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Autor e investigador teatral venezolano,
Edilio Peña, premio Tirso de Molina (España),
por su obra "Los pájaros se van con la muerte",
escribe sobre el texto teatral y sus posibilidades dramáticas.
I
El autor se alimenta constantemente de su primera memoria:
las influencias. Todo texto teatral carga con este peso.
Y no tiene que ser una influencia autoral necesariamente,
puede ser visceral o vivencial. El combate con la influencia
es permanente, la originalidad no existe por eso. De
lo que se trata es de depurar lo escrito de la influencia
originaria, dotarlo de un discurso propio y nuevo, diferente.
Lo ungido viene de lo contaminante, pero su superficie
es otra: con parecidos, sin llegar a lo idéntico.
Su personalidad se construye creando juegos sorprendentes,
únicos e inverosímiles, tanto de lenguaje
como proposiciones de acción dramática,
juegos que posibilitarán reflexiones mayores,
críticas y orgánicas. Aunque el fin sea
el mismo siempre: conjurar el mundo. El texto teatral
busca su carácter dentro de la primera estructura
a enfrentar, el primer rostro de la arcilla: los símbolos,
ese vómito de oráculos, que no debe atar
posteriormente al autor en el proceso de afinamiento
del texto, de desbrozamiento de las influencias. Esto
implica eliminar, sustituir y agrgar. Hay que tener
claro que en el teatro, el símbolo se determina
por el conjunto, la interdependencia de diálogos,
escenas, objetivos y significantes. Cada símbolo
expresará "algo" más allá
del primer cálculo de reconocimiento; también
en la última etapa, dejaremos uno al orden del
azar, inconscientemente,. Para algunos, lo expuesto
se logrará con el oficio. Y hay que insistir
que no puede ser un oficio que se centre sobre la atención
única y exclusiva del mensaje, olvidándose
de la aprehensión de los medios: el verbo, la
palabra, el gesto que ofrece el paréntesis. El
mensaje es la consecuencia del nivel de conciencia ideológica
que posee el autor: ella no es en el texto explícita,
sino implícita. Una conciencia "conocedora",
"informada", no tiene el derecho de ser sustantiva,
reveladora. Tampoco la exclusivamente "artística"
acierta en su cometido si no es paralela al espíritu
científico.
II
En la escritura se disecciona la anécdota, la
historia y se plantea "algo" que se presiente
y sólo se encuentra cuando el texto teatral se
fusiona plenamente con otra estructura: el cuerpo y
el alma del acttor, la visión del director...el
público. El texto teatral no es una totalidad
"para sí" y tampoco es dependiente
del complemento: la puesta en escena. Su acabado es
relativo. El autor lo dota de un montaje imaginario,
"ideal", lo escribe así variando de
posibilidad al ser confrontado por otra conciencia.
El texto teatral está condenado a la complicidad.
Siempre necesita de un cómplice. La historia
que se cuenta es de cómplices: la vida de unos
personajes. El mundo es el mismo, los diálogos
diferentes. Por eso, para desear que el mundo cambie
y los personajes se transformen, cada diálogo
debe poseer un continente de significaciones. Y ahí
no se termina todo, el texto teatral sigue produciendo
insatisfacciones. Insatisfacciones para su creador primario,
el autor; quien nunca ve realizado su montaje "ideal":
su cuestionamiento del mundo es mutilado (eso cree él).
La puesta en escena del director, la actuación
de los actores, borran este montaje que organiza los
diálogos en el papel. ¿Quién se
expresa entonces?...la conciencia de "todos",
el cuestionamiento del grupo. Una conciencia múltiple
que viene de una concesión hecha por la del autor:
él mismo se traiciona. Inclusive cuando desesperadamente
busca dirigir su texto, se encuentra que quien lo enfrenta
no es él, sino otro: el director. Es más
, él se percata, pero no se convence de que su
individualidad no es para él, sino para los otros.
Es un virtual insatisfecho. Dialéctica compleja
y difícil para quien escribe teatro.
III
¿Qé es un buen y un mal texto? Si dice
que el público tiene la última palabra.
Y el público es una conciencia amorfa, no es
objetiva por su agrupación de subjetividades.
Los espectadores pueden rechazar (están en su
derecho) textos extraordinarios, y aceptar textos condenados
a morir por su anacronismo. La voluntad de un público
es la voluntad de un tiempo, de una circunstancia histórica.
Por eso el fracaso y el éxito son relativos.
La sociedad impone modos de conducta, de gustos. No
es extraño que lo revolucionario resulte rechazado
en un principio. Un texto puede anunciar tempestades
y nadie está dispuesto a enfrentarlas; aún
cuando una mala puesta en escena sea la culpable del
oscurecimiento del texto y de la anunciación.
Paradójicamente quien a la postre salva el buen
texto, es la tempestad. Cuando el texto es malo, es
muy fácil saberlo, éste no es malo en
sí. Es decir, los aciertos van acompañados
de los desaciertos y se riñen ante los ojos de
cualquiera que escucha.
IV
El tiempo del personaje lo propone el autor y lo interpreta
el actor. Pero hay algo curioso: es un tiempo compartido
que se pierde. El autor no escribe el personaje pensando
en la interpretación de algún actor en
particular (así se lo proponga). El personaje
gesticula en la imaginación que lo va creando
y ahí pronuncia su primer parlamento. El autor,
es el primer intérprete donde se expresa el personaje.
Escrita la obra, el personaje se ofrece a otro actor
(actores), que estén dispuestos a representarlo.
El autor no podrá volver a interpretar a su personaje,
la obra ya está escrita, no le pertenece y el
personaje lo ha abandonado a su soledad. Entonces el
autor vuelve, insiste a invocar escribiendo: no pierde
la fe ... Es un obstinado.
V
No hay personaje puro desde el punto de vista de la
moral. Vivimos en un mundo de contradicciones y los
personajes son los contrarios. Sin embargo, el personaje
no se asume por sí mismo, necesita de la confrontación
con los otros personajes, de esa dinámica de
contrarios que lo enfrentará a lo oculto. Ahí
comienza su conciencia y eso no implica que el personaje
cambie, determine el curso de la escena. Es reo de un
texto del cual quiere liberarse: la sociedad que lo
oprime. Esta liberación no se produce individualmente,
no puede producirse. La existencia del personaje es
un monólogo con ecos: los diálogos de
los otros personajes. Estos diálogos que también
lo conforman. En Polonio conocemos más a Hamlet
y en Ofelia su debilidad. Pero Hamlet se cree el conductor
de la historia e inventa la locura para corregirla.
Su estrategia es solitaria, por eso fracasa. Aunque
él piense lo contrario: el destino como respuesta.
