En muchas ocasiones he dicho y
escrito que, a mi modo de ver, la puesta en escena
consiste en la coordinada articulación de trabajo
dramatúrgico y práctica técnico-artesanal.
A veces vemos predominar abusivamente el primero sobre
la segunda, aunque es más común hallar
el supuesto contrario: un mediocre practicismo artesanal
carente de una sólida formulación dramatúrgica.
En cualquier caso, ambas actividades son indisociables
en el proceso de escenificación de un espectáculo.
A lo largo y ancho de este escrito haré algunas
afirmaciones que requerirían explicaciones
pormenorizadas. El espacio lógico presumible
me impedirá hacerlo, pero confío en
la sagacidad pública para establecer las oportunas
razones y referencias. La primera de ellas es que
todo espectáculo teatral tiene un texto como
antecedente. Este puede estar convenientemente estructurado
y contar con los medios propios del género
literario dramático, pero puede tratarse también
de un texto ubicable en géneros específicos
diferentes tales como la narrativa, la poesía,
el articulismo o el intercambio epistolar. Nuestro
colega Pepe Sanchís ha dedicado, casi monográficamente,
los últimos años a explorar el carácter
fronterizo con lo dramático de muchos de esos
textos genéricamente diferenciados. La escritura
dramática de autores contemporáneos
como Heiner Müller, utiliza la ambigüedad
fronteriza entre los géneros en la creación
de sus obras.
Hay ocasiones, por el contrario, en que el texto no
posee ninguna codificación literaria, incluso
ni siquiera está formalmente escrito. Sin embargo,
no por ello deja de existir un texto propiciador,
aunque sólo sea en su dimensión verbal
o como idea generadora de la acción escénica
en toda la complejidad de sus elementos expresivos.
La mayor parte de los espectáculos que se han
realizado y realizan, tienen su antecedente en una
obra literaria perteneciente a la dramática.
Toda mi exposición girará en consecuencia
en torno a ese supuesto, que es el que aborda habitualmente
el director de escena.
Autonomía relativa
A lo largo de nuestro siglo, se han ido imponiendo
y definiendo las diferencias claras entre texto y
representación. Hoy sabemos que el primero
pertenece al ámbito literario, que posee unos
elementos expresivos propios y una articulación
estructural derivada de unos presupuestos estéticos
concretos. Su difusión es similar a la de cualquier
otra obra literaria, es decir, la letra impresa.
El espectáculo teatral es, por su parte, una
creación artística que se inscribe en
el conjunto de las artes espacio-visuales. Posee distintas
líneas expresivas o de significación,
coincidentes al unísono para crear una imagen
escénica concreta, determinando una trama o
espesor de procesos significantes. Sus dos características
propias y que le confieren su especificidad son, por
un lado, la presencia del actor como creador de sus
propios significados que actúa de elemento
centrifugador de todos los elementos expresivos, para
otorgarles el rango de signos de la teatralidad abandonando
el que originariamente pudieran tener; por otro, que
la obra de arte teatral se produce en el mismo espacio
y tiempo que los espectadores que la contemplan, y
se desvanece una vez realizada sin posibilidad de
ser fijada en un soporte estable que le permita su
reproducción mecánica o electrónica
posterior.
No obstante, una vez enunciada claramente la autonomía
entre texto dramático-literario y representación
teatral, debemos subrayar el carácter relativo
de ambas. Toda obra inscrita en el ámbito de
la literatura dramática, posee unas condiciones
intrínsecas potenciales tendientes a la generación
motivadora de un espectáculo. Toda escenificación
parte en la mayor parte de los casos de un texto de
la literatura dramática que le sirve de motivación,
tanto de las acciones como de su ubicación
en un campo semántico-expresivo concreto.
Del texto al espectáculo
En un libro convertido ya en un clásico de
los estudios de semiología teatral, "Lire
le Théâtre", Anne Ubersfeld
afirma: "La primera contradicción dialéctica
que contiene el arte del teatro, es la oposición
texto-representación". Sin embargo
todavía subsiste, en su opinión, una
actitud "intelectual" o "pseudointelectual"
que "privilegia el texto y no ve en la representación
sino la expresión y la traducción del
texto literario". La tarea del director de escena
sería pues "traducir a otro lenguaje"
un texto respecto al cual su primer deber sería
permanecer "fiel".
