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Griselda Gambaro ocupa el lugar más
relevante en la dramaturgia argentina contemporánea.
Sí, en los años 60, El desatino,
Las paredes, Los siameses o El campo
fundan en la escena local un "absurdismo"
cuestionador de los valores y los roles sociales, sus
piezas de la década siguiente se caracterizan
por una mayor transparencia semántica, apoyada
en la crueldad de las imágenes visuales. Textos
posteriores como La malasangre (1981), Del
sol naciente (1983) y Antígona Furiosa
(1986) muestran, en cambio, la preeminencia del discurso
verbal, articulado por medio de procedimientos más
próximos a los códigos de representación
realista: la secuencia lógica organiza el razonamiento
de los personajes: los silencios adquieren una significación
profundamente reveladora.
En este desplazamiento de la imagen visual hacia la
palabra como instancia productora de situaciones dramáticas,
Decir sí, pieza breve estrenada en 1981,
constituye un punto clave en el que vale la pena detenerse.
En Decir sí, los objetos de escenario
propuestos por las didascalias (un espejo, un sillón
giratorio, utensilios de afeitar, pelo cortado por el
suelo) representan una peluquería convencional.
No obstante, la actitud del peluquero, ante la llegada
del cliente (no saludarlo, darle la esplada para mirar
por la ventana) constituye el primer indicio de ruptura
con la cotidianeidad, con los códigos de comportamiento
socialmente aceptados. Ambos personajes entablan una
relación que transgrede la figura convencional
del peluquero, largamente codificada en las distintas
expresiones estéticas del costumbrismo argentino.
Esta vez, el cliente es el que charla, el que canta,
el que busca adular y complacer, el que nunca manda,
el que jamás tiene razón.
Frente al enigmático mutismo del peluquero, el
cliente asume todo el peso del discurso verbal: así,
con un quiasimonólogo, busca "construir"
el diálogo y recurre para ello a distintas estrategias
lingüísticas. Responde a preguntas que él
mismo hipotetiza e intenta, a través de continuas
rectificaciones de su propio discurso, verbalizar acertadamente
el presunto pensamiento de su interlocutor. En algunos
casos, el halago obsecuente se resuelve en hipérbole;
en otros, la autorreferencia disloca la continuidad
semántica. La palabra del cliente -cada vez más
desconcertado- se torna, entonces, errática e
incoherente.
De manera particular, la utilización de códigos
diferentes transgrede las formas convencionales de toda
interacción conversacional. El peluquero compensa
con el silencio la verborragia del cliente y se comunica,
casi exclusivamente a través de signos no lingüísticos
(deixis gestuales, expresiones faciales significativas,
etcétera) y de signos paralingüísticos
(entonación, intensidad, ritmo, timbre), minuciosamente
especificados por la autora en las didascalias. El cliente,
por su parte, decodifica, aterrado, los silencios, los
gestos, las miradas y las vagas palabras del peluquero,
como órdenes a las que obedece sin rebelarse.
Así, limpia el sillón, junta los pelos
del piso, desempaña el espejo y termina afeitando
y cortándole el cabello al propio peluquero.
Convencido de que su indisimulable falta de destreza
provocará la ira de éste, el cliente culmina
"confesando", aceptando la responsabilidad
de una supuesta culpa. El peluquero, aparentemente indignado,
le propone -siempre por medio de una gestualidad inquietante-
invertir la situación. Invita al hombre a sentarse
en el sillón pero, en vez de afeitarlo, lo degüella
con un rápido y certero tajo. Luego se quita
la peluca y la arroja sobre el cadáver del cliente.
La tensión creciente entre los significantes
verbales y los significantes paraverbales y gestuales
estructura, entonces, la sintaxis dramática de
la obra y determina, en el plano semántico, la
progresiva victimización del cliente. Se plantea,
de este modo, una siniestra inversión de roles
que remite a diferentes niveles de metaforización.
Por una parte, el que corresponde a la relación
víctima-victimario, casi un tópico del
teatro contemporáneo. Por otra parte, el nivel
de metaforización que transgrede el anterior,
es decir, que subvierte la posición discursiva
convencional de la víctima, al presentarla como
legitimadora del discurso del victimario.
El cliente habla, dice, pero sus palabras no le sirven.
No pide explicaciones ni alega una defensa. Miente y
se miente a sí mismo, intenta engañar
y se autoengaña. Con las palabras justifica lo
injustificable y llega, inclusive, a subvertir los datos
de la realidad (define la navaja vieja y oxidada como
"impecable" y el líquido nauseabundo
como "agua de colonia"). Sin embargo, la peluca
que el asesino se arranca constituye un signo objetual
altamente significativo que resemantiza la historia
narrada y, al interactuar con los otros sistemas significantes,
instaura nuevos y más complejos niveles de metaforización.
El gesto final del peluquero muestra al cliente como
víctima de un siniestro engaño. Si el
pelo mal cortado era falso y no hubo "culpa",
no existe justificación alguna para el crimen.
El principio de causalidad que parece regir el desenlace
(con la secuencia causa-efecto concretada como torpeza-crimen)
queda supuestamente invalidado. Sin embargo, no se trata
de una situación aislada y puramente causal.
Obedece a la lógica de las cosas. En efecto,
un recuerdo infantil narrado por el cliente. a quien
sus compañeros de juegos arrojaron a un charco
maloliente por negarse a cruzarlo, aporta información
sobre la prehistoria del personaje y parece explicar
su miedo a rebelarse y su incapacidad para volver a
"decir no". La anécdota verosimiliza
la extraescena mostrando, aunque sin precisiones referenciales
y con un sentido claramente metonímico, un contexto
social intolerable en el que no es posible el disenso.
