“Hijo del pueblo, te oprimen cadenas,
y
esa injusticia no puede seguir;
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiere morir”
Versos
iniciales de “Hijos del pueblo”, himno libertario que con
frecuencia abría la velada anarquista.
Objetivos.
Los vínculos entre el
anarquismo y el teatro fueron importantes en el plano internacional y, también,
en Buenos Aires cuando, provisto por el caudal de inmigrantes libertarios que
llegaron al país entre los dos siglos, XIX y XX, el movimiento ácrata se
constituyó y creó instituciones para salvaguardar el bienestar y las
condiciones de vida del trabajador urbano. En este sentido tan preciso actuaba
el Círculo anarquista, que se proponía como un espacio de esparcimiento y
militancia del militante y su familia, reunida los domingos (el único franco
semanal del obrero), para asistir a una jornada de contracultura con lectura de
poesías, conferencias didácticas, canto coral, música y teatro. Los encuentros
culminaban con un baile, recurso que si bien no convencía a todos, parecía el
mejor atractivo para convocar a la mujer del obrero, mucho más reacia a
abandonar los hábitos burgueses que sus maridos ya habían rechazado. La
intención de alcanzar con la doctrina a la familia fue un esfuerzo del cual la
organización se ocupó con ahínco, pues se entendía que en la casa se escondía
uno de los frenos más tenaces del libertario: la esposa, por lo general religiosa
hasta la superstición y pusilánime para la acción política.
Para algunos otros, el teatro merecía una
desconfianza semejante: la escena distraía y sacaba energías que el libertario debía aplicar en otra parte.
La presencia del teatro,
tomado únicamente como vehículo de difusión y circulación de la gran Idea
libertaria hace presumir la existencia de una dramaturgia que abasteciera a los
grupos filodramáticos. Éstos recurrían a las obras de los grandes maestros –
Ibsen, el más solicitado, Hauptmann, Mirbeau, Sunderman -, pero por falta de idoneidad para afrontar textos complejos
y desentrañar sus significados
profundos, los círculos adoptaban la producción de autores improvisados que, no
obstante su entusiasmo, generaron una dramaturgia débil, ingenua y sencilla
destinada a obtener la fácil recepción en un público cautivo y ya convencido,
que por lo tanto carecía de voluntad para discutir las ideas – si de teatro de
ideas se trata – que voluntariosos actores propagaban desde el escenario. La
propia prensa anarquista fustigó con frecuencia estos emprendimientos
filodramáticos, maltratando tanto a autores como a intérpretes por la mala
calidad de las representaciones que, en definitiva, malograban los objetivos de la iniciativa
teatral.
La intención de esta
monografía es construir el trazado, siquiera aproximado, de una poética de este teatro rudimentario en
sus aspectos textuales, tomando como punto de referencia una serie de obras
que, se tiene la certeza, fueron escritas por firmas poco destacadas sólo para
ser representadas en los círculos. Sin duda que el análisis desviará hacia
aspectos de la representación de estos textos, pero las intenciones, no
obstante estas alusiones inevitables, se centrarán en la literatura dramática.
Para este punto se tomará
como referencia anteriores aportes de Juan Suriano, Eva Golluscio de Montoya y
Ana Ruth Giustachini, que en el curso de
sus trabajos sobre el tema formalizaron una estructura aproximada de la
dramaturgia anarquista. Se cree, con absoluta modestia, que se puede ampliar la
funcionalidad de los recursos textuales detectados por estos
investigadores, como así también sumar
el descubrimiento de otros que no fueron mencionados por ninguna de los autores
citados.
También será motivo de
análisis la coincidencia o divergencia de estos textos con los escritos por los
paradigmáticos dramaturgos libertarios reconocidos por el teatro argentino,
Alberto Ghiraldo y Raúl González Pacheco, que sin desatender su pertenencia y
lealtad libertaria demostrada de mil modos (ambos fundaron y dirigieron
periódicos, padecieron persecuciones y prisión; González Pacheco fue preso en
la temida Tierra del Fuego), prefirieron estrenar sus textos en el marco del
teatro comercial, más allá que los animadores de los círculos quisieran
llevarlos, luego, al tablado militante.
Estos dos autores se
integraron al campo intelectual teatral que empezó a formarse en 1902. Con
ello sus trabajos artísticos recibieron regalías, aun con reticencias, porque
el arancel del 10 % obligatorio se impone definitivamente en 1911. No obstante
esta ausencia de reglamentación, los dramaturgos estrenados en el ámbito
comercial podían contar con un
resarcimiento económico que, salvo los actores, ningún otro artista porteño
podía obtener. La permanencia dentro del campo intelectual de González Pacheco
y Ghiraldo (un campo intelectual que desde siempre le otorgó al teatro y a los
teatristas de todo origen un rol marginal) corrió pareja, acaso por simple
coincidencia, con la decadencia del anarquismo argentino, que fue perdiendo
fuerza a medida que avanzaba el siglo. Ghiraldo desaparece de Argentina en 1934
y protagoniza un extraño exilio en Chile, donde reside en un ostracismo
resentido y desesperanzado hasta 1946, año de su muerte. González Pacheco muere
en 1949, hasta entonces siguió estrenando con una frecuencia cada vez más
ralentada, que indica una disminuida atención sobre su obra, siendo Blanca
Podestá la responsable de la compañía que dio a conocer desde un escenario
comercial su último trabajo, en 1940.
