El autor de "La cocina"
y "Sopa de pollo" analiza una perspectiva
contemporánea el papel del dramaturgo y del
director. Sus reflexiones conducen a un redescubrimiento
de estos clásicos roles.
El problema de que debiera ocurrir cuando un director
acepta realizar sobre el escenario aquello que ha
sido escrito en la página -proceso con frecuencia
llamado interpretación- es sumamente complejo
y suscita principios de importancia ética fundamental.
Una locura asola el teatro europeo, tal vez el teatro
mundial. Se trata de una locura que ha elevado el
papel del director por encima del papel del autor.
Los escenarios aturden con los sonidos de la vanidad
del director; sus trucos y efectos visuales atiborran.
Ninguna obra de teatro se halla a salvo de sus a menudo
histéricas manipulaciones. Las producciones
que vemos son su llamado de atención hacia
si mismo, más que por sus esfuerzos por llamar
la atención hacia la obra. La visión
autoral de la condición humana se ha vuelto
secundaria en relación a la ampulosa búsqueda
del director de lograr impacto personal. El texto
del autor, sus conceptos visuales, el arreglo rítmico
de las escenas, sus tensiones emocionales, sus percepciones
de la conducta humana, el flujo de su narrativa, se
ven cortados, alterados, distorsionados o ignorados
por el director, y a veces por los actores.
Esta locura ha recibido un nombre: la arrebatiña
del mérito (1), y la alimenta algo que podríamos
llamar "complejo de fuhrer". Ya no se nos
invita a ver el rey Lear de Shakespeare sino, quizá,
el Rey Lear de Strehler. No se trataba del Mono Velludo
de Eugene O'Neill en la reciente producción
alemana, sino del Mono velludo de Peter Stein.
Recordemos algo que quizá se ha olvidado. La
materia prima del dramaturgo es su experiencia individual
de la vida. esta experiencia es una suerte de caos
en el que ocasionalmente brilla una luz, una diminuta
luz de significado. Una minúscula parte del
caos es identificada, en ocasiones comprendida. El
dramaturgo puede entonces dar una forma, un orden,
a su caos. Y lo llama una obra de teatro. Y tal como
un estudioso, maneja lo que -como todos saben- se
llaman fuentes primarias, que nadie más ha
explorado. Esas fuentes primarias son su propio ser
y su propia experiencia, y no han sido tocadas con
anterioridad. Sabemos lo que sucede con frecuencia
con la obra de los sabios -justa e inevitablemente:
otras personas leen esos trabajos y, basados en ellos,
escriben libros menos formidables. Manejan lo que
se conoce como material de segunda mano. Son trabajos
interesantes, a veces importantes, pero no son lo
mismo que el trabajo original del estudioso que utilizó
una clase de imaginación más original
y apeló a una suerte de coraje porque llegó
hasta donde nadie se había atrevido antes que
él.
Estas mismas distinciones debieran operarse en el
teatro. El texto original debiera considerarse como
la obra primaria. pero lo que está ocurriendo
es una extraña metamorfosis: el director trata
al texto como su fuente primaria, como su materia
prima, para hacer con ella lo que se le ocurra. El
dramaturgo sufre la vida y de ello nace su obra; llega
el director y hace su propio festín. No tiene
que esforzarse por dar forma al trabajo, ni tampoco
-y aquí reside la diferencia más importante
entre ambos- se espera que comprometa su ser privado
a la exposición pública. Por supuesto
que el director se enfrenta con muchos otros problemas,
y como director sé en qué consisten,
pero al cabo de una producción sólo
sabemos acerca del director el calibre de su talento
para organizar el espectáculo. No sabemos nada
acerca de su vida privada, de sus temores o dudas.
No conocemos la cualidad de su pensamiento, la fuerza
poética de sus percepciones. No ha comprometido
o arriesgado sus dudas, no ha articulado opiniones
que vayan en contra de la jerga o boga. No conocemos
en detalle lo que piensa del sexo, la política
o los seres humanos del modo que lo hacemos cuando
un escritor lo ha escrito. Sólo sabemos acerca
de su destreza para orquestar actuaciones y movimiento
sobre el escenario. Si un director imagina que está
diciendo algo a través de la distorsión
de las intenciones del autor, ese acto de distorsión
hace de lo que el director cree de lo que está
diciendo, algo muy sospechoso. Su labor podría
describirse como suerte de robo, de pillaje, de violación.
