|
Las relaciones entre la dramaturgia
de David Viñas y el teatro épico de Bertolt
Brecht son el punto de partida de la autora de este
ensayo sobre una figura que no sólo ha incursionado
en el teatro. David Viñas es una personalidad
en el campo del pensamiento argentino.
Teatro histórico, teatro político. Son
denominaciones habituales y justas para caracterizar
la dramaturgia de David Viñas. Buceador del pasado
para entender el presente. Testigo y cuestionador de
los hechos pretéritos de los que extrae los condicionamientos
ideológicos determinantes, sus obras no dejan
impasible al espectador. Frente a los acontecimientos
que presencia, discutirá o compartirá
las posiciones del autor, revisará sus puntos
de vista pero no será indiferente ni se identificará
emotivamente. Teatro de raíz brechtiana, sin
duda. La materia prima del teatro épico, explica
Bernard Dort,1, son las conductas históricas,
sociales, de los individuos. Antes que reproducir las
ideas o los sentimientos de los personajes, se dedica
a mostrar sus comportamientos y sus opiniones. Viñas
historiza en el concepto brechtiano del término,2;
no muestra a sus héroes -absolutos protagonistas
de las piezas- en su aspecto individual y anecdótico
sino que revela infraestructura sociohistórica
que se transparenta en los conflictos individuales.
Y la vincula a los hechos y actitudes contemporáneas.
¿Cómo estructurar dramáticamente
un material de tales características? Las peculiaridades
formales de una obra épica se pueden definir
mejor, como opina Walter Benjamín, desde el punto
de vista del escenario que desde el punto de vista de
una nueva formulación dramática. La fábula
no es lineal sino que se fragmenta en secuencias narrativas.
"El teatro épico avanza a empujones como
las imágenes en el celuloide de una película.
Su forma básica es la del shock con que las diversas
y bien reconfortadas situaciones se encuentran unas
con otras. Las canciones, los carteles, las convenciones
gestuales enfrentan una situación con otra,3.
El teatro de Viñas, sus tres obras representadas
-Lisandro, Túpac Amarú y Dorrego,4,
que son las que vamos a analizar- siguen estas características.
La tensión de los acontecimientos se rompe con
songs, coros y comentarios que permiten al espectador
distanciarse y asumir una actitud crítica frente
al particular tratamiento de un material histórico
cuyas líneas básicas conoce de antemano.
Túpac Amarú o el compromiso americano
"Las condiciones históricas -dice Brecht-
no deben ser concebidas (ni presentadas) como fuerzas
oscuras (transfondos). Es el hombre quien las crea y
las mantiene (y también quien las cambia): las
propias acciones que presenciamos dan origen a esas
condiciones",5.
A través de una figura casi mítica Viñas
va a trabajar, justamente, el juego de fuerzas que crean
y cambian (o tratan de cambiar) determinadas condiciones
históricas: opresión, injusticia, dependencia,
a las que la lectura política de la obra hace
contemporáneas. Trata la figura de Túpac
Amaru desde dos culturas y la rebelión. La primera
muestra las dificultades para asumir el papel que los
acontecimientos le asignan: "Tengo privilegios.
Nací con ellos. Sobre todo uno: demasiado cristiano
me han hecho. Y no termino de odiar". La segunda
lo ubica encabezando la sublevación de todo el
pueblo hasta la derrota y el holocausto final.
El mundo de opresores y oprimidos (españoles-indios)
está presentado frontalmente con seres tipificados
en los que no faltan las contradicciones y las traiciones..
La obra está organizada en secuencias que alternan
el accionar de uno y otro grupo en pugna y en las que
el verosímil naturalista se rompe por la tificación
que resulta así un primer elemento de distanciamiento.
Pero la estructura lineal aparece también quebrada
por el accionar de los coros y la utilización
de la música que distancian la acción.
La actuación de los coros introduce uno de los
elementos de más fuerte teatralidad,6.
En las primeras secuencias las dudas de Túpac
para asumir su destino americano y su lugar de lucha
son interrumpidas primero por el Coro de indios-peticionantes
que entonan melopeas y luego por el Coro de indios-pájaros
con sus sonidos guturales "que aparecen graznidos
con algo del ulular del viento", como dice la acotación.
Apoyan a su presencia la actitud de fuerza propulsora
de la acción que encarna Micaela, acción
que Túpac va realizando por pasos. A las dubitaciones
que todavía lo acosan y que Micaela disipa, sigue
la aparición del Coro de indios-mineros que surgen
como sombras informes, "son una mezcla de indios
y animales que se acercan reptando". Los dos coros,
indios-pájaros e indios-mineros, introducen con
su presencia y sus movimientos un ingrediente artaudiano
a la obra. Brecht y Artaud, antitéticos en sus
concepciones, se conjugan en el teatro épico
de Viñas, quien ha explicado en su artículo
que "si su escisión amenaza con alejarlos
enfrentándolos en forma excluyente, la densidad
del cuerpo y el espesor de las palabras los superpone
al nivel de síntesis que se comprueba en la materia.
