado que su ambición
es tan desmedida como medido su talento?
LUCIO OPIMIO
¿Y con eso?
CLAUDIO VALERIO
Si hasta ahora no se ha atrevido a lanzarse contra Cayo,
es porque aún desconfía de sus propias
fuerzas.
MARCIO POMPONIO
No te entiendo.
LUCIO OPIMIO
Ni yo.
CLAUDIO VALERIO
Escuchadme: ¿estáis de acuerdo conmigo
en que Cayo Graco es el peor enemigo que hasta ahora
ha padecido la nobleza romana?
MARCIO POMPONIO
¿Cómo no estarlo? Sin contar sus otras
fechorías, día a día reduce el
número de los soldados, como si fuera posible
enfrentar a los enemigos con labradores y artesanos.
LUCIO OPIMIO
Ese no es el peor de los males que sufre Roma, si se
tiene en cuenta que actualmente no estamos en guerra
con nación alguna...
MARCIO POMPONIO
¿Cómo defenderías tus riquezas
si nuestras armas no velasen por tu holgazanería?
LUCIO OPIMIO
¡No te lo permito, Marcio!
CLAUDIO VALERIO
Amigos, apelo a vuestra serenidad. No agravemos nuestra
situación con rencillas intestinas.
MARCIO POMPONIO
¡Eres testigo de que me ha insultado!
LUCIO OPIMIO
¡Todo lo contrario! A mi inocente reflexión,
respondiste con lengua viperina.
MARCIO POMPONIO
¿Qué dice? ¡Tú y los tuyos
son raza de víboras!
LUCIO OPIMIO
¡Miserable cobarde! ¡No alardeabas tanto
en la batalla de Epidauro, cuando nuestros enemigos
sólo conocieron tus espaldas!
MARCIO POMPONIO
¡Y tú me dices eso!
CLAUDIO VALERIO
¡Calma, por favor, calma!
MARCIO POMPONIO
¡Ah, no, Claudio! ¡No me pidas calma...!
¡Que mi herencia sea maldita si no azoto a este
bellaco que, por conseguir un rico asociado, echó
a su hermana sobre el lecho maloliente del sirio Bitius!
LUCIO OPIMIO
¡Sólo después que tú la estupraste!
MARCIO POMPONIO
¡Claudio Valerio tuvo algo que ver con eso!
CLAUDIO VALERIO
¡Imbéciles! Si agregáis una palabra
más, me alegrará que Cayo nos aplaste
con tal de que bajo su pie perezcáis ambos...¡Imbéciles!
¡Riñendo como chiquillos en la plaza mientras
Roma agoniza!
(Pausa larga)
LUCIO OPIMIO
¿Cuál es tu plan?
CLAUDIO VALERIO
Necesito contar con vuestra absoluta confianza.
LUCIO OPIMIO
Yo ya te la he expresado.
CLAUDIO VALERIO
¿Y tú, Marcio?
MARCIO POMPONIO
Cuenta con ello.
CLAUDIO VALERIO
(A Marcio Pomponio) Entonces, amigo mío, sólo
te pido un favor: corre detrás de Livio Druso,
y dile que aquí lo espero para hablarle de algo
sumamente importante.
MARCIO POMPONIO
Luego me contaréis, ¿eh?
CLAUDIO VALERIO
Nos reuniremos aquí antes de la asamblea de la
plebe.
MARCIO POMPONIO
De acuerdo. (Sale)
LUCIO OPIMIO
Has hecho bien en alejar a ese bruto.
CLAUDIO VALERIO
Vayamos al grano. Si lo meditas, comprenderás
que es imposible intentar una acción armada contra
Cayo, ahora que se halla en la cumbre de la popularidad.
Por otra parte, Cayo es incorruptible.
LUCIO OPIMIO
Luego, tú también propones excitar el
valor de Livio Druso con dinero.
CALUDIO VALERIO
No. A su manera, Livio es también insobornable.
Rechazaría indignado una propuesta de dinero.
LUCIO OPIMIO
¿Entonces...?
CLAUDIO VALERIO
Hay que socavar la popularidad de Cayo.
LUCIO OPIMIO
¡No lo conseguiremos!
CLAUDIO VALERIO
Nosotros, no. Pero un tribuno de la plebe que por cada
colonia cuya fundación sugiera Cayo, proponga
diez; que por cada adarme de trigo que les dé
Cayo, les ofrezca un quintal...
LUCIO OPIMIO
¿Y tú propones que Livio Druso...?
CLAUDIO VALERIO
¡...sea ese tribuno de la plebe! Yo me encargo
de ello.
LUCIO OPIMIO
¡Pero eso costará mucho dinero! ¡Muchísimo
dinero!
CLAUDIO VALERIO
Sin duda, algo costará. Pero no olvides, Lucio,
que hay formas ahorrativas de ejecutar las leyes que
Livio haga aprobar. Y luego...cuando la anarquía
sea aplastada y el orden impere nuevamente, podremos
resarcirnos, ¿verdad?
LUCIO OPIMIO
Sí, pienso que sí. Es un buen plan, Claudio;
es un plan excelente.
(Vuelve Livio Druso)
LIVIO
(A Claudio Valerio) Me ha dicho Marcio que querías
verme.
CLAUDIO VALERIO
En efecto. (A Lucio Opimio) ¿Te vas, Lucio...?
LUCIO OPIMIO
Sí. Volveré con Marcio Pomponio y aquí
nos reuniremos. (Sale)
CLAUDIO VALERIO
¿Estás resentido, Livio, por nuestros
reproches de hace un rato?
LIVIO
Eran injustos
CLAUDIO VALERIO
Quizás. Efectivamente, tal vez fuimos injustos
contigo. ¡Pero qué quieres! No sólo
nos aflige Roma. Eres nuestro amigo y tu situación
nos preocupa...De eso quería hablarte, precisamente:
un joven brillante, el mejor orador de nuestra época,
el más ecuánime y honrado de los romanos,
resignado a contemplar la gloria de quién vale
menos que tú.
LIVIO
Así lo ha dispuesto la Fortuna.
CLAUDIO VALERIO
No. ¡Así lo ha aceptado tu debilidad!
LIVIO
¿Qué quieres que haga?
CLAUDIO VALERIO
¿Y me lo preguntas...? Cuando Graco solicita
la fundación de una colonia, pide tú diez.
¡Demuéstrale quién eres!
LIVIO
Pero... ¡pero eso atenta contra mis intereses,
contra los de mi clase! Nos empobrece a la vez que aumenta
el poder y las pretensiones de los plebeyos. ¿Qué
estás diciendo, Claudio? No deseo los sufrimientos
del pueblo y trataría de aliviarlos, si pudiera,
pero soy un noble romano y me debo a mi ciudad, a la
grandeza de Roma.
CLAUDIO VALERIO
Seamos modernos, Livio. No pretendamos que en nuestra
época se trate a los plebeyos con el mismo rigor
que hace un siglo. Hoy, la filosofía nos enseña
que las pasiones deben atemperarse, y los bienes, repartirse.
LIVIO
¡Te burlas de mí! Porque entonces, Cayo
Graco...
CLAUDIO VALERIO
(Interrumpiéndolo) ¡Eso es! ¡Cayo
Graco...! Si nos oponemos a Cayo Graco no es porque
brinde mejoras al populacho, no, sino porque lo incita
al odio y a la persecución; porque se preocupa
más de quitarnos a nosotros que de darles a ellos;
porque su boca hierve de mordaces insultos y agrias
amenazas...¿Comprendes? Bien está que
se reparta la tierra, que se creen colonias para ciudadanos
indigentes, que se disminuyan los gastos militares.