De dónde obtiene el director ese permiso? Resulta
difícil rastrear la historia. Sólo sabemos
que su poder para poder hacerlo, para utilizar una
fuente secundaria como si se tratara de su propia
fuente primaria, ha crecido a lo largo de los últimos
70 años. Y al ejercer este poder parece estar
apoyado por críticos y académicos y,
en última instancia por el público.
Todos ellos parecieran ser cómplices en alimentar
aquello que he sugerido podríamos llamar "buscadores
de méritos", con un alimento que también
he sugerido podríamos llamar el "complejo
de fuhrer". El director se ha convertido en una
suerte de adicto que requiere una dosis regular de
complejo de fuhrer. (Hay por supuesto muchas clases
de fuhrers: directores de colegio, guardias de tránsito,
sacerdotes, funcionarios del gobierno, periodistas,
policías, ministros funcionarios de inmigración,
críticos, agentes del impuesto...la lista es
interminable. Algunos de los fuhrers son colaboradores,
justos y a menudo muy gentiles. La mayoría
-cosa bien documentada- se vuelven insufribles, con
frecuencia peligrosamente intoxicados con su poder,
ya sea grande o pequeño. El dramaturgo creador
(2) se ha visto relegado al rol de niño inocente
que requiere la severa mano de un padre, de un fuhrer
que lo controle).
Mi opinión es que este poder ha nacido de un
complejo de inferioridad, y tal vez de una envidia
inconsciente. Se envidia al escritor creativo. El
es quien corre los riesgos más grandes, quien
maneja el material más explosivo, quien se
atreve a pensar, a proferir, a registrar, a describir
lo que muy pocos se atreven, y a identificar lo que
nadie ha identificado antes. Por lo tanto, él
es quien ha sido escuchado en el pasado; el es quien,
de ser suficientemente bueno, sobrevivirá en
la historia, quien será amado y respetado.
Tal vez el director ha llegado a sentirse herido por
este fenómeno. No puede re-pintar a Da Vinci,
no puede re-escribir Crimen y Castigo, no puede colocar
la parte coral de la 9º sinfonía de Beethoven
al comienzo o en el medio en lugar de al final, no
puede publicar el Infierno del Dante de atrás
para adelante: se trata de formas artísticas
en las que el talento interpretativo puede ejercer
poca o ninguna acción como creador. Pero hay
algo en el proceso de ensayos de una obra que permite
al director introducirse y abandonarse a sus deseos
y caprichos a expensas de la visión del autor.
La obra del dramaturgo puede ser distorsionada, incluso
censurada, y nadie se opone. Y cuando es una obra
nueva, nadie se entera.
Por qué el crítico y el académico
le han otorgado ese permiso al director? El profesor
Talmon, de la Universidad hebrea, dio en una ocasión
una conferencia tratando de explicar cómo el
desarrollo sociológico y político de
los siglos precedentes condujo al holocausto nazi
que incluyó la eliminación sistemática
de 6 millones de judíos. No es nuestro propósito
investigar si sus razones eran sólidas o no.
Hago referencia a la conferencia porque en ella el
utilizó una frase sumamente interesante: "Exonerar
de la reverencia y el respeto". En la civilización
europea se ha desarrollado gradualmente un estado
mental para el cual "el grupo" fue considerado
instrumento ya sea para el bien o para el mal. Para
algunos "la burguesía" fue instrumento
del sufrimiento, y la clase obrera fue instrumento
del cambio para mejorar. Para los protestantes, los
católicos eran el instrumento de los males
del mundo; para los católicos, en una época,
los culpables eran los protestantes. No había
individuos, sólo había grupos. Por ende,
razonaba Talmon, era inevitable que tarde o temprano
el mundo se volviera contra los judíos como
la causa de todos los males. Resultaba más
fácil emitir un juicio acerca de un grupo.
Tratar de evaluar las virtudes y carencias de cada
individuo exigía demasiado tiempo. Era más
simple, incluso más cómodo, declarar
que "el grupo" estaba en falta. Tal razonamiento
condujo a una "exoneración de la reverencia
y el respeto". Exoneración de la reverencia
y el respeto que el individuo podía requerir.
