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Leer teatro es una operación
difícil. El texto y la representación
tienen cada uno su modo de lectura y ese modo, autónomo,
tiene sus dificultades propias.
El texto teatral es a la vez exaltado y repudiado por
los historiadores de la literatura. Exaltado, como el
cumplimiento más alto de la "creación
literaria": Esquilo, Shakespeare, Racine. Pero
¡con cuánta incertidumbre! ¿Por
qué la gente del siglo XVIII no comprende a Shakespeare?¿Por
qué los extranjeros no entienden a Racine? ¿Y
por qué la eficacia teatral de textos de "valor
literario" discutible: LA DAMA DE LAS CAMELIAS,
LA GUERRA DE TROYA NO TENDRA LUGAR y también
otros que el tiempo se ha tragado como no literarios?
El teatro es un género literario sospechoso;
exige un modo de relación que no es ese sueño
de intercambio a través de un papel entre dos
sensibilidades, la del creador y la del lector, o entre
dos imaginarios para utilizar un término de moda.
Este sueño es imposible con el teatro, salvo
poetizando o novelizando el texto teatral, transformándolo
en un poema o una novela que el lector maneja o recrea
a su antojo: FEDRA, un largo poema de amor, HERNANI,
una novela de aventuras.
Sin embargo, el texto de teatro es, ante todo, el objeto
de lecturas privilegiadas, la de sus practicantes: directores,
escenógrafos, actores. Esas lecturas son funcionales
y prácticas. Lo que no las dispensa de ser también
precisas, más precisas quizás que la del
más refinado de los lectores estetas. De una
cierta manera, los practicantes de teatro efectúan
una lectura semiológica de las diversas capas
textuales; semiología "salvaje" pero
cuyo rigor no está ausente incluso si dicha lectura
se sitúa a un nivel no discursivo.
Tomemos pues por punto de partida dos postulados:
1. El texto teatral no tiene el mismo status que los
otros textos literarios. Corolario: si puede ser un
texto literario, no es su vocación propia, y
se lo puede decir de diversas maneras según el
uso, literario o escénico, que se hará
de él.
2. Para el practicante (como para el teórico
de teatro), el texto es un sistema de signos o de prácticas
significantes que es el de la escena. Este modo de articulación
no es, por supuesto, evidente ni dado por adelantado.
Por el contrario, debe construirse permanentemente.
Es cierto que se puede leer teatro como otro texto literario
y por consecuencia someterlo al mismo análisis
del relato que una novela o un cuento. Se puede también
-y en la mayoría de los casos es necesario- someterlo
a este análisis microscópico que es el
análisis poético. Dicho de otra manera,
no solamente nada prohibe al teórico o al docente
librarse a estas prácticas, sino que ellas son
esenciales incluso para los hacedores.
Aquí es donde el equívoco sobre el teatro
es más chocante, donde la batalla es más
ruda, entre aquellos que quieren ver en el teatro una
actividad literaria y aquellos que quieren ver allí
una práctica socio-cultural que se articula con
la literatura pero guardando considerables diferencias.
Por tanto, pongamos por caso, el subrayado, en Racine,
de los signos de objetos, de las ocurrencias espaciales
o de los procedimientos prosódicos; o en Molière,
de los préstamos de la lengua popular, son procedimientos
esenciales no sólo para los docentes y críticos
sino también para los practicantes: va a ser
absolutamente necesario que el actor cumpla con la prosodia
raciniana, por lo tanto que la comprenda.
El lector lee frecuentemente un texto de teatro en función
de una representación imaginaria, muy importante
para él, que construye con ayuda de sus recuerdos
de teatro y de figuraciones plásticas (las de
la Grecia antigua para las tragedias de Racine, figuraciones
que por otra parte se puede decir que eran fundamentalmente
extrañas a Racine). Representación en
general muy pobre y que toma en cuenta signos imaginarios
reducidos y muy poco del texto.
Este trabajo de 'teatralización imaginaria' del
lector es el origen de muchas ilusiones, y hace del
lector cultivado un mal espectador de teatro, reticente
si la representación que se le propone no corresponde
exactamente a ese teatro imaginario que se fabricó.
