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A partir de la década del
70 una tendencia se impuso en la dramaturgia nacional:
el neogrotesco. La investigadora analiza aquí
su nacimiento y progresión, así como las
raíces y fuentes de las que se nutre.
Si bien pueden hallarse prefiguradores del grotesco
criollo en numerosas piezas de Carlos Mauricio Pacheco
(2) y aún en las de nemesio Trejo (3), es indudable
que el género alcanza su apogeo entre 1920 y
1935 aproximadamente, se eclipsa durante las décadas
del 40 y del 50 para resurgir en los últimos
años a través de una variable más
compleja: el "neogrotesco" (4), que presenta,
a nuestro juicio, dos tendencias diferenciables. Por
un lado, la que transitan Griselda Gambaro y Eduardo
Pavlovsky, cercana al teatro de la crueldad y al absurdo,
caracterizada por una clara influencia de autores como
Pinter, Beckett, Genet, Ionesco o Arrabal. El sentido
grotesco de las obras de este primer grupo radica en
mostrar la creciente deshumanización de la sociedad,
la preocupación por la identidad personal, el
crescendo de las tensiones psicológicas, la distorsión
alcanzada por ciertos fenómenos sociales (el
fútbol, el machismo, el sexo), la presentación
de temas relacionados con la violencia (el poder, la
tortura, la fagocitosis) y la consecuente ritualización
de la agresión. De esta manera, como afirma Charles
Driskell, los "mitos y los valores se convierte
en meras parodias en que las características
más notorias serán lo grotesco y los aspectos
rituales que crean una pesadilla" (5).
Por otro lado, podemos señalar la línea
que recupera y actualiza la temática y los personajes
del género chico, en la que se destaca Roberto
Cossa. La consideración de dos de sus obras nos
permitirá determinar los principales rasgos que
indican la continuidad y la renovación de la
tendencia que le diera origen, el grotesco criollo,
sin pretender, obviamente, agotar un tema que por su
riqueza de matices puede ser abordado desde puntos de
vista diferentes pero al mismo tiempo válidos.
El grupo familiar que presenta Roberto Cossa en La Nona
(1977) está estructurado alrededor de una anciana
inmigrante y centenaria. Se trata de un "ser asexuado,
tragicómico, grotesco que tiene la virtud y el
poder de dar a la obra ribetes insólitos y sobrenaturales"
(6). Su insaciable voracidad será, sólo
en apariencia, el motivo fundamental de la ruina económica
de la familia. La descomposición moral del grupo
irá en aumento hasta que todos, a su modo, terminarán
sucumbiendo, víctimas de la incapacidad de afrontar
y modificar la realidad.
La preocupación por el dinero no es aquí
avaricia o búsqueda del ascenso social, sino
simplemente posibilidad de subsistencia. Frente a este
problema, Carmelo y Chicho, nietos de la esperpéntica
anciana, asumen posiciones antitéticas. El primero
ve en el trabajo la única salida válida
e intima a su hermano a conseguir un empleo. Carmelo,
como todos los personajes del grotesco criollo, fracasará
porque no comprende que trabajar más no basta
si no se modifican las causas reales que fagocitan el
producto de este trabajo. Por su parte, Chicho, muy
próximo a ciertos personajes de Florencio Sánchez,
es el vago que se escuda tras sus supuestas dotes de
compositor de tangos para eludir la responsabilidad
del trabajo. No creemos casual que su nombre coincida
con el del protagonista de la obra de Alberto Novión,
Don Chicho (1933) ya que se asemeja a éste en
la falta total de límites morales y en la descarada
hipocresía de cada uno de sus actos. La ambigüedad
que caracteriza al don Chicho de Novión también
puede verificarse en el personaje de Cossa. Si aquel
trata con desprecio y rudeza a su padre inválido
cuando se halla a solas, pero cambia su tono ante la
presencia de extraños, Chicho juega el papel
de nieto amoroso que acaricia los blancos cabellos de
la abuela, mientras intenta eliminarla con los gases
tóxicos del brasero o con el veneno de probada
eficacia. Otro punto de contacto con la obra de Novión
se relaciona con el tema de la limosna. Del mismo modo
que Don Chicho transforma a su padre en mendigo, la
familia de la Nona especula con las limosnas que puede
recibir el octogenario kiosquero del barrio, casado
por medio de engaños con la voraz anciana.