Pero que se prediquen el odio y la destrucción,
que se mate a nuestros hermanos, que se viole a nuestras
hijas, ¡no! ¡Eso no lo toleraremos!
LIVIO
Entonces...¡ahora comprendo! Vosotros, como yo,
os oponéis al crimen, pero no a la limosna. Y
debo confesarte que muchas veces creí que sólo
os movía el interés.
CLAUDIO VALERIO
¿Ves...? Ese es el resultado de la prédica
de Cayo.
LIVIO
Alguna vez sentí afecto por ese demagogo miserable...¡Cómo
pudo engañarme...! Tampoco a mí, Claudio,
me parecen descabelladas todas las pretensiones de los
plebeyos. Pero lo que no pude tolerar impasible fue
el desatado vendaval de su ambición, su intento
de quebrar la paz social, de trastocar el cuerpo armónico
de Roma, llevando arriba lo que es propio y natural
que esté debajo y derribando lo que ha nacido
para estar en la cumbre...
CLAUDIO VALERIO
¡Esos son nuestros mismos pensamientos! Y tú,
si te decides, destrozarás su poder al par que
asumirás el papel que por derecho te corresponde;
el pacificador de Roma y, a la vez, el benefactor del
pueblo. ¿Lo harás, Livio?
LIVIO
¿Lo dudas...? Trataré de hacerlo, de rescatar
al pueblo del error en que lo ha sumido el último
de los Graco.
CLAUDIO VALERIO
Todos los buenos ciudadanos ansían liberarse
de tan odiosa tiranía. Sólo les falta
un jefe.
LIVIO
Un jefe...
CLAUDIO VALERIO
Lucio Septimuleio, ¿lo conoces...? es un liberto
que no tiene otra cosa sino deudas...me decía
esta misma mañana que tú, si te decidieras,
arrebatarías a Cayo el favor de la multitud.
LIVIO
¡Que los dioses me ayuden!
CLAUDIO VALERIO
Te ayudarán, Livio. Te ayudarán...(Salen)
(Mediodía. El Campo de Marte. Entra el pueblo)
CIUDADANO 3º
...Y os digo más aún: si la virtud tuviera
nombre, se llamaría cayo Graco.
CIUDADANO 1º
¿Quién te lo discute?
CIUDADANO 3º
Nadie, pero me gusta decirlo.
CIUDADANO 2º
¿Te han tocado tierras, abuelo?
CIUDADANO 3º
Todavía no. Por eso puedo alabarlo libremente.
¿Y a vosotros?
CIUDADANO 2º
A mí, sí.
CIUDADANO 1º
También a mí. Pero Roma es pequeña
para mis ambiciones.
CIUDADANO 3º
¿Te irías a una colonia?
CIUDADANO 1º
Quizás.
CIUDADANO 2º
¡Buen viaje, entonces...! Yo no pienso acompañarte.
(Entra Fulvio)
FULVIO
Salud, ciudadanos.
CIUDADANOS
Salud.
CIUDADANO 2º
¿Y Cayo Graco?
FULVIO
Ya viene para aquí.
CIUDADANO 1º
¡Mirad quiénes llegan...!
(Entran Livio Druso y los Patricios. Rumor de descontento
del pueblo. Ambos grupos quedan separados)
CIUDADANO 3º
¿Debemos soportar la presencia de esos miserables
mientras deliberamos?
FULVIO
Nadie puede impedirles que se queden.
MARCIO POMPONIO
(A los suyos) He creído oír la palabra
"miserables"...No será por nosotros,
¿no?
CLAUDIO VALERIO
No te des por aludido ni oigas lo que no debes oír.
Nuestro éxito no debe verse comprometido por
tu susceptibilidad.
MARCIO POMPONIO
Nada temas, Claudio; me quedaré tan quieto como
el Capitolio. ¡Pero qué ganas tengo de
arremeter contra esa canalla...!
LUCIO OPIMIO
¡Ya te sacarás el gusto...!
LIVIO
¿Qué dices?
CLAUDIO VALERIO
¡Oh, sobrevendrá alguna guerra en la que
Marcio Pomponio podrá desahogar su belicosidad...!
(Se ríen entre ellos)
CIUDADANO 1º
(A los suyos) Creo que se están riendo de nosotros...
CIUDADANO 3º
¡Que se vayan al infierno!
(Entra Lucio Septimuleio y se dirige al grupo de los
ciudadanos)
LUCIO SEPTIMULEIO
Noble Fulvio, nuestro protector, el ilustre Cayo Graco,
ya se aproxima.
FULVIO
(A los Ciudadanos) ¿Quién es éste?
CIUDADANO 1º
Lucio Septimuleio, un bribón que vive pidiendo
dinero y huyendo de sus acreedores.
LUCIO SEPTIMULEIO
(Que ya se ha desplazado al grupo de los Patricios)
Generoso Claudio Valerio, el enemigo de Roma se acerca.
CLAUDIO VALERIO
Gracias, Lucio. Y tú, Livio, prepárate.
(Entra Cayo Graco)
CIUDADANOS
¡Salud, Cayo Graco!
CAYO
Salud, ciudadanos.
FULVIO
Te esperábamos, Cayo. Ya puede comenzar la asamblea.
LUCIO SEPTIMULEIO
(Que se ha desplazado junto a Cayo) Tu sola presencia
confunde a los patricios.
CAYO
(A los suyos, por los Patricios) Veo que hemos logrado
una extraordinaria concurrencia...
CIUDADANO 3º
¿Qué presa rondarán esos buitres?
FULVIO
Pronto lo sabremos.
LUCIO OPIMIO
(Llamando discretamente) Vén, Lucio (Lucio Septimuleio
se aproxima) ¿Qué dice Cayo?
LUCIO SEPTIMULEIO
(A los Patricios en general) Nobles señores,
vuestra sola presencia lo confunde.
(Cayo asciende a la tribuna)
CAYO
Pueblo de Roma: cuando hace algún tiempo propuse
a la asamblea el envío de seis mil ciudadanos
indigentes para fundar colonias en Narbo y Tingis, nuestros
enemigos me acusaron de inepto, demagogo y aventurero;
predijeron el fracaso de ambas expediciones y alegaron
que Roma no tenía dinero para solventar tales
empresas. Hoy, ciudadanos, me complazco en anunciaros
que ambas colonias se hallan ya establecidas y sus habitantes
prosperan en la paz, en la fraternidad y en el trabajo.
CIUDADANO 1º
¡Bravo, tribuno!
CAYO
A los escépticos que entonces predicaron la inutilidad
e inconveniencia de nuestros esfuerzos me dirijo ahora
y les pregunto: ¿fui yo el demagogo o vosotros
los difamadores?, ¿fui yo el inepto o vosotros
los ignorantes?, ¿fui yo, en fin, el aventurero
o vosotros los cobardes?
CIUDADANO 2º
¡No pueden contestarte, Cayo!
CIUDADANO 3º
¡No se atreven!
CLAUDIO VALERIO
(Entre dientes) ¡Ya aplastaremos tu orgullo!
LIVIO
(Igual) Yo me encargo de ello.
