Alquimia pura, rara aleación
de poesía y acción, la dramaturgia es,
como aquella, metáfora en sí misma,
y su método, su saber, una forma -modestísima-
de la utopía. Durante largo tiempo me ha desvelado
su Piedra Filosofal. El verdadero conocimiento -ya
se sabe- no es abstracto, sino operativo y encarnado.
Durante muchos años, sin embargo, -y sé
que a muchos dramaturgos nos ha pasado lo mismo- busqué
obsesivamente la Gran Obra Física, el Superior
Manual del Arte Regio de la Dramaturgia. La receta
con la que escribir y con la que enseñar. La
martingala. Si era verdad Bachelard, si era cierto
que toda palabra escondía un verbo, en qué
Vaso de Natura, qué Metal Mortificado, catalizaba
ese verbo, y en qué Batalla de Fuego se daba
la transmutación de ese verbo en "carne
habitando entre nosotros". En cuerpo emocionado.
Creí en mi quimera hallar la fórmula
una docena de veces. Fui lajosegriano cuando tocaba
-allá por los '60- y lawsoniano tiempo después.
Fanático como todo converso aborrecí
luego de la premisa, el plot y la estructura dialéctica,
y me volví en un ataque de purismo místico
un cabalista de Aristóteles. Buscando la verdad
desde las cuatro miradas repasé durante días
cada línea,1. A la Poética
tuve que dejarla finalmente cuando el socialismo nos
confirmó en sus filas y el Kleiner Organon
así lo recomendaba. Tiempos entonces de fatigar
redomas con Extrañamiento y Rol Social. Pasé
por Gouhier y sopé de parado en Touchard y
el Arte de la Composición. Indagué en
aquella estructura clásica a la que los que
no sabemos francés conocemos como "La
piece bien faite". Cursé Poltí
y sus 36 Situaciones, y trasegué las recetas
más dispares en análisis de texto. Desde
el tan ecológico Esquema Souriau a los
arcanos imposibles de la semiótica. Me apasioné
con la imagen y fui devoto de Bachelard, descubrí
la crisis de la palabra e intenté el correlato
teatral de Barthes. Hasta por el sistema colectivo
de creación pasé, si se me perdona el
pecado. Fueron muchos años. Aquí en
la biblioteca guardo todavía las Sagradas Escrituras
de cada credo. No fue en vano la búsqueda sin
embargo. Hace ya tiempo la comprendí. Como
cualquier soplador de carbón de la edad media
no di por mi alquimia con el secreto del Fuego de
los Filósofos, pero terminé al menos
-como aquellos- descubriendo la receta de alguna sal
purgante, un secretito para endurecer porcelana, o
unos económicos fósforos de azufre.
De eso pienso hablar en este libro -en esta suma de
apuntes, en realidad- : de esa experiencia que me
ha dado el escribir teatro, y sobretodo el enseñarlo.
Seré sincero: casi todo lo que sé de
dramaturgia lo he aprendido de mis discípulos;
del compromiso de tener que enseñársela,
de la síntesis y la reflexión a la que
me han obligado sus preguntas, del destripar sus ejercicios,
y de esa fructuosa dialéctica del tener que
pensar hablando. Trataré de que todo
guarde un orden de manual. No sé si
lo lograré: desconfío -en general- de
los manuales, del orden; y tratándose de arte:
de la lógica en particular. Creo sí
-algo más- en lo azaroso. Y eso parece un buen
tema para empezar a hablar de escritura teatral.
El azar como orden
No me refiero al azar, claro, como la extravagancia
de escribir sobre cualquier cosa. Mi padre, con su
sencilla sabiduría de hombre de campo, solía
decir: "Cualquier cosa no, porque cualquier cosa
es un sapo". No cualquier cosa entonces sino
esa cosa con la que, tan enigmática como fatalmente
nos enfrenta siempre a los artistas el propio azar,
y que una intuición oscura nos deja reconocer.
Un periodista le preguntaba alguna vez a Francis Bacon
-hablo del pintor- como era su proceso creativo: (cito
de memoria) "TIRO PINTURAS SOBRE LA TELA Y LA
REVUELVO..." contestaba "...ENTRE LAS MANCHAS
DESCUBRO EL MOTIVO, Y LO DEMÁS ES SENCILLO.