El grupo era demasiado nebuloso para requerir reverencia
y respeto. estamos obligados a sentir reverencia y
respeto por el rostro individual; el grupo, en cambio,
carece convenientemente de rostro humano. No hay ojos
que mirar, ni conciencia individual que cuestionar,
la reverencia y el respeto resultan superfluos.
Por supuesto que he simplificado el razonamiento del
Profesor Talmon. Y ni por asomo quisiera comparar
la masacre de la obra de un dramaturgo con la masacre
de los judíos. Sería un absurdo, una
comparación obscena. Pero creo útil
considerar si esta "exoneración de la
reverencia y el respeto por la visión individual
del artista creador. se lo debe hacer descender a
nuestro nivel porque la fuerza de sus percepciones
resulta demasiado deslumbrante, demasiado amenazadora.
El crítico y el académico apoyan al
director porque se sienten más cómodos,
más confortables con él. Al igual que
él, no son artistas creadores. En algún
ensayo Susan Sontag sugirió que la moderna
crítica literaria es la venganza del intelectual
sobre el escritor creador. La cito porque necesito
compañía en mis sospechas.
No me malentiendan. No estoy sugiriendo que todo artista
creador es un genio. Muchos son mediocres. Si el artista
creador puede ser descripto como manejando percepciones,
debe reconocerse que muchos artistas perciben mal,
o expresan percepciones muy banales. Por esa razón,
todo arte debe estar abierto al cuestionamiento y
la crítica. Pero me encuentro aquí tratando
de identificar un desarrollo extremo en el teatro,
según el cual se asume automáticamente
que toda la nueva dramaturgia es mala, deficiente,
errónea en sus percepciones de la vida y por
lo tanto un director o un actor pueden hacerle a una
pieza nueva lo que deseen. No existe humildad entre
los intérpretes. Se hallan exonerados de toda
necesidad de adoptar incluso una reverencia provisoria
para considerar que el texto y las indicaciones del
dramaturgo podrían tener valor y propósito
y por ello requerir cierto respeto.
Tan extremo es este desarrollo que los directores
rehusan dirigir obras que están ajustadamente
construidas que no quedan espacios en ellas para "inventar".
Gran parte del teatro contemporáneo le es negado
al público porque los directores no dirigen
obras en las que no puedan brillar intensamente. Se
ha dicho que algunos directores trabajan en textos
clásicos de tal modo que al reescribirlos han
logrado exigir derechos (beneficios) no sólo
como directores sino también como autores.
Prosigamos haciendo una distinción entre piezas
clásicas que en el tiempo han demostrado la
perdurabilidad de su valor y que son razonablemente
conocidas por un público informado, y piezas
contemporáneas que han de representarse por
primera vez.
Aún esta distinción no es tan simple
como pudiera parecer, porque hay piezas clásicas
que, si bien reconocidas por la posteridad y a pesar
de haber estado publicadas durante décadas
o siglos, pueden ser desconocidas para el público.
Hay siempre una primera vez para ver una obra, incluso
un clásico contemporáneo. Por ejemplo
"La muerte de un Viajante" puede ser una
obra desconocida.
Sin embargo, si algún razonamiento puede hacerse
para dar lo que se llama nueva interpretación
a una pieza, ese razonamiento puede resultar más
aplicable a una pieza clásica y conocida que
a una pieza contemporánea nueva.
¿Dónde están las razones para
ese curioso proceso llamado interpretación?
Si lo aplicamos a una pieza clásica, la respuesta
parece obvia: cada período de tiempo -ya sea
que dividamos el tiempo en períodos de décadas
o generaciones (el Diccionario Inglés Oxford
dice que una generación se computa generalmente
como 30 años); o si hablamos de la primera
mitad del siglo o la segunda mitad, 50 años;
como quiera que hagamos nuestras divisiones con el
objeto de identificar tendencias sociales, políticas
o culturales, cada período ha estado sometido
a cambios de actitudes, a la fertilización
cruzada de la conducta humana, a series de cambios
complejos debidos a miradas de causas y efectos. Y
estos cambios afectan al modo en que comprendemos
y respondemos a una obra de arte. Y por supuesto que
estos cambios también afectan el modo en que
comprendemos y respondemos muchos otros aspectos de
la vida: a la religión, a una filosofía
determinada, al sexo, a las relaciones familiares,
entre nosotros mismos.
Esta es la respuesta obvia y simple que se da por
lo general a la pregunta: ¿por qué una
pieza clásica requiere interpretación?
