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| Elenco |
Julieta Vallina |
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Guillermo Arengo |
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Roman Lamas |
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| Coreografía |
Leticia Mazur |
| Escenografía |
Carolina Ruy |
| Asistente de Escenografía |
María Laura Muñoz |
| Realización escenográfica y objetos |
A&B Realizaciones,
Bana Fernández Rolfi, H. Cosas, Ale Baamonde |
| Vestuario |
Roxana Barcena |
| Iluminación |
Ricardo Sica |
| Música |
Cecilia Candia |
| Realización de video |
Lucas Brunetto |
| Voz en Off |
Guillermo Aragones |
| Fotografía |
Clara Muschietti |
| Prensa |
Carolina Alfonso |
| Operación técnica |
Juan Manuel Noir |
| Asistencia de dirección |
Marigela Ginard |
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| Dirección |
Ana Alvarado |
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| Sala |
Carlos Somigliana |
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Agradecimientos: Lorena, Paola, Valentina
Este espectáculo ha sido realizado en su totalidad con el premio obtenido en el Concurso Nacional de Producción Teatral del Instituto Nacional del Teatro. |
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Deshauciada de la experiencia amorosa, Verónica García, abandona la ciudad para hacerse cargo de la dirección de un museo perdido en la estepa patagónica, con el ánimo de quien renuncia a una adicción e intenta una purga de su devastación personal, buscando un efecto balsámico sobre su herida.
Envuelta en sus brumas, escarcha, nieve y viento; una especie de vendaval que se parece al suyo no da tregua. El adentro y el afuera destituyen su frontera.
Siendo el único ser vivo en ese establecimiento, intermitentemente comunica sus peripecias a una amiga de sus tiempos de ciudad como si ella estuviera allí en ese instante y pudiera escucharla.
A pesar de sus “renuncias”; la civilización, la ciudad, los hombres, la directora del museo entrará en relación amorosa con el Gral. De La Serna y el cacique Cushamen, dos embalsamados, reproduciendo su llaga, como si no pudiera dejar de ser la herida que nos infligimos.
También Bálsamo habla de la muerte del cuerpo; no tener ya un cuerpo o tenerlo lastimado sin cabeza en una caja de cristal, o ser una cabeza conferenciante que perdió su cuerpo, con ese discurso civilizado que colecciona lo muerto lo ido lo arrasado exterminado por la civilización, y los gritos ahogados de lo salvaje pugnando por salir; de lo histórico hegemónico (la conquista del desierto y otras), y de lo salvaje femenino también como frontera entre la educación y la necesidad, que termina incendiándose.
Rescatada por la civilización cuando ya es tarde, cuando también se es salvaje en el sentido de “extraviada la razón”; otra frontera que se cruza desde la extrema lucidez del reconocimiento del desierto interior como paisaje a la locura como una especie de ceguera a la que se llega después de haber abierto demasiado los ojos.
La simultaneidad de finales habitados; el final de lo salvaje con su familia, pasada a degüello “de la pira de objetos del museo ardiendo y la caminata por el desierto- del cuerpo sin cabeza que cae en la batalla y es introducido en la vitrina de exposición del museo, el rescate del “nuevo” quien lleva a Verónica García hasta el primer paraje adonde la reconocen” la cabeza conferenciante perdida en el desierto.
Como si todo el caleidoscopio soltara los cristales a la vez para llegar a la oscuridad del apagón final.
No hay frontera entre lo real y lo virtual, el eterno retorno de lo gestado y no parido, la intrascendencia biológica del ser.
Bálsamo es también la fosilización de la máscara de la melancólica abandonada, la oportunidad de verse.
Maite Aranzábal
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