SÓLO ME QUEDA PINTARLA." "PERO SI
SÓLO SE TRATA DE AZAR" le preguntaron
"¿QUÉ PASARÍA" contestó
"PORQUE ARROJARA, POR EJEMPLO, SU PORTERA?"
"NADA PASARIA" contestó "PORQUE
NO SERÍA MI AZAR. SERÍA SÓLO
EL AZAR DE ELLA." De eso estoy hablando. De ese
natural encuentro por el que venimos a dar con el
material generador, y de la capacidad de aceptar la
bocha como viene. Salimos a la calle, abrimos un libro,
recordamos algo, personajes, imágenes, una
situación, una idea "LOS DIOSES BRINDAN
GRATUITA Y GRACIOSAMENTE EL PRIMER VERSO" decía
Valéry, y allí está el origen
(claro que también disimula el anzuelo: Todos
sabemos que las ideas te las da Dios, pero después
escribirlas es un infierno) Familiarizarse con esa
ruleta, entonces, me ha parecido siempre un objetivo
prioritario en el aprendizaje de nuestra disciplina.
Perder esa confortable confianza en el hogar de las
ideas, esa fe en la sensatez de la necesidad, para
instalarse en la pista más caliente de bailar
la que te tocan. Aceptar ese concepto de improvisación
imaginaria que rige naturalmente la fantasía
del autor teatral. Ese "MARTILLO, CONDÚCEME
AL CORAZÓN DE TODO MISTERIO" que clama
sobre la piedra desde la tumba de Ibsen. Entender
esa idea de improvisación, de dinámica
imaginaria, que protege al acto artístico de
cualquier riesgo de fosilización. Y ya no hablo
aquí sólo del génesis, sino de
ese azar como materia del proceso. El dramaturgo incipiente
debe aprender a sorprenderse con el descubrimiento
de un nuevo espacio, un personaje o un objeto -imaginario
o real- que sume y modifique con su irrupción
al todo escrito y al por venir. Aceptar las circunstancias
del instante creador con toda la fuerza de arrastrarse
de sus vientos subjetivos y objetivos: desde el estado
del tiempo al del ánimo. Entender que el imaginario
-ese botellero- no construye objetos a medida, como
es afán del sistémico, sino que -orgánico-
recicla desechos, residuos, imágenes en desuso,
que son salvadas del olvido en este acto preservacionista
de la estética. Aunque el deseo y la necesidad
son edificadores, nuestro material de construcción
básico es aquél que el azar nos pone
bajo los ojos y nuestra intuición poética
recoge. Con él escribimos, y nos escribimos:
LA VERDADERA MEMORIA DEL ARTISTA SON SUS OBRAS.
Descubrimos al releer nuestras piezas como casi todo
procede de una cadena de casualidades ordenadas ahora
bajo la apariencia más decorosa de lo casual.
Los encuentros más inesperados son ahora materia
y parecen estar allí desde siempre. Me asombra
recordar que ese personaje que hoy es carne propia
fue sólo -en su nacimiento- la voz de un pasajero
vecino en un camino polvoriento de Entre Ríos.
Que ese pequeño pueblo que hoy resulta en mi
imaginación contexto irremplazable podría
ser otro -o ninguno- si sencillamente no hubiese levantado
la vista al pasar por ese puente junto a él.
Es así como la obstinación de lo fortuito
se hace poética. Práctica de payador:
lo imprevisto se vuelve substancia, y aval de la condición
vital del arte. Todo rígido esquema dramático,
así, contiene inevitablemente el riesgo de
un drama esquemático, eliminando todo vínculo
entre la temporalidad de la escritura y aquella circunstancia
viva del escritor. Escribir hoy lo que escrituré
ayer reduce el acto creador a un acto recreador, diferido
hacia el pasado y sin compromiso alguno con la emoción
presente. Sólo ese azar puede restituir al
creador esa fantástica sensación de
viaje, de descubrimiento, de aventura. González
Tuñón -que sabía gozar de ella-
dejó escrito: "...ANDAR CON GITANOS ALEGRES
Y DORMIR EN UN PUERTO UN OCASO CUALQUIERA Y EN OTRO/
Y ANDAR CON SUAVIDAD Y CON DESENVOLTURA DE FUMADOR
DE OPIO". Creo en nuestra obligación ética
de maestros de crear nuevos -temerarios- viajeros,
en medio de esta dramaturgia, de este arte, de este
mundo, tan colmado de viajantes y de turistas. Prácticos,
desapasionados, y siempre buscando el regreso los
primeros. Ansiosos sólo por corroborar con
sus ojos el paisaje que le vendieron en la agencia,
los segundos. 2.