Inversamente, si por azar dicha representación
es demasiado fiel a sus fantasmas también se
frustra: la propuesta no le aporta nada nuevo. El objetivo
de una semiología del teatro es ayudar al lector
a ver el teatro de otra manera, a ser sensible a la
pluralidad de las elecciones posibles, a abrir su imaginación
a las posibilidades latentes del texto teatral.
Lo textual en la representación
No hay que creer que el status del texto en relación
a lo escénico sea el del texto en relación
a lo escénico sea el del texto original en relación
a una traducción. Pensando en esta evidencia
que el texto hablado (monólogos o diálogos)
figura en la representación, veremos que toda
traducción es inútil puesto que lo textual
está ya allí presente en el interior de
la representación, que la desborda por todas
partes. En revancha, lo que la representación
efectúa sobre el texto es una lectura particular
en la medida en que, no pudiendo mostrarlo todo, privilegia
necesariamente tal aspecto, acentúa tal secuencia.
Pero eso no es todo. Hay una parte del texto que sin
lugar a dudas será traducido, es decir transpuesto
de un código (el código lingüístico)
a otro u otros: son las indicaciones escénicas
o didascalias, las cuales aparecerán bajo forma
de signos escénicos. Haciendo notar que las indicaciones
escénicas pueden figurar en el interior del diálogo;
cuando Fedra se lamenta "Cuánto estos vanos
ornamentos, estos velos me pesan", este verso supone
una acotación de vestuario y gestual. Todo Shakespeare
y una parte considerable del teatro clásico francés,
sólo contienen las acotaciones provistas por
el texto hablado.
Estas reflexiones dan una idea de la complejidad y la
ligereza de las relaciones entre el texto teatral tal
como se presenta sobre las páginas de un libro,
y la representación tal como se la ve y se la
vive sobre la escena.
Es imposible considerar al texto como un absoluto cuyo
sentido ya estuviera allí por adelantado, inmutable,
eterno y que, por ello mismo, sería el ideal
al que debiera uno aproximarse lo más posible.
P.Larthomas (autor de un importante trabajo sobre el
lenguaje teatral) decía, en el curso de un coloquio
sobre Musset, que la representación más
fiel que él conoció fue la de DON JUAN
de Molière por Jouvet; representación
muy notable pero de la cual hay que constatar que: a)
el marco había sido modificado: de la Sicilia
prevista por las didascalias, la escena había
sido transportada a España y todas las costumbres
y accesorios eran españoles; b) que los incidentes
sobrenaturales del último acto habían
sido no sólo multiplicados sino que también
llevaban la marca, seguramente extraña a Molière,
de un barroco macabro típicamente español:
ataúdes vomitando esqueletos, etc. Por lo tanto,
Jouvet haciendo esto no excedía los deberes ni
los poderes del director: un comentarista atado a la
fidelidad del texto había podido aceptar estas
novedades fundamentales sin parecer haberlas notado,
lo cual remite a su lugar (relativa) la noción
de fidelidad al texto.
La parte de creación y de recreación del
director es muy considerable. El mismo es productor
de un nuevo texto didascálico, complemento y
precisión, incluso contradicción del texto
literario. De hecho, el texto que sirve de base a una
representación no es simplemente el texto del
autor sino el doble texto del autor y del director (cuadernos
de dirección, consejos verbales, consignas al
coreógrafo, etc.)
La lectura que se puede hacer de la representación
se vuelca sobre el texto: las lecturas escénicas
tradicionales de Molière o de Racine constriñen
al lector a "ver" el texto de los autores
clásicos a través de esta reja. De ahí
extrañas ilusiones: el marivaudage empolvado
de rigor durante dos siglos o el Musset elegante, parlanchín
y mundano que uno cree leer. Es de suponer que el lector
imagina una Fedra neoantigua, vestida y peinada como
las copias romanas de los dioses griegos, tal como la
representan grabados y fotografías en los libros
de clase. Por oposición, una representación
nueva fabrica para un nuevo lector una construcción
textual que se impone a él. Así la Fedra
afeitada y físicamente encadenada, desprovista
de toda autonomía de héroe tal como la
mostraba el director Michel Hermon (Odeón, 1974).