Podríamos ir un paso adelante y decir que ni
siquiera es cuestión de requerir interpretación.
Ya sea que la pieza exija una visión nueva
o no, eso es lo que inevitablemente debe ocurrir,
nos guste o no. Los directores y actores no pueden
evitar dar una visión nueva. Al vivir en 1988
poseen sensibilidades muy diferentes al director y
los actores que vivieron, digamos, en 1930. Cincuenta
años de historia los han afectado. Nueva información,
nuevos conocimientos, nuevos pensamientos, los han
convertido en gente muy diferente.
Pero decir esto, que un período diferente conforma
una nueva visión, suscita muchas preguntas.
La primera y la más importante es : ¿qué
es nuevo?
Tomemos dos ejemplos. Galileo demostró que
la tierra no era el centro del universo, sino que
el sol se hallaba en el centro y que la tierra era
un planeta poco importante girando alrededor de aquel.
Galileo vivió en una época en que la
Iglesia Católica consideraba tal noción
socavaba su autoridad. La iglesia le pidió
a Galileo que negara la validez de su descubrimiento.
Le sometieron a una pregunta: qué era más
importante, el anuncio de su descubrimiento científico,
que no poseía beneficios visibles inmediatos
para la humanidad, o el sostenimiento de la iglesia,
sin la cual la humanidad, aseveraban, caería
en la anarquía. Se encontró colocado
ante un dilema moral: ¿revelar la verdad incontrovertible
acerca de un fenómeno científico, o
suprimir la verdad con el objeto de mantener el status
quo? He simplificado el dilema. Y todos ustedes saben
que Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán escribió
una famosa pieza sobre el tema.
Ahora veamos: ¿qué es nuevo en esta
historia? ¿El descubrimiento científico
o el dilema moral? obviamente el descubrimiento científico.
El dilema moral -decir la verdad tal como uno la ha
descubierto, o cree en ella, o mantenerse en silencio
en procura de una vida fácil- es eterno. ¿Y
sobre qué decidió escribir Brecht? no
sobre lo que era nuevo acerca de esos tiempos, sino
lo que era viejo, eterno. Optó por escribir
acerca del dilema moral. Que noción interesante:
lo eterno.
Robert Bolt es un dramaturgo inglés que escribió
una pieza acerca de un filósofo/clérigo
del Siglo XV llamado Sir Thomas Moore (Tomás
Moro), famoso por su libro llamado "Utopía".
Sir Tomás Moro estaba en conflicto con Enrique
VIII de Inglaterra, quien le pidió que bendijera
un divorcio y subsiguiente matrimonio, cosa que iba
contra su conciencia. Bolt escribió una pieza
acerca de este dilema moral: "A Man For All Seasons".
Conciencia versus autoridad similar al dilema de Galileo.
Un tema eterno interpretado a través de una
historia diferente. Quizá toda la gran literatura
consiste en esto, uno o otro aspecto de la condición
humana que ha sido y será eterno: Amor apasionado,
amor no correspondido, crimen y castigo, el miedo
a la muerte, a búsqueda de la armonía,
el derrumbe de la fe, los siete pecados capitales,
conciencia versus autoridad. Y cada vez que un escritor
crea un poema, un cuento, una novela, una pieza de
teatro, tal vez esté interpretando uno de esos
temas eternos.
Lo que ha sido
Es lo que será;
Y lo que está hecho
Es lo que será hecho;
Y no hay nada nuevo bajo el sol. ECC. 1:9
Observen lo que estamos diciendo. Decimos que es el
escritor quien interpreta. El escritor toma el tema
eterno y le explora un nuevo entorno, a través
de una nueva narrativa. Ahora bien, si es el escritor
quien está interpretando el tema ¿qué
es lo que están haciendo el director y los
actores? ¿Interpretando una interpretación?
¿Puede ser? ¿Es posible?.
Y así vemos que hay una necesidad de identificar
funciones, de hacer distingos entre funciones y asignarles
el nombre completo. Si no conseguimos hacerlo, los
participantes se superponen en sus respectivos territorios
y empañan recíprocamente sus voces.
El escenario se convierte en un salón de reuniones
en el que todos gritan a un tiempo, y no sabemos quien
dice que. Y esta otra noción interesante que
quizá podría conducirnos un paso más
adelante: ¿quién dice qué? Es
importante cuando presenciamos una obra de teatro
que sepamos si estamos oyendo la voz del autor, del
actor, del director o del escenógrafo. Sin
duda no queremos oir todas las voces juntas, verdad?