Aprendamos entonces a errar, a partir, a partirse,
a zarpar, a zarparse. A preguntar. Y a entender de
una vez y para siempre que no hay lugar más
inanimado que las respuestas. Otra vez Tuñón:
"YO CONOZCO UNA CALLE QUE HAY EN CUALQUIER CIUDAD/UNA
CALLE QUE NADIE CONOCE NI TRANSITA/ SOLO YO VOY POR
ELLA CON MI DOLOR DESNUDO/SOLO CON EL RECUERDO DE
UNA MUJER QUERIDA/ESTÁ EN UN PUERTO. ¿UN
PUERTO? YO HE CONOCIDO UN PUERTO./ DECIR, YO HE CONOCIDO,
ES DECIR: ALGO HA MUERTO."
La reproducción fantástica
He mencionado el azar como recorrido y también
como puerta de entrada. Esa idea, esa imagen, o ese
clima por el que penetramos un espacio al que indagaremos
hasta hacerlo propio; pero en rigor de verdad no creo
en una idea, o imagen como detonador. Creo
sí en dos. Es habitual la imagen del
dramaturgo que lucha contra una idea infecunda. Se
vuelve y revuelve dentro y alrededor sin poder fracturar
su conceptualidad, sin poder salir de los límites
que le establecen sus mismos tópicos. Imágenes
presas de su propia apariencia, su utilidad, su obviedad
freudiana, o cualquier otro valor previo con los que
suele prendernos la red conceptual. El escritor -envuelto-
oprfía entonces, puja, enfrenta un esfinter
imaginario como si la creación fuese resultado
de una voluntad en tensión. Pocos filos hay
capaces de rasgar aquel tejido. Sin embargo, la aparición
-premeditada o casual- de una segunda imagen, personaje,
o contexto, suele sorprendernos desgarrando ese entelado
y pasando -tajo adentro- al lado fructuoso de la ensoñación.
No se trata -claro- de un grosero sistema de adición.
No hay aquí suma alguna de las partes sino
aleación. Un proceso fundente, fundante, que
devuelve en su mixtura un nuevo material. Una purísima
bisociación,3. A menudo reflexiono
con mis alumnos sobre esta cuestión: debemos
aceptar a la imaginación, no como la facultad
de formar imágenes, sino de transformarlas
en un movimiento constante. Sabemos -Hegel mediante-
que sólo se transforma aquello que contiene
una contradicción, y que una contradicción
consta de dos términos. Ayuntamiento entonces,
cópula fantástica: la capacidad de imaginar
historias responde también a esa obstinación
binaria que rige a todo el universo. Ese encuentro
polar y por tanto dinámico que pone en marcha
la dialéctica de lo imaginario. Una maquinaria
cachonda de cosas que se reproducen y nos reproducen,
que se multiplican y nos multiplican. La creación
como metáfora de La Creación,4.
Es de esta manera que alumbramos finalmente los artistas
a ese nuevo ser sobre la tierra que es el personaje.
La criatura. En ese acto entre sacrilegio y
pío del procrear con el que todos visitamos
la omnipotencia, con el que volvemos los poetas a
ese lugar más milagrero del vate -de vaticinio-
con el que nos confirmamos -si es cierto aquello de
Shakespeare de que "EL POETA ES ESPIA DE DIOS"-
sino como dioses, al menos como sus alcahuetes predilectos.
