Los personajes y los actores
"En este tren que marcha entre las alamedas,
los personajes no tienen nombre ni apellido. Pero,
por supuesto, hay un Guarda (Ulises Dumont), un cincuentón
cuyo mayor placer en la vida es sentarse en el estribo
del último vagón, todas las tardes a
la misma hora, para ver pasar una Muchacha pelirroja
(Stella Matute). Este Guarda ya está a punto
de jubilarse y hace la vista gorda a lo que sucede
en los vagones. Una mujer a quien llaman Reina
(Ruby Gattari) maneja el negocio de la mendicidad
junto con otra Mujer (Mónica Scandizzo)
y el Asistente (Hernán Chiozza), un joven ambicioso
que espera algún día reemplazar al Guarda.
El tren, lógicamente, lleva un Cocinero (Héctor
Alvarellos), un amigo de la infancia del Guarda que
alguna vez tuvo una embolia y la Lectora (Ana María
Colombo), cuya tarea en los viajes es contar el final
de las novelas a los pasajeros.
El viaje que se inicia esta noche se parece al de
todos los días. Han subido al tren el clásico
viajante, un Visitador médico (Jorge Graciosi)
y un Viejo (León Dogodny), un libertario que
ha encontrado en los trenes un nuevo espacio para
la lucha revolucionaria. Lo que no sabe es que en
este viaje se encontrará con aquella Muchacha
de campo (Márgara Alonso), el amor de toda
su vida.
Todo parece ir bien hasta que en la parada Alamos
Grandes sube el Pasajero (Tony Vilas) y al Guarda
le parece descubrir en él a un viejo conocido.
Así comienza un viaje que esta noche será
distinto".
Ficha técnica
Músicos en escena: Luis Reales (piano) y Marcelo
Moguilevsky (vientos) Música original: Jorge
Valcarcel. Diseño de movimiento: Doris Petroni.
Diseño de iluminación: Félix
Monti. Diseño de escenografía y vestuario:
Alberto Belatti. Dirección: Daniel Marcove.
Coordinación artística: Marta Barnils.
Asistentes de dirección: Lito Bara y Mónica
López. Asistente de iluminación: Paula
Grandio. Asistente de escenografía: María
Pía Cernadas.
La poética de un viaje en tren
El 29 de septiembre de 1994 comenzó la historia
"oficial" para el espectáculo VIEJOS
CONOCIDOS del dramaturgo nacional Roberto Cossa. Pero
detrás de este estreno hay otra historia, menos
conocida aunque ella sea la real causante de este
proceso que se ofreció en la sala Casacuberta
del teatro Municipal General San Martín.
Roberto Cossa prefiere separar la experiencia en tres
partes, aunque a la primera la designa como "pre-historia".
"En esa primigenia etapa -dice- no teníamos
director, éramos un grupo integrado, casi la
mayor parte, por el elenco de EL SUR Y DESPUES. Proponía
imágenes pero siempre tenía como eje
el tema de un viaje en tren".
Cuando se le pregunta a Cossa el por qué de
los trenes recuerda: "Tengo una vieja pasión
por ellos. Me crié en un barrio de tren, viví
en Villa del Parque, a dos cuadras de la estación.
Tuve un tío ferroviario y todos los veranos
me llevaba a Mendoza; siempre me fascinaron las estaciones".
Para confirmar esta debilidad sólo hay que
recordar otros títulos del autor como YA NADIE
RECUERDA A FREDERIC CHOPIN (1982) o EL SUR Y DESPUES
(1987).
Otro protagonista de VIEJOS CONOCIDOS, el director
Daniel Marcove, subraya como antecedente de esta propuesta
a otra obra del mismo Cossa, ANGELITO. "Después
del éxito de ese espectáculo -asegura
Marcove- Carlos Trigo quiso continuar con el grupo
conformado, y me propuso que juntos le pidiéramos
a Cossa extender aquella obra titulada TIO LOCO".
Aquí se inició la segunda etapa del
proceso de gestación. Los tres unidos confrontaron
ideas y material, pero es el dramaturgo quien los
convenció de abocarse a este nuevo fantasma
puesto en marcha: un viaje en tren.
El actor Carlos Trigo llevó el personaje del
guarda, y el ámbito elegido para la experimentación
fue el teatro De La Campana. Pero lamentablemente
Trigo comenzó a desmejorar y su enfermedad
terminal le impidió continuar con el proceso,
falleciendo sin verlo concluido.