Si "decir no" alguna vez perjudicó
al personaje, "decir sí" ahora
lo aniquila.
El título mismo de la obra pone el acento en
la discursividad lingüística y, por extensión,
en el valor contractual de la afirmación, reforzado
por la presencia del infinitivo. "Decir sí"
significa aceptar, coincidir, pero también, en
la instancia correspondiente a la dinámica entre
significantes verbales y no verbales ya señalada,
"decir sí" significa someterse.
El texto de Griselda Gambaro plantea, por lo tanto,
una contradicción sólo en apariencia:
"decir sí" (como actitud de
sometimiento) y "decir no" (como gesto
de rebeldía) se oponen sólo en el plano
lingüístico, ya que, ante la fuerza omnipotente
y artera, encarnada por el peluquero, no cuenta ni el
sí ni el no: frente a la irracionalidad de un
totalitarismo que no se vale de palabras, las palabras
no valen.
Decir sí ha sido juzgada por las crónicas
de su estreno como una metáfora sobre los complejos
mecanismos del poder tiránico, basada en la relación
entre víctima y victimario. Aunque no del todo
desacertadas, las opiniones de los críticos tendieron
a parcializar la fuerza transgresiva del texto y, por
lo tanto, su importancia estética e ideológica.
Como hemos señalado, en Decir sí
se infringen tanto las características de los
intercambios conversacionales y de las relaciones contractuales
de la vida cotidiana, como los modelos culturales hipercodificados
(la figura del peluquero charlatán y obsecuente).
Asimismo, la obra transgrede ciertos rasgos propios
de la estética de la neovanguardia, que se constituyó
en modelo para las piezas "absurdistas" de
Gambaro, especialmente durante los años 60. Cambian
no sólo los procedimientos concernientes a la
discursividad gestual, que no es aquí ni grandilocuente
ni sobreabundante, sino también los procedimientos
referidos al discurso lingüístico. En Decir
sí, a diferencia de los textos de Ionesco,
Beckett o Pinter, la palabra no es el lugar del vacío
espiritual ni se desintegra como reflejo inmediato del
caos del mundo. Gesto y palabra se vuelven muecas inútiles
y paradójicas que redimensionan las relaciones
de poder y sometimiento. A su vez, el tratamiento del
nivel verbal en Decir sí supone una variante
con respecto a la propia textualidad de Griselda Gambaro.
Es aquí que rompe el modelo de otros personajes-victimarios:
la madre en El desatino, el ujier en Las paredes,
Franco en El campo o el padre en La malasangre,
entre otros. El peluquero casi no habla; se limita a
repetir alguna palabra a modo de eco, a comunicarse
con gestos y oscuras miradas. No necesita (ni desea)
disimular su actitud autoritaria, ya que el cliente,
salvo tímidos e inútiles intentos de rebelión,
acepta ocupar la figura complementaria de la víctima.
La obra se estrenó en el marco de Teatro Abierto
(1981), ciclo que, aglutinando a prestigiosos creadores
y público entusiasta, constituyó un núcleo
de directa oposición al régimen dictatorial
instaurado en la Argentina a partir de 1976. No obstante,
Decir sí escapa -con sus sesgo nihilista-
al doctrinarismo frecuente en el llamado "teatro
político". No hay soluciones sugeridas desde
la escena: la oposición convencional entre "buenos"
y "malos" tiene otros matices: el sí
es tan eficaz como el no para enfrentar el discurso
totalitario.
En el marco de la trayectoria dramática de Griselda
Gambaro, Decir sí constituye, sin duda
alguna, el cierre de una etapa que involucra dos momentos
de su producción. Por una parte, lleva a la exasperación
ciertos rasgos propios de la textualidad de los años
60, como la dislocación del principio de causalidad
o la desarticulación transgresora de los roles
sociales. Por otra, opta por una mayor economía
de recursos y sintetiza los procedimientos de los textos
del 70. En Decir sí ya no encontramos
ni la reiteración de una misma situación
(Información para extranjeros), ni la
crueldad en los juegos farsescos o paródicos
(Dar la vuelta, Nada que ver, Real envido)
Decir sí es, al menos hasta el momento,
la última obra gambarina en la que personajes
masculinos son protagonistas de un conflicto sin salidas
aparentes para superar el horror del totalitarismo,
dado que la palabra -en cuanto espacio de articulación
de los vínculos humanos- es cuestionada e invalidada
por su capacidad enmascaradora.
La producción teatral gambarina de los años
80 evidencia, en cambio, una fuerte presencia del protagonismo
femenino (ya anticipada en sus textos de la década
anterior) y la recuperación de la palabra que,
a pesar del metafórico distanciamiento en tiempos
y espacios que plantean las historias narradas, adquiere
una dimensión claramente referencial. En estos
textos, palabra y mujer establecen un compeljo entramado
de significaciones, cuyo sentido último deberá
rastrearse en las circunstancias recientes de la historia
argentina. En boca de Dolores (La malasangre),
de la cortesana japonesa (Del sol naciente) o
de la infeliz princesa tebana (Antígona furiosa),
la palabra será grito, clamor, denuncia pero
siempre arma liberadora contra el silencio cómplice
de la muerte.
Buenos Aires, abril 1990
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