En su locura fingida no alcanza a comprender que él
depende de los otros, y los representa a su vez. Hamlet
expía la culpa de los otros, no la suya, se parece
a Prometeo; con la diferencia de que Prometeo lleva
el fuego a los hombres y expía conscientemente
su culpa por desobediencia a los dioses. En cambio,
Hamlet, conoce por boca del fantasma la verdadera historia
donde se mueve y decide transformarla no fiándose
de nadie, ni de él mismo. Los demás conocen
la revelación a medias. Horacio, su amigo, los
cómicos, que representan una historia desconocida
en un país desconocido para ellos: representación
que se realiza delante del Rey, delante del Tío
de Hamlet (el asesino de su padre), de lante de los
cómplice (su madre y el resto de la corte). Claro,
la estrategia y la táctica las elabora Hamlet.
El es director de escena. El sabe el principio y el
fin de la historia. Y se abandona a ese relámpago
de anunciación que trajo el fantasma de su padre.
Pero su ibjetivo no se cumple, su venganza se vuelve
contra él mismo y sucumbe, cae. En el momento
en que sorprende a su Tío, orando de espaldas
y arrodillado, no se atreve a matarlo (si lo mata, mataría
al Rey que existe en él, el Rey que desea ser),
entonces se da una serie de explicaciones para detener
la intención, justificaciones que no son más
que el límite de su conciencia de clase. Hamlet
representa a una clase en decadencia, la aristocracia.
Y él no tiene suficiente perspectiva histórica,
tampoco el fantasma de su padre. Hamlet no atina a ver
su culpa, es el heredero del trono. Cuando se "piensa",
cuando busca expiarse alguna culpa, se interroga sobre
la existencia humana, sobre el ser y la nada. El genio
de Shakespeare está en que nos muestra las contradicciones
de los personajes y de la sociedad isabelina donde vivió,
proponiéndonos a la vez un cúmulo de salidas
que nos produce reflexiones infinitas.
VI
Todo autor teatral trabaja con el tema que le corresponde.
La propiedad del tema es una variante que está
sujeta a la obsesión o a la posesión de
la que es presa el autor. Un tema no puede "pertenecerle"
a un autor, pero desde el mismo momento en que el autor
lo enfrenta, lo bucea, es que existe una relación
de propiedad subterránea entre ambos. Soy de
la convicción de que el tema escoge al autor;
el autor no busca el tema, a más, lo encuentra.
Imputar críticas de pérdida de personalidad
en la escogencia, resulta una tontería. Lo que
sí se le debería exigir al autor es niveles
de calidad, de pulimentación. El autor teatral
no se aliena con temas equívocos o ajenos a su
tiempo social. Si hablamos de compromiso, a un texto
teatral se le podrá acusar en una época
de convulsiones, de lúdrico, por no expresar
como otros, denuncias en discursos explícitos.
Pero sucede que su capacidad de compromiso está
dada por la manera de metaforizar la realidad inicial,
de crear un mundo absoluto, único y cerrado.
Cuando el autor teatral se detiene sobre la historia-tema,
se inclina primeramente por la suya, por esa oscura
memoria de su infancia, de su pasado glorioso o fatal,
de su miedo y valor, de su amor y odio, de su dolor
y locura. La historia general de la que es hijo, le
afecta en esa medida, en su grado de sensibilidad más
cercano. Así aborda la historia de los otros,
de su país y de su continente. Puede ser épico,
psicológico o hermético. La exposición
del tema se hace honda cuando la responsabilidad de
afectación o propiedad lo desafía y él
corresponde con rigor y profundidad. Después,
cuando el tema es obra ya y se mueve en espectáculo
delante de un público, el autor queda liberado
de la aceptación o no del tema que se representa,
así lo haya escrito mal.
VII
Los diálogos o parlamentos presentan una clasificación
tentadora en el proceso de observación a través
de toda la historia del texto teatral. Si nos fijamos
bien, encontramos que el mundo de significaciones que
encierra un parlamento, está apoyado sobre la
construcción reveladora de su cuerpo morfológico.
El parlamento discursivo que dice a través de
la explicación sencilla y evidente, el discurso
barroco y poético que respira sobre la atención
del juego verbal y adjetivante, el discurso como cuestionamiento
de sí mismo; el diálogo que adquiere dimensión
por la manera rítmica de su construcción:
el parlamento, signo que en interdependencia con el
otro busca intensidad o estados enajenantes; el diálogo
convencional que se apoya sobre la atención que
indica y sugiere el paréntesis. Clasificación
que no se agota y que se enriquece cada día.
Pero cada día se desafía el cuerpo del
texto; en los espectáculos más revolucionarios
del teatro moderno, el texto pasa a ser una parte integrante
y no un punto de partida, es el caso ejemplo del teatro
de Tadeuz Kantor. Teatro que no obvia el autor, sino
que lo desafía a ser el motor integrador de una
concepción. Es complemento como autor, actor,
director y espectador. Una totalidad que se renueva
sobre la marcha del espectáculo. Por primera
vez el autor no teme al texto escrito, a las exigencias
del cambio que marca la noche o el día de la
representación. El texto pasa de dicscurso sencillo
a discurso poético, de ocnvencional a signo ascendente
de significaciones múltiples. Pero son tan rápidos
sus tiempos de transición que no se notan, por
la manera en que se renuevan con la actuación,
la música y la participación. El que mira
corrige, el que actúa observa y el que dirige
escribe.
VIII
Cuando anteriormente me refería a que el autor
no se aliena con temas equívocos o ajenos a su
tiempo social, lo entendía y lo entiendo como
una verdad invariable de la cual no puede escapar ningún
creador, así se lo proponga. Si el medio determina
la conducta de los hombres, y el artista es un hombre
social, su obra será el reflejo de la misma.
Aunque después la obra supere lo que la determinó.
Una lección de la cual el autor puede ser su
propio alumno. Ahora bien, el autor puede inclinarse
por los valores de una sociedad en decadencia como también
los puede cuestionar desde la perspectiva de su texto
teatral. En esto hay dos tipos de autores que nos sorprenden:
aquel autor que exalta desde su texto lo que está
por morir y que es lo que más quiere defender,
dotando sus escritos de ese encanto perdurable de las
obras artísticas. Por otro lado, el autor "comprometido",
que visto por la urgencia de la denuncia, inconscientemente
se convierte en defensor de la sociedad que condena,
al trasladar a la forma de sus escritos la vulgaridad
del contenido del cual se alimenta como creador.
IX
Leer un texto teatral resulta un reto por la variedad
de lecturas que puede exigir, porque cada lectura propone
una interpretación de asociaciones diferentes.