Existen otros personajes que se aproximan notablemente
a los caracteres arquetípicos del grotesco criollo.
La Nona, aunque caricaturesca e irreal, pertenece como
Carmelo Salandra (7) o Mustafá (8) a la primera
gran inmigración: su lengua conserva todavía
rasgos cocolichescos pero no representa ya un obstáculo
de comunicación ni para ella ni para ninguno
de sus miembros de las tres generaciones que la rodean
y que, inclusive, desconocen el italiano. Marta, la
bisnieta, sigue el modelo clásico de la "milonguerita"
de los tangos. Si en un principio la familia cree y
acepta sus frecuentes salidas nocturnas para cumplir
con la guardia en la farmacia y luego su empleo de alternadora
en un cabaret, termina siendo cómplice de su
derrumbe y no duda en conseguirle los clientes que,
como "manicura", recibe directamente en su
casa para evitar inútiles pérdidas de
tiempo. Marta, siguiendo el ejemplo de sus mitológicas
antecesoras tangueras, morirá en un hospital
consumida por alguna incierta enfermedad profesional.
Más allá de los personajes arquetípicos
o caricaturescos y de los elementos hiperbólicos,
la esencia grotesca radica en el sentimiento del fracaso
definitivo que impregna la obra. Carmelo, transformado
en un alcohólico, muere de un síncope;
Anyula se intoxica con el veneno que resultó
inocuo para su madre; Chicho, desesperado y sin medios
de subsistencia, se suicida; don Francisco, el ambicioso
kioskero, termina hemipléjico en manos de desconocidos
deseosos de lucrar con las limosnas que recibe; Marta,
como vimos, muere enferma en un hospital y María,
su madre, deberá resignarse a vivir de la caridad
de sus familiares mendocinos.
Gris de ausencia (1981) no es sólo la interiorización
del sainete sino su inversión. Cossa revierte
el tradicional problema de los inmigrantes transplantados
a un medio extraño y los muestra de regreso al
país de origen, que tampoco pueden sentir ya
como propio. El núcleo grotesco será entonces,
la búsqueda de la identidad perdida en este doble
proceso de desarraigo.
Luego de vivir cuarenta años en la Argentina,
la familia regresa a Italia: su sueño de inmigrantes
se ha cumplido. Al igual que las cantinas que genoveses
y napolitanos hicieron proliferar en ciertos barrios
porteños, instalan en el Trastevere de Roma una
trattoria ("L'Argentina"), en donde sirven,
vestidos de gauchos, platos típicos a los sones
de los desvaídos tangos que el abuelo aporrea
en su acordeón. La lengua, como factor de incomunicación
y disociación, juega en la obra un papel fundamental.
Chilo, necesita aferrarse a los ritos cotidianos para
reafirmar su identidad de porteño cabal; compra
todas las mañanas, durante veinte años,
el Clarin de Buenos Aires y se obstina en no hablar
y no querer entender el italiano. Más aún,
toda palabra no comprendida tiene, para él, valor
de insulto, de agresión. Su hermano y su cuñada
conversan todavía las pautas lingüísticas
cocolichescas de tradición saineteril que los
incomunica con sus hijos Frida y Martín instalados,
respectivamente, en Madrid y Londres.
En este clima de aislamiento y soledad en el que el
mate, compartido por todos, parece ser el unificador,
no sólo la lengua los incomunica, sino también
la falta de un pasado común ya que los recuerdos
comienzan a desdibujarse por el tiempo y la distancia,
hasta que, sin darse cuenta, confunden los lugares y
las cosas. Como todos los personajes de raíz
grotesca Chilo sufrirá el inevitable desenmascaramiento.
Al rememorar su añorado barrio de la Boca olvida
el nombre del Riachuelo. La memoria falla, los recuerdos
se agolpan y se confunden, cae entonces la careta de
una identidad que siempre sintió válida
y segura. Derrotado, se coloca el poncho y comienza
a atender a los clientes hablando, por primera vez,
en perfecto italiano, mientras el abuelo, con su senil
obnubilación, sintetiza en el desgarrante monólogo
final la honda problemática de inmigrante, sus
sueños y sus fracasos.