CAYO
Por eso me atrevo, ciudadanos, dado el éxito
de tales empresas, a proponeros el envío de otra
similar, encargada de fundar una colonia sobre las ruinas
de la antigua Cartago. ¡El yerno está aguardando
la semilla, del mismo modo que vosotros aguardáis
la Justicia! (Baja de la tribuna)
LUCIO SEPTIMULEIO
(Aproximándosele) ¡Los has pulverizado!
CIUDADANOS
(Tumultuosamente) ¡Aprobado! ¡Aprobado!
CIUDADANO 1º
¡Iremos a Cartago!
(Livio asciende a la tribuna)
LIVIO
Pueblo de Roma: os suplico que no os apresuréis
a votar la propuesta de mi colega Cayo Graco...
CIUDADANO 2º
¡Ya está votada!
LIVIO
Seguramente, Cayo ignora que en tanto Tingis y Narbo
fueron construidas en medio de floridos vergeles, Cartago
se halla sobre un páramo inhóspito.
CIUDADANOS
(Desordenadamente) ¡No nos importa! ¡Iremos
a Cartago!
CAYO
(A los suyos) ¡Esperad! Dejadlo continuar.
LIVIO
Si las empresas anteriores fueron coronadas por el éxito,
ello obedeció en gran parte a ciertas condiciones
naturales, que en Cartago no se dan. Nadie ignora que
cuando Roma arrebató a Cartago el dominio del
mar y la ciudad no pudo ser abastecida por las aguas,
sus habitantes padecieron hambre.
CIUDADANO 2º
(Entre dientes) Eso no deja de ser cierto.
CAYO
¡Todo tiene su límite, Livio Druso! Estás
mintiendo a sabiendas. Lo que dices puede ser aplicable
a una ciudad de doscientos mil habitantes, pero no a
tres mil personas. ¡Afirmo que en Cartago hay
tierra suficiente y el clima es benigno!
LIVIO
¡Puede ser! Pero piensa que si yo me equivoco,
nada sucede. En cambio, si te equivocas tú...¿qué
será de esos tres mil infelices, mientras tú
permaneces cómodamente en Roma?
CAYO
¿Me estás acusando de cobardía?
LIVIO
No te acuso de nada ni me dirijo a ti. ¡Hablo
del pueblo! Si yo estoy en lo cierto, ¿qué
será de esos tres mil infelices, mientras Cayo
rumia su error... en Roma?
CAYO
(De pronto) ¡Yo iré con ellos!
FULVIO
¡Cayo!
CIUDADANO 1º
No es necesario que vengas, Cayo. Confiamos en ti.
CAYO
¡Yo iré con vosotros y demostraré
que Livio Druso ha mentido!
LIVIO
En tal caso, retiro mi oposición: ten por aprobada
tu propuesta.
LUCIO SEPTIMULEIO
(Aproximándose a la tribuna) Tu estrategia ha
sido admirable, Livio.
FULVIO
(A Cayo) ¡Qué imprudencia!
CAYO
¡No podía ignorar su desafío!
LIVIO
(Desde la tribuna) Prosigo, ciudadanos. Yo me felicito
del éxito alcanzado por los colonos de Narbo
y Tingis, así como hago votos por que los ciudadanos
que partan a Cartago cumplan su cometido felizmente.
Pero os digo que la fundación de tres colonias
es sólo un débil paliativo para la situación
que aflige a la República. Hay en Roma cuarenta
mil desocupados a quienes no corresponderán tierras
en el reparto que actualmente se realiza. ¿Qué
hacemos con ellos, ciudadanos? ¿Los condenamos
a la miseria y a la desesperación? ¿O
arbitramos los medios que los conduzcan a un digno bienestar?
(Murmullos de los ciudadanos)
FULVIO
(A Cayo) ¿Adónde quiere llegar? ¡Nunca
había hablado así!
CAYO
Calla, déjame oír.
LIVIO
(Prosiguiendo) Hay quienes aprovechan vuestros justos
reclamos para sembrar el odio, la desconfianza, la violencia.
Hay quienes afectan amor al pueblo para ocultar oscuros
designios de despecho y venganza. Ellos quieren escindir
la República en dos facciones irreconciliables,
para reinar en medio del caos. Y para lograr su propósito,
aprovechan todas las oportunidades, y a veces las crean,
para acusar a los patricios y al Senado de pasiones
liberticidas e intereses antipopulares, que sólo
existen en la mente de quienes propalan tales infundios.
Sin embargo...
CIUDADANO 3º
¡Cállate, bribón!
LIVIO
Sin embargo, esta mañana, encontrándome
preocupado por la suerte de esos cuarenta mil compatriotas,
de esos cuarenta mil hermanos, decidí tomar consejo
en algunos nobles senadores cuya opinión respeto.
¿Queréis conocer la respuesta del Senado...?
CIUDADANO 1º
¡No, guárdatela!
CIUDADANO 2º
¡Nos la imaginamos!
CIUDADANO 3º
¡Te habrán aconsejado que los mates!
LIVIO
Me preguntaron los ilustres varones cuál era,
a mi juicio, el remedio de tan afligente situación.
Entonces les dije que sólo la fundación
de doce colonias permitiría extirpar de raíz
el mal que aqueja a Roma.
CIUDADANO 2º
¿Doce, ha dicho?
LUCIO OPIMIO
(A Claudio Valerio) ¡Eh, se le ha ido la mano...!
CIUDADANO 2º
¡Tiene mucha razón!
CIUDADANO 1º
¡Imposible!
CAYO
¡Es insensato, Fulvio!
LIVIO
¿Queréis oír ahora la respuesta
del Senado?
(Murmullos)
CIUDADANOS
Sí.
LIVIO
El Senado me ha dicho: propón al pueblo, Livio
Druso, la fundación de doce colonias, y díle
que el Senado proveerá los fondos necesarios
para ello. (Nuevos murmullos) ¡Pido vuestro voto!
CAYO
¡Antes he de hablar yo!
LUCIO SEPTIMULEIO
¡Que se vote! ¡Que se vote!
TODOS
¡Aprobado! ¡Aprobado!
LIVIO
(Descendiendo de la tribuna) Ahora te cedo la palabra,
Cayo.
CAYO
(Desde la tribuna) Pueblo de Roma: habéis votado
la ley propuesta por Livio Druso y, hallándose
aprobada, sólo me queda acatar vuestra decisión.
No me alegro de ella: si se cumple, sólo desgracias
pueden esperarse de una empresa jactanciosa, prematura,
insincera... Hermanos míos, dentro de breves
días partiré hacia Cartago y se separarán
por vez primera mi fervor y vuestra constancia. ¡Velad
por ésta como yo velaré por aquél!
Pero nadie está exento de padecer los reveses
de la Fortuna y de ser sustraído al efecto de
sus amigos. Si no volviéramos a vernos, ¡ah,
ciudadanos!, desconfiad del amarillo. Amarillo es el
oro, y el oro es la cloaca donde confluyen todas las
ambiciones innobles. Amarilla es la cólera de
los cobardes, que chapotea en un océano de bilis.
Y finalmente, amarilla es la envidia, que es la peor
de las pasiones, porque es el crimen de los mediocres.
¡Huid del amarillo! (Desciende y se va, seguido
por Fulvio)
CIUDADANOS
¡Viva Cayo Graco, tribuno de la plebe!
CLAUDIO VALERIO
¡Este es un día glorioso! Cayo Graco abandona
a Roma, y hemos hecho de Livio un verdadero tribuno
de la plebe.