Mención aparte merece
Florencio Sánchez. Es cierto que sus primeras obras – “Ladrones”, “Pilletes”,
“Canillita” – fueron escritas para ser estrenadas en círculos anarquistas del
Uruguay, pero también resulta claro que luego de su presentación consagratoria
en la escena comercial (“M’hijo el dotor”, 1902), siguió trabajando sólo para
este campo sin volver a repetir la experiencia. David Viñas ha puesto en duda
la calidad ideológica de Sánchez, lo tildó de hipócrita. Si fuera así la vida le dio a Sánchez poco
tiempo para reivindicarse; murió de tuberculosis en Milán en 1910, cuando, sin suerte,
dedicaba todos sus esfuerzos para trascender en el teatro europeo.
Los tres textos del
Sánchez inicial caben en los propósitos de esta monografía, el resto de su
producción, definida con precisión en sus aspectos poéticos por Osvaldo
Pellettieri (Pellettieri 1987, páginas 27-33), carece de los atributos
libertarios que a pesar de su condición comercial, se advierte en la
dramaturgia de Ghiraldo y González Pacheco.
Cuadro de situación.
Es
indudable que antes de abordar el tema de esta monografía se requiere marcar la
situación en que estos acontecimientos teatrales, comerciales o militantes,
tuvieron lugar. Como se dijo, la
importante inmigración trajo consigo
numerosos adherentes a la causa socialista en todas sus variantes. En Buenos Aires estos socialistas
desembarcaron con sus coincidencias y las diferencias que se habían expresado
en
la Primera
Internacional de 1872, cuando Proudhon y Bakunin debatieron
con Marx y Engels acerca de la forma que
debía tomar, en el futuro y luego de
la Revolución, el gobierno de los explotados. Aun sin ningún modelo que se pudiera acatar
(la revolución soviética estaba lejana, estalló casi 30 años después),
Proudhon, muy atado al significado del término que él mismo había creado para
identificar su movimiento, anarquismo (aproximadamente ausencia de autoridad o de gobierno), propiciaba el
desconocimiento de cualquier tipo de Estado, aun cuando éste fuere manejado por
una dictadura de proletarios. Preveía, él en primer término y luego su
discípulo Bakunin (y parece que
la
Historia les dio la razón), que semejante instrumento en
manos de lo que llamaban “socialismo autoritario”, daría por consecuencia la
generación de una jerarquía burocratizada y corrupta, ajena a los fines de
liberación del oprimido. “A veces injustamente, a veces con razón [Bakunin],
cree ver en el marxismo el embrión de lo que será el leninismo y luego su
cáncer, el estalinismo (Guèrin, 2003, pág. 51).
El anarquista debía ser un hombre emancipado de
todo cuanto el burgués consideraba sagrado y respetable. Le quitaba crédito a
la pétrea estructura de
la
Iglesia, tal vez para ser más exactos a
la Iglesia Católica
y su clero, y también a los valores del militarismo; la libertad del individuo no
debía estar sujeta a ninguna norma administrativa, de modo que para un
anarquista carecía de sentido la institución matrimonial y el deber de ser
padre. La proximidad con el Estado burgués de corte parlamentario, una meta de
llegada para los social-demócratas, era absolutamente inadmisible para los
libertarios y si al fin llegaron a aceptar el ingreso y conformación del
Sindicato, fue luego de intensas discusiones entre individualistas y
societarios (organizadores los llama Suriano), que los dividieron durante mucho
tiempo, pues era cuestión de conflicto la creación de organismos asociativos
que a la par de establecer reglas, mantuvieran respeto por la condición individual del asociado.
Buenos Aires fue campo de los societarios. La prédica del catalán Antonio Pellicer
Paraire, del italiano Gori, del nacional Ghiraldo fueron inclinando las fuerzas
hacia ese bando y el poder de asociación hizo que el anarquismo de los círculos
y de los sindicatos (jamás se quisieron conformar como partido) se convirtiera
en muy breve tiempo en la fuerza contestataria más importante de comienzos de
siglo. Mediante una alianza casi efímera con los socialistas, el anarquismo
fundó en 1901
la
Federación Obrera Argentina, la primera agrupación proletaria
que tuvo el país. Responsabilidad de los anarquistas fue también la primera
huelga general de nuestra historia, que
tuvo lugar en 1902, como así también otras de tanta fuerza y trascendencia,
como la de los obreros portuarios.