Quizás el espectador francés no se desembarazará
en mucho tiempo de una imagen punzante, la de Antonio,
soldado perdido, desertor de todo, en el sol poniente
de su deseo, tal como lo mostraba el ANTONIO Y CLEOPATRA
montado por Planchon (Lyon, 1978); y el lector de Shakespeare
releerá la obra en la perspectiva de sórdidas
y confusas guerras modernas. Quizás no se podrá
leer más LA ESCUELA DE LAS MUJERES de Molière
sin ver en Arnulfo y en su joven rival una pareja maldita,
indisociable, unida por el mismo objeto, como lo quiere
la puesta en escena de Antoine Vitez (1978-1978).
Primado del texto, primado de la escena
Una ilusión muy extendida y bien natural es que
el texto está primero, al menos en el tiempo.
Incluso si se admite perfectamente que la representación
es una construcción nueva, un "construido"
y no la traducción de un material "dado",
la idea subsiste en cuanto a que el texto es el zócalo
primero sobre el cual va a crearse el edificio. Pero
esta aparente evidencia es en sí discutible:
cuando el director de cide montar un clásico,
tiene adelante de él en principio un material
que es el teatro de su tiempo, con sus leyes, sus imposiciones,
el código perceptivo al cual está acostumbrado
el espectador, la educación que los actores han
recibido, etc; a lo que se agregan las representaciones
anteriores, ya sea del mismo texto, ya sea de textos
comparables, representaciones que son para el director
la base en relación a la cual él se sitúa
como diferencia o como prolongación. Parece pues
que todos los elementos de su práctica teatral
están primero, antes que la elección del
texto y condicionan esta elección tanto como
el deseo, los fantasmas y los sueños del director,
los cuales representan también una suerte de
material preexistente.
También el autor escribe teniendo en cuenta la
práctica teatral de su tiempo. Racine escribe
la TEBAIDA Y ALEJANDRO para la compañía
de Molière, la serie de sus obras posteriores
para el Hotel de Bourgogne y no es posible que el fraseo
mismo, la dicción raciniana, no haya debido algo
a la escucha de los actores de su tiempo. E incluso,
si el autor supone que saca su escritura de su propio
morral, no deja de ser tributario de la imagen que él
mismo tiene de las condiciones prácticas en las
cuales su obra se hará escuchar: por cierto,
Musset ha escrito LORENZACCIO como una protesta y una
provocación contra el teatro a la italiana con
sus pesados decorados y sus cambios necesariamente limitados;
pero en la hora actual, si él quisiera escribir
un no-teatro, un teatro en un sillón, no concebiría
una obra con la forma de LORENZACCIO, que se ha vuelto
perfectamente representable.
Se puede pues afirmar que la relación entre la
escritura textual y la escritura escénica es
una relación de complementariedad, de competencia
o de conflicto pero en ningún caso una relación
de sumisión o de preeminencia. Puede existir
también un teatro sin diálogo (ACTO SIN
PALABRAS de Beckett) pero no sin texto: el texto muy
hermoso de las acotaciones o didascalias de Beckett
está para atestiguarlo. Una lectura semiológica
de la práctica teatro -favoreciendo el signo
y la práctica significante en lugar de atarse
de inmediato al sentido más evidente- no puede
sino recusar toda idea de un primado del texto sobre
la representación o de la representación
sobre el texto; por el contrario, avanza la idea que
la producción de la obra teatral es tanto el
hecho del practicante como del autor; y quien dice producción
dice trabajo social.
El texto roto
Una de las características más extrañas
del texto teatral, la menos visible pero quizás
la más importante, es su carácter incompleto.
Los demás textos de ficción deben, en
alguna medida, satisfacer la imaginación del
lector: la buhardilla de Lucine de Rubempré,
el jardín encantado de la falta del Abad Moure,
el campo de batalla de LA GUERRA Y LA PAZ son lugares
sobre los cuales el lector recibe bastantes indicaciones
como para figurárselos a su antojo incluso si
esas figuraciones son individualmente diversas. De la
misma manera, los personajes se describen con la suficiente
fidelidad como para que el lector pueda vivir imaginariamente
con ellos. Este trabajo de determinación iría
contra las posibilidades de la escena; es necesario
que la representación pueda tener lugar en cualquier
parte y que cualquiera pueda representar el personaje.