Hay textos que nos embriagan por la emoción de
su historia estructural y nos desplazan a la poesía
de las palabras que conforman sus diálogos. En
cambio otros, nos alcanzan la atención por el
movimiento de la acción que guarda el primer
gesto de partida. En ambos la visualización del
mundo se repite de manera distinta pero propia. Asimismo,
en unos ni siquiera se presiente lo maravilloso de su
proposición escénica. Entonces hay que
recurrir a la voluntad musical de un cuarteto, de una
escenografía o al imprevisto de un actor para
convencerse de su calidad. Eso no quiere decir que esquiven
la lectura primera (me refiero a la de mesa), sólo
que se nos hace difícil colocarles un adjetivo
calificativo. Y esta limitación no es del texto
en sí, sobre todo si sabemos que viene de una
conciencia autoral creadora, clara y sustantiva, sino
en la manera en que se nos educó para leer el
texto teatral. La falla pedagógica nos ha creado
un vicio que la mayor de las veces no permite ver los
cambios y la renovación del teatro en cuanto
al texto teatral se refiere. Y este es uno de los defectos
que desdice a la profesión del especialista.
Porque lo más grave es que el especialista impone
el valor del producto a apreciar. Escoge el texto que
más le gusta, casi siempre el más "emocionante".
Luego lo propone en espectáculo, y después
lo convierte en movimiento, vanguardia o moda. Es ahí,
en ese preciso momento donde se sacrifica la voz de
otro texto teatral. Alternativamente la conducta del
espectador se construye casi por ósmosis a la
del especialista, es el reflejo de su contradicción.
Así el espectador no conozca el texto literario
que reposa en el papel. Aunque puede ser el primero
que descubra la revolución de la transformación,
del aporte del texto teatral que enmarca, una puesta
en escena.
X
Sucede en un ensayo sobre un tema determinado que se
improvisa, que a los actores les cuesta mucho asirse
de los personajes que desean representar. Y más
aún cuando la improvisación no ha sido
planificada. La historia que quiere desglosar el actor
es una historia que se presiente, que apenas se sabe
y como tal se escapa a cada instante. Pero el actor
necesita de ese proceso angustioso de construcción
que lo libera. Ya la segunda vez cuando ejecuta la misma
improvisación sucede diferente. Actúa
con cierta soltura porque el dominio aún es fragmentario.
En ese instante comienza a aparecer el vello de un cuerpo,
el texto teatral. Un texto que figura defectuoso de
significaciones y unidades. Entonces interviene el que
escoge y ordena. Como una conciencia única que
epicentra lo colectivo.
Afirmándose las individualidades actorales en
una especie de entrega personal, de sacrificio hedónico
para con ella. Porque en el fondo, el colectivo sabe
que el aliento de su primera imagen, de su anécdota
interna, llevará el nombre de otro sucesor. El
mismo ordenador, director o autor se despersonaliza
al verse desafiado por las exigencias de las circunstancias
vividas de los personajes, las que comienzan a apartarse
de las suyas. Una inmolación donde renacen otras
vidas. La vuelta de tuerca se produce cuando los saqueadores
son arropados en un descuido por el tema que les obsesiona.
Este es un ejemplo de la otra aparición del texto
teatral.
XI
¿Los personajes deben rememorar para producir
el diálogo? ¿Por qué el recuerdo
pesa tanto en la mayoría de los textos teatrales?
... No creo que la única posibilidad de crear
los diálogos y de construir la psicología
de los personajes deba ser sobre la apoyatura de la
palabra que recuerda. Largos discursos nos hablan de
la vida pasada de los personajes; otros, de lo que acaban
de hacer para "estar aquí". Es como
si se pensase que el personaje sólo puede ser
entendido a partir de la explicación que nos
da la razón del recuerdo. No se trata de que
el pasado no sea fundamental en el personaje, pero ese
no es el único verbo que conjuga su existencia.
Es más, se puede vivenciar el pasado a partir
del desdoblamiento del personaje, de la fractura de
su tiempo, ahorrando explicaciones hasta producir una
totalidad caracterológica: el personaje en su
multiplicidad temporal: pasado, presente y futuro coexistentes,
creando un diálogo conciso, vital de significaciones.
Hasta el punto que el autor sin desdeñar el verbo
comenzará a buscar entre las otras unidades gramaticales
del lenguaje. Hasta dar con el grito no sólo
de su alma, sino con el grito de su páncreas,
de su hígado, de su sexo, de su corazón
. . . Entonces veremos el conducto agónico de
su existencia cotidiana.
XII
El objeto o utilería es la otra actitud del personaje,
detenida en el espacio en que se mueve. Es su última
presencia como también el anuncio de su entrada.
El comportamiento de los objetos colocados en escena
dibuja la conciencia de los personajes: sus fallas y
virtudes. El orden puede establecer el peligro inminente
del desequilibrio a que están sometidos, o el
desorden, la conjura que los liberará. Un solo
objeto puede ir revelándole al personaje el "destino
de su fin", en una especie de relación erótica
donde Tanatos lentamente se va configurando en un cuchillo,
en una botella, en una correa o en los broches de oro
del vestido de Yocasta con los que Edipo se saca los
ojos. Pero el papel de un objeto puede cambiar por voluntad
de una puesta en escena. Verdad que puede complacer
o irritar al autor. Porque el autor en su texto ha creado
un objeto y un espacio particular donde sus personajes
habitan, y él los contempla con el cariño
de un semidiós que impone una función
particular a cada uno.
XIII
Hay autores que rinden su pluma a la rememoración
de una época, bien porque su momento presente
se les escapó o porque llegaron demasiado tarde
para rendirle un justo homenaje. Entonces toda la vida
dramatúrgica la ponen en función de aquellos
personajes y comportamientos olvidados, muertos. Trasponen
las conductas de esa época a la que viven hoy
en día, con la intención de producir un
sentimiento de identidad entre el público y sus
personajes. El intento se hace fallido por la sencilla
razón de que el espectador no entiende esos personajes
a través de su evolución actual, así
como los quiere imponer el autor. Este sentimiento de
nostalgia revela la ceguera de no entender ideológicamente
que lo importante de toda una época, es lo que
deja como conmoción suprema de sentimientos virtuales,
de espasmo y pesadumbre humana, de bolero abrazado a
guaracha. Se trata de esa nostalgia que se acompaña
con un humor que no tiene la sonrisa de las calaveras,
porque no sabe desenterrar el tuétano de una
época y proyectarlo al paso cambiante de la memoria,
sin ahogarse en la transición de finitud de un
ciclo a otro. También hay que saltar el marco
de ese realismo que sujeta la exposición de la
época-tema, liberarla del único carácter
que le hemos conocido, la épica. Sin que se subestime
ese valor formal con la alienación de otra estructura.
Porque al fin, de lo que se trata es de sacar la fotografía
del baúl y quemarla para respirar el olor de
la sangre derramada.