CIUDADANO 3º
(A los suyos) No entiendo lo que ha sucedido esta tarde.
CIUDADANO 2º
Yo tampoco.
CIUDADANO 1º
Pues yo, partiré con Cayo hacia Cartago.
LUCIO OPIMIO
(En su grupo) ¡Vamos, Lucio Septimuleio! ¡Estimula
el entusiasmo de nuestros amigos!
LUCIO SEPTIMULEIO
(Centrando sobre sí la acción) ¡Viva
Livio Druso!
TODOS
¡Viva!
TELON
ACTO TERCERO
Tres meses después, mientras la tarde gira en
el corazón de la tempestad.
LICINIA
(En la penumbra) Soy una pobre mujer enamorada y temerosa.
¿Pero amar no es temer, siempre? ¿Acaso
ignoran las rosas que el otoño anida bajo su
carne? ¿Acaso el silencio no entrecorta los gorjeos
de la alondra...? ¡Ah, los dioses han sido pródigos
con los hombres...! Les han dado la ambición,
la amistad, la guerra, la política. Les han dado
la navegación, el comercio y la filosofía.
Y muchas cosas más. En cambio, mientras los hombres
juegan, a las mujeres nos abandonaron en un mundo sin
geografía, nos dieron una vida sin historia,
para que nosotras la tallemos en nuestro propio corazón...Cuando
los hombres se cansan de sus ridículas, horribles,
gloriosas empresas, bajan hasta nosotras. Pensamos que
esta vuelta será definitiva, que permanecerán
enredados en nuestra ternura, que los sabremos retener.
Pero no, no sabemos...Y luego, otra vez más,
un gran vértigo, una ansiedad, un miedo... Y
esperar, esperar, esperar...
(Un trueno. Los relámpagos iluminan a quienes
hablan)
CIUDADANO 3º
¡Ha vuelto Cayo Graco!
(Licinia presta atención)
LUCIO OPIMIO
¡Ha vuelto Cayo Graco!
MARCIO POMPONIO
¡No puede ser!
CLAUDIO VALERIO
¿Estás seguro?
LUCIO OPIMIO
¡Os digo que ha vuelto!
CIUDADANO 3º
¡Loados sean los dioses que nos lo devuelven sano
y salvo!
(Licinia sale apresuradamente)
CLAUDIO VALERIO
¡Esto nos obliga a una acción decisiva...!
¡Marcio!
MARCIO POMPONIO
¡Aquí estoy, Claudio!
CLAUDIO VALERIO
¡Ha llegado la hora!
(Se hace la luz. En escena, únicamente los tres
Ciudadanos)
CIUDADANO 3º
(Al 1º) ¡Cuéntanos! ¿Cómo
te ha ido?
CIUDADANO 2º
(Igual) ¿Por qué has vuelto?
CIUDADANO 3º
(Igual) ¡Dínos cómo está
Cayo Graco!
CIUDADANO 1º
¡Tened paciencia, compañeros! Dadme tiempo...
CIUDADANO 3º
¡Tómate el tiempo que quieras, pero cuéntanos!
CIUDADANO 2º
Nada te preguntaremos. Habla.
CIUDADANO 1º
Bueno...Tuvimos un viaje tranquilo, pero desde que llegamos
a Cartago, las cosas no pudieron andar peor.
CIUDADANO 2º
Entonces, ¿Livio Druso tenía razón?
CIUDADANO 1º
¿Quién te dice eso...? La ciudad se halla
ya trazada y los colonos surcan la tierra y esparcen
la semilla.
CIUDADANO 3º
(Al 2º) ¿Ves lo que te decía...?
¡Livio ha mentido!
CIUDADANO 1º
No tanto como eso... La empresa resultó bastante
difícil. Un viento terrible nos castigaba sin
cesar, los trabajos se demoraron, llegaron hasta a atacarnos
los lobos...¡Y los presagios!
CIUDADANO 2º
¿Los presagios...?
CIUDADANO 1º
Al día siguiente de desembarcar, nos habíamos
reunidos para organizar las tareas. De pronto, una misteriosa
fuerza arrebató al alférez nuestro estandarte
y lo elevó por los aires girando, girando, hasta
que ya no lo volvimos a ver.
CIUDADANO 3º
Pudo ser el viento...
CIUDADANO 1º
Sí, pudo serlo...Pero ¿sabes...? Nadie
sintió ese viento. (Pausa) Algunos días
después, manos desconocidas borraron el surco
que marcaba los límites de la ciudad.
CIUDADANO 2º
Tal ves los mismos lobos...
CIUDADANO 1º
Sí, tal vez...
CIUDADANO 3º
¿Y Cayo Graco?
CIUDADANO 1º
Mira, abuelo; allí pudo verse cuánto vale.
Sereno, firme y animoso, no le detuvo ninguna dificultad
y supo vencer todos los obstáculos. En sesenta
días apenas, dejó organizada la colonia.
CIUDADANO 2º
¿Y por qué te volviste?
CIUDADANO 1º
Cayo decidió regresar, supongo que apremiado
por cartas que recibía desde aquí. Entonces,
aproveché para volver a buscar a mi familia.
Y aquí me tenéis. Mientras tanto, ¿qué
ha sucedido en Roma?
CIUDADANO 2º
¡Un nuevo sol entibia nuestra esperanza!
CIUDADANO 1º
¿A qué te refieres?
CIUDADANO 3º
Se refiere a Livio Druso. Pienso que Cayo cometió
un grave error cuando aceptó el desafío
de Livio. ¡Malas nuevas lo esperan!
CIUDADANO 1º
(Receloso) ¿Cuáles...?
CIUDADANO 3º
¿Sabes quién es el nuevo cónsul,
el primer magistrado de la República...? ¡Nada
menos que Lucio Opimio!
CIUDADANO 1º
¿Ese cerdo...? ¡No lo entiendo!
CIUDADANO 3º
¡Lucio te lo hará entender a palos! Ahora,
como cónsul, tiene un poder muy superior al de
un tribuno de la plebe. Y tanto Fulvio Flaco, el buen
amigo de Cayo, como mi propia experiencia, os aseguran
que Lucio Opimio es el peor enemigo del pueblo.
CIUDADANO 2º
¡Bah, no exageres! Livio Druso afirma que son
murmuraciones y calumnias. Y pienso, con buenas razones,
que Livio merece el nombre de amigo del pueblo.
CIUDADANO 3º
Nada digo sobre eso, pero...Ha prometido mucho y todavía...
CIUDADANO 1º
¿Qué hay de las doce colonias que quería
fundar?
CIUDADANO 2º
¡Ya ha partido una expedición!
CIUDADANO 3º
Sólo ha partido una y su resultado es todavía
incierto.
CIUDADANO 1º
Pues mientras me contáis, vayamos hacia el Campo
de Marte. Cayo ha prometido concurrir esta misma tarde
y allí podremos enterarnos de sus propósitos.
CIUDADANO 2º
Ya verás como Livio cumplirá sus promesas.
CIUDADANO 3º
Lo veremos. Hay en todo esto algo extraño...