En una materialidad concreta. Donde el cuerpo juega
como estructura y la palabra como historia",7.
En las secuencias de la lucha, la música y el
coro fracturarán la acción y ambientarán
los lugares desde los que se apoya la rebelión.
El Coro, como hemos visto, pertenece al mundo de los
oprimidos y fortalece las posiciones de lucha. Caído
prisionero Túpac, aparecerá el Coro de
soplones surgido de los triunfadores que los hostigará
desde la óptica de la crueldad.
Si la obra es una mirada a la historia del continente,
estos elementos distanciadores permiten reflexionar
sobre las situaciones de injusticia social que se ofrecen,
entender los condicionamientos epocales que las generaron
pero también reflexionar sobre el presente.
Lisandro-Dorrego o la traición a la clase
Nacidos en el seno de la clase detectadora del poder,
los protagonistas de las dos obras adooptan una actitud
heterodoxa y rompen con los principios establecidos.
Contradictorios pero implacables defensores de los ideales
que han asumido, sus actitudes resultan un escándalo
para la oligarquía en la cual se formaron, una
traición que debe ser castigada con un fin trágico.
En Lisandro, Viñas seguirá la trayectoria
del tribuno enardecido en su defensa de la democracia,
fiscal primero del gobierno de Yrigoyen, lo será
luego, en una lucha que lo llevará a la muerte,
de las acciones de sus antiguos amigos. No le resultará
fácil cortar con su clase. Será una larga
batalla en la que, como a Túpac lo comerán
las vacilaciones. Lo sacarán de ellas la inalterable
fidelidad de su ideario, más firme cuanto más
se aparta de él su grupo social.
La trayectoria política de Lisandro se estructura
a través de algunos núcleos claves: su
oposición parlamentaria al gobierno de Hipólito
Yrigoyen y posteriormente al golpe de Uriburu, su participación
en las elecciones, el retorno a las Cámaras y
la investigación y denuncia del negociado de
las carnes. Alrededor de esos ejes se van desarrollando
las acciones que muestran el paulatino alejamiento de
su clase, dificultoso, acuciado por dudas, por tentaciones
de poder, hasta el enfrentamiento final.
Armada la obra como un montaje de secuencias, el tratamiento
dramático se enriquece con la utilización
de coros, música y recursos técnicos -algunos
de los cuales, como las proyecciones, remiten a Piscator-
con los que se produce el distanciamiento. También
mediante ellos se remarcarán las condiciones
históricas:
Slights en una pantalla y voz en off señalarán
el contexto ratificando u oponiéndose a la acción
teatral. La música -tangos significativos desde
el punto de vista social como "Yira, Yira",
"Donde hay un mango, viejo Gómez",
"Quévachaché!" contribuirán
a la ambientación epocal. Pero donde se juega
con mayor fuerza la teatralidad, donde la obra se dinamiza
constantemente, es en el accionar del coro. El recurso
de transformación del mismo que ya había
presentado en Túpac Amaru se multiplica.
Irrumpe en la acción de los personajes, la interrumpe
y la distancia, juega situaciones propias, se relaciona
con las proyecciones, expande el espacio escénico
avanzando sobre la platea. Convocará al verosímil
histórico. Y jugará rituales en los que
el influjo de Artaud es evidente. Cambian entonces los
signos del teatro épico y aparecen símbolos
que rigen la crueldad. Un mundo amenazante y animalizado
invade la escena: vacas opositoras, caballos en celo,
langostas, espectros, acosan a Lisandro. Entonan melopeas
cuyo lenguaje se va desestructurando por momentos incomprensible,
para quedar en mugidos, relinchos, ronroneo o el silencio
sólo regido por las acciones físicas.
La concepción materialista se enriquece con estos
elementos. Distanciamiento y símbolos se conjugan
y permiten testimoniar el pasado y reflexionar en su
resonancia actual.
Dorrego. Transgresor de las pautas de su clase
como Lisandro, pero sin dudas, y sin sentirse escindido
como Túpac, Dorrego aparece al comienzo de la
obra en la cúspide del poder y la popularidad.
Esa seguridad, que es para sus oporitores traición
a su núcleo de origen, provocará desde
las primeras escenas la trama que conduce al derrocamiento,
el primero de la larga serie de golpes militares de
nuestra historia.
Poder, apogeo y escándalo titula Viñas
el primer momento de los dos en que divide la pieza,
sintetizando así la situación de esplendor
de la breve trayectoria política del héroe.