XIV
El verdadero autor no se inclina por los valores morales
de la sociedad en transición, no los reivindica
en los procesos inversos de la creación, ni siquiera
para mejorarlos. Porque si de labor ética se
trata es de expurgar el peligro de la moral cívica
como frontera de desarrollo. Sencillamente porque ella
es rectora de la onducta del hombre, lo detiene en la
ignorancia del deber. El arte invoca desde u universo
una ética totalmente distinta a la que promueve
el tiempo de la sociedad actual. En este caso, el teatro
que escribe el autor no solamente se detiene a decodificar
los valores morales de la sociedad que cuestiona o exalta,
sino que encuentra el desorden que la mueve, y lo ordena
con tal maestría y distinción que el espectador
comienza a pasar del éxtasis de la contemplación
a actor de ese ritual que ríe, viola, mata, y
que lo envuelve a esa revolución que se produce
secretamente en la conciencia de todos. Esa organización
del caos impele al autor a que someta su texto a un
proceso de revisión doble: evitar trasponer a
la obra, la moral de su pensamiento subliminal de la
sociedad en que vive, aunque la verdad autoral lleve
lo que parece contradecirla. Asimismo, cuidar que el
producto artístico no se rinda a los primeros
valores subjetivos o impropios de los espectadores.
Para eso la hondura ideológica o política
debe encontrar el camino que separa el arte de la muerte.
En ese umbral en que se descubre la ideología
como límite, y el arte como creación representativa
de la totalidad del ser. Los espectadores deben encontrar
en los discursos del autor la vida que les ha sido negada
... Pero eso no quiere decir que el autor ofrezca la
salvación.
XV
Hay como cierta vergüenza autoral al elaborar un
texto de poca duración, con un temor que menosprecia
su calidad alcanzada, sobre todo al verse sujeto a un
corto tiempo de lectura y de montaje. Esta especie de
rubor no sólo ha hecho presa al autor, sino que
también a los otros miembros del teatro y a los
espectadores. aigual sucede con las obras y espectáculos
de extensa duración, a menos que puedan ser "soportados"
en festivales por una pequeña minoría
de asistentes. ¿Cuántas pequeñas
y grandes piezas de valor han sido sacrificadas por
su particular presencia escénica? ... Todavía
no se entiende que el tema dicta su propio tiempo de
permanencia visual y auditiva, de que su sensibilidad
es como la espectacularidad de un sueño monumental
o de un breve murmullo de la sangre.
XVI
La estética en el teatro se produce en el momento
en que el signo dramático se descubre en la sensibilidad,
cuando cuelve a ese punto neural de donde partió:
la primera imagen de ritualización del mundo.
Esa estética que alcanza su cometido concibiendo
el "acabado" del espectáculo como planeta
único, limpio, pero pronto a contaminarse y a
estallar las veces que se friccione. En ese espacio
donde no sabemos si las luces, la dirección,
la actuación o el texto han desencadenado lo
imprevisible. En un todo que invade la memoria. El valor
de un texto teatral está en no dejarse ahogar
en el conjunto del cual forma parte, manteniendo su
propia estética inalterable en la variedad interpretativa
y representativa de lecturas. Aunque en él, la
primera imagen se perciba como anuncio. El autor elaborará
su texto como totalidad particular, a conciencia de
que la estructura en general adquiera en el espectáculo
otra dimensión que no imaginó. El será
siempre sorprendido ante el hallazgo, en ese intercambio
incesante en que cada uno de los que representan y contemplan,
se acerquen a esa verdad oculta que los unirá
a la primera imagen de ritualización del mundo.
XVII
La estructura general del texto debe aspirar a que cada
palabra, frase o parlamento reúna una vez escrita,
toda la existencia del personaje. Labor ambiciosa por
cuanto el autor condensa en la escritura del diálogo
el concepto del sentimiento, y no el alma del matiz
que le proporcionaría un actor. De allí
que el nuevo autor se proponga como meta aproximarse
mucho más a lo que parece una frontera: abrir
con la voz escrita lo intangible del sentimiento que
viven sus personajes. Contrayendo el verbo y desencadenando
los adjetivos, las preposiciones, los adverbios, las
interjecciones y el uso adecuado del sistema de puntuaciones.
Sin que esto implique sustituir lo que de hecho le corresponde
hacer al actor. El autor una vez entregado a esta aventura,
encontrará que la anécdota o la historia-tema
poseía otras vertientes interpretativas y presentaba
un cúmulo de asociaciones imaginativas que el
verbo como vértebra central obstaculizaba hallar.
Alternativamente esto desafiará aún más
el instrumento del actor tanto como la actividad del
espectador.
XVII
No siempre la estética del texto teatral se alcanza
a través del azar. La mayoría de las veces
se nos ofrece después de ese proceso angustioso
donde no sabemos colocar la palabra justa al lado de
la otra que nos dirigirá al fondo del tema. La
primera estética del texto es sencillamente lingüística.
El trabajo del autor está en fracturar el condicionamiento
estructural de los códigos del ritual. El, los
propondrá en la escritura, a sabiendas de la
variedad de interpretaciones que enriquezcan o desplacen
el sentido inicial de su conciencia.
XIX
Para conseguir la estructura general del texto teatral,
no necesariamente los ritmos de las escenas deben marchar
en ascenso aristotélico, ni como particularidades
propias e independientes como las entendía Bertolt
Brecht. La dialéctica de los ritmos puede invertirse
en las formas de las escenas y en sus relaciones, pero
manteniendo esa extraña unidad que en vez de
desaforar el tema, lo desentraña. Si una escena
típicamente aristotélica nos está
ofreciendo lo trágico de los personajes en acecho,
la que le sigue, con su arritmia nos está mostrando
la contradicción conceptual de la anterior y
la apariencia del juego que volatiliza al personaje
en la ignorancia de su verdad. Este uso de estructuración
de las escenas permite llevar el tema a sus circunstancias
límites como historia o anécdota. Porque
ya sabemos que las situaciones límites nos permiten
conocer más la interioridad de los sentimientos
de los personajes, liberándolos (para bien o
para mal) de su entorno expresivo de comunicación.
XX
Cuando el actor se detiene sobre el texto del autor,
busca el subtexto de cada parlamento, la influencia
que lo dibuja y las compara con las influencias que
él tiene como intérprete; articulando
la visión de sí con la que expone el autor
en su texto. El subtexto de los parlamentos escritos
puede invertirse a conciencia de que el autor haya partido
de otras referencias. El actor podría imponer
su subtexto al del autor, y saltar el equilibrio revelador
de un parlamento. Y cuando el actor se apoya únicamente
en el subtexto autoral sucedería lo mismo. Desequilibrio
que anula o unilateraliza las órdenes del texto
en marcha, pero no el escrito que descansa en el papel.