(Salen. Aparece Lucio Septimuleio)
LUCIO SEPTIMULEIO
¡Y tan extraño, viejo, como tú no
te lo imaginas! Quizás sólo Lucio Septimuleio
sabe en Roma los misteriosos senderos por donde se desliza
el destino; quizás sólo Lucio Septimuleio
alcanza a ver en forma simultánea las dos caras
de Jano bifronte. ¡Y sin embargo, todos desprecian
a Lucio Septimuleio! Desde Cayo Graco hasta Claudio
Valerio, pasando por todos los imbéciles de Roma,
desprecian al mísero Lucio Septimuleio, sólo
porque él no se fía de las grandes palabras
que enarbolan...¿Quién vencerá
en esta singular contienda entre la pasión y
el interés? Eso nadie lo sabe y, en verdad, poco
me importa. Sólo os digo, venza quien venza,
Lucio Septimuleio estará a su lado, servicial,
fiel, obediente...(Legan los Patricios) ¡Salud,
nobles señores...! El disgusto ha pintado feas
arrugas sobre vuestros semblantes. ¿Qué
puedo hacer por vosotros?
MARCIO POMPONIO
¡Cállate, bufón! ¡Roma merece
mejores servidores que tú!
LUCIO OPIMIO
Anteayer te presté diez sestercios. ¿Qué
más quieres de mí?
LUCIO SEPTIMULEIO
¡No es el interés el que me guía
junto a vosotros! He estado oyendo...
MARCIO POMPONIO
¿Oyendo qué?
LUCIO SEPTIMULEIO
¡Ah, noble Marcio...! No puedo ocultarte que el
pueblo se regocija con el retorno de Cayo.
LUCIO OPIMIO
Luego, echan en saco roto los beneficios que deben a
Livio Druso; es decir, a nosotros.
LUCIO SEPTIMULEIO
¡Nada de eso! Dudan, señores, y se preguntan
cómo ambos pueden coincidir en la defensa del
pueblo, siendo a la vez enemigos irreconciliables.
CLAUDIO VALERIO
¡Dudan...! Nuestro triunfo se acerca, amigos.
La duda es el comienzo de la sabiduría. Acentuemos
el desconcierto de la plebe y una acción decisiva
podrá librar a Roma de esa hiena sangrienta.
LUCIO OPIMIO
¡Fácil es decirlo!
MARCIO POMPONIO
Convendrás en que algo debemos hacer y sin pérdida
de tiempo. No podemos prolongar indefinidamente esta
situación. Por mi parte, ya encuentro irrespirable
la atmósfera de Roma.
LUCIO SEPTIMULEIO
Aplaudo tus palabras. ¡O recuperamos nuestras
libertades y el derecho a disponer de nuestros bienes,
o la República perece...! Yo estoy pronto a emprender
el camino del exilio.
CLAUDIO VALERIO
Por el momento, limítate a recorrer las calles
de Roma e infórmame de cuanto ocurra. ¿Sabes
dónde está Cayo?
LUCIO SEPTIMULEIO
Lo ignoro, Claudio, pero sé que esta misma tarde
concurrirá al Campo de Marte.
CLAUDIO VALERIO
Está bien, vete ya!
LUCIO SEPTIMULEIO
Seré todo oídos para ellos y únicamente
lengua para vosotros. (Sale)
LUCIO OPIMIO
Y bien...¿qué hacemos?
MARCIO POMPONIO
¿Y lo preguntas tú, cónsul?
CLAUDIO VALERIO
Hemos hablado mucho, amigos, mientras Cayo se hallaba
ausente. Hemos tramado las más extrañas
conjuras y los más arriesgados planes contra
el usurpador. Eramos todos leones, entonces; no nos
comportemos ahora como gatos...
MARCIO POMPONIO
Sabes que estoy dispuesto a secundarte.
CLAUDIO VALERIO
Hay que jugarse el todo por el todo, ya, antes de que
Cayo rehaga la fascinación que ejerce sobre el
pueblo. (A Marcio Pomponio) ¿Has hablado con
los mercenarios cretenses?
MARCIO POMPONIO
De allí vengo, según lo convenido. Me
obedecen ciegamente y están dispuestos a seguirme
cuando yo lo disponga.
CLAUDIO VALERIO
¿Esta misma tarde?
LUCIO OPIMIO
Espera, Claudio...
MARCIO POMPONIO
Ya mismo, si es preciso.
CLAUDIO VALERIO
Bien. Tú, Lucio Opimio, como cónsul de
la República, debes declarar a Cayo fuera de
la ley, para justificar nuestra actitud.
LUCIO OPIMIO
Pero, escuchadme...Soy tan osado como vosotros y ningún
interés particular ha sido tan afectado por Cayo
como el mío. Pero no olvidéis que, como
tú decías, soy el cónsul de la
República y no puedo participar en una conspiración.
CLAUDIO VALERIO
¡Es claro que obraremos dentro de la legalidad!
¡Si tú la representas! Cayo es la anarquía,
el crimen, el desorden... ¡Declárale fuera
de la ley!
LUCIO OPIMIO
¿Con qué motivo? Debo alegar una sólida
causa para justificar medida tan extrema.
MARCIO POMPONIO
Decídete, Lucio.
CLAUDIO VALERIO
¿No fue asesinado hace pocos días uno
de tus servidores...?
LUCIO OPIMIO
Sí, pero pienso que Cayo...
CLAUDIO VALERIO
Lealmente, sospecho que Cayo ordenó esa muerte
con el propósito de amedrentarnos...Y luego,
¿puedes probar la inocencia de Cayo?
LUCIO OPIMIO
No...¡claro que no! Nadie puede afirmar que, en
realidad, Cayo no haya ordenado esa muerte.
CLAUDIO VALERIO
Mis maestros no aceptan ese procedimiento probatorio
y, como hombre de leyes, detesto darte tal consejo.
(Pausa) Pero amigos, si reparamos excesivamente en los
medios, jamás nos libraremos de ese monstruo,
cruel, injusto e inhumanamente puro.
LUCIO OPIMIO
Está bien: declararé al tirano fuera de
la ley.
MARCIO POMPONIO
Pero ya, ¡ya mismo!
CLAUDIO VALERIO
Marcio, ordena a los mercenarios que, sin pérdida
de tiempo, avancen sobre el Campo de Marte y capturen
a Cayo.
LUCIO OPIMIO
No lo queremos vivo, ¿eh?
CLAUDIO VALERIO
Tú, Lucio, aprovecha que el Senado está
reunido ahora y comunícale tu decisión.
Enfréntalos al hecho consumado y asústalos
a tal punto que no puedan echarse atrás. Por
mi parte, haré entrevistar a los patricios principales
para que armen a sus servidores y engruesen las fuerzas
de Marcio.
LUCIO OPIMIO
Cuidado: se acerca Livio Druso. ¿Qué hacemos
con él?
CLAUDIO VALERIO
El pobre ha dado de sí todo cuanto podía...Pienso
que será...caritativo dejarlo fuera de nuestro
asunto.
LUCIO OPIMIO
Entiéndete con él, mientras nosotros acudimos
adonde nuestra presencia es necesaria.
CLAUDIO VALERIO
De acuerdo. ¡Salud!
LUCIO OPIMIO Y MARCIO POMPONIO
¡Salud!
CLAUDIO VALERIO
¡Y buena suerte!
(Salen Lucio Opimio y Marcio Pomponio. Enseguida, entra
Livio)
LIVIO
¿Paseas, Claudio...?
CLAUDIO VALERIO
No, Livio...no precisamente. ¿Me buscabas?
