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Porteño; alumno del Colegio
Nacional Buenos Aires; cálido y espontáneamente
elegante, practicó siempre un humor apenas irónico,
a veces cáustico, que no lograba disimular su
entrañable humanismo concreto, palpable, comprometido
con el hombre de carne y hueso que tenía delante.
Modesto y austero, ignoraba el escepticismo y la queja
rutinaria que hoy se han hecho costumbre en el hombre
de Buenos Aires. Estos rasgos de personalidad dibujaban
su perfil singular, que traslucía un trasfondo
levemente anacrónico, como si convivieran en
él -por detrás del hombre contemporáneo
que era- un caballero de otros tiempos, un antiguo y
honesto maestro de escuela preocupado por sus discípulos,
y un socialista de principios de siglo. Exento de arrogancias
y de agresividad, le era imposible no cosechar amigos
y respetos; y así como se comportaba en la intimidad,
así lo hacía en el territorio más
vasto de lo social, como una natural y coherente extensión
de su conducta cotidiana.
Esa correspondencia entre su ser y su hacer se percibe
con nitidez en su obra dramática. Nació
el 17 de mayo de 1932; es decir que pertenece a la generación
marcada por "la hora de la espada", que al
desalojar del gobierno al presidente constitucional
Hipólito Yrigoyen, no sólo inaugura la
serie de golpes militares que el pueblo argentino padeció
hasta 1983, sino que también expone la agudización
de la crisis de un modelo que enmascaraba la dependencia,
ese rasgo congénito de la Argentina.
Su adolescencia transcurre durante el período
peronista, e ingresa a la juventud cuando -golpe de
Estado mediante- se trata de resucitar a la república
liberal, cuya acta de defunción había
sido firmada ya junto a las trincheras de la guerra
del 14. Al acceder Arturo Frondizi al gobierno, en 1958,
Somigliana cumple 26 años; los que serían
sus más cercanos compañeros en el teatro
-y que todavía no conoce- son de su misma edad:
Roberto Cossa tiene 24 años; Germán Rozenmacher,
22, y Ricardo Halac, 23.
Somigliana ingresa por esa época en el Poder
Judicial, incorporándose al Juzgado Federal de
Ushuaia. Allí frecuenta a un grupo de teatro,
abandona la poesía que practicaba en Buenos Aires
desde mediados de la década, y escribe Amarillo
en 1959. Cuando regresa, trasladado, a Buenos Aires,
la podrá ver en escena, lo que ocurre el 22 de
abril de 1965. Cuatro años antes se había
estrenado Soledad para cuatro, de Halac; el año
anterior, Nuestro fin de semana, de Cossa, y Réquiem
para un viernes a la noche, de Rozenmacher. Sólo
cinco meses después Somigliana estrena su segunda
obra, Amor de ciudad grande, y ese mismo año
se conocen Fin de diciembre y Estela de madrugada,
de Halac; apenas inicado el siguiente, en enero de 1966,
sube a escena Los días de Julián Bisbal,
de Cossa. Ya habían aparecido Sergio De Cecco
(El reñidero), Julio Mauricio (Motivos)
y Rodolfo Walsh (La granada, estrenada un día
antes que Amarillo). En 1966 Griselda Gambaro
surge con El desatino, y queda instalada férreamente
la generación de autores del 60 que, en la actualidad,
es estudiada en las aulas universitarias del país
y del extranjero.
Carlos Somigliana es un representante genuino de esta
corriente, caracterizada, en líneas generales,
por la reflexión crítica orientada al
análisis de la conducta del hombre argentino
y del contexto que la condiciona, así como por
el rigor en la construcción dramática;
otro aspecto identifica a esta generación, y
es la mirada comprensiva que dirige a sus personajes,
a quienes descubre en situaciones de frustración,
de impotencia; y, casi siempre, ignorantes de las causas
de esa angustia.