El texto autoral necesita del hilo subterráneo
que enlaza al autor y al actor para ser parlamento del
personaje.
XXI
El texto teatral no solamente puede ser la palabra en
la acción del movimiento, sino que además
se exige que la palabra también sea la acción
de su movimiento. No es suficiente que el texto teatral
sea visto u oído en virtud de su funcionamiento
escénico. Palabras que pierden su potencialidad
de significaciones porque sólo se las ha escrito
como la lengua de la anécdota o la historia,
como el sentimiento del tema. Las palabras una vez que
forman el cuerpo del parlamento de los personajes deben
ocuparnos, también, como formas que nos hablan
de lo que no le pertenece al sentimiento. Ese sería
el otro valor de su acción dramática.
No es que la sintaxis del parlamento que componen las
palabras nos aparte del contenido temático, del
núcleo histórico que ha parido a los personajes,
pero sí comprender que la forma es contenido
en sí misma como lenguaje e idioma que se desarrolla
a la par de los otros procesos.
XXII
La capacidad de los textos de Shakespeare está
precisamente en que nos producen reflexiones infinitas.
Un concepto político acompañado de otro
erótico, filosófico, existencial, etc.
Pero cada concepto es distinto en las diversas partes
de las obras. La ética de los conceptos tiene
tal fundamentación que se nos hace creíble.
En Shakespeare tanto moral como inmoralidad nos muestran
los aciertos y los destinos que rigen el mundo. Sus
personajes hablan con tanta habilidad y libertad, que
el desafío de sus almas los vuelcan sobre la
existencia de su tiempo social, haciéndolos agudos,
incisivos, ignorantes o cándidos, hasta llegar
a una moral que les excede y domina. Si Shakespeare
se alimentó de toda una corriente filosófica,
no la impuso en sus escritos, pero sí la sometió
al marco cambiante de la duda, de la amoralidad del
arte.
XXIII
Los diálogos del texto teatral son entre sí
las verdades intercaladas de los personajes, asimismo
un solo parlamento es una particularidad significante
y tonal. Aunque exista por la raíz de su origen
o por el acompañamiento de otros parlamentos
que lo hacen ser mundo desentrañador. La interrelación
de los diferentes ritmos que componen el diálogo
es múltiple y paralela. Siendo siempre el primer
parlamento del texto el que guarde la unidad de los
ritmos a seguir. Es un punto de partida, pero no una
referencia constante. Porque ésta varía
en el orden de los ritmos que se desplazan con la historia
o la anécdota. Es un conjunto de diferentes que
el autor conduce en la transición sistemática
de la escritura.
XXIV
Sin duda que uno de los textos más importantes
y conmovedores del teatro venezolano es La Revolución,
de Isaac Chocrón. Gaby y Eloy son sus máximos
y únicos personajes. Dos homosexuales desolados
e intensos como los desiertos. Gaby recuerda un mundo
recorrido, mientras Eloy, con sus labios de jazmín
lo acompaña en ese revivir-morir de la imaginación.
El espectáculo comienza (o finaliza) en el día
o en la noche de un Bar, Burdel o Night-Club vacío,
frente a un público tan distante, alegre, o cobarde
como los peores de los recuerdos. El autor, Chocrón,
dibujó un espacio etéreo, que hace aparecer
y desaparecer a estos personajes habituados a los relámpagos
de esa luz que los saca de la oscuridad. Gaby es atrevido
y Eloy es sumiso como los empleados. Pero ambos eternizan
las parejas que se complementan. Si Gaby se irrita ante
el poco valor de Eloy, éste se avergüenza
ante tanto descaro y ambición de cambio que late
en la conciencia de Gaby, Gaby es Eloy y Eloy es Gaby.
Lo dramático de estos personajes es que ellos
no sólo fueron exilados de lo vivido, sino que
de la propia vida. Son tan extraños que parecen
apátridas de la existencia de los hombres. La
geografía de ellos es tan ilimitada, que el país
donde nacieron, carece de identidad y frontera. Un verdadero
escenario de caos y bufonadas. Gaby tiene un hijo que
no ve desde hace tiempo, y Eloy tiene una madre que
vive sola. Dentro, muy dentro, Eloy quiso tener una
madre como Gaby, y Gaby un hijo como Eloy. El deseo
de libertad en ellos, está reflejado en la duda
que los tortura. Gaby quiere la revolución, pero
no sabe si la revolución lo detesta; él,
como su amigo, vivieron la decadencia de un mundo fastuoso
que brilla en el recuerdo de los dos. Añoran,
y la añoranza los lleva al fondo del mal. Gaby
no sabe si la revolución dignifica a los homosexuales,
si su valor tiene la irreverencia de la revolución.
Gaby y Eloy conocen todos los trucos, todos los públicos.
Han sido burgueses y marginales. Gaby cita un poema
de Ezra Pound, mientras otro poema se escribe dentro
de él. Y Eloy aplaude ese saber de "Mi Sussi"
hasta que el fin se aproxima. La estrategia está
preparada. Eloy es un homosexual mediocre y huevón,
y eso exalta a Gaby con un rifle, el mismo que lo dispara
a la muerte. Gaby morirá, para que Eloy se revele
en Gaby. Y cuando nos gritan al terminar la función,
no sabemos si es Gaby o Eloy quien nos da una patada
en el centro del culo.
La estructura de este texto maravilloso está
signada por una respiración donde la coma es
el signo que excita a los personajes. Si hay largos
textos, monólogos y discursos, de ninguna manera
se fijan como escritura gráfica, sino que se
verbalizan como los improperios y las salpicaduras que
vomitan los personajes.
XXV
El texto teatral a veces es esbozo, versión u
obra en proceso de cambio y renovación. Inclusive
en los diferentes montajes que se hagan posteriormente
de él. La confrontación enriquece al texto,
pero no la termina. Sobre todo en ese texto que está
llamado a ser la excepcionalidad de la creación:
el eternamente inacabado. No obstante el autor lo cultiva
secretamente, como si la entrega reivindicara las imperfecciones
que el pulimentar no transforma. Cuando el crítico
se acerca a esta obra se escandaliza y la niega, como
obra menor de un gran talento. Lo interesante de esta
verdad es que todo autor carga con este texto de la
vergüenza. Lo olvidará, pero siempre volverá
a él, ante el absoluto inalcanzable. Mientras
esta angustia lo revienta, hará en otros textos
lo que a conciencia se planteó en éste..
La meta que alcanza en los otros le impele a seguir
corrigiendo, cambiando y puliendo el texto que es su
"tortura". La perfección lograda en
los otros la agradece, pero no lo envanece. Su vanidad
aspira otro blanco.
XXVI
Si la acción es el "suceso" del texto
teatral, la historia-tema vendría a ser el núcleo
motivador. El "suceso" es o está en
el texto, así no lo presienta el lector común.