En el extremo conceptual opuesto, operaría
una actitud inherente a ciertas "vanguardias"
que rechazan el texto de forma radical y lo consideran
un elemnto casual en el conjunto de los elementos
expresivos del espectáculo. Es evidente que
este punto de vista cuenta con cierto número
de adeptos entre quienes hacen teatro, mientras que
los primeros se agazapan entre no pocos especialistas
de filiación universitaria, ciertos críticos
de contumaz envergadura atávica y algunos "aficionados"
inmersos en el prejuicio literario de lo teatral.
Quienes suelen aparecer como simples ordenadores rutinarios
e ilustrativos de los espectáculos que realizan.
La equiparación semántica entre texto
escrito y representación, cuya sola diferencia
estribaría en el uso de medios materiales expresivos
distintos, es una pura ilusión. Esa supuesta
prioridad del texto -espresión tan tenazmente
subrayada por ciertos comentaristas teatrales- es,
como concluye A.U., una argucia para privilegiar "una
lectura particular del texto, histórica, codificada,
ideológicamente determinada, y que el fetichismo
textual permitiría eternizar; conocidas las
relaciones (inconscientes pero poderosas) que se anudan
entre el texto teatral y sus condiciones históricas
de representación, ese privilegio otorgado
al texto conduciría, por una vía extraña,
a privilegiar los hábitos codificados de representación,
es decir a prohibir todo avance del arte escénico"
(p.17). En definitiva, la adopción de estas
consideraciones que suelen manifestarse con férreos
rasgos dogmáticos de variopinta filiación,
suele ser la cara visible de un tradiccionalismo acendrado
y como tal enemigo no sólo de la libertad de
creación sino de la propia verdad histórica.
No por obvio es menos imprescindible afirmar que hablar
de texto escrito y representación teatral,
supone referirnos a dos universos semánticos
diferentes que cuentan con elementos de significación
distintos en su naturaleza intrínseca, aunque
entre ambos pueda existir una relación generativa
de origen. Este proceso, que conduce de una forma
expresiva a otra en su materialidad e incluso en su
sentido, es lo que abordamos a continuación.
Trabajo dramatúrgico
En el mes de mayo de 1767 inicia Lessing la publicación
de los fascículos de la "Dramaturgia
de Hamburgo", que concluirá dos años
después y será de inmediato convertida
en libro. Esta obra, repetidamente editada y ampliamente
difundida en el área lingüística
alemana y que solo ha sido traducida en nuestro país
al catalán en fecha reciente, representa la
fundación del concepto de "Dramaturgia"
y el nacimiento de la profesión de "dramaturgista".
Su autor, filósofo y profesor de estética,
planteaba el análisis riguroso de los textos
dramáticos a la luz de las concepciones aristotélicas
revisadas desde su perspectiva de "ilustrado",
pero establecía al mismo tiempo la necesidad
de una forma concreta de representación acorde
con el análisis realizado. Muchos otros escritores
dramáticos de su tiempo participan de idéntica
preocupación, pero Lessing fue el primero en
abordarlo sistemáticamente. En su "Prólogo
a la contribución a la historia y recepción
de los teatros", aseguraba explícitamente:
"¿Quién no ve que la representación
es una parte necesaria de la poesía dramática?
El arte de la representación merece por tanto
nuestra atención a la par que el de la composición.
Debe tener sus propias reglas y esto es lo que queremos
investigar". Estas aspiraciones latían
en el acta de nacimiento de esta nueva práctica
escénica.
A lo largo del sighlo XIX, la dimensión del
dramaturgista se fue ampliando en los países
de cultura alemana pero el ámbito de la dramaturgia
quedó fundamentalmente circunscrito al análisis
de los textos. El prejuicio literario sobre el teatro
se imponía de forma avasalladora. Su definición
podía resumirse como "la técnica
(o la ciencia) del arte dramático que intenta
establecer los principios de construcción de
la obra, sea inductivamente, a partir de ejemplos
concretos, sea deductivamente, a partir de un sistema
de principios abstractos. Dicha noción presupone
que existe un conjunto de reglas específicamente
teatrales cuyo conocimiento es indispensable para
escribir una obra y analizarla correctamente".