Vicios de cuna
Poetas y narradores por un lado, actores y directores
por el otro: De esas dos canillas se ha cargado habitualmente
la bañadera de la dramaturgia. Literatura y
escena. Agua y aceite, que si no emulsionan no sólo
no llegan nunca a auténtica escritura teatral,
sino que terminan convirtiéndose en su peor
enemigo. El trabajo primero del maestro dramaturgo
me ha parecido siempre entonces el de darle a ese
narrador las llaves de la escena, y a ese actor las
de la poesía. Enseñar en cada caso a
imaginar diferente. Si la narrativa define los acontecimientos
desde una conciencia, el teatro define la conciencia
desde los acontecimientos. Su mecanismo es inverso
y especular. Quién desde la literatura llega
al teatro, luego, necesita destetarse ante todo de
la función retórica de la palabra, descubrir
la diferencia entre la imagen literaria y la visual,
y asumir aquello que de una vez y para siempre nos
clavara Nietzche entre los ojos: "ES POETA EL
QUE POSEE LA FACULTAD DE VER SIN CESAR MUCHEDUMBRES
AÉREAS VIVIENTES Y AGITADAS A SU ALREDEDOR;
ES DRAMATURGO EL QUE SIENTE UN IMPULSO IRRESISTIBLE
A METAMORFOSEARSE ÉL MISMO Y A VIVIR Y OBRAR
POR MEDIO DE OTROS CUERPOS Y OTRAS ALMAS... VERSE
A SÍ MISMO METAMORFOSEADO ANTE SÍ Y
OBRAR ENTONCES COMO SI REALMENTE SE VIVIESE EN OTRO
CUERPO CON OTRO CARÁCTER". Este acto de
travestismo vulgar y paradoja : "VERSE A SÍ
MISMO METAMORFOSEADO ANTE SÍ" es la esencia
de la profesión. Vivir ese "HECHIZO DE
LA METAMORFOSIS", es siempre condición
previa ed todo acto dramático. El narrador
que escriba teatro debe aprender ante todo a concebir
un espacio escénico imaginario, y a trasladarse
a él en la piel del personaje; a indagar
con los sentidos ese espacio, aprender a ver
la acción, a oler, a gustar y a tocar el clima,
la atmósfera; y aprender fundamentalmente que
el diálogo no es otra cosa que aquello que
allí escuchamos, y que no sale de aplicar la
inteligencia sobre los logos, sino de poner
la oreja contra el mythos.
No es más sencillo el trabajo cuando el dramaturgo
viene de la práctica escénica: Si es
grande el esfuerzo del narrador para desembarcar de
la literatura no lo es menos el del actor que debe
abandonar el escenario. El actor que escribe teatro
trae desde esa matriz una formulación conceptual
que condiciona siempre la textura de su ensoñación:
su imaginario no concibe sino sobre ese escenario,
con lo que sus materiales suelen ser una especie de
remedo involuntario del "teatro dentro del teatro".
Sus producciones, así, sobreabundan en señalamientos
escénicos porque su observación está
puesta en ellos, y sus sentidos -entonces- sólo
están en contacto con la versión,
la recreación, la puesta, de la realidad
imaginada. No hablo de realidad -claro- como formulario
del realismo, sino como esa capacidad para hacer
real en la fantasía una imagen -esa ausencia-
por apartada que esté de lo cotidiano. (A aquellas
me refiero, que no representan la realidad sino la
celebran). No hay, desde los límites de esta
mirada del actor, posibilidad de indagar sensorial
ni poéticamente a esas imágenes. Para
él no hay escena sino escenografía.
Una lluvia, por ejemplo, será sólo efecto
sonoro. Y un relámpago el parpadeo de un spot
que le permite ver entre bastidores. El frío
no será tal sino su información vía
el intérprete -nunca el personaje- que se sube
las solapas. Así: su imagen queda apretada
entre las tres paredes de la caja italiana.
Paradójicamente ese artista entrenado para
sentir con el cuerpo la potencia explosiva
de un texto, a la hora de generar los suyos se saltea
ese valor detonador y termina describiendo el estallido.
No hay entonces sentido de la concepción, de
la creación, sino solicitud mágica de
la criatura. El objetivo del trabajo en estos casos
es -desde mi experiencia- el de conseguir una suerte
de conversión de norma merced a la cual
puedan aplicar al imaginario poético auello
que de manera frecuente harán uso luego en
su proceso actoral: la memoria emotiva y la sensorial.
Siempre he imaginado al texto teatral como aquella
brasa que el hombre primitivo -cuando no conocía
aún el secreto del fuego- portaba como un tesoro
durante el día, para reproducir en la noche
la llama protectora, cálida, y cocinera. Como
esa brasa, la obra teatral es por siempre un incendio
en potencia. Basta acercarle unos pastos secos y leña
noble para que aquellos amantes de Verona, por ejemplo,
vuelvan a encenderse; a arder ese moro en Venecia;
o a consumirse en Dinamarca el príncipe aquél.