A menos que, especializando la lectura, produzca "suceso".
O representando, dirigiendo . . .
En los textos de Samuel Beckett "pasa algo",
bien porque se espera una acción desencadenante,
o porque la espera detiene el tiempo de la acción,
produciendo angustia. Aquí la historia-tema es
aprovechada por el autor, hasta en sus límites
residuales: como "suceso" existencial y como
acción dramática estructural.
XXVII
El director teatral enfrenta el texto autoral, como
imagen de una futura acción dramática
que posibilitará otras imágenes, una vez
vistas u oídas por el espectador. La imagen es
la meta del sentimiento dicho en parlamento del personaje.
En el proceso de montaje de un texto se produce una
pérdida inicial: la puesta en escena del director
vacía al texto de sus imágenes propias,
por cuanto impone la que se eleva desde su conciencia
subjetiva. La que se hace síntesis interpretativa
de las otras. A continuación el texto queda fijado
en la representación, como elemento de enlace
que reúne las imágenes que serán
al fin la concepción prístina del director.
Entonces ¿cómo se expresa el autor? ...
Este renace en el preciso momento en que el actor le
devuelve al parlamento la vida de las imágenes
oprimidas por la visión del director. Esta contradicción
aproxima o anula la personalidad del texto conforme
el director se incline por esta dialéctica o
por la que detiene al actor como mediador de la otra
vida del texto teatra.
XXVIII
La imagen no es sólo concepto, idea o proposición
ideológica. Es, o puede ser, reflexión
estética en sí misma. No es que esta verdad
sea optativa para una conciencia autoral, ya que la
imagen teatral necesita de la carga de significantes
ideológicos y estéticos como premisa inicial.
Después la imagen se sucederá en los cambios
interpretativos que se le den o perciban. Lo subliminal
en ella puede ser planificado por el autor o por la
hiperlucidez del azar.
XXIX
En Shakespeare como en los griegos, el parlamento del
personaje produce diálogo al relatar una acción
ocurrida o prevista, al enaltecer o condenar un sentimiento
vivo, el cual se hace verbo y estructura del texto.
Las imágenes de esos textos no sólo nos
serán visuales en una puesta en escena, sino
que imaginaremos la que nos dicta el discurso del personaje.
El director teatral al enfrentar este tipo de texto,
realiza una interpretación particular de unas
imágenes y de unos conceptos, no una síntesis
del conunto que forma al texto. Esto se debe a ese barroquismo
estético y ético del cual están
llenas las obras de los clásicos, también
a esa necesidad secreta de hacer literatura pura para
ser leída en libros. Manera estructural que presiona
a limitar los montajes que se hagan de estas obras.
En el curso de la historia, la estructura del texto
teatral y sus determinaciones, se sometió a ser
posibilidad y parte integrante del ritual. Ahora, el
parlamento del personaje es signo, urgencia o comunicación
rápida del sentimiento expresado.
XXX
Es lógico que el director teatral sintetice una
interpretación de las imágenes polivalentes
de un texto, que acuerde en su puesta en escena un dato
clave de coherencia que posteriormente seguirán
los espectadores.
Es a través del montaje del director por donde
el espectador buscará el texto del autor, rescatándolo
en el ofrecimiento que hace la representación
del actor. Estos conductos -eldirector y el actor- dan
un texto reescrito pero con la posibilidad abierta de
que el espectador lo escriba con la intención
primigenia del autor. Al reunirnos en la conciencia
autoral, descubrimos que el director, el actor y los
otros medios por donde nos llegaron las imágenes
del texto, eran la prolongación necesaria de
la conciencia individual que se multiplica al reunirse
y al aclararse en otras cuando comienza el ritual. Entonces,
ese mecanismo que nos presenta o nos coloca unas veces
el director, el actor y el mismo autor como individualidades
superiores, es válido en la medida en que esa
dialéctica desplace los papeles motores de cada
uno, que el perder permita ganar al otro, y viceversa.
En esa constancia que permite aflorar la teatralidad.
XXXI
Chejov se permitía escribir en sus cuentos lo
que de hecho colocaba en puntos suspensivos en sus textos
teatrales. Con esta técnica, sus personajes del
teatro dicen lo que sienten, y no lo necesario. Esto
crea conflicto, y así nace un teatro de atmósfera,
donde se respira eso que roe, trastorna u ocultan los
personajes. La felicidad se presenta lánguida,
porque los disparos de un anuncio llenan el silencio
de los puntos suspensivos. Es cuando comenzamos a ver
a los personajes de Chejov, como la memoria de un pasado,
de un momento histórico que vivió el autor
en la llamada Rusia. Pero no son textos épicos,
ni siquiera naturalistas como se los ha querido encasillar.
Son testimonios vitales de lo que es y ha sido el hombre
en su temporalidad social. El espacio donde se mueven
los personajes de este autor, es el de sus debilidades
y sus necesidades más urgentes. Comen, beben,
juegan, pagan, perden ... mientras sus vidas transcurren
así, dramáticamente.
XXXII
Si lo que para un personaje es bueno y para otro es
malo, el código de la realidad que decodifiquemos
desde la perspectiva teatral no solamente lo cuestionaremos,
sino que nos veremos obligados a negarlo y afirmarlo
al mismo tiempo. El texto teatral propone un código
que en sí mismo es ambiguo hasta en la totalidad
final del espectáculo. Ese proceso general del
hecho teatral que transforma el código sin terminarlo.
Siendo así, el mensaje que invoquemos o propongamos
en el código no es definitivo a sabiendas que
elaboraremos claves para que permanezca y trascienda
nuestra concepción. No olvidemos que el espectador
irá a ver nuestro producto artístico con
una actitud de atención en estado desconocido.
La aceptación o el rechazo serán posteriores.
XXXIII
"La pareja", como dúo de personajes
dramáticos donde se señala el sustrato
sadomasoquista de la conciencia humana, comienza en
los textos teatrales de los clásicos griegos,
fundamentalmente en Sófocles. Autor que reúne
a sus personajes a través de la identidad de
la sangre, una vez que ésta es derramada, enfrenta
a los personajes a su destino, postrándolos ante
la interpelación de los oráculos. Más
adelante, Shakespeare, descubre el enmarañamiento
de este mecanismo en la multiplicidad de la conciencia
que se plantea como la lucha por el poder. En el futuro,
autores como Alfred Jarry, Samuel Beckett, Eugene Ionesco,
Arthur Adamov, Fernando Arrabal, etc., ritualizarán
el inconsciente como voluntad paralela de la conciencia,
el absurdo como historia cotidiana, las grandes interrogantes
ontológicas aún no resuletas por las religiones
y las ideologías más avanzadas.