Los anarquistas que llegaron a Buenos Aires
provenían de España, en grado mayoritario, y de Italia. La fuerza del militante
español, que sostuvo el movimiento en su
patria hasta 1939, cuando perdieron
la Guerra Civil entablada por Franco, fue
determinante para el desarrollo del anarquismo vernáculo. Vale, al respecto, la
opinión de Iaacov Oved, que en un artículo donde analiza la coincidencia entre
los movimientos dice:
“Muy estrechas relaciones existieron entre el movimiento anarquista
de España y el de
la Argentina
durante largos períodos de sus respectivas historias. En ambos países les cupo
a las anarquistas un papel principal en la formación de organizaciones de
trabajadores y durante muchos años contaron con la mayoría en la conducción de
las grandes federaciones obreras. En esos campos, los movimientos anarquistas
de España y Argentina sobresalieron por su peculiaridad y no tuvieron paralelos
en el movimiento obrero ni en los movimientos anarquistas del mundo entero”.
El aporte italiano se robustece con la presencia
en Argentina, siquiera temporal, de acreditados teóricos del anarquismo, como
Pietro Gori o Enrico Malatesta, que le
agregaron a la situación local convicción y claridad de ideas. El discurso de ambos tuvo siempre un cuño europeo -
en realidad toda la teoría política desplegada por el anarquismo tenía ese
origen - ; el carácter internacionalista del movimiento hizo que en el momento
de debatir o difundir argumentos se dejaran de lado particularidades regionales
o de nacionalidad. Y es aquí, en la
circulación de las ideas anarquistas, cuando entra a jugar el Círculo.
“Para los grupos anarquistas, la difusión de las
ideas era un arma fundamental y constituían la función esencial de esa praxis
la agitación y la propaganda a través de una variada gama de actividades,
canalizadas institucionalmente mediante los grupos o los centros culturales”
(Suriano 2001, pág. 37).
El nombre de estos
círculos daba obvia cuenta de origen, principios e intenciones: “El grito del
obrero”, “Il proletario”,
“Amigos del trabajador”, “Hijos del pueblo”, “Los
desheredados”, “Los hambrientos”, “El colmo de la miseria”, etc. En un cuadro
que transcribe en su libro, Suriano informa sobre la cantidad de círculos (él
los llama centros) anarquistas instalados en la ciudad; de un número tímido,
solo 6, en 1897, se alcanza la cifra más alta en 1904, 51, para llegar a 22 en
1910, un año de alta conflictividad social, cuando el gobierno argentino,
asustado primero por la virulencia anarquista y después por la eventualidad de ver opacados los festejos del
Centenario, ya había puesto en marcha
instrumentos represivos, entre ellos la célebre Ley de Residencia 4144, que,
íntegra, se transcribe a continuación:
“Art. 1: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio
de la nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los
tribunales extranjeros, por crímenes o delitos de derecho común;
Art. 2: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida de todo
extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden
público;
Art. 3: El Poder Ejecutivo podrá impedir la entrada en el territorio
de
la República,
a todo extranjero cuyos antecedentes autoricen a incluirlo entre aquellos a los
que se refieren los dos artículos precedentes;
Art. 4: El extranjero contra quien se haya decretado la expulsión,
tendrá tres días para salir del país, pudiendo el Poder Ejecutivo, como medida
de seguridad pública, ordenar su detención hasta el momento del embarco;
Art. S: Comuníquese, etc.”.
La identificación de los
cuadros filodramáticos tampoco dejaba lugar a dudas: “Amantes del arte”, “Arte
moderno”, “Arte por la vida”, “Ibsen”, “Igualdad y fraternidad”, “Juventud
moderna”, “Las libertarias”, “La
verdad”.
Y, por último y
continuando con esta cuestión de títulos, se menciona que los de las obras a
las que se recurrirá para sostener los elementos constitutivos de una poética
de la dramaturgia anarquista también ofrecen poco espacio para la ambigüedad:
“Fin de fiesta”, de Palmiro de Lidia (seudónimo del anarquista cubano Adrián
del Valle); “Primero de mayo” y “Sin patria”, de Pietro Gori, textos escritos
en italiano y traducidos en
la
Argentina; “¡El mártir de Usuhaia!”, de
Luis A. Zinno; “Coincidencias fatales” ó “El puñal del obrero”, de Eugenio
Sallot; “¡Sin patria!”, de Manuel Torres y Ramón Brotons. Se deben sumar las
tres obras iniciales de Florencio Sánchez – “Ladrones”, “Pilletes” y
“Canillita” -, y para el cotejo que se intenta con la dramaturgia anarquista estrenada
en el ámbito comercial toda la producción de Raúl González Pacheco con el
agregado de “Alma gaucha” y “La columna de fuego”, dos de los textos más representativos de Alberto
Ghiraldo.