(Pavis, "Diccionaire du Théâtre",
p.136). El objeto de la dramaturgia era, pues, la
lietratura dramática, ignorando cualquier conexión
explícita con su escenificación.
En el siglo XX coinciden dos líneas de acción
que van a producir un retorno a su sentido original
y una ampliación y redefinición después.
Aunque aparecieron en forma independiente, pronto
se establecieron entre una y otra, nexos de unión
para su mutuo enriquecimiento dialéctico. La
primera agrupa todo un conjunto de aportaciones teóricas
que se inicia con el concepto de "Ciencia teatral",
acuñado en 1901 por Max Hermann. En 1914, al
publicar su obra fundamental: "Estudios sobre
historia del teatro alemán de la Edad Media
y el Renacimiento" establece la distinción,
aplicada al territorio de la historiografía
teatral, entre literatura dramática (Drama)
y espectáculo (Teatro). Posteriormente, las
aportaciones de los formalistas rusos y los semiólogos
vinieron a promover y profundizar la práctica
teórica de problema.
Casi al unísono va a producirse el vertiginoso
desarrollo de la puesta en escena, que adquiere una
complejidad significante desconocida hasta entonces.
Su práctica no sólo explicta una construcción
del espectáculo netamente alejada del ilustrativismo
literario, sino que la reflexión sobre sus
procesos y procedimientos de trabajo, fundamentados
no pocas veces en los planteamientos emanados del
ámbito de la práctica teórica
antes enunciados, producirá a su vez aportaciones
conceptuales de muy diferentes fuentes: desde el
"Teatro político" de Piscator
al "Messingkauf" de Brecht, pasando
por no pocos escritos de Meyerhold, de Jesner, incluso
a su pesar, de Jacques Copeau y sus seguidores aunque
este merecería una explicación más
compleja.
Este conjunto de propuestas prácticas y teóricas,
unidas a los cambio sociales y a la confrontación
del teatro con otras formas de expresión artística
que articulan también su discruso sobre los
conflictos humanos, ha producido un desarrollo del
concepto de dramaturgia y su expansión como
procedimiento práctico en la producción
escénica, en los estudios valorativos de recepción
y en las tareas críticas más rigurosas.
Ptrice Pavis en su "Diccionario",
nos propone una definición de la práctica
dramatúrgica en su sentido actual, que a mi
modo de ver abarca plenamente su campo de acción:
"La dramaturgia (...) consiste en poner en su
lugar los materiales textuales y escénicos,
en descubrir los significados complejos del texto
escogiendo una interpretación particular y
en orientar el espectáculo en el sentido esogido.
Dramaturgia designa entonces el conjunto de
opciones estéticas e ideológicas que
el equipo de realización, desde el director
de escena hasta el actor, ha ido haciendo. Este trabajo
abarca la elaboración y la representación
de la fábula, la elección del lugar
escénico, el montaje, el juego del actor, la
representación ilusionista o distanciada del
espectáculo. En resumen, la dramaturgia me
pregunta cómo se disponen los materiales de
la fábula en el espacio textual y escénico
y según qué temporalidad. La dramaturgia,
en su sentido más reciente, tiende pues a superar
el marco de un estudio del texto dramático
para englobar textos y realización escénica".
(p.137).
El proceso que conduce del texto literario al espectáculo
teatral es po tanto ámbito específico
del trabajo dramatúrgico, ante todo en lo que
respecta a la elección y compromiso con uno
o varios de los sentidos profundos del texto, su revisión
consecuente y el trazo estilístico en que se
articularán los elementos expresivos, incluido
el análisis de la funcionalidad, carácter,
naturaleza, contradicciones y confrontaciones del
personaje.
