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Patricia
Astrada |
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Laura Cuffini |
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Amancay Espíndola |
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Julio
Feld |
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Jorge
Graciosi |
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Pablo
Lema |
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Pablo
Machado |
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Guillermo
Marcos |
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Juan
José Ovalle |
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Roberto
Ponce |
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Eugenia
Ramírez |
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Héctor
Sinder |
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| Escenografía
y Vestuario |
Rolando
Fabián |
| Diseño
de luces |
Roberto
Traferri |
| Música
original |
Sergio
Vainikoff |
| Asistencia
de dirección |
Vanesa
Campanini |
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| Dirección |
Julio
Ordano |
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| Sala |
Teatro
Abierto |
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Ciudad
de almacenes primero, de cafés después,
más tarde de confiterías, hoy somos una
ciudad de bares. El almacén tuvo sus parroquianos
orilleros que dejaban el parejero y la chata maneados
a sus postes. Los cafés tuvieron la ñata
contra el vidrio y el esplendor tintineante del marfil
de sus billares. Mesas con mantel, florcitas y "cubas
libres" dieron onda a los clientes gomosos de la
confitería. Hoy en el bar tenemos el encuentro
furtivo, el almuerzo furtivo, la lectura furtiva, la borrachera
furtiva.
Ni almacén "La blanqueada", ni café
"De los angelitos", ni confitería "Santa
Unión", son hoy junta de porteños.
El bar grill nacido en las cercanías de las casas
de estudio reune desconocidos, clientes fugaces alejados
del antiguo tiempo barrial, relaciones a medio hacer que
permiten dejar atrás el pasado oprobioso y convivir
con sus sentimientos de culpa sin verse obligados a olvidar
o a esconderse.
El cosmopolitismo del bar apareja vínculos desfachatados,
carentes de lealtad, una suerte de combinación
sincrética de culturas, de soberanía de
consumidores. Sin solidaridad de clase, ni barrial, ni
de divisa deportiva, el bar es una gran incertidumbre,
como el mundo.
Salvo el mozo, nadie se acordará de nosotros el
día que faltemos al bar.
Bernardo Carey
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