Y aquí llegamos a la más importante
de todas las preguntas. ¿de quién es
la voz que habremos de escuchar prioritariamente en
el teatro? ¿y qué queremos decir con
voz? Seremos muy claros al respecto.
La gente de teatro se conduce a menudo como si la
suya fuera la única forma de arte en el mundo.
No lo es. El teatro es simplemente una de las muchas.
Y así como en pintura no se trata de pinceles
o pigmentos, y en música no se trata de violines
o violinistas, y en la novela no es cuestión
de imprentas o de editores, así también
en teatro no se trata de actores, directores o espacios
vacíos. Todo arte es acerca de, o tiene que
ver con, la vida. Para ser precisos las percepciones
del artista acerca de la vida.
Quizá sea eso lo que realmente queremos significar
cuando hablamos de "voz" en el teatro. Queremos
saber, escuchar, comprender cuales son las percepciones
del escritor sobre la vida. El dramaturgo es un tonto
que no reconoce dudas al equipo que lleva su pieza
al escenario, pero los teatros no existen para la
comodidad de los utileros o para la mayor gloria del
actor, director, escenógrafo o crítico;
por encantados que estemos cuando esa gloria ha sido
ganada.
"Oh", exclama el actor. Y el director: ¿qué
pasa con mi derecho a decir algo, que hay de mi punto
de vista? ¿Acaso no soy inteligente? ¿No
poseo también percepciones sobre la vida? Hasta
podría ser que mis percepciones fueran más
interesantes que las tuyas, escritor!"
¡Es verdad! Tienen derechos, y podrían
tener percepciones más interesantes. ¿Pero
cuál es la manera mejor, correcta, más
honesta de ejercer estos derechos, de presentar esa
percepciones? ¿tiene un director el derecho
de reacondicionar o cortar el texto de un autor, de
modo que la pieza deja de comunicar lo que el autor
desea comunicar, para en cambio comunicar lo que el
director desea comunicar? ¿Tiene una actriz
el derecho de presentar a una esposa infiel sobre
el escenario como una mujer cruel porque ella piensa
que las esposas infieles son mujeres crueles, cuando
en realidad el dramaturgo ha querido que la esposa
infiel fuese presentada como amable, perpleja o provocando
nuestra piedad?. Creo que estarán de acuerdo
en lo que desean escuchar es la voz del autor, sus
percepciones acerca de la mujer y del problema de
la infidelidad, y no las de la actriz. Así
pues, ¿Cómo puede la actriz ejercer
su derecho a comentar? Bien, quizá haya dos
caminos. En primer lugar, puede decidir no hacer el
papel porque carece de simpatía hacia el mismo,
y ese será su comentario. Y puede entonces
buscar una pieza donde la esposa infiel sea presentada
como cruel, o puede escribir su propia obra de teatro.
Tiene una tercera alternativa: puede hablar con el
autor y persuadirlo de que estás equivocado
y de que ella está en lo cierto. ¿pero
tiene el derecho de aceptar el papel para luego interpretarlo
de una manera que vaya en contra del espíritu
y la intención del autor?
Igual guión puede ser escrito para el director.
Tiene el derecho de aceptar o no la dirección
de una pieza, de discutir sus opiniones con el autor,
de buscar otra pieza o de escribir la suya propia.
Pero me niego a pensar que ustedes estén de
acuerdo en que tenga el derecho de remezclar, cortar
o agregar de maneras que hagan de la pieza algo diferente
de lo que el autor se propuso.
Nos hemos apartado de donde comenzaremos. (Este debate
es un caballo desbocado que sigue desplazándose
en diferentes direcciones, y resulta difícil
de controlar). Permítanme tratar de reunir
los cabos sueltos, puesto que aún no hemos
tocado todos los aspectos del problema (si es que
jamás llegaremos a hacerlo).
Comenzamos haciendo una distinción entre piezas
clásicas conocidas y piezas contemporáneas
que deben darse a conocer por primera vez. Sugerimos
que las piezas clásicas serían presentadas
inevitablemente con novedad porque las personas que
las presentaban pertenecían a una época
diferente. Pero entonces descubrimos que lo que estaríamos
presentando es un tema eterno que podía ser
descripto como la interpretación del autor
a ese tema, e hicimos la pregunta, ¿Pueden
el director o el autor interpretar lo que de por sí
es una interpretación? ¿Es esto posible?.