XXXIV
Nuestra sensibilidad creadora es desafiada por la realidad
cotidiana, trágica, contundente; y nosotros,
responsables de una estética teatral, nos vemos
urgidos por la llamada del " compromiso".
"Compromiso" que se ve debilitado por la pasión
desmedida con que abordamos dicha realidad. Resultamos
creadores de una esperanza utópica, que insertamos
en textos fallidos en cuanto estética y responsabilidad
política, pero no menos ingenuos por la dosis
de amor que ponemos en el gesto de la urgencia. El análisis
y la reflexión que hagamos de la realidad, exige
un "compromiso" mucho más sustantivo,
donde las partes ideológicas y políticas
que instrumentemos no solamente muestren lo evidente,
sino lo que sustenta lo evidente, en ese juego de realidad
exterior y aparente. Nosotros, autores teatrales, pertenecemos
al tiempo maldito de la infelicidad del hombre. Es por
eso que nuestros textos entrañan el concepto
puro de felicidad. Cuando evocamos esperanzas, ellas
pasan a ser burlas del destino de nuestros personajes.
Parecen demagogias más que verdades futuras del
deseo: El nuevo autor teatral es amante de la felicidad
y la alegría. Pero necesita escribir sobre el
mal de la infelicidad para atenuar el tiempo de la espera,
que le dará a conocer el legado de su sueño.
XXXV
Alfred Jarry creó un personaje clave de la literatura
dramática: Ubú Rey. Personaje ambiguo,
bufonesco, infantil y estúpido. Es la parodia
del heroísmo, la moral y las buenas costumbres.
Los preceptos de la filosofía de Jarry se basaban
en la patafísica, que proponía la burla
de la vida y la muerte a través de lo lúdrico.
La dramaturgia críptica del siglo veinte nace
con este texto y este personaje. Anuncia el teatro de
la crueldad y el teatro del absurdo. Las unidades de
tiempo, acción y lugar, con que Jarry estructuró
su texto, se sometieron a las tradicionales y aristotélicas.
Lo distinto está en que la historia-tema no persigue
solución lógica de la actividad del personaje
(lo mítico es demitificado), sin embargo, los
espectadores cuando contemplan un montaje sobre esta
obra, se entregan a una curiosidad mimética donde
el "suceso" es la inutilidad y la nada. Especialmente
recordamos aquel montaje hecho por Peter Brook, por
lo revolucionario de su proposición escénica.
Brook no vació el texto de sus imágenes,
al contrario las simplificó para que viéramos
o confrontáramos la vigencia de los conceptos
manejados por el autor. En este montaje no se impuso
la aparatosidad recreativa del director, sino el ingenio
natural de un talento que quería demostrar la
trascendencia de un texto hace tiempo escrito.
XXXVI
Jean Genet, el actor y mártir del espejo y la
apariencia, del esperma, las lágrimas y la sangre,
fue el primero que planteó la fractura del tiempo
del personaje teatral: Actores jóvenes que actúan
como criadas que se interpretan a sí mismas al
representar un ausente, la Señora; Negros, que
dan una función para sus opresores disfrazando
a un negro con una máscara de blanco; el revolucionario
puro, Said, el antihéroe que recorre con su traición
una historia de biombos que cambian de espacio y geografía
dramática; un Balcón que es un Burdel,
con sus clases sociales en un coito de comunicaciones
y pecado; la severa vigilancia de una luz que ciega
la mirada de unos presos. En este autor los personajes
son sombras o sueños de sí mismos. Genet
es minucioso en el lenguaje de sus personajes, buscando
expresar sensaciones oscuras, olores y desmayos del
espíritu. Obliga a sus personajes a hablar en
términos puros de imágenes que rayan en
el éxtasis y la locura. Habla con las leyes impuestas
de la dramaturgia burguesa, cuestionándola con
el desenfado de la historia-tema, el erotismo pánico
y el excesivo lujo con que adorna el submundo de sus
personajes sociales. Agota la estructura tradicional
del texto en el detalle y el barroquismo de ritual.
XXXVII
Lindsay Kemp, uno de los más perseverantes directores
ingleses por años, estuvo construyendo y afinando
un espectáculo que anunciaba una nueva concepción:
Flowers. Este potente espectáculo partía
de toda la obra de Jean Genet, en especial de la narrativa.
Divina, una especie de hermafrodita hermoso y delicado,
es el personaje principal, y el que la secunda es aquel
otro ángel del mal que murió decapitado
a los veinte años en la guillotina francesa.
Genet precisamente le dedicó la novela Nuestra
Señora de las Flores, como homenaje póstumo.
En las misma aparece como el adolescente de los pies
descalzaos. Un pequeño rufián que fue
el amante predilecto de Jean Genet. El mayor logro de
Lindsay Kemp estuvo en haber alcanzado lo olímpico
de un mundo de esputos, mierda y agonía. Desde
una celda, el onanismo, el amor, la soledad y la leche
tibia del orgasmo, invocan los cuerpos entre los gases
de la imaginación y desde el umbral de la muerte
éstos aparecen con el falo encendido, sonriendo
y cantando dulcemente, santos y libres. Todo esto Lindsay
Kemp lo apuntó magistralmente ante nuestros ojos.
El texto, o el diálogo de los personajes, eran
eructos o mariposas que se desprendían del espacio
letal de la acción. Con este montaje, Lindsat
Kemp nos dijo que el texto en el teatro podía
ser murmullo, suspiro o lamento de la sangre.
XXXVIII
La psiquis del los personajes de un texto teatral, se
elabora sobre la energía de la relación
y la interrelación. La primera, a través
de la conciencia lógica de las acciones presentes.
La segunda, en el comportamiento natural en que se sustentan
sus vidas: pasado remoto y cercano. Sus climax dramáticos
se tensifican aún más, cuando se desafían
las tipologías congénitas de sí
mismos. El juego caracterológico se funda en
esta premisa.
XXXIX
El autor teatral no solamente dota a sus personajes
de vitalidad cotidiana, sino también de muerte
lenta; esculpe personajes mutables y mutantes. Muestra
historias humanas. Los climax de las obras son desencadenantes
por la identidad del drama, o por el desgaste espiritual
que padece el personaje. Estos sentimientos son paralelos
o varían por la balanza ideológica donde
se pesa el autor. La tragedia, como las comedias, muestra
estas dualidades donde se debate la existencia humana.
Lo distinto está en los géneros: cuando
uno pide una carcajada catártica que conjure
el malestar, el otro severa un destino o un peligro
que se avecina. Pero los géneros pueden fundirse:
entonces son esperpentos que arañan la razón
del personaje.
XL
El autor teatral crea un personaje que es la imagen
de su realidad. Posteriormente, el personaje se reviste
de una conciencia propia cuando el conjunto lo define.