LIVIO
No, pero me alegro de encontrarte. He pensado proponer
una ley esta tarde y tu opinión, como siempre,
me interesa.
CLAUDIO VALERIO
Olvídate de tus leyes, Livio, y abstente de concurrir
esta tarde al Campo de Marte. Vientos de violencia y
de justicia soplan hoy por las calles de Roma.
LIVIO
¡Cállate! ¡No quiero oír más!
CLAUDIO VALERIO
Nada más puedo decirte.
LIVIO
¡No quiero que me lo digas! ¡Nada sé,
ni me interesan tus negocios!
CLAUDIO VALERIO
Así lo creo. Véte a tu casa, y que los
dioses te guarden (Se va)
LIVIO
¡Nada puedo reprocharme, puesto que nada sé!
Nada me ha dicho. Nada, nada, nada...Apenas la sombra
de una insinuación, la silueta de un pensamiento.
Sólo una conciencia intranquila podría
deducir que algo se esconde bajo sus palabras triviales...¿Qué
puedo hacer, entonces, si no sé nada ni sospecho
nada? (Entran Cayo y Licinia) ¿Tú aquí?
¿Qué quieres conmigo? ¿Qué
vienes a preguntarme si ya he dicho que nada sé?
¿Y qué derecho tienes? Esta es mi patria
y ellos son mis amigos. Me debo al amor que les tengo,
pero no a ti, ¡no a ti...! Escúchame, Cayo.
Una sola cosa te digo: ¡vientos de violencia y
justicia soplarán sobre Roma! ¡Pero mira:
tengo las manos limpias! (Se va)
LICINIA
¿Qué le sucede...? Me asustaron sus ojos
y el temblor de sus manos.
CAYO
¿Quién puede conocer sus oscuros pensamientos...?
LICINIA
De todos modos, me intranquilizan sus palabras. ¿Qué
dijo de violencia?
CAYO
Querida mía, aquí convine encontrarme
con Fulvio. Debemos separarnos.
LICINIA
Apenas has llegado, y ya me apartas de tu presencia.
Cayo...¿por qué no olvidar toda esta miseria
y partir juntos, a empezar de nuevo, lejos de Roma...?
El mundo tendría otra vez el sabor de una uva
aplastada contra el paladar.
CAYO
¿Huir...? Sabes que es imposible. Soy Cayo Graco,
y Cayo Graco es un asta en cuyo tope flamea una bandera.
Si yo me voy, la dejo caer al suelo. No lo merece.
LICINIA
¡Pero es que yo siento el peligro que te acecha!
Sabes que las mujeres vivimos con el oído atento
a las voces ligeras pero claras de la intuición.
¡Temo por tu vida!
CAYO
Siempre has temido...
LICINIA
Es un buen argumento, Cayo: siempre he temido. Pero
nunca tan...¡tan ciertamente como ahora!
CAYO
Te creo, Licinia, pero no puedo huir. ¿Qué
quieres que haga?
LICINIA
No sé.
CAYO
Escúchame, amor mío. Te prometo adoptar
todas las precauciones posibles.
LICINIA
Piensa en mí.
CAYO
Véte ahora, querida, y espérame. A la
noche me reuniré contigo. (Se besan y se va Licinia;
enseguida entra Fulvio)
FULVIO
Aguardaba a que Licinia se retirase.
CAYO
¿Avisaste a los amigos de mi regreso?
FULVIO
Aquí estarán antes de la puesta del sol.
CAYO
El cielo romano no parece alegrarse de mi retorno. Esperemos
que la tierra nos sea más propicia.
FULVIO
Sólo es una tormenta pasajera.
CAYO
¡Yo no creo en presagios, Fulvio! Si creyera,
la elección de Lucio Opimio como cónsul,
bastaría para hacerme desistir de mis propósitos.
Díme, ¿cómo pudo ser electo ese
bribón?
FULVIO
Mediante varias y bastardas maneras. Livio Druso logró
la abstención de muchos y los patricios se encargaron
del resto, apaleando y echando del comicio a todos aquellos
cuyo servilismo no era notorio. Cometiste una gran imprudencia
abandonando a Roma en el momento en que Livio aspiraba
a sustituirte.
CAYO
¡El pobre infame...! Acabo de cruzarme con él
y ha proferido un montón de incoherencias. Casi
le tengo lástima... ¿Qué hará
el día en que el pueblo le pida cuentas de sus
palabras magníficas?
FULVIO
Si por lo menos tu viaje hubiese servido para poner
en evidencia sus mentiras...Pero las dificultades que
debiste afrontar han permitido que subsista la duda
en el ánimo de muchos. No creas que Livio no
ha cosechado partidarios...
CAYO
Por unos días, por unos meses...Serán
los primeros en pedir su cabeza.
FULVIO
Pero mientras tanto...¿qué haremos nosotros?
CAYO
¿Me lo preguntas? Nosotros trataremos... penosamente...
humildemente, de desbrozar unos metros más del
camino. El hombre, los hombres...He ahí todo
un programa.
FULVIO
¿Y luego?
CAYO
¿Luego...? ¿Te parece poco...? Luego,
¡qué se yo! Las rosas, los perros, el trigo...Cada
uno en lo suyo, ¿comprendes?, y todos en la armonía
de los astros y las hierbas.
FULVIO
(Con un dejo de ironía) Sí... el anhelo
de la perfección...
CAYO
¿La perfección? ¿Qué es
eso...? La vida, simplemente.
FULVIO
No, no lo entiendo.
CAYO
Tampoco yo lo entiendo. Eso se siente, ¿sabes?
FULVIO
Sea. Pero yo te hablo de nuestra acción inmediata.
CAYO
Dentro de unos instantes se habrá reunido el
pueblo. Hablaremos de nuestro amor y de nuestro odio,
ambos necesarios, ambos fecundos...Y pediré que
voten una ley que castigue la usura con el destierro
del infractor y la confiscación de sus bienes.
FULVIO
¿No te excedes? En nuestros días, quién
más, quién menos, todos se dedican a la
usura. Hasta Catón, el censor, la practicaba
en Sicilia...
CAYO
¿No te parece que se exceden ellos?
FULVIO
Tienes la habilidad de dejarme sin respuesta.
CAYO
O tú la cortesía de no contrariarme.
FULVIO
No importa. Es de otra cosa que quería hablar
contigo. Un día me reprochaste las acciones que
emprendía en tu defensa. Ha llegado el momento
de que tú mismo comiences a preocuparte de eso.
CAYO
¿Qué quieres decirme?
FULVIO
Estamos inermes y desprevenidos, y nuestros enemigos
lo saben. ¿Crees que la aristocracia desaprovechará
esta oportunidad? Contaban con tenerte alejado mucho
tiempo, hasta privarte del favor popular, pero tu súbito
regreso trastorna sus planes.
CAYO
¿Qué podemos hacer?
FULVIO
Prevenir y armar a nuestros amigos.
CAYO
No, claro que no.
FULVIO
¡Piensa en el pueblo, al menos!
CAYO
¿En quién crees que pienso...? No creo
ser cobarde, Fulvio, ni la violencia me inspira esa
repugnancia en que se cobijan los débiles. Pero
armar al pueblo sería echar a la nobleza en brazos
del miedo y obligarla a luchar. Morirían miles
de nuestros amigos. (Fulvio intenta un gesto de protesta)
Sea: admitamos que el triunfo de unos justifique el
sacrificio de los otros. ¿Pero de qué
triunfo hablamos? ¿Crees razonablemente que el
pueblo, hoy, podría disputar la victoria a tropas
bien adiestradas y hombres habituados al ejercicio de
las armas?