Prosigamos, y consideremos que tal vez debiéramos
utilizar una palabra diferente para describir lo que
está ocurriendo, lo que el director o el actor
están haciendo. Y quisiera sugerirles otras
dos palabras que podrían resultar más
útiles e incluso más precisas como descripción
de lo que está sucediendo en el escenario.
El director no está interpretando una pieza,
tal vez está tratando de comprenderla. Comprender,
no interpretar. Y dado que diferentes directores poseen
diferente capacidad de comprensión, montan
diferentes producciones que parecen diferentes interpretaciones.
Más aún, los directores varían
en la fuerza de su talento, de su imaginación,
y por eso rodean su comprensión de mayor o
menor talento, de mayor o menor fuerza visual, de
imaginación coreográfica o sonora, y
una vez más ello produce la ilusión
de diferentes interpretaciones, pero en realidad no
están interpretando: están comprendiendo
e imaginando. Y no se trata de la misma cosa. Comprender
es intentar entender significado e intención;
interpretar suena como una invitación al director
a cambiar el significado. Y digo "suena como"
por que de hecho el Diccionario Oxford define "interpretar"
como "exponer el significado, clarificar, dilucidar,
explicar". Pero algo ha ocurrido con la palabra
"interpretar", y los directores la han usurpado
para que signifique otra cosa. Han hecho que la palabra
signifique "imponer sus propias opiniones, hacer
su propio comentario". Volveremos sobre esto
en un instante.
La segunda palabra que quisiera sugerir se refiere
a lo que hace el actor. Y ya hemos escuchado esta
palabra del Diccionario Oxford. Más que decir
que el actor debiera interpretar -en el sentido de
que debiera imponer sus propios puntos de vista- tal
vez resultaría más útil y preciso
decir que el actor está "dotando"
(3). Recordemos que el Diccionario Oxford define la
palabra "interpretar" como "clarificar",
"hacer claro". A estas alturas ustedes deben
estar diciéndose: pero Wesker no hace sino
usar palabras diferentes que se reducen a lo mismo.
No lo creo. Si interpretar se ha convertido en "imponer
los propios puntos de vista", "dotar"
podría utilizarse para significar "tratar
de transmitir los puntos de vista del autor".
Tratar: en ello reside la diferencia importante, y
es una diferencia de intención. Una ignora
las opiniones del autor, la otra trata de comprenderlas.
Aceptemos por un momento el derecho moral del director
y el actor a interpretar en el sentido de imponer
sus propias opiniones, de hacer su propio comentario,
transmitiendo el texto con el énfasis y la
melodía que según ellos el texto debería
tener. El director, dicen ustedes, es un artista como
el Sr. Wesker, y queremos conocer sus puntos de vista.
¿Pero sus puntos de vista acerca de qué?
Si estuviéramos en una habitación discutiendo
ustedes dirían: Sr. Wesker, hable usted primero,
oigamos su voz, y luego queremos saber qué
tiene que decir el director. Eso sería justo,
equitativo, razonable. Sería también
el método más práctico de proceder.
Pero si el director está imponiendo sus puntos
de vista en una puesta en escena cortando texto, reordenando
el orden de los acontecimientos, ubicando la acción
en un entorno diferente del imaginado por el autor;
y si la actriz actúa a la esposa infiel no
como mujer amable y perpleja sino como una mujer cruel,
¿cómo harán para saber que era
lo que el autor quería decir? En la habitación
se podía escuchar la voz del autor. En el escenario
su voz ha sido suprimida. ¿Cómo puede
evaluarse la validez del punto de vista de director
y actor, si se ignora acerca de que sostienen ese
punto de vista? Críticos y público no
están posesión de los nuevos textos,
como para que puedan saber quien es responsable de
qué, distinguiendo entre la supuesta interpretación
del director y actor y la intención del autor.
Y ni siquiera hago referencia a la mera rudeza de
todo ello.
Imaginen al autor u otra persona saltando sobre el
escenario, haciendo al actor a un lado y diciendo
"esto se hace así". Cuando la intención
del autor es ignorada o distorsionada eso es lo que
ocurre con e´l: se lo está haciendo rudamente
a un lado. O imaginen la furia de un director si un
ensayo fuera convocado por el autor o por otro director
que comenzara a modificar la forma de su puesta.