Si bien existen diferencias formales y estilísticas
entre todos ellos, que obligan a un estudio particularizado
de cada uno, se advierte -vistos a la distancia- un
inconfundible aire de familia: todos, de una manera
u otra, ejercitando distintas poéticas, se preocupan
por hacer explícitos los conflictos interiores
de los personajes. Así, la obra de Somigliana,
en su conjunto, es una dramaturgia del desgarramiento,
que elude la demostración de tesis previas -como
sucedía con el teatro social de años anteriores-
y a la que no le interesa traducir escénicamente
importantes y trascendentes ideas -al uso de un teatro
culto y pretendidamente universal-. Es una dramaturgia
visceral y vivencial, que busca develar una verdad,
que muestra más que demuestra; y muestra una
inarmonía radical entre la visión del
mundo y el mundo mismo. Por esta razón, porque
cuestiona una idea de la realidad que ha perdido poder
de transformación, es que la realidad en su concreta
y material presencia se impone a las ideas, a los valores:
entre los objetivos de los personajes y su posibilidad
de éxito se levanta el obstáculo de lo
real; los valores, implícitos en los objetivos,
no se corresponden con el contexto, que aparece así
regido por leyes incomprensibles; el problema, en consecuencia,
es insoluble, y el personaje, al fracasar, instala el
conflicto en su conciencia.
Esto es fácilmente perceptible en sus obras,
y el lector lo advertirá en la peripecia de Cayo
Graco, o en la desgraciada historia de Lavalle, y aún
en aquellas, como El nuevo mundo u Oficial
Primero, cuyas anécdotas están ligadas
al momento, se descubre la preocupación fundamental
de Somigliana: ese choque entre la conciencia y la realidad,
y lo trágico que implica -a pesar del humor o
la ironía- que esta última no pueda modificar
a aquélla.
Aunque sus obras están ubicadas en diferentes
épocas históricas, no resulta difícil
comprender que habla de las capas medias argentinas
y sus diversas vías de escape, sus ilusiones
y sus "chivos expiatorios". Las capas medias
viven -desde hace más de sesenta años-
la nostalgia de una mítica "edad de oro";
aquella ideología acuñada por la generación
del 80, asentada en el progreso ilimitado, en el "granero
del mundo", la cultura francesa y los frigoríficos
ingleses, continúa operando en la conciencia
como una fantasía que no se resigna a desaparecer
y que adopta nuevas formas para disimular un contenido
idéntico. Pero el fracaso es real, y la fantasía
en su afán de supervivencia, crea periódicamente
falsas interpretaciones: primero recayó la responsabilidad
en las corrientes inmigratorias de principios de siglo;
luego fue "la política corrupta de comité
que da voz y voto a la chusma ignorante" que llega
de la mano de Hipólito Yrigoyen; después
tuvo la culpa la otra inmigración, la interna,
"una nueva chusma autóctona alentada por
el populismo demagógico de Perón".
Para las capas medias, todas éstas eran las causas
del fracaso, y se aprestan a encontrar por fin el paraíso
perdido cuando, derrocado Perón, en 1955, se
simula restaurar la república liberal, y Frondizi
convoca al desarrollo entre 1958 y 1961; otro "chivo
expiatorio" serán los militares con sus
planteos y sus golpes palaciegos, hasta llegar a la
módica democracia formal de Illia que será
por último desalojada a causa de su "ineficiencia",
otra excusa para consumo de mentes ávidas de
explicaciones facilistas.
La velocidad del proceso de la crisis produce daños
irreparables en las fantasías de las capas medias
-más horadadas que la capa de ozono-, a punto
tal que en 1976, vastos sectores de ellas, heridas éticamente,
recibirán con alegría o indiferencia a
la última y más brutal dictadura. Pero
en los años 60 la frustración ya había
llegado hasta el imaginario colectivo, que lo percibe
como un desgarramiento en su conciencia: advierte el
conflicto entre ésta y lo real, y la subjetividad
se convierte en un tema de reflexión, en un objeto
de estudio, y en un campo de exploración dramática.