La tercera y última etapa en la que se incorporaron
otros importantes nombres es la que comenzó
cuando Eduardo Rovner, en ese momento director general
del Teatro Municipal General San Martín, ofreció
la sala Casacuberta para que Roberto Cossa estrene
por primera vez un texto inédito. Fue uno de
los festejos previstos al cumplir 50 años el
teatro municipal. Es en ese momento, en que Cossa
propone apoyar esta nueva experiencia, sumando tres
nombres fuertes para el proyecto: Ulises Dumont, Tony
Vilas y Márgara Alonso.
De aquellos primeros pasos de este imaginario tren
queda en el camino no sólo Carlos Trigo, como
protagonista, sino también el escenógrafo
Leandro H. Ragucci, hacedor de numerosos trabajos
unidos a Cossa como LA NONA (1977), NO HAY QUE LLORAR
(1979), TUTE CABRERO (1981) y EL VIEJO CRIADO (1980).
Ragucci dejó esta experimentación y
en su lugar se convocó a Alberto Belatti para
la escenografía y el vestuario.
La memoria y sus facturas
Cuando llegó el proyecto al teatro San Martín,
Cossa ya tenía bien definidos algunos puntos
del futuro espectáculo. "Quería
dos personajes -afirma- con distintas memorias, el
que recuerda por medio de las palabras y el otro,
el que graba los rostros. El personaje del guarda
había sido una sugerencia de Trigo y me gustó,
sobre todo por las posibilidades de este protagonista,
quien podía jugar con un adentro y un afuera.
También desde los primeros momentos sabía
que habría un anarquista insultando. Todo lo
demás era incierto, salvo el tren y estas pequeñas
puntas".
Estas "experiencias inéditas", como
bien las define Marcove, son infrecuentes en el teatro
nacional. Su función como director fue coordinar
los fantasmas de Cossa y proponerle a los actores
que junto al escenógrafo (Alberto Belatti),
el músico (Jorge Valcarcel) y la coreógrafa
(Doris Petoni) crearan climas, para que el dramaturgo
los volcara con sus propias palabras. "Disparar
para que Cossa escribiera", confesó Marcove,
"dejándole al autor las palabras".
Este proceso de imágenes, gestos y discusiones
entre todos duró tres meses, cuando nadie,
ni siquiera Cossa, sabía con exactitud hacia
dónde se llegaría.
"Cada uno de los intérpretes -aclara Cossa-
sabe desde un comienzo, en este tipo de experiencia,
que me comprometo a que cada actor tenga un papel
en el espectáculo; pero nadie, ni yo, sabe
cuál será. Cuando comencé sólo
había definidos dos protagonistas con sus distintas
memorias, los otros fueron naciendo y conformándose
a lo largo del proceso. La figura de la narradora,
como los otros, nacieron porque tenía ocho
actores a quienes crearles otros tantos personajes".
Investigando sobre música y colores
Los otros lenguajes, intervinieron desde un primer
momento. El nombre del músico, Jorge Valcarcel
acompañó a Cossa en numerosos espectáculos:
EL VIEJO CRIADO, YEPETO, DE PIES Y MANOS, LOS COMPADRITOS
y ANGELITO. "Me habían convocado en la
etapa de La Campana -afirma el compositor- y desde
aquel momento empecé a trabajar con la guitarra,
porque imaginaba con ella zonas melódicas donde
con las cuerdas se reproducía el ritmo de los
durmientes. Mis antecedentes fueron desde mi propia
musicalización de un poema de Antonio Machado,
quien emprende y describe un viaje en tren hasta los
internacionales Gismonti, Villalobos y Mertens".
El espacio escénico también comenzó
con investigaciones. "Sabíamos -dice Alberto
Belatti- que no sería un trencito tradicional
el que íbamos a recrear, porque siempre miramos
la desestructura del país, la ruptura y la
memoria". El escenógrafo Belatti fue al
Museo Ferroviario, paseó por Constitución,
observó y descubrió objetos con la intención
de reciclarlos. Pero los faroles y las vías
del tren se transforman en "imposibles"
porque su peso los vuelve "anti-teatrales",
más aún en un espacio "compartido"
como la sala Casacuberta, donde no podía mantenerse
la escenografía, porque debía convivir
con otras propuestas que presentaba ese mismo teatro.