En el caso de una pieza clásica el director
y el actor pueden asumir que el público la
conoce y por lo tanto su "punto de vista"
posee algún interés. La voz del autor
ha sido escuchada antes. (Si bien una vez más
les recuerdo el peligro de que para algunas personas
del público incluso una pieza clásica
puede resultar nueva).
Pero en el caso de una pieza nueva no puede hacerse
la misma suposición. En una pieza nueva el
autor habla por primera vez y creo firmemente que
todo aquel vinculado con esa producción tiene
la responsabilidad moral de asegurar que esa voz sea
escuchada y comprendida como la del autor, y de nadie
más. Si otra voz se inmiscuye, ello se convierte
en un acto de censura, y en las sociedades democráticas
eso es inaceptable.
No quiero dar la impresión de que cuando termino
de escribir una pieza esa es la última palabra
y nada puede modificarse. Todo lo contrario, necesito
los comentarios de todo el mundo: La familia, los
amigos, el director, los actores, el escenógrafo.
En realidad, me gusta dirigir mis propias obras porque
en ese caso puedo hablar directamente con los actores
sin preocuparme en socavar la autoridad del director.
Asimismo, al obrar como director asumo un mayor grado
de objetividad. Y aquí quiero hacer una pausa
y hablar de otro aspecto de este conflicto sin fin.
Se dice que un escritor no puede ser objetivo acerca
de su trabajo y que el valor de un director reside
en que aporta una objetividad, una distancia necesaria.
De acuerdo a mi experiencia, a veces si, y a veces
no. Pero me preocupa más la noción de
que un escritor no puede ser objetivo con respecto
a su propia obra. La mayoría de los escritores
producen más de un bosquejo de una obra. Yo
lo hago. Nunca lo logro la primera vez, a veces ni
siquiera la quinta. "Their very own and golden
city" pasó por trece redacciones, "The
merchant" va por la novena y le sigo haciendo
cambios, y cada vez que hago un cambio es porque estoy
siendo objetivo acerca de lo hecho con anterioridad.
Al observar a los actores ensayando la pieza, al escucharlos
envolver el texto con sonidos, sentimientos y ritmos,
al observar su movimiento, su lenguaje corporal logró
otra oportunidad de ser objetivo. Y mi objetividad
está más informada porque al haber vivido
con la pieza desde su nacimiento comprendo y sé
lo que se ha empleado en su construcción y
por lo tanto que puede hacer falta para su realización.
Claro que hay otro aspecto en todo esto. Un escritor
puede haber sido objetivo acerca de cada redacción
previa de la pieza, pero su objetividad puede haberse
vuelto muy endeble o fatigada. Ya no puede "ver"
la pieza. Es como una palabra que uno se repitiera
constantemente o una canción cantada sin cesar:
al cabo de un tiempo se desmoronan, esto es verdad.
Y por eso presenciar los ensayos es para mí
una experiencia refrescante, en especial como director.
La representación de los papeles por parte
de los actores le da a la obra una sensación
fresca.
Pero si se utiliza el razonamiento de que el escritor
es incapaz de ser objetivo acerca de su pieza, es
necesario formular otra pregunta (y habría
toda una conferencia sugiriendo que la objetividad
no es deseable ni posible , pero no podemos irnos
por allí): si se considera tan importante la
objetividad, ¿quién va a ser objetivo
con respecto a la producción del director?
Y hay más preguntas. Si el actor y el director
deben tener libertad de un punto de vista sobre la
pieza de un escritor, tendrá el escritor el
mismo derecho a ejercer su punto de vista acerca del
trabajo del actor, o de la puesta del director? ¿Es
que esta libertad artística ha de operar en
un sólo sentido? ¿Y por qué habríamos
de suponer que esto sólo ocurre en teatro?
¿Podríamos imaginar a críticos
o dueños de galerías recoloreando o
re-pintando a Tintoretto, Turner, Picasso? ¿O
re-distribuyendo los capítulos y recortando
La Guerra y la Paz, Madame Bovary, El Paraíso
Perdido? aparecen toda clase de preguntas que poca
gente de teatro se atreve a enfrentar.
Un cuento
En una ocasión fui testigo de una escena significativa.