Armado el acto en secuencias paralelas, se presentará
por un lado la fluidez y comodidad con que Dorrego se
mueve entre el pueblo y con los caudillos federales,
la seguridad con que cree poder aventar cualquier rebelión,
el desprecio por la injerencia extranjera encarnada
en la figura del cónsul francés. Pero
por otro lado, en las sombras, se gesta la conspiración
de la burguesía aliada al poder militar en el
que sobresale quien será el antagonista: Lavalle.
Leído el pasado desde los sucesivos pasos que
conduce al presente, el golpe contra Dorrego será
también cada uno de los golpes contemporáneos
y los civiles, los pelucones de la obra, actúan
desde la óptica de La hora de la espada
de Lugones.
La dicotomía histórica civilización
o barbarie aparece nítida y escandalosamente
para sus adversarios. Dorrego ha tomado partido por
la barbarie. Incómodo en las formalidades del
juramento o en los encuentros con el alto comercio,
se distiende en los contactos con el pueblo, en los
candombes, donde juegan elementos de carnavalización.
La música irrumpe entonces en escena como un
significante de fuerte referencialidad. Pero será
también el elemento de ruptura, de distanciamiento
de las situaciones en los songs que los cronistas-payadores
entonan a lo largo de la pieza. Como quería Brecht,
"el gestus de la demostración, que siempre
acompaña el gestus demostrado es particularmente
subrayado por las canciones".
El segundo momento, Caída, humillación
y holocausto será la contracara del primero en
la estructura simétrica de la obra: triunfo-derrota,
federales-unitarios, pueblo-antipueblo. El espacio de
los vencedores será el de la soledad (Lavalle
frente a la plaza vacía donde antes Dorrego era
aclamado) y de la dependencia (la larga enumeración
de las deudas con el poder extranjero). pero la victoria
de los opositores no culmina con el derrocamiento será
necesaria la eliminación del que juzgan traidor.
En las escenas finales domina una fuerte teatralidad.
Encarando a la muerte, Dorrego sostiene un monólogo
en el lenguaje crispado, desesperado, que se va haciendo
onírico ante la aparición del candombe
-apoyo final en lo popular- mientras el coro de negros
potencia el tono político. Ese tono domina totalmente
la última secuencia en la que, mientras enfrenta
Dorrego el pelotón de fusilamiento, los narradores
comienzan a enumerar la larga serie de víctimas
del poder y la opresión que desde ese primer
momento hasta el presente han ido jalonando nuestra
historia.
Apasionado y lúcido para enfocar la historia
de Latinoamérica, Viñas logra plasmar
un teatro épico renovado en el que la raíz
materialista que enfoca los problemas se recupera en
la escena conjugándose con los rituales del teatro
de la crueldad que acentúan las contradicciones
y los enfrentamientos. Y el horizonte de expectativas
de las obras se hace explícito: un teatro político
que explique las dificultades de la liberación
americana.
1-Bernard Dort, 1969
2-Ver Pavis, 1983
3-Walter Benjamín, 1970
4-Lisandro se estrenó el 22 de abril de 1972
en el Teatro Chacabuco, Túpac Amaru el 19 de
mayo de 1973 en el Teatro Liceo, Dorrego el 10 de septiembre
de 1986 en el Teatro Cervantes.
5-Bertold Brecht, "Pequeño organon para
el teatro" en Brecht, 1983.
6-Para el concepto de teatralidad seguimos la concepción
de Pavis, 1983 y Anne Ubersfeld, 1983 y Anne Ubersfeld,
1982.
7-David Viñas, 1973.
Bibliografía
Artaud,Antonin
(1978) El teatro y su doble, Barcelona, Edhasa.
Benjamín, Walter
(1970) Brecht: ensayos y conversaciones,Montevideo,Arca.
Brecht,Bertold
(1983) Escritos sobre teatro,Buenos Aires,Ediciones
Nueva Visión.
Castri,Massimo
(1978) Por un teatro político,Piscator,Brecht,Artaud,madrid,Akal.
Dort,Bernard
(1969) Pedagogía y forma épica en el teatro
de Brecht en Teatro y política, Buenos Aires,Ediciones
de la Flor.
Pavis,Patrice
(1983) Diccionario del teatro, barcelona, paidos.
Ubersfeld,Anne
(1982) lire le théatre, paris, Editions Sociales.
Viñas, David
(1973) 19 núcleos para una primera discusión
alrededor de un teatro en CrisisNº1,Buenos Aires.
(1974) Túpac Amaru-Dorrego-maniobras, Buenos
Aires, Ediciones Cepe.
(1985) Lisandro-Maniobras, Buenos Aires, Galerna.
Buenos Aires, diciembre 1987.
|