No es una casualidad que en este momento, los actores
y directores se dediquen a sistematizar las enseñanzas
de Stanislavski, con el acento puesto en la introspección
y en la verdad escénica e interpretativa, que
confluyen con los autores del período y concretan
el carácter específico del teatro del
60.
Pero en Somigliana hay un matiz que lo diferencia -en
el marco de sus correspondencias con los compañeros
de generación- y es su mirada hacia los temas
históricos (Amarillo, Macbeth, Historia de
una estatua, De la navegación, El nuevo mundo,
Ricardo III), por una parte; y su afición
a personajes no cotidianos, sino heroicos y fracasados
(Cayo Graco, Lavalle), por quienes siente una particular
ternura.
La predilección por lo histórico no puede
explicarse solamente por su cultura, por sus lecturas
de los clásicos; si cruzamos sus temas de la
frustración con las ubicaciones temporales de
sus obras, no podemos menos que inferir que alienta
en él una perspectiva historicista, un llamado
de atención a indagar en el pasado las claves
del presente.
En cuanto al esmero puesto en los héroes fracasados
-que denunciaría una visión romántica-,
puede comprenderse con la ayuda de Arnold Hauser, cuando
refiriéndose a Shakespeare afirma que éste
"transforma el ocaso de la clase caballeresca (...)
en la tragedia del idealismo; no porque se hubiera acercado,
por ejemplo, a la idea de la caballería, sino
porque también se le hace extraña la realidad
"anticaballeresca" con su maquiavelismo".
Sin cambiar una letra puede aplicársele al universo
ideológico de la obra de Somigliana; y éste
es el punto de articulación entre él y
su generación. El tema del irrealismo, de las
frustraciones de los ideales de las capas medias, de
sus ilusiones y fantasías que impiden la acción
transformadora sobre la realidad, es tratado por Somigliana
con un enfoque singular -por otra parte ligado a su
personalidad- que pone de pie la tragedia del idealismo,
pero con simpatía y ternura por "el ocaso
de la clase caballeresca", aún reconociendo
que ella representa los valores mitificados por las
capas medias, pero no pudiendo resistir su desprecio
por un "realismo" cínico, oportunista
y maquiavélico.
La acción práctica y cotidiana de nuestro
dramaturgo -su historia de vida- ilumina su obra. Junto
a lo más valioso de su generación, y con
los más jóvenes, orientó el movimiento
de Teatro Abierto; asumió -debilitando su salud
física y espiritual- el deber que le imponía
su larga trayectoria de funcionario judicial, y colaboró,
con entrega y esperanza, en el juicio a las juntas militares
de la dictadura; los históricos alegatos de la
Fiscalía llevan su marca.
Carlos Somigliana fue un dramaturgo cabal y hombre íntegro,
que poco antes de morir emprendió una nueva aventura
con su amigo Roberto Cossa y sus compañeros Pepe
Bove, Rubens Correa, Osvaldo Dragún y Raúl
Serrano, al fundar el Teatro de la Campana -como su
último gesto de hombre ético y esperanzado-
en el sótano del histórico Teatro del
Pueblo. Murió abruptamente, abandonado por su
corazón, el 29 de enero de 1987, a los 54 años.
Carlos Somigliana: bibliografía
sumaria sobre su vida y su obra (*)
Zayas de Lima, Perla. "Diccionarios de Autores
Teatrales Argentinos 1950-1990". Editorial Galerna.
Buenos Aires. 1991.
Zayas de Lima, Perla. "Carlos Somigliana, teatro
histórico-teatro político". Prólogo
de Roberto Cossa. Ediciones Fray Mocho. Bs As. 1995.
(2do Premio de Ensayo "Ricardo Rojas" 1999,
otorgado por el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires)
(*) En preparación. |