Prescindiendo de las innumerables interpretaciones simbólicas
que admite la insaciable voracidad de la Nona, es indudable
que se trata de un proceso de fagocitación similar
al de los grotescos de la década del 30. La antropofagia
(9) que la sociedad ejercía sobre el individuo
fracasado se reproducía en la relación
padres-hijos, hasta despertar en estos últimos
una despiadada rebelión que, en numerosas obras
de Discépolo, culminaba en "parricidio"
(10). El determinismo social que aparentemente organizaba
las conductas de los personajes del grotesco criollo
no permitía alentar muchas esperanzas sobre el
futuro de los hijos de Saverio.(11) El organillero,
o los del cochero Miguel (12). Sin embargo una vez producido
el desenmascaramiento, la huída del hogar, la
negación a reproducir modelos heredados, la aspiración
a una vida mejor, representan, en una cierta forma,
una apertura dentro del clima de clausura e inmovilidad
social que caracteriza a los personajes de nuestro grotesco.
La Nona en cambio, muestra un panorama mucho más
amargo y desesperanzado. No hay en ningún momento
una auténtica anagnórisis que lleve a
un cuestionamiento de los factores reales que provocan
el desmoronamiento individual y familiar. Los personajes
se cristalizan en el autoengaño y en el eufemismo,
prefiriendo considerar a la Nona como la única
causa de sus males antes de deslindar los alcances de
las propias culpas. Fracasan en tanto buscan eliminar
el factor de agresión externa sin modificar previamente
las condiciones internas que consistieron y acompañaron
esa fagocitación. Gris de ausencia, por su parte,
da una vuelta más de tuerca a la temática
característica de nuestro género chico.
Muestra el otro lado de la trama: el retorno al país
de origen no es más que un nuevo proceso de desarraigo
que anula, en forma definitiva, la posibilidad de alcanzar
una identidad propia que haga cobrar sentido a la existencia.
La clasificación que hemos esbozado, arbitraria
y discutible como todas las esquematizaciones, podría
completarse ubicando la meritoria producción
dramática de Ricardo Monti en una posición
intermedia entre las dos tendencias del "neogrotesco"
que hemos mencionado. Monti ha pensado su teatro en
relación con Discépolo, Defilippis Novoa,
Arlt y, en la última década, con Griselda
Gambaro(...) Si el sainete se interioriza en el grotesco,
el grotesco se mitifica en el teatro de Monti. Esta
hipérbola que ha sufrido el grotesco, que ahora
se volvió fantasmagórico, también
puede rastrearse en el conflicto central que plantean
obras como El organito o Relojero" (13).
No creemos que el auge del grotesco criollo y del "neogrotesco",
que se inicia en la década del 70 y continua
casi sin interrupciones hasta el presente, sea una consecuencia
necesaria de los frecuentes desequilibrios políticos
y sociales sufridos por nuestro país sino una
forma de pensar y asumir la realidad argentina. De hecho,
frente a una situación crítica hay dos
posibilidades expresivas: la grotesca y la trágica,
porque si bien es cierto que el grotesco resurge como
constante en las épocas en que las convencionales
estructuras de la sociedad se ven alteradas por profundas
crisis de valores, no es menos cierto (y la historia
de la cultura occidental ofrece innumerables ejemplos)
que el florecimiento de la tragedia corresponde a los
momentos en que el hombre pierde sus tradicionales puntos
de referencia y debe resolver por sí solo sus
conflictos, tanto en el nivel inmanente como en el trascendente.
La escasa tradición trágica que registra
el teatro argentino, en el que Marechal, De Cecco o
Ponferrada, entre otros, constituyen valiosas excepciones,
confirma que ante estas dos modalidades expresivas,
la mayoría de nuestros autores y también
de nuestro público parece inclinarse por el grotesco.
A partir de 1930, la Argentina ha sufrido numerosos
avances y retrocesos en el normal devenir de sus instituciones.