Tentativa metodológica
El enunciado anterior nos conduce al intento de establecer
una metodología del trabajo dramatúrgico,
formulado a partir de mi propia experiencia y de otros
ejemplos contrastados. Necesariamente voy a hacer
un recorrido escolástico descriptivo para enumerar
las diefrentes etapas de trabajo. Soy perfectamente
consciente de que unas y otras están estrechamente
encadenadas y pueden imbricarse aspectos determinados
de una en otra. Por otra parte, estableceré
pautas genéricas y amplias, que no en todos
los casos se dan ni son exigibles para desarrollar
el proceso que conduce del texto al espectáculo.
Como es lógico, seré muy sintético
en la exposición y sé de antemano que
todos estos apartados exigen un comentario que prometo
hacer en un próximo futuro libro.
Fase previa: elección del texto
Todo trabajo dramatúrgico se inicia con una
toma de decisión: sobre qué texto va
a realizarse el trabajo. De hecho los "dramaturgistas",
en aquellos teatros en que existen y actúan
como tales, intervienen de forma decisiva en la elección
del repertorio que es un rasgo fundamental en el planteamiento
de una institución teatral, una compañía
o un director.
Toda elección de un texto se efectúa,
conscientemente o no, a partir de unos parámetros
condicionantes:
-Condiciones materiales -espacio escénico,
medios técnicos, condiciones de financiación,
etc- con que se cuenta.
-Condiciones artísticas existentes: elenco,
actores esp ecíficos necesarios para incorporar
ciertos personajes, especialistas o artesanos imprescindibles,
etc.
-Coincidencias estéticas e ideológicas
con el equipo de realización del espectáculo,
entendidas en su sentido primario.
-Sentido del texto a decidir en el conjunto de las
pautas de un repertorio definido, según consideraciones
diversas.
-Público potencial hacia el que irá
destinado el espectáculo resultante.
Fases anteriores al inicio de los ensayos
Primera fase: Información bibliográfica
Selección de libros, documentos y materiales
que constituyen fuentes de trabajo en el proceso posterior.
En primer lugar, obras biográficas o críticas
sobre el autor y su producción; monografías
sobre el texto escogido; provisión y cotejo
de diferentes ediciones o traducciones.
Documentación relacionada con el proyecto,
tanto de aquellos libros de historia, filosofía
u otras disciplinas que puedan contextualizar el espacio
sociológico, político o humano del texto
o de la fábula que contiene, como prensa, documentos
gráficos, estudios sobre pintura o artes decorativas,
etc.
Por último, documentación literaria,
gráfica o audiovisual sobre otros montajes
realizados a partir de ese mismo texto.
La búsqueda y disposición de estos útiles
de trabajo no siempre son fáciles y suelen
chocar con dificultades para su correcta concreción.
Segunda fase: Estudio sincrónico del texto
y sus implicaciones teatrales originarias
1- Conocimiento de las caraterísticas estéticas,
estructura formal, permeabilización de las
ideologías contemporáneas y significados
profundos del texto en su origen.
2- Proyección del texto en su teatro contemporáneo.
Modos y técnicas de escenificación,
elementos visuales y códigos escénicos
existentes en el espacio teatral sincrónico
a la escritura del texto.
3- Proyección, recepción y significado
del espectáculo respecto del campo de las ciencias
teatrales (historiografía teatral, estética
y teatrología), la teoría, la historia
del pensamiento y los hechos sociales, etc.
Tercera fase: Análisis e inducción
1- La lectura contemporánea del texto: establece
el significado y sentido del texto que vamos a proponer
como discurso escénico a los espectadores concretos
que serán sus receptores, y completarán
su sentido y significación. Ellos supone la
definición vertebradora de un núcleo
de convicción dramática, que explica
la razón profunda de nuestra lectura selectiva
y de nuestro compromiso con ella. Igualmente establece
los subrayados analógicos contemporáneos.
2- Orientación de las posibles tareas de intervención
sobre el texto. Pueden ir de la simple limpieza del
texto sobrante o adiciones informativas, hasta la
redistribución de las secuencias dramáticas
o adaptaciones más amplias.
3- Definición e inducción de la estética
y estilística a seguir en cuanto al trabajo
actoral, la elaboración del espacio visual,
iluminación, elementos sonoros, etc.