FULVIO
Entonces... nuestro destino es dejarnos degollar como
corderos.
CAYO
No. Como hombres.
(Pausa larga)
FULVIO
Es duro.
CAYO
¡Claro que lo es! También yo temo que los
ricos se decidan por la violencia, pero, sin jactancia,
¿sabes?, estoy preparado.
FULVIO
¿Quiere decir que tú...? (Se detiene)
CAYO
Confusamente, lo sé desde el principio. ¡Y
amo la vida, Fulvio...! Dentro de un año, dos,
diez, ¡quién sabe!, el pueblo estará
fuerte y unido y el poderío de los nobles habrá
declinado. Si se niegan entonces a escuchar nuestras
voces, ése será el momento de luchar con
perspectivas de éxito. Temo que yo no estaré
allí, Fulvio.
FULVIO
¡No digas eso!
CAYO
Créeme. Esta convicción constituye un
desafío a mi coraje. Desde siempre, Fulvio. Desde
que mi madre me parió bajo la advocación
de tantos nombres ilustres, que me obligaban a... "ser
alguien".
FULVIO
Si el destino te desafiaba, pudiste elegir la dulce
muerte que se depara a los muertos oficiales.
CAYO
No, no pude... como tampoco pudo Tiberio. ¡Ah,
pobre madre mía, qué distinto género
de gloria del que ella esperaba le hemos ofrecido!
FULVIO
Tu madre está orgullosa de vosotros.
CAYO
¿Orgullosa...? Sí, y un poco decepcionada.
¿Por qué dijiste "vosotros"?
¿Ya nos unes en la muerte?
FULVIO
Os uno en el amor del pueblo.
CAYO
Y sin embargo, únenos en la muerte. Quiero que
en el futuro, si alguien nos recuerda, diga "los
Gracos". Donde quiera que esté, me alegraré
de ello.
FULVIO
Quizás tampoco los patricios se decidan a enlutar
a Roma.
CAYO
Así lo deseo.
FULVIO
Y aunque tu destino fuera el que dices, queda una alternativa...Del
mismo modo en que yo desoigo presagios en que creo,
¡tuércele el cuello a tu destino!
(Entra corriendo el Ciudadano 1º)
CIUDADANO 1º
¡Huye, tribuno! ¡Los nobles te han traicionado!
FULVIO
(A Cayo) ¿Ves que no me engañaba?
CAYO
(Al Ciudadano 1º) Explícate.
CIUDADANO 1º
¡Los ricos de Roma se han amotinado contra tí!
El cónsul Lucio Opimio los apoya y, habiéndote
declarado fuera de la ley, ha enviado los mercenarios
cretenses a prenderte.
FULVIO
¡Corro a buscar a los amigos!
CAYO
Espera, Fulvio.
CIUDADANO 1º
¡Ah, Cayo, no hay tiempo que perder...! Dentro
de muy poco, las tropas habrán llegado hasta
aquí. Unos centenares de hombres nos hemos apostado
frente al puente Sublicio e intentaremos demorarlos
hasta la puesta del sol.
CAYO
Es inútil, amigo. Mando que os disperséis
y que no cometáis la locura de enfrentar a los
soldados. Puesto que soy inocente de todo crimen, me
entregaré a quienes vienen a buscarme.
CIUDADANO 1º
¿Crees que te juzgarán, siquiera...? ¡No
te quieren vivo! ¡Lucio Opimio ha ofrecido por
tu cabeza su peso en oro!
FULVIO
¡Tienes que huir, Cayo!
CAYO
(Al Ciudadano 1º) Os ordeno que abandonéis
las armas y volváis a vuestras casas. Vuestro
intento es descabellado.
CIUDADANO 1º
¡No te obedeceremos! Resistiremos en el puente
Sublicio para cubrir tu retirada. ¡No hagas inútil
nuestro esfuerzo!
FULVIO
(Al Ciudadano 1º) Pero el pueblo...¿no se
ha levantado el pueblo en defensa de su tribuno?
CIUDADANO 1º
El pueblo... Algunos se esconden, confiados en la benevolencia
de Lucio Opimio para quienes no tomen las armas... Otros
dudan, ante la magnitud del crimen que se imputa a Cayo...
Hay quienes, partidarios de Livio Druso, lo están
buscando en vano para saber a qué atenerse...
Y nosotros, finalmente, aguardamos frente al puente
Sublicio.
CAYO
Hablas de un crimen... ¿De qué crimen
se me acusa?
CIUDADANO 1º
Dicen que tú ordenaste la muerte de un servidor
del cónsul.
FULVIO
¡Infames! ¡Miserables...! ¡Unos y
otros!
CIUDADANO 1º
(A Cayo) Me voy, tribuno...¡Y gracias! (Sale)
CAYO
¿Gracias? Tú a mí me das las gracias...¿Oyes,
Fulvio?
FULVIO
¡Sólo escucho las palabras que antes pronunciara!
¡Las oiré mientras viva!: "Algunos
se esconden... otros dudan..."
CAYO
"Y nosotros aguardamos frente al puente Sublicio..."
FULVIO
¡Oh, dioses antiguos de Roma! Escuchad la súplica
de un anciano que morirá dignamente: ¡que
el pueblo romano nunca deje de ser esclavo puesto que
ama sus oprobiosas cadenas!
CAYO
¡Cállate! Cállate, insensato...
¿Qué culpa tienen ellos y cuál
nosotros mismos?
(Pausa)
FULVIO
¡Pronto, Cayo, tienes que huir! Refúgiate
en Etruria y espera allí el momento oportuno
para volver a Roma.
CAYO
¿Y tú?
FULVIO
Es a ti a quien buscan.
CAYO
¡Pero ellos, Fulvio! ¡Están matándose
por mí!
FULVIO
¡Para permitirte la huida! Nada puedes hacer aquí.
Un caballo... es preciso que consigas un caballo. (Gritando)
¡Un caballo para Cayo Graco!
CAYO
Tienes razón. Nada puedo hacer aquí.
FULVIO
(Gritando) ¡Eh, ciudadanos! ¡Un caballo
para vuestro tribuno! (Sale)
CAYO
(Ya a solas) ¡Un caballo para Cayo Graco! ¡Ayudadme
a que huya, para que pueda volver...! ¡Ah, el
pueblo muere por mí y yo debo vivir por él!
Ahora están cayendo mis amigos y las espadas
rompen alientos, destripan esperanzas, asesinan sueños...
Hombres que amasan el futuro con su propia sangre...hombres
que atacan sólo con su hueso y que se escudan
sólo tras su carne...Pero ¡ay de vosotros,
patricios, jueces, soldados, terratenientes y comerciantes,
ay de vosotros el día en que Cayo Graco caiga
sobre Roma a la cabeza de su escuadrón de alientos,
esperanzas y sueños...! ¡Dadme un caballo,
ciudadanos! ¿No hay un amigo, en Roma?
(Vuelve Fulvio)
FULVIO
Todo es inútil, Cayo. Los que no están
luchando, se han encerrado bajo siete llaves. No hay
un alma en las calles.
CAYO
¿Qué está pasando, Fulvio?
FULVIO
Desde la cumbre de la colina, a cien pasos de aquí,
se alcanza a ver el puente Sublicio. Los nuestros se
baten desesperadamente.