El es conciencia de otras conciencias. Su personalidad
deja de ser "imágenes incorporadas"
cuando rivaliza con las de los creadores iniciales:
autor, actor, director...etc., dibujantes del cuerpo
integral del personaje. Lo maravilloso está en
que el personaje rompe con el pecado original de dicha
paternalidad, al apartarse de la influencia contaminante:
la realidad inicial de la heredad paterna. Al hacerse
universo humano, individualidad social, en un mundo
parecido a la Tierra, pero no idéntico: la obra
teatral, el espectáculo. La competencia de los
mundos termina cuando los personajes se convierten a
su vez en creadores de imágenes, cuando contemplan
a sus hacedores iniciales como defectos de otro supremo
creador.
XLI
La obra teatral es la condensación de pequeñas
historias que buscan rebelarse o aceptarse en el sentimiento
de los personajes. La historia excita los sentimientos,
pero éstos tienen una necesidad de ser puros,
incontaminados, quieren mantenerse inmaculados en el
personaje. Toda la existencia de los personajes está
acompañada de lo que la afirma y de lo que la
niega. El personaje ama, y los celos le desvelan el
sueño; odia, porque ama demasiado; asesina, y
el acto consumado se reviste de arrepentimiento. La
memoria del personaje es la historia. En la materia
de su tejido. ¿Pero por qué le duele tanto
la historia? ¿Por qué el desarrollo de
su existencia lo amolda la historia que lo tortura,
esa dinámica con la cual él busca la felicidad
pura?
XLII
La palabra en el teatro es abierta, nunca taxativa.
Someterla a la dictadura de un concepto, es amarrarla
a un acabado del pensamiento, es despojarla de su sentido
doble, ambiguo, y por naturaleza ritual, mágico.
Es el caso de un adjetivo, que puede encerrar dentro
de una frase del personaje, no sólo el sentimiento
hecho pecado, sino que también el estado del
cuerpo.
XLIII
Bertolt Brecht prometía un texto que aseguraba
la validez de instrumentar estéticamente la dialéctica
marxista, al proveer al hecho teatral de historias-temas
que expresaban la sociedad en su proceso alterable:
la lucha de clases. Los textos adquirían placer
dramático en la representación que decodificaba
personajes en hechos censurables. La contradicción
del proceso histórico de donde emergían
y se ahogaban los personajes permitían a este
autor y director encontrar un rito en la acción
de los desplazamientos económicos y psiclógicos,
que éstos a su vez producían en los personajes.
En Brecht los personajes son productos, no cosmogonías
espirituales. Las puestas en escena representaban el
ordenamiento poético y matemático del
derrumbamiento del proceso de explotación capitalista.
Con Brecht aprendemos (o gozamos) al liberar a Prometeo.
Percibimos en casi todo su teatro (exceptuando Baal,
su primera obra), que el Prometeo liberado repite el
error del opresor condenado al ostracismo. Y Brecht
adelanta un concepto cierto y asimismo lleno de presentimientos:
liberando se aprende a no repetir el pecado original.
Pero el hombre es un proyecto de la naturaleza. El mismo
Brecht desliza en la obra Un hombre es un Hombre un
sentimiento pánico de duda y esperanza. Entonces,
¿la enseñanza de Brecht, es sólo
la respuesta...? La pregunta me aproxima a la magia
de Antonín Artaud.
XLIV
El parlamento teatral es permeable a la necesidad de
revolución estructural. Su descuido lo ha rebajado
a significaciones simples y triviales. El cuerpo del
parlamento exige el mismo tratamiento del poema, entendiendo
la comparación como el alcance de toda obra creadora,
en este caso, la esencia teatral. La poesía en
el diálogo se reviste de contundencia fonológica
una vez pronunciada, haciéndose imagen del rito
teatral. No se trata de ganar para el parlamento recargamientos
de composiciones poéticas. Naturalmente que el
texto teatral tiene la virtud de producir poesía
sin premeditación. Pero se exige una exactitud
poética como lineamiento autoral. Ya que el autor
precisa una formación lírica para evitar
los diálogos insulsos. Si profundizamos esta
reflexión ideológicamente, nos acercaremos
a un cuestionamiento. La sociedad nos llena de frases
y pensamientos intrascendentes, alienados. Y nos presiona
a trasponer a la vida de los personajes discursos con
palabras fallidas, sin un proceso agudo de reinvención,
deteniendo la dramaturgia en la repetición de
los giros y de los modos verbales del sistema.
XLV
La ambigüedad especifica una razón que mueve
por igual todo contenido y toda forma de contenido.
Pero la ambigüedad de una historia imprecisa, que
examina la obra El Día que me quieras, de José
Ignacio Cabrujas, se aliena sobre la reiteración
de los sentimientos compulsivos de los personajes. Por
eso la historia que estructura el dramaturgo, no pasa
a ser historia del espectador, naturaleza pasada, sino
comicidad del instante. El humor que precisa se revierte
como debilidad dramática, en concesión
para con una clase que asciende en el poder. El naturalismo
estructural de sus discursos es la herencia decadente
de una corriente superada por las mejores proposiciones
dramáticas. Vemos sí, un sinnúmero
de verdades fabulosas, pero no descubiertas de manera
igual. El señalamiento agrava muchas interrogantes
para una dramaturgia que desea ser expresiva y denunciadora.
XLVI
Para Antonin Artaud la palabra en el teatro tenía
un valor metafísico. Su desconfianza por el teatro
de discursos que sólo expresaba contingencias
carentes de sustanciabilidad orgánica, devenía
porque ese teatro llevaba en su manera la muerte de
todo el teatro occidental. Una vez consciente de esta
realidad, Artaud comienza a buscar otras verdades menos
limitantes en las expresiones del teatro oriental, en
la magia desdoblante de los ritos de los indios Tarahumaras
de México. Lo que en un comienzo él sólo
había experimentado por las crisis de su espíritu
atormentado y la experiencia fascinante y a la vez demoledora
de las drogas, en estas nuevas aventuras de su ser (acompañado
de nuevos ofrendantes y sacerdotes), conquistaba saludables
desplazamientos de la conciencia que lo rescataban de
los desmayos fatigantes de un espíritu perdido
en la nada y la opresión de una cultura decadente.
Es Artaud quien nos señala desde su experiencia
que el teatro no se basta como reflejo frío de
la realidad exterior, sino que también como necesario
rito del alma. Pensar que Artaud olvidaba la palabra,
el lenguaje, es desconocer la reflexión honda
de su esencia creadora. El texto para Artaud tiene una
significación de aullido, guturalidad de degollado.
Para eso el nuevo autor teatral peleará por alcanzar
esa otra palabra que se aparta de la palabra sin resonancias
múltiples. Ya que el teatro es una responsabilidad
humana, y no un simple oficio de traficantes.
Caracas, septiembre 1986
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