Hay que aclarar que VIEJOS CONOCIDOS se generó
bajo la dirección de Eduardo Rovner, pero se
estrenó durante la dirección de Juan
Carlos Gené, con lo cual este espectáculo
adquirió la carátula de "gestión
anterior".
Entre la melancolía, el lila y el rojo
Los lenguajes iban creciendo ya no sólo en
las palabras sino también a través de
sonidos y colores. "Dejé la guitarra -señala
Valcarcel- porque me teñía todo de un
color muy melancólico, que no era el que buscaba.
Así aparecieron los vientos -por asociación
con la bocina del tren- y el piano que me ayudaba
a manejar el ritmo y las melodías. Necesitaba
cierta melancolía, porque un viaje sin melancolía
no es viaje, pero buscábamos al mismo tiempo
recrear la poética del movimiento del tren,
porque un tren parado no tiene poesía".
En ese mismo proceso de búsqueda se lo descubre
a Belatti cuando asegura: "En un principio queríamos
que la bicicleta de la muchacha pelirroja volara,
como los recuerdos, pero fue imposible hacerlo en
esa sala. De aquellos planos originales a la realidad
del espacio me ví obligado a cortar mucho,
al principio con bronca, después sentí
que me acercaba a una síntesis que podía
jugarnos a favor. Así nació esta memoria
rota, trabajando con la imagen del derecho y el izquierdo
de un cerebro. Queríamos un adentro y un afuera,
y en ese afuera tenía que haber postes y puertas".
Hay una consigna teatral, que recordó Valcarcel
y que parece haber sido la guía general: "Todo
lo que no suma en el teatro, resta". Esto motivó
a que la síntesis imperara en este espectáculo
donde la investigación tuvo el mismo predominio
que la poética.
"Al viajar sucesivamente en tren -confesó
Belatti- descubrí que con los reflejos del
sol, en los vagones, todos los objetos se teñían
de lila, por eso trabajé el vestuario desde
ese tono hasta el violeta. Elegí el negro para
el anarquista y el viajero, porque era el más
misterioso y envolvente. Puse grises en el guarda
y en su ayudante y jugué con los colores del
óxido, como la tierra. Nunca dudé que
el único color fuente debía ser el pelo
de la muchacha pelirroja. Esta es una obra sobre la
memoria, las utopías, no podía tener
colores fuertes, brillantes, tenía que imperar
la nostalgia".
En este caso lo visual corrió de manera paralela
a la gestación musical, pero sin influirse.
Las creaciones nacieron con las mismas intensidades
y preocupación por respetar y recrear el clima
de este tan particular viaje hacia la creación.
"Siempre -asegura Valcarcel- hay una estrecha
relación entre la palabra, la estructura dramática
y la música. Nino Rotta nos enseñó
que si un mediodía no nos recuerda una obra,
es porque ésa no es la música para esa
obra".
El cuerpo, los ruidos y la imaginación
Hay que aclarar que el mundo auditivo que gesta Valcarcel
no sólo se limita al sonido que escribe para
sus instrumentos, que están frente al espectador.
Su imaginación se despliega y se descubre también
en los "ruidos" con que enmarca la travesía.
"Básicamente los hicimos con la utilería,
la escenografía, la voz (como el suspiro del
guarda) y el cuerpo de los actores". Cada uno
de estos sonidos le pertenece al compositor, desde
la marcación de un cocinero picando sobre una
madera, el ruido de la máquina cortando boletos,
hasta una campanilla, sin olvidar el tamborileo de
los dedos del viajante sobre la valija.
Todos estos elementos sonoros brindaron una atmósfera
sin requiebros, pero al mismo tiempo demostraron el
cuidado y el talento de un músico, "teatrero
primero" como prefiere definirse Jorge Valcarcel.
"Me siento más teatrista que músico.
Siempre vivo lo musical -sostiene- en función
del hecho teatral, incluso soy capaz de sacrificar
pequeños lucimientos propios en beneficio del
espectáculo".
El equipo se conformó y cada uno en su especialidad
estaba dispuesto al intercambio y a luchar por el
mismo fin: encontrar la poética de un viaje
en tren. Así como Belatti introduce objetos
que se pueden transformar en "musicales",
Valcarcel subraya la relación entre la música
y la dirección: "Todo director, si es
amplio e inteligente, selecciona lo mejor y lo pone
sobre el escenario. En el caso de Marcove permitió
disparar todo y luego fue eligiendo con mucha sabiduría
y sensatez". Sin olvidar en cada frase subrayar
la generosidad artística de Roberto Cossa:
"Jamás desecha una idea sin probarla antes,
en esto también nos parecemos. Tito generó
una libertad única para que los otros creadores
invadieran su cabeza, antes de sentarse a escribir".