Apuntes para una poética anarquista.
El título, precisamente, es un constituyente importante de la poética
anarquista. El sentido indiciario tiene como objetivo generar la
expectativa del espectador, dando pistas
del tema o los referentes que actuarán en la historia, o en forma más explícita
bajar línea sobre los postulados irrenunciables del libertario, tal como el
“Sin patria” que se repite en dos textos (en uno de ellos con signos de
admiración) y que de manera sintética y rotunda advierten sobre el carácter
internacionalista del anarquismo.
El título, entonces, suele
ser con frecuencia una síntesis del intertexto ideológico, remite en forma casi
literal al aspecto de
la Idea
que luego se desplegará en el discurso dramático.
Para este trabajo se
adopta el criterio de que el texto dramático está compuesto no solo por el
discurso de los personajes, sino por todo aquello agregado por el autor en
función de aclarar o de ampliar la significación del mismo. Obran, en este
sentido, el ya mencionado título, los
subtítulos, las dedicatorias, el nombre y característica de los personajes, el o los prólogos, etc. Y
estos agregados, debido al interés de no dejar dudas sobre el “mensaje”,
abundan en la literatura anarquista.
Como ejemplo de estos añadidos se transcribe los
que acompañan la edición de 1918 de “¡El mártir de Ushuaia!”,
de Luis A. Zinno, que contiene un subtítulo que lo identifica como un “monólogo
dramático social” , seguido por una
dedicatoria a Marcial Belacoin Sayós de alto valor referencial para el lector
ácrata. Belacoin Sayós había obtenido publicidad al editar el folleto “El presidio de
Ushuaia”, desde donde denunciaba las graves condiciones de vida de los
presidiarios del sur y la penuria aumentada en varios grados por la corruptela
de los funcionaros, y Zinni, al tratar el mismo tema, se considera en deuda con
él y le dedica la pieza.
Zinni agrega, a continuación, una poética
declaración libertaria: “Somos cerebro y corazón: el primero para pensar, el
segundo para sentir, y los brazos para destruir todo lo malo y construir todo
lo que sea fraternidad”.
La edición deja paso, luego, a un texto titulado
“a la manera de prólogo”, bastante extenso si hacemos cotejo con el texto
dramático propiamente dicho, firmado por el mismo Belacoin Sayós, donde en poder de la palabra se manifiesta
sobre la necesidad de insistir en las denuncias del oprobio que los prisioneros
viven en el penal de Tierra del Fuego, objetivo al que por supuesto y según su
criterio contribuye grandemente Zinni con su monólogo.
Por fin se arriba a la publicación del acto único
y la escena única, que tiene como protagonista a Simon Radowisky, el anarquista
adolescente que asesinó al jefe de policía Ramón Falcón y que, salvado de la
sentencia a muerte por su minoría de edad, purgaba el delito en el temido
presidio. Casi ni hace falta indicar la connotación simpática que para el
anarquista tenía el nombre de Radowisky.
Como resumen puede decirse que el todo, título,
subtítulo, dedicatoria, prólogo y texto dramático, guarda la intención de
reiterar las denuncias de Belacoin Sayós y la reivindicación de uno de los
héroes del movimiento, acaso ilusionado
el autor de que el teatro tendría mayor eficacia y repercusión que el folleto
impreso.
La edición de la obra con dos títulos,
“Coincidencias fatales” ó “El puñal de un obrero”, firmada por J. Eugenio
Sallot presenta menos agregados pero con los que muestra busca también ser
sugerentes para el lector. El autor señala que la pieza ya fue estrenada “con
bastante éxito” y el “dramita” (el diminutivo es un dato del menoscabo que el
propio autor hace de su trabajo) ha sido dedicado, por el dramaturgo, a sus
amigos Luis Galván, Silverio Manco y Juan Cucaresi, notorios del anarquismo vernáculo.
Hay otros ejemplos. “¡Sin patria!”, de Manuel
Torres y Ramón Brotons fue “estrenado con general aplauso en el Teatro Llorente
la noche del 27 de marzo
1904”,
y la obra “Sin patria” de Pedro Gori ha requerido de la aclaración del autor,
que indica que se trata de “escenas sociales de la realidad”. Pocas
explicaciones caben para “Primero de mayo”, la otra obra de Gori. La fecha del
título era tema de conflicto, ya que los anarquistas exigían una conmemoración,
el Día del Trabajo, que los dirigentes
argentinos les negaban.
