LAS FUERZAS ARMADAS DE LA COLUMNA VERTEBRAL DEL MOVIMIENTO
PRESENTAN
EL SECUESTRO DE ISABELITA
Del compañero Daniel Dalmaroni
Esta obra está dedicada a las víctimas de la Triple A y a los desaparecidos durante la dictadura militar en la Argentina.
La clave de esta pieza, como podría ocurrir en una comedia, es el equívoco. Pero a la inversa de muchas obras donde es habitual el develamiento progresivo de una verdad terrible, aquí la verdad es descubierta desde el comienzo de un modo literal: “Yo no soy Isabel Perón” es la primera frase de El secuestro de Isabelita. Desde ese equívoco, los personajes alcanzan una estatura que es a la vez trágica y ridícula, heroica e ilusoria. Esta obra no cuestiona el ideal de la lucha revolucionaria, ni las víctimas del terrorismo de Estado, sino el orden de la creencia: el lugar común de una “fe revolucionaria” y la posibilidad de confundirla con una fe religiosa.
La fe revolucionaria de los secuestradores de Isabelita no forma parte de una estrategia para la lucha por el poder real, sino una pura creencia que se transforma en delirio. Así los revolucionarios establecen rituales que no entienden del todo, en los que diluyen su propia identidad personal y su voluntad, sumidas en un ideal que los excede y cuyo alcance no pueden precisar.
El abrupto final alude históricamente a la continuidad de la acción de la dictadura tanto en los crímenes de la triple A, como el operativo “Independencia” en Tucumán, o el llamado “decreto de aniquilación del accionar de los elementos subversivos” firmado por Ítalo Luder durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón– .
El secuestro de Isabelita sugiere que la historia también puede ser trágica debido a un fatal malentendido, a una errónea interpretación de sus presupuestos, animada tanto por el ideal o la utopía, como por creencias falsas y hasta un mesianismo basado en ilusiones tan contundentes como la metáfora de un sosías de Perón. |