Un tren flotando en su propio cosmos
El diseño de iluminación de Félix
Monti tampoco quedó fuera de los principios
estéticos y grupales antes enunciados. "La
iluminación no la hice yo -recuerda Belatti-
pero me puse de acuerdo con Monti porque quería
que la escenografía estuviera como flotando
en la luz, que viniera desde el corazón. Se
logró en un solo momento, cuando los dos se
sientan, al pasar por los túneles. Ahí
la luz vino de abajo como si todo fuera un propio
cosmos".
El trabajo con la luz también emprendió
su propio viaje, desde la obviedad -como lo recuerda
Belatti- de la intensidad entrando por las ventanillas
hasta descubrir reflejos que se colaban por las chapas
del suelo. Las complejidades de la sala Casacuberta
obligaron a crear tres niveles en el escenario, para
que todos los espectadores tuvieran la misma visión
del espectáculo.
Los actores y sus personales viajes
Los tiempos de creación fueron acotados desde
un comienzo: tres meses de taller y experimentación,
tres para escribir el texto y otros tres para ensayar.
No hubo postergaciones, ni cambios en lo estipulado.
Cada artista desde su distinto lenguaje pudo imaginar
e investigar su relación con el tren, desde
los fantasmas de Cossa, hasta los colores de Belatti,
sin olvidar los sonidos de Valcarcel o la síntesis
de Marcove. Pero sería imposible no referirse
al trabajo de los actores. Ellos, como dice el músico,
entregan sus propios sonidos a cada espectáculo.
"Los intérpretes me sugieren con sus improvisaciones.
Observo cómo habla cada personaje y descubro
cómo caminan en compases determinados".
Son ellos, los intérpretes, con su respiración
quienes forjan el espectáculo final. "Casi
no hice cambios entre los bosquejos del vestuario
y la realidad. Salvo -dice sonriendo Belatti- la gorra
del guarda que interpretó Ulises Dumont. La
auténtica rememoraba un poco a las nazis, por
lo cual la borramos e inventé una que creo
que nunca existió para los guardas de ferrocarril".
Este viaje se transformó en un disparador de
sensaciones. "Este tren de la vida -finaliza
Belatti- casi mítico, puede ser el de la niñez
o representar la evasión de los viajes, el
irse de uno mismo".
Rumbo al corazón
Al pedírsele la reflexión de este proceso
titulado VIEJOS CONOCIDOS, Jorge Valcarcel no duda
en subrayar: "Creo en los equipos creativos y
en la dialéctica de la creación. No
quiero olvidar la ayuda de Rovner quien lo quitó
del "off" para darle un espacio a la investigación
y a la cultura en el San Martín. Se apostó
al proceso y no al resultado".
"Sabíamos -dice Marcove- desde el primer
momento que no iba a ser un espectáculo realista,
porque la magia y el duende, como lo onírico,
se mezclaron desde el comienzo. Sé que es una
obra que permite miles de puestas en escena. No tiene
texto segundo, lo que permitirá al futuro o
a los futuros directores ponerla con total libertad.
Siempre sentí que esta mixtura entrelazada,
este realismo onírico le daría pie al
espectador para que concluyera con sus propias imágenes".
El espectáculo bajó en la fecha designada
y no se pudo reponer, pero como el director dijo:
"Son experiencias fabulosas que van a revitalizar
el hecho teatral. Aquí todos pusimos el corazón,
porque hay que saber y querer arriesgar".
En cada uno de los creadores quedó un balance
positivo de la experiencia y un saber amargo por un
final anunciado, pero nunca deseado. La crítica,
en la mayoría de los casos, no supo valorizar
este proceso de investigación y creación.
Miró desde afuera sin mucha sensibilidad a
ciertos trabajos, que aunque expuestos parecieron
ocultos, como fue el caso de la música y la
escenografía. Este viaje en tren que emprendió
VIEJOS CONOCIDOS tuvo una muerte anunciada, pero inmerecida,
ya que una vez más la burocracia de los contratos
y las designaciones, impidieron que su marcha continuara
por más tiempo.
Buenos Aires, 1995