CAYO
¿Retroceden los mercenarios?
FULVIO
No. Tardarán muy poco en llegar hasta aquí.
Numerosos esclavos armados combaten junto a los soldados.
CAYO
(Súbitamente golpeado por una realidad que hasta
este momento nunca tuvo en cuenta) Ah, los esclavos...
FULVIO
Un momento más, Cayo, y estarán sobre
nosotros.
CAYO
¿Un momento más? Nos sobra con la mitad
de ese tiempo...Escucha, Fulvio: tú has sido
testigo de mi última mentira y de mi última
humillación. Te dije que estaba dispuesto a morir
y, sin embargo, acepté huir. Me aferré
a la existencia como si las patas de un caballo pudiesen
alejarme de una fatalidad que está en mí
mismo. Y luego, los esclavos...La tarde se ha calmado,
Fulvio, ¡pero la tempestad se ha refugiado en
mi corazón!
FULVIO
Tu corazón es puro...
CAYO
(Desnudando su puñal) Un día me dijiste
que este puñal guiaría mi mano al corazón
de mis enemigos... Mi mano es débil, Fulvio.
(Le entrega el arma)
FULVIO
¡Cayo!
CAYO
Cumple tú mi deber...amigo, padre mío.
En este instante, Cayo Graco es mi peor enemigo. ¡Hunde
el puñal en su corazón!
FULVIO
¡Ah, no me pidas eso...!
CAYO
¡Devuélveme a la paz de los objetos! Mata
mi cuerpo y déjame que crezca otra vez desde
la tierra en el trigo, en las rosas...
FULVIO
Aunque quisiera herirte, mi mano no obedecería.
CAYO
Y sobre todo, ahórrame el insulto de que los
ricos ofendan en mi cuerpo la dignidad del pueblo que
me hizo su tribuno...¡Hiéreme, Fulvio!
(Fulvio obedece y recibe el cuerpo en sus brazos, para
luego dejarlo reposar en tierra)
FULVIO
(Llorando) Cayo, hijo mío...Sólo soy un
soldado y nunca me enseñaron otra cosa que a
matar...Pero los dioses, ¡malditos, malditos sean!,
no debieron decretar que mi última puñalada
sirviera para herir el cuerpo del amor. (Lo alza en
sus brazos) Vén conmigo, hijo... La vida, que
no se resignaba a que tú la abandonaras, está
ya fatigada de cobijarme. Ya llegan tu reposo y el mío...
(Sale)
(Cae el crepúsculo. Entran Lucio Opimio y Claudio
Valerio)
LUCIO OPIMIO
Ssssh... Escucha... ¿Continúa el combate?
CLAUDIO VALERIO
Nada oigo. Pero no nos congratulemos todavía,
hasta tener la certeza de que Cayo Graco no ha escapado.
LUCIO OPIMIO
¡No ha podido escapar...! Pienso que hoy la Fortuna
nos ha sido decididamente propicia.
(Entra Lucio Septimuleio con una bolsa)
LUCIO SEPTIMULEIO
¡La cabeza es mía! ¡El oro es mío!
¡He aquí la cabeza de Cayo Graco! (Arroja
la bolsa a los pies de Lucio Opimio)
LUCIO OPIMIO
¡Bellaco afortunado! (Levanta la bolsa) ¡Pero
cuánto pesa la cabeza de un tirano! (Mira adentro)
¡Ah, truhán...!
CLAUDIO VALERIO
¿Qué sucede?
LUCIO OPIMIO
¡La ha rellenado de plomo...! Y sin embargo, no
te retacearé el premio. (Le arroja un bolsillo
de dinero, que Lucio Septimuleio recoge del suelo) Luego
te daré el resto. (A Claudio Valerio) ¡Ahora
sí podemos felicitarnos!
LUCIO SEPTIMULEIO
(Pateando la bolsa) ¡Toma, noble Cayo Graco! Recibe
las honras fúnebres de Lucio Septimuleio, ilustre
protector de los desamparados...! Tantas veces me arrodillé
a tus pies, que hoy tengo derecho a desquitarme con
tu cabeza.
CLAUDIO VALERIO
¡Quédate quieto!
LUCIO SEPTIMULEIO
¿Cómo? ¿Vosotros ordenasteis cortar
esa cabeza y ahora tienes escrúpulos...?
CLAUDIO VALERIO
Entre otras muchas cosas, lo que menos me gusta de ti,
Lucio, es saber que si ésa fuera mi cabeza, la
patearías con igual entusiasmo...
(Aparecen Marcio Pomponio y Cornelia)
MARCIO POMPONIO
Nada sé de tu hijo, Cornelia, pero pienso que
mis nobles amigos podrán informarte...
CORNELIA
¿Qué sabéis de mi hijo? (Pausa)
¿Qué sabéis de mi hijo? ¿Ha
muerto? (Pausa) ¡Sin miedo, senadores! ¡Soy
Cornelia Graco! ¡Os he preguntado si mi hijo ha
muerto!
CLAUDIO VALERIO
Nuestras pasiones se inclinan ante tu dolor de madre.
CORNELIA
(Bruscamente vaciada) Lo habéis matado...
LUCIO OPIMIO
Tu hijo ha purgado sus crímenes y ha muerto.
CORNELIA
(Como antes) Lo habéis matado...
CLAUDIO VALERIO
¡Llora, noble Cornelia... llora!
(Pausa)
CORNELIA
¿Llorar...? ¿Llorar yo ante vosotros,
miserables? ¡Antes veré yo vuestra sangre
que vosotros mi llanto...! ¡Ah, senadores...ya
no puedo parir! ¡Si pudiera parir, lloraríais
vosotros! (Sale. Pausa larga)
CLAUDIO VALERIO
Sin duda, el dolor la ha trastornado.
LUCIO OPIMIO
Sí, sin duda.
(Pausa)
CLAUDIO VALERIO
¿Qué novedades tienes, Marcio?
MARCIO POMPONIO
La lucha ha terminado. Tres mil plebeyos han pagado
con su vida la insensatez de alzarse contra el orden
de la República. ¡La paz reina sobre Roma!
(Entra Livio Druso)
LIVIO
¡Escuchadme! ¿Ha muerto...? ¿Ha
estallado finalmente ese violento corazón envenenado?
CLAUDIO VALERIO
¡Claro está que ha muerto! ¿No percibes
que el aire de Roma se ha purificado?
LIVIO
¡Luego... es cierto! ¿Ya no tremolarán
sus palabras ardientes sobre las calles y las plazas?
LUCIO OPIMIO
¡Jamás!
LIVIO
¿Ya no cautivará los corazones ni encenderá
de pasión las pupilas de los desesperados?
MARCIO POMPONIO
¡Nunca, Livio, nunca!
LIVIO
¿Ya la gloria no lo acompañará
tan dócilmente como uno de sus lebreles?
CLAUDIO VALERIO
¡Nunca más!
(Pausa)
LIVIO
Entonces... ¿qué haré yo?
LUCIO SEPTIMULEIO
(A Livio, aproximándosele con la bolsa) ¿Quieres
ver su cabeza...? ¿Quieres tocar su sangre?
LIVIO
(Cayendo, con un grito que parte en dos su vida) ¡Cayo...!
TELON
AMARILLO se estrenó el 23 de abril de 1965
en el Teatro "35" de Buenos Aires.
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