Un ejemplo asombroso: el comienzo de EL MISANTROPO,
que no dice una sola palabra de las relaciones entre
los personajes ni entre los personajes y los lugares.
¿Cómo llegaron? ¿Corriendo o al
paso? ¿Quién va adelante? ¿O están
ya allí, de pie, sentados? El texto no aclara
nada. Nada tampoco sobre la edad de los personajes.
¿Es la misma? ¿Hay alguien que es el mayor
o al menos lo parece? ¿Cuál? Tantos elementos
sobre los cuales el texto permanece mudo. Será
trabajo del director dar respuesta a estos interrogantes.
Respuestas absolutamente necesarias: es indispensable
que los personajes se presenten de tal o de tal otra
manera. Por otra parte, ni el aspecto ni la presentación
son neutros: la relación de Alcestes-Philinte,
y por lo mismo el sentido del personaje Alcestes y de
toda la obra, serán fijadas en el primer instante.
Cuales fueran las modificaciones ulteriores hechas a
estas primeras imágenes, deberán inscribirse
en relación a ellas. Así, en la puesta
en escena de Jean Pierre Vincent (Teatro Nacional de
Strasbourg, 1977), Alcestes está sentado en una
suerte de certeza mohína, y Philinte, de pie
cerca de él, tiene el aire de excusarse como
un jovencito tomado en falta. Todo el desarrollo ulterior
está determinado por este punto de arranque;
por lo tanto es una pura invención del director:
la incompletud del texto obliga al director a tomar
partido.
La comunicación teatral
La representación en sí misma está
lejos de ser un absoluto: muy lejos de constituir una
obra durable como un cuadro o una escultura, es antes
que nada un acto de comunicación. La comunicación
teatral es de otra naturaleza respecto de la comunicación
literaria; con algunas características notables:
en primer lugar, el emisor es doble, la responsabilidad
del mensaje compartido entre el autor y el practicante
(director, escenógrafo, actor); en segundo lugar,
el receptor no está nunca aislado como el lector,
el espectador de televisión o incluso el de cine:
forma un cuerpo donde las miradas de cada uno reaccionan
sobre las miradas de todos. Además, es ilusorio
pensar que la recepción a su vez no tiene efecto
sobre el mensaje. El público reacciona: aplausos,
silencios, toses o acciones físicas casi imperceptibles.
En fin, el público está o no está,
sanciona, devolviendo una respuesta que es también
económica, por lo tanto vital; aporta la aquiescensia
o la modificación sutil, sin olvidar que aporta
también el dinero.
Primera consecuencia: el mensaje es para el receptor
de hoy. El practicante es nuestro contemporáneo,
el mensaje se ejecuta delante de nosotros y para nosotros.
En segundo lugar, ese público no es homogéneo,
aprehende los signos de forma distinta. Por ello mismo,
posibilidades diferentes para la comunicación
teatral: el público puede ser presumido como
uno o unificado por la representación teatral.
Tal es el caso del teatro antiguo, espectáculo
que la ciudad se ofrece a sí misma, el cual debe
permitirle enfrentar los problemas actuales que ella
se plantea y darles una solución aunque sea imaginaria.
Cuando Esquilo hacía representar LOS PERSAS,
era para la totalidad de Atenas, en su victoria reciente
y en los problemas que proponía. Pero el público
puede también ser considerado como dividido,
como en el teatro épico: Brecht quiere que la
representación teatral haga al público
consciente de sus vericuetos sociales; el texto será
pues tomado en cuenta de manera que provoque reacciones
opuestas.
De ahí, en fin, el hecho sorprendente que la
representación, incluso admirable y desde todo
punto de vista satisfactoria, es cosa perimible: desaparece
con el público para el cual ha sido ofrecida.
Hay una dialéctica siempre viva entre la permanencia
(relativa) de los signos textuales y la fugacidad de
los signos representacionales. Pero el texto de teatro
no es un permanente con el que se pueda contar siempre;
es, sí, una reserva de sentido, cuando más
grande su valor, más rica esta reserva.
Traducción de Coral Aguirre
Nota extraída de la revista REPERTORIO Nº29,
editada por la Universidad Autónoma de Querétaro,
México,1995.
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