Una noche estábamos reunidos para cenar en
casa de un amigo algunos eminentes directores e igualmente
eminentes dramaturgos. Creo que nuestro anfitrión
sospechó la fricción que podría
producirse. Inevitablemente la conversación
derivó hacia las diferencias que pueden surgir
entre escritor y director durante los ensayos. Un
escritor, cuya fama es internacional y que no era
inglés, finalmente confesó algo más
o menos lo siguiente:
"Mi problema es que rara vez encuentro un director
cuya imaginación teatral sea más interesante
que la mía". Hubo sofocones y sonrisas
de superioridad. El hombre prosiguió: "Están
llenos de trucos y engaños y efectos técnicos
que son infantiles y banales. Soy muy puritano. Hay
que ganarse lo que se le hace sentir al público
y no usar tecnología y trucos para atajos y
manipulaciones. Todos mis cuidadosamente construidos
ritmos discursivos son ignorados; el desarrollo de
las tensiones emocionales se pierde y debilita; la
metáfora, las razones para yuxtaponer escena
con escena la importancia de ciertas acciones físicas,
la exigencia de determinados elementos de utilería,
de colores,de texturas, nada de eso es entendido.
Quiero renunciar y escribir novelas".
Uno de los directores de quien se sabe que ha declarado
que prefiere trabajar con dramaturgos muertos (quizá
algunos dramaturgos preferirían trabajar con
directores muertos?, respondió:
"Y que pasa con la objetividad? Cuántos
dramaturgos conoce que hayan sido jamás objetivos
acerca de su obra?"
"Cuántos directores conoce que hayan sido
objetivos acerca de sus producciones?", replicó
nuestro dramaturgo. El director siguió presionando:
"Que enorme arrogancia su declaración
de que jamás encontró un director cuya
imaginación teatral fuese más interesante
que la suya". Ante lo cual el dramaturgo calló
en lo que sólo podemos describir como mudo
asombro.
"Pero seguramente" se esforzó en
articular "cuando un director insiste en introducir
cambios ¿no está declarando acaso que
su imaginación teatral es más interesante
que la mía?"
El resto de los escritores presentes no dijo nada,
temiendo quizá por nuestros futuros. Lo que
me quedó grabado fue la mirada de total anonadamiento
del temerario escritor. La réplica lo había
dejado sin palabras.
El director dijo:
"Jamás podría trabajar en una de
sus obras, no cabe duda. Usted no me dejaría
nada por decir. "Ante lo cual él a estas
alturas desdichado dramaturgo visitante estalló
y sospecho que más tarde lamentó su
estallido:
"Pero es que yo no escribo mis malditas piezas
para permitirle a usted decir nada. Hágase
su propio bote para navegar. Paso a veces dos años
construyendo mi bote, y no tengo el menor interés
en que usted le practique caprichosos orificios en
el costado para que entre el agua, y todo lo que usted
tenga que hacer es saltar al bote de otro infeliz
dramaturgo y agitar un pañuelo de despedida
mientras yo me hundo hasta el fondo"
"Bueno, bueno", dijo otro de los directores,
"alguno de nosotros podría llegar y rescatarlo
un día y piense en todas las piezas que usted
podría escribir en la isla desierta hasta la
cual sin duda logrará llegar, ya que todos
sabemos que es un sobreviviente".
"Maldito si se nadar", masculló el
derrotado dramaturgo. "Por eso es que construyo
esos malditos botes". Pero a estas alturas de
la burla inglesa había salvado una vez más
la velada. Todos reímos. Ignoro que puede hacerse
con este eterno conflicto. Me limito a ilustrarlo.
Salvo esto: Bond, Hare, Fugard, Bercoff y otros dirigen
sus propias obras. No todo dramaturgo lo desea o es
temperamentalmente apto para hacerlo. Pero de haber
otro importante desarrollo en puerta para dar forma
al futuro del teatro, ese será el surgimiento
de una nueva raza de dramaturgo/director. No una raza
exclusiva; una raza adicional para enriquecer la escena.
En ello deposito mis esperanzas, incluso mis apuestas.
Traducción de Alejandro Saderman
Notas
(1) "Credit-grabbing" en el original.
(2) "Creador", utilizado para diferenciarlo
del artista "intérprete". N. de T.
(3) "Render" en el original. Término
de muchas acepciones y de difícil traducción.
N. de T.
Buenos Aires, julio 1988