Ante esta aniquilación del orden histórico
y de la consecuente destrucción del concepto
de identidad personal, la visión de la realidad
argentina que los autores contemporáneos presentan
en sus obras es exclusivamente grotesca, ya que el grotesco
no alcanza en ningún momento los ribetes trágicos
necesarios como para vislumbrar la esperanza en la justificación
metafísica del mundo o en la solución
de los conflictos humanos. Si en la tragedia el hombre
puede elegir y, a través de la lucha y del sufrimiento,
llegar a imponer lo que considera su verdad, en las
obras grotescas, el fracaso, la marginalidad, la distribución
indiscrimanada de la culpa (sin que medie un auténtico
proceso de anagnórisis) niegan la posibilidad
de modificar una condición existencial absurda
y paradójica. A través de esta cosmovisión
clausurada y sin esperanzas, predominante en la escena
argentina, nuestro autores parecen coincidir con Dürrenmatt
cuando afirma que "los supuestos de la tragedia
son culpa, penuria, clara visión y responsabilidad.
En el atolondramiento de nuestro siglo (...) no hay
más culpable ni más responsables. Nadie
tiene la culpa y nadie ha querido (...) Somos demasiado
colectivamente culpables, estamos demasiado lectivamente
sumidos en los pecados de nuestros padres y abuelos.
No somos más que nietos. Esa es nuestra mala
suerte, no nuestra culpa (...)" (14)
Pero si esto es verdad, si somos creadores, como espectadores
o como ciudadanos seguimos interpretando la realidad
argentina en clave exclusivamente grotesca, si resulta
imposible el reconocimiento de la culpa y de su expiación,
si no se puede superar, catárticamente, el hecho
individual para comprender lo universal, si es inútil
esperar la instauración de un orden mejor tanto
en el ámbito humano como en el plano trascendente,
¿cuál sería, entonces, nuestro
compromiso histórico, nuestra responsabilidad
moral frente a nosotros y frente a los demás,
cuáles, en última instancia, los límites
y los alcances de nuestra propia libertad?
Notas
(1) El presente trabajo ha sido realizado durante la
tenencia de una beca de iniciación a la Investigación
otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas; y fue leído
en las II Jornadas de Literatura Agrentina, organizadas
por la Universidad Nacional de Mar del Plata en noviembre
de 1983.
(2) Marta Lena Paz "prefiguraciones del grotesco
criollo en Carlos Mauricio Pacheco" (en: Universidad,
Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, Nº
54, 1962, pp.119-155).
(3) Golluscio de Montoya, Eva "Innovación
dentro de la tradición escénica rioplatense:
el caso de nemesio Trejo" (en: Extrait des Cahiers
du Monde Hispanique et Luso-Bresilien, Caravelle Nº
37, Tolouse-Le Mirail, Université, 1980.
(4) Seguimos aquí la denominación utilizada
por el Centro de Estudios Teatrales "Carlos Mauricio
Pacheco" en el artículo "El grotesco
en el Teatro Nacional" (en: Teatro Abierto, Buenos
Aires, Nº1, octubre 1982,pp.44-53)
(5) Driskell, Charles, "E Poder, los Mitos y los
Ritos de la Agresión: Tres obras teatrales de
Eduardo Pavlosky" (en: Teatro argentino de hoy
1. El teatro de Eduardo Pavlosky, Buenos Aires, Búsqueda,
1981, p. 38; la traducción del artículo
corresponde a maría Celina Doyhambehere.
(6) Ordaz, Luis. Prólogo (a: La Nona de Roberto
Cossa. Buenos Aires, Argentores, 1980, pp.7-13)
(7) Protagonista de He visto a Dios de Francisco Defilippis
Novoa.
(8) Protagonista de Mustafá de Armando Discépolo
y R.J. de Rosa.
(9) Marco, Susana y otros. Teoría del género
chico. Eudeba, 1974
(10) Viñas, David, Prólogo (a Armando
Discépolo. Obras escogidas. Buenos Aires, Jorge
Alvarez, 1969,pp. VII-LXVI)
(11) Protagonista de El Organito de Armando y Enrique
Discépolo.
(12) Protagonista de Mateo de Armando Discépolo.
(13) Monteleone, Jorge. "En torno al teatro de
Ricardo Monti" (en: Boletín del Instituto
de Teatro Nº5, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos AIres, 1984, pp.25-35)
(14) Dürrenmatt, Friedrich, Problemas teatrales,
Versión castellana de Alfredo Cahn, Buenos AIres,
Sur, 1961, p.42.
Buenos Aires, diciembre 1987
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