En cuanto a títulos, la dramaturgia comercial de
Ghiraldo y González Pacheco no es tan explícita. El primero, incluso, es
bastante ambiguo y simbólico – “La columna de fuego” ejemplifica esta opinión
-; el segundo, en cambio, ofrece textos como los llamados “Hijos del pueblo”, “Compañeros”,
“Manos de luz”, de indudable connotación libertaria. No puede afirmarse que
ambos no hayan volcado en sus textos los agregados que identifican a sus
colegas aficionados, pero para esta monografía se han consultado las ediciones
de Americalee de 1953, diseñadas con un criterio comercial que probablemente
excluyó toda cosa que no fuera el discurso dramático.
La
brevedad no es solo una condición
del teatro libertario, sino también un mérito. El espectáculo teatral que
ofrecía el Círculo formaba parte de un acto militante que contaba con otros
ingredientes, la conferencia ilustrativa, el debate esclarecedor, y por
fin, y quizás mayor atractivo, el baile
familiar. La brevedad, entonces, era una fórmula obligatoria que han cumplido
todos los textos analizados. El acto único es excedido solo por “Sin patria”,
de Pietro Gori (dos actos y un intermedio), pero se trata de un trabajo de un
autor extranjero, traducido al castellano dada la celebridad política del
autor, compuesto para una realidad con seguridad distinta a la del anarquismo
nacional.
En esto difiere de sobremanera el teatro de
Ghiraldo y González Pacheco. Ambos actuaron dentro de la corriente culta del
teatro comercial de Buenos Aires, pero
del mismo modo que Ghiraldo se desentendió del teatro por horas y escribió todas
sus obras en tres actos (incluso alguna en cuatro), González Pacheco construyó
obras en un acto destinadas al género chico y estrenadas por Muiño-Alippi, tal
como “Las víboras”, su texto más
representativo.
Junto con la brevedad, y casi por los mismos
motivos, los textos anarquistas requieren de una estricta economía escénica, entendiendo por esto no solo la austeridad
escenográfica sino la restricción en el número de personajes, sobre todo los
femeninos (hay que anotar cuánto les costaba a los grupos filodramáticos
conseguir el concurso de mujeres para integrar sus elencos). En este sentido
los autores comerciales son dueños de mayor libertad, apañados por la
profesionalidad del medio pueden atreverse a propuestas de arquitectura teatral
o de cantidad de personajes que de ninguna manera alcanzarían a obtener los
aficionados..
Los dramaturgos
aficionados no recurrían siquiera a la escenografía verbal, recurso del
despojado teatro isabelino o del español del siglo de oro que proporcionaba en
el barroco el marco escénico a través de la palabra, o mostrar al espectador la
existencia del objeto faltante (una puerta, una ventana, un mueble) mediante el
gesto mimético del actor. Para apropiarse de estas estratagemas teatralistas,
aceptada por tantos públicos y de muy buen muy efecto en el actual y económico
teatro de Buenos Aires, los voluntariosos teatristas del Círculo necesitaban
contar con una cultura escénica de la que con seguridad carecían.
La predilección por el monólogo, un género muy transitado por la escena ácrata,
responde también a motivos prácticos:
con un solo intérprete se salvaba el compromiso de la representación dominical.
Eva Golluscio de Montoya agrega otras razones al
aprecio libertario por esta convención:
“El monólogo – a veces, simplemente, bajo forma de
breve y vehemente parlamento privilegiado de uno de los personajes – retiene la
atención del público casi analfabeto de las veladas anarquistas y genera la
fuerza didáctica del espectáculo. Con una fraseología cercana de las arengas,
los himnos, los discursos y las proclamas revolucionarias, el monólogo permite
presentar causas, denunciar, exponer y convencer; mantiene la atmósfera de
continua interpelación del público y en él anida la complicidad ideológica
entre la sala y el tablado [...] Más cercano de la declamación y de los himnos
– actividades habituales de los centros libertarios – que del teatro “burgués”,
el monólogo es uno de los resortes organizativos de la pieza ácrata” (Golluscio
de Montoya, 1990).
Se descuenta la eficacia del monólogo para
insertar el intertexto ideológico,
resulta más discutible la función de convencer que le otorga la autora, ya
que el receptor del Círculo era un público persuadido que requería de
argumentos para sostener sus ideas en confrontaciones que se generaban en otra
parte, durante la semana y en las asambleas de los sindicatos.
Asimismo, se agrega como
argumento para justificar el recurso (y aquí se puede incluir otras dos
convenciones análogas: el soliloquio y el aparte), que el monólogo cumple un cometido de
estricta necesidad dramatúrgica, que consiste en descargar la abundante
prehistoria que sobrellevan los personajes al comenzar la acción. La
información de lo que habían sufrido, todo lo bueno y lo malo que les había
pasado precisamente en el pasado y que explicaban las razones de por qué
estaban ahí decididos a cumplir con un cometido, solían volcarse en monólogos explicativos
que, diseñados por autores que, claro está, no tenían la pericia de un Ibsen,
resultaban abrumadores y detenían la acción dramática. En términos stanislavskianos,
el monólogo – o los monólogos, porque el dramaturgo recurría más de una vez a
esta rueda de auxilio – establecían las “condiciones dadas” del personaje.
