Armando
Discépolo
Nos conocimos en 1949 y enseguida fuimos amigos. Inmediatamente
me subyugó su poder de síntesis. Una síntesis
que emanaba naturalmente de su propia personalidad -de
su mirada, de su voz, de sus palabras, de su cuerpo- y
que luego aparecía en su teatro sorprendido por
su profunda sencillez. ¿Quién no recuerda
el repetido "¿Queré un mate, vieco?"
con el que la mujer de Mateo sintetizaba la ofrenda de
su leal amor? Armando Discépolo fue maestro de
la sencillez. Por eso una tarde, secretamente junto a
mi oído, pudo opinar de un colega contemporáneo:
!Aquél muchacho escribe difícil...porque
no puede escribir fácil...porque es difícil."
Tal vez sea ésta una de las tantas razones por
las que a don Armando le resulta fácil seguir vivo
no sólo en nuestro recuerdo sino también
en nuestros escenarios.