Llamas que terminarán -con la temporada- en
otra brasa, que alguna vez prenderá otra fogata,
y así,5. Para el milagro del fuego
-entonces- lumbre y combustible, literatura y escena,
son un todo indivisible; e indispensables entre sí.
Quien quiera escribir teatro deberá aceptar
esta mixtura estrafalaria que lo define y le da sentido.
Ni una cosa ni la otra, y las dos a la vez: el teatro
es chicha con limonada.
El espectador imaginario
"EL ARTE NO SOLO CREA UN OBJETO PARA UN SUJETO,
SINO UN SUJETO PARA EL OBJETO" Carlos Marx.
"ESCRIBO PARA CARLOS MARX SENTADO EN LA TERCERA
FILA" Bertolt Brecht
Suele haber en el aprendiz de escritor teatral un
par de ingenuidades bastante difundidas: algunos sostienen
que escriben para sí mismo, otros: para el
público en general. Toda imagen estética
nace -y eso la diferencia del imaginario cotidiano-
con una expresa voluntad comunicadora. Es siempre
un puente, una mano tendida. Un puente no desemboca
en su punto de partida, ni se dirige -vagamente- a
la otra orilla, sino a un punto en ella; y la mano
no se tiende a sí misma, ni a la multitud sino
a alguien que la tome. "El público"
así generalizado no es más que una abstracción.
Una abstracción peligrosa: implica para desgracia
del creador la debilidad de querer gustarle a todo
el mundo. Y en el arte -como en la vida- ya se sabe:
querer gustar a todos es siempre tener que traicionar
a alguien. Se desperdicia en esta concepción
-por otro lado- la singular fuerza tractora que en
el imaginario tiene el dar. Un regalo para nadie es
sólo una compra. Un acto gratuito que no engendra
acción. Quienes disfrutamos inventando cuentos
a los chicos sabemos de la poderosa corriente creadora
que genera la presencia viva de un otro expectante;
vemos cómo el relato fluye no de uno de los
polos sino de la relación misma; cómo
se responsabiliza -se ordena- la imaginación
frente al deseo del destinatario presente. Esta fuerza
-que es en sí la fuerza creadora- es la misma
que nos sorprende cuando al contar a alguien el proyecto
de una obra futura, sentimos que el material se organiza,
descubrimos piezas ocultas, y nos sorprendemos en
aseveraciones hasta hace un instante insospechadas.
Es esa relación -esa inclinación-
la que establece el declive y rumbea las aguas del
relato. Vaga cuenca al principio, cauce después,
rápidos, toda inclinación contiene en
sí misma un sueño de destino, de meta,
y es esa búsqueda de la desembocadura la que
moviliza toda historia. La inspiración es en
realidad una aspiración: ese deseo de ir
hacia. La narración, el relato, se construye
-acto humano al fin- en la mirada del otro. Es ella
la que lo talla y moldea, critica, corrige, o confirma.
Como la de Brecht, solemos tener los autores una tercera
fila imaginaria o inconsciente, invisible desde proscenio
pero cuya presencia latiendo allí debajo termina
siendo puerto, cuando no faro. No se trata de identifiacrla,
claro, -de prender las luces de sala- porque como
a toda fuerza interior: sólo vale vivirla;
pero es importante sentir allí esa presencia
callada a la que a veces buscamos seducir, y otras
provocamos. Sentir que no existe para escribir el
sí mismo, ni esa asistencia imprecisa
de el público, sino esos fantasmas -nuestros
fantasmas- esos ratones que le dan sentido al par
básico de la comunicación.
Fragmento del libro que Mauricio Kartun prepara
con el auspicio de la Escuela Superior de Teatro de
la Universidad Nacional del Centro de la Provincia
de Buenos Aires.
1-Nada me dijeron ni la lectura alusiva,
ni la secreta, ni la interpretación, pero algo
fundante aprendí desde la literal: "Las
acciones superfluas son escritas por malos poetas
a causa de su incapacidad, y por buenos poetas a causa
de los actores".
2-"Deja vagar la fantasía siempre...",
decía Keats, "...pues el placer no se
encuentra nunca en casa."
3-Ver Arthur Koestler. "En busca de lo absoluto"
4-Tal vez por eso en la Biblia al aparearse se lo
nombre conocer.
5-Hablo -claro- de las piezas de buena madera: las
tablas de cajón, también hacen llama
pero sólo dejan cenizas.
Buenos Aires, 1995