El ejemplo aportado,
extraído de la pieza de Palmiro de Lidia, “Fin de fiesta”, consiste en un
diálogo entre dos personajes que se relacionan a través, precisamente, de monólogos:
Padre Juan [el cura de un pueblo paralizado por la
huelga general]: Hace algunos años, don Pedro, vino usted a este pueblo
trayendo a él los beneficios fecundizantes de la industria. Aportó usted
capitales, edificó una gran fábrica y convirtió a los antes miserables
campesinos que apenas si podían comer con lo que producía la estéril tierra, en
laboriosos obreros que con su trabajo honrado lograban un relativo bienestar
hasta entonces ignorado. Fue usted para ellos cual providencia de Dios enviada
y por todos bendecida.
Don Pedro [el dueño de la empresa, el perjudicado
por el paro]: Providencia inconsciente en todo caso, señor cura, pues que
establecí la fábrica en este pueblo guiado por el interés, puramente económico,
de obtener algún beneficio en la mano de obra, cosa que no podía conseguir en
la ciudad, donde los jornales son crecidos.
Padre Juan: Bien, continúo...
Y con este tenor suena toda la conversación que,
sin duda, tiene muy poco de
apelativa y más de informativa y que detiene la acción en un momento de la
obra, más allá de su mitad, cuando la
técnica de la dramaturgia tradicional exige que en ese punto los
acontecimientos se precipiten, que sea más alto el grado de urgencia de los
personajes para cumplir con su misión.
Desde ya que la
exageración del uso, que por lo abundante y obvio no necesita de ejemplos en
esta monografía, se produce en las obras escritas como monólogos, tal como “¡El mártir de Ushuaia!”, de Luis A. Zinno.
La función del monólogo
como instrumento para involucrar al espectador en los sucesos del escenario es
tan privativo de esta convención que no solo se la descubre en el teatro
ácrata, sino que se ha aplicado en distintas teatralidades (la isabelina con el
célebre monólogo de Hamlet) con los mismos intereses y en busca de los mismos
resultados..
Se advierte el mismo uso
dramático del monólogo en las piezas de Ghiraldo y González Pacheco; en este
sentido, a pesar de la actividad profesional de estos autores, no se establecen
mayores diferencias entre éstos y sus colegas aficionados.
El apego libertario por el
monólogo se expone claramente, según Eva Golluscio de Montoya, en los concursos
de obras dramáticas que organizaban los círculos, en los cuales se otorgaba
mayor recompensa a los monólogos que a las piezas dialogadas.
Tanto como en el monólogo,
en las obras dialogadas el lenguaje era
discursivo, escrito con la intención de conmover, emocionar y generar conductas
afectivas. Para el autor ácrata aficionado el teatro era palabra, no imagen. El
verbo parece extraído de las traducciones al castellano de los textos políticos
y filosóficos consultados por los autores, utilizando construcciones y palabras
de lo que se entendía como lenguaje culto que, es posible, hayan sido
ininteligibles siquiera parcialmente para el receptor, por lo general provisto
de una instrucción primaria insuficiente o, lo peor, analfabeto para apreciar
los matices del idioma castellano.
Renglón aparte merecen las
propuestas, mucho más frecuentes en los autores profesionales que en los
aficionados, de captar el idiolecto popular del personaje de la tierra.
Ghiraldo es
ejemplar en “Alma gaucha”, los
protagonistas usan expresiones dialectales del campo argentino (“¿Y por qué
jué, ché?”; “Conmigo el tenient’ese tendría que hilar fino, muy fino.
Creameló”; “¡Salú, camaradas!”).. González Pacheco también lo es en “Las
víboras” (“Y yo que créiba que había de estarse muriendo por mi estampa”; “¡Ah,
las víboras, m?hijito!”)..
Cuando Florencio Sánchez
escribió para los círculos su obra “Pilletes”, trató de captar el idioma
cotidiano de un adolescente vendedor de diarios (“Son una punta é sarnosos”,
“¡Largame hijo é mil perras!”), pero, como se dijo, estos intentos son más
raros en la escena aficionada, donde sin duda se considera al lenguaje culto
como un vehículo mejor de transmisión ideológica.
Esto se opone a la
aceptada condición del teatro anarquista respecto a la sencillez del discurso.
Sin duda habría que contar con mayor documentación (mayor cantidad de textos
dramáticos) y el conocimiento lingüístico de las palabras en uso, pero es
posible dudar que la apropiación, posiblemente inconsciente de este “lenguaje
de traducción” haya contribuido a facilitar la recepción del oyente.