La lectura contemporánea del texto es posible
no sólo por los significados diversos y en
ocasiones contradictorios, que coexisten en un mismo
texto dramático, sino por la posibilidad que
tenemos de utilizar instrumentos de análisis
que propician la deducción de sentidos diferentes
a los originarios u otros que, con frecuencia, han
podido estar ocultos.
Trabajo dramatúrgico durante los ensayos
1- orientación del conjunto de tareas escénicas.
En esta fase el trabajo dramatúrgico tiende
a conferir coherencia y claaridad de sentido a los
diferentes segmentos de significación del espectáculo,
para que configuren un universo expresivo consecuente
con la lectura que hemos realizado. Se trata de cómo
hacer o ejecutar.
Este trabajo abarca el análisis concreto del
sentido y funcionalidad de las distintas unidades
dramáticas (escenas, secuencias, fábula,
discurso y cadena de hechos). Analiza también
la naturaleza y sentido funcional y social del personaje
y sus contradicciones con el microcosmos de "otros"
en que se inscribe. propone igualmente analogías
contemporáneas y asociaciones en el interios
del discurso-espectáculo.
2- El trabajo dramatúrgico durante los ensayos,
posee un marcado carácter de interlocución
crítica dentro del proceso creativo con el
conjunto de creadores del espectáculo. Como
dice Bernard Dort: "¿Qué es el
trabajo dramatúrgico sino una reflexión
crítica del hecho literario al hecho teatral?".
Telón
Desearía finalizar con algunas consideraciones
a manera de corolario. La primera, que en nuestro
país el concepto de dramaturgia y trabajo dramatúrgico,
por habernos llegado, como tantas cosas, tarde y mal,
ha tenido que sufrir o la ironía despectiva
de quienes prefieren ignorarlo, o la reducción
simplificadora de considerarlo sinónimo de
adaptación. Es una lástima que desde
estas posturas incompetentes, refrenadas no pocas
veces por la bendición oficial, se dicten cursos
y se concedan responsabilidades al respecto.
Quisiera subrayar, a continuación, que se cuente
o no con un dramaturgista en la institución
teatral o compañía, el trabajo dramatúrgico
existe siempre, siendo competencia exclusiva entonces
del director de escena o de éste con sus colaboradores.
Pavis, una vez más, lo expresa con absoluta
nitidez: "Desde que hay puesta en escena puede
estimarse que existe necesariamente trabajo dramatúrgico,
incluso (y sobre todo) si éste es negado por
el director de escena en nombre de una "fidelidad"
a la tradición, de una voluntad de tomar el
texto "al pie de la letra", etc. Esta concepción,
incluso embrionaria o sin imaginación, es ya
un análisis dramatúrgico" (p.140).
Todo cuanto he expuesto prtesupone una descripción
y análisis más pormenorizados. He pretendido
únicamente presentar el problema y su proyección
en la práctica escénica. El apartado
metodológico ante todo, exige un estudio mucho
más amplio que estoy en vías de redactar
y sólo alcanza su marco preciso cuando se convierte
en acción, cuando se implica en un proceso
de puesta en escena global. Pero estoy convencido
que aplicando concienzudamente estos planteamientos
podemos alcanzar la relación coherente entre
"lectura" y medios de expresión escénica
articulados en el espectáculo, construir un
binomio dialéctico entre la libertad interpretativa
y creativa y reconocimiento ponderado del texto de
origen, legitimar un espectáculo aunque su
universo semántico le confiera un sentido alejado,
arbitrariamente, del que emana del texto. Es un problema
de método, procedimiento y búsqueda
de una coherencia interna del proceso creativo de
la puesta en escena, también de posibilitar
la impregnación de una idéntica concepción
a todos aquellos que construyen el espectáculo
y unirlos en una misma voluntad. Concluiré
con unas palabras del maestro Lessing que considero
extraordinariamente contemporáneas y oportunas:
"Quien razona correctamente es capaz de inventar
y quien quiere inventar, debe saber razonar. Sólo
quienes son incapaces de ambas cosas, creen poder
separar una de otra."
Madrid, Abril de 1989