El teatro anarquista no hacía un culto de la originalidad.
Argumentos, situaciones, personajes se repetían sin mayor reparo, del mismo
modo que las obras dramáticas tenían una circulación exhaustiva porque los
círculos reiteraban su representación. Hay razones que explican esto; la primera es que el discurso anarquista
carecía de innovación. La prédica, como se dijo más arriba, no se anclaba en
particularidades nacionales sino internacionales, de modo que los divulgadores
de la doctrina repetían un corpus originado en Europa. Por otra parte, y esta
es la segunda causa, no era tanta la cantidad de textos dramáticos
representables, por lo que la reiteración obedecía con frecuencia a la
imposibilidad de contar con otro material que lo reemplazara. Esta carencia da
razones, por otra parte, sobre la apropiación que los elencos filodramáticos
hicieron de la dramaturgia libertaria extranjera, en especial la española, más
profusa y, aun dentro del canon, con algo más de variedad temática.
Encontrar la obra
apropiada a los intereses ideológicos y a las posibilidades de realización de
los grupos era una operación compleja que luego, muchos años más tarde, también
tiñó la actividad del Teatro Independiente Argentino, con el agravante de que
este movimiento, propiciando la excelencia artística, desechó la abundante
literatura dramática nacional que lo precedía.
De acuerdo con Suriano los
acontecimientos dramáticos desarrollados por el teatro anarquista eran
contenidos por un marco temporal y geográfico “difuso y vago”. Esto, es cierto, cabe para muchas de las
piezas consultadas, con excepción de aquellas que al utilizar el idiolecto
vernáculo enraizan naturalmente en
la Argentina. Pero a
veces el autor es movido por cuestiones coyunturales y la pieza que surge se
inscribe en un referente preciso. Y esto vale para el teatro de aficionados
como para el de los profesionales. “Las víboras” de Raúl González Pacheco
reacciona contra la instalación del alambrado y la capacidad que se adquiere, a
partir de entonces, de limitar con precisión la propiedad rural. “Alma gaucha”,
de Alberto Ghiraldo, arremete contra la reciente sanción de la ley del servicio
militar obligatorio y la impunidad de los jefes militares para humillar al
conscripto. “¡El mártir de Usuhaia!”, de Luis A. Zinno, se refiere, sin duda y
como se dijo, a la necesidad del anarquismo de reivindicar a uno de sus héroes
pero también de denunciar las terribles condiciones de vida de los presos en el
penal del sur. Las pautas referenciales están atenuadas en los otros textos –
“Fin de fiesta”, de Palmiro de Lidia; “Primero de mayo” y “Sin patria”, de Pietro Gori; “Coincidencias fatales” ó “El puñal del
obrero”, de Eugenio Sallot; “¡Sin patria!”, de Manuel Torres y Ramón Brotons –
pero en “La columna de fuego” de Ghiraldo el destinatario anarquista podía
identificar que la trama, aunque ficticia, contaba con el referente de la
reciente y violenta huelga portuaria, con sus dignos dirigentes y sus
despreciables “carneros”.
En el sistema
de personajes del teatro anarquista se advierte la aplicación de un
concepto maniqueo y arquetípico: hay buenos y explotados, hay explotadores y
malos, estos dos últimos merecen, a veces, la redención por parte del autor. La
contaminación con el melodrama (el género de mayor productividad que dio
Occidente), es manifiesta, hasta el punto de utilizar también el recurso de la justicia poética, tan caro al género.
La dificultad para formar
los elencos de aficionados, en especial en los roles femeninos, hacen que los textos
escritos con ese destino sean parcos en la cantidad de personajes. El fenómeno
inverso se reconoce en el teatro comercial de Ghiraldo o González Pacheco,
poblado de personajes que, para ser más precisos, son apenas figuras
arquetípicas que cumplen funciones desde una plana identidad psicológica:
obrero 1°, 2°, 3°, soldado 1°, 2°, 3°, etc. De este modo se trabaja con una
masa coral, a expensas de cualquier espesor psicológico, tal como se puede
advertir en “La columna de fuego”.
En el teatro anarquista de
aficionados abundan los personajes
alegóricos (el obrero esclarecido, el confundido, el cerrado representante
del clero, el brutal policía o miembro de las fuerzas armadas), que comparten
escenario con el personaje “recitante”,
denominación que pertenece a Golluscio de Montoya y que identifica a aquel
destinado a enviar el “mensaje” a la platea, para lo cual utilizará un tono
altisonante y expositivo, decididamente declamatorio.
Del mismo modo que en la obra entera del
reverenciado Ibsen, todo el teatro anarquista, aficionado o comercial, carece de humor. No es posible
encontrar situaciones cercanas a la comedia o, al menos y como lo hizo el
melodrama, el personaje distraído y nada malintencionado que sin embargo
provoca desastres. Se puede asegurar, también, que el entretenimiento no fue
una preocupación del teatro anarquista: se predicaba desde el escenario con
absoluto descuido de la amenidad.
Los temas del teatro libertario se ubican en el gran marco del
Capitalismo, donde conviven dos clases de personas, los explotados y los
explotadores. A partir de este punto se pueden encontrar argumentos con
variaciones, pero que, con muy poco
esfuerzo, se puede reducir a este encuentro binario y conflictivo. Los textos
describieron la opresión sexual de la mujer; la conducta sádica de los militares respecto a los conscriptos; la
crítica a la institución matrimonial y a su lógico correlato: las leyes de
herencia; la tensión entre el mundo rural y la modernización capitalista, una
cuestión que trasciende a la dramaturgia anarquista para expresarse en otros
autores ajenos a la ideología (Martín Coronado, por ejemplo); la adhesión a las
teorías científicas y por lógica consecuencia el enfrentamiento con el
dogmatismo de la iglesia.
Ciertamente la mirada del
dramaturgo libertario no es sombría (en esto escapa al concepto pesimista que manejó el
naturalismo), en todas las historias el espectador recibe signos de la
inminencia de un porvenir mejor.
Conclusiones.
No hay noticias de que
alguien haya formalizado una poética del teatro anarquista cuando éste estaba
vigente. Existió (Suriano y Golluscio de Montoya lo mencionan) una crítica
proveniente de los propios órganos ácratas, que a la par de deplorar los flojos resultados de los espectáculos
dominicales, ofrecían consejos para
elevar el nivel de los textos y de las representaciones. Es imposible saber
hasta qué punto los autores quisieron, o pudieron, admitir y asumir esas
sugerencias. Como se dijo al comienzo de esta monografía, esta aproximación a
una poética libertaria surge de la lectura de alguna de las obras y de los
textos de los investigadores mencionados, que advirtieron sobre la utilización
de algunos de los recursos poéticos que aquí se han enumerado. Sin duda, por
obra de las circunstancias el autor anarquista se vio constreñido por estas
reglas que como todas lasque intentan regir la creación artística adquieren el
carácter de carcelarias. Es posible argumentar que estos autores no tenían otra
pretensión que propagar y hacer circular la gran Idea, y sus preocupaciones no
se detenían en matices y sutilezas estéticas. Lo que anteponían sus críticos
(se reitera, del mismo palo) es que la eficacia se veía reducida y que con un
poco más de “arte” la función del teatro sería mucho más certera. La discusión
no obtuvo progresos, el devenir político fue degradando el movimiento
anarquista y con ello la labor cultural de los centros. Para la historia del
teatro anarquista han quedado los textos, de dudosa vigencia contemporánea pero
que son signos legítimos de una de las tantas utopías argentinas que quedaron
sin concretar.-
Bibliografía
Devoto, Fernando. 2003. Historia de la inmigración argentina. Buenos Aires. Editorial
Sudamericana.
Ghiraldo, Alberto. 1953. Teatro completo. Buenos Aires. Editorial Américalee.
Giustachini, Ana Ruth. 1990. “La dimensión verbal
en el teatro anarquista: La columna de fuego, de Alberto Ghiraldo”, en Espacio de crítica e investigación teatral, Año 4, N° 8 (octubre).
Golluscio de Montoya, Eva. 1988. “Sobre ¡Ladrones!
(1897) y Canillita (1902-04) y la delegación de poderes”, en Gestos, Año 3, N° 6 (noviembre).
Idem. 1987. “Elementos para una «teoría» teatral
libertaria (Argentina 1900)”, en Latin
American Theatre Review. Año 21, N° 1 (fall).
Idem. 1990. “El monólogo: una convención de la
escena libertaria (Río de
la
Plata,
1900”,
en Espacio de crítica e investigación
teatral, Año 4, Nos 6 y 7 (abril).
Idem. 1996. “Los centros libertarios de Buenos
Aires y el teatro español: Un intercambio silencioso (1900)”, en Gestos, Año 11, N° 22 (noviembre).
González Pacheco, Raúl. 1953. Teatro completo. Buenos Aires. Editorial Americalee.
Guèrin, Daniel. 2003. El anarquismo. Buenos Aires. Buenos Aires. Utopía libertaria.
Oved, Iaacov. “Influencia del anarquismo español
sobre la formación del anarquismo argentino”. www.tau.ac.il/eial.
Pellettieri, Osvaldo. 1987. Obra dramática de Armando Discépolo. Buenos Aires. Eudeba.
Sánchez, Florencio. 1957. Teatro de Florencio Sánchez. Biblioteca Mundial Sopena.
Suriano, Juan. 2001. Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires 1890-1930. Buenos
Aires. Ediciones Manantial.
Constituido con bastante
anterioridad al literario, que corresponde al Centenario.
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