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Desde 1961, con Soledad para cuatro, de Ricardo
Halac, como punto de partida y, teniendo como antecedente
a los grandes dramaturgos modernos, de Ibsen en adelante,
pasando por Strindberg, Chejov, Shaw, Miller, Genet,
Beckett, etc., los textos dramáticos que han
ocupado el centro de la escena del Teatro de Arte en
nuestro país, han pertenecido, por lo general,
a lo denominado por Osvaldo Pellettieri como "Realismo
Reflexivo" o a la "Neovanguardia".
En el nivel semántico, unos, los pertenecientes
al realismo, planteaban la dificultad o la imposibilidad
del hombre de realizarse frente al poder alienante y
ahogante de la Sociedad, reflejándola con la
mayor fidelidad posible. Los otros, mientras, intentaban
provocar a la burguesía a partir de reflejarla
en un espejo deformante.
La diferencia, en última instancia, es qué
espejo usa cada uno y no el objetivo ideológico,
que fue, en las distintas tendencias, la crítica
a una Sociedad que no permite el desarrollo de un proyecto
solidario y comunitario en el que el hombre pueda realizar
su capacidad creadora (1).
Esta actitud de rebelión, es la utopía
necesaria y justificadora de la mayor parte de las obras
realizadas y, además, del éxito reconocido
o desde el público o la crítica o el campo
intelectual.
Por otra parte, la crisis de esta búsqueda romántica,
utópica, tiene su testimonio teatral en Ya
nadie recuerda a Federico Chopin, obra de Roberto
Cossa estrenada en 1982, donde el autor llora la pérdida
de los ideales románticos, no sólo en
una familia del Buenos Aires de esa época, sino
también, en un plan personal, en la misma dramaturgia.
Vamos a tratar de ver algunos de los factores que hacen
a esta crisis de la rebelión tradicional.
-Por un lado, estamos en presencia de una sociedad que
prioriza cada vez más (y con menos cuestionamiento),
la competencia y el individualismo. Asistimos a una
pérdida de confianza en las distintas ideologías
que proponen proyectos solidarios y a una tendencia
general al desarrollo de políticas liberales
de competencia y privatización que en nombre
de una mayor eficiencia, descree de las posibilidades
del hombre de desarrollar proyectos comunitarios con
un fin diferente al del beneficio económico inmediato.
(2).
-Ligado con lo anterior, en el pensamiento filosófico
actual, la contracultura y la crisis de la modernidad,
con el consiguiente cuestionamiento de lo cultural,
ideológico y teórico ligado con la modernidad.
- Por otro lado, el avance tecnológico también
influye en el pensamiento contemporáneo, haciéndolo
más pragmático y descreído de la
ambigüedad que hace el arte (3)
- Todo ésto va fijando en la sociedad actitudes
pragmáticas y menos receptoras de "ideales"
de cambio, pero ya no sólo en el poder instituido,
sino también en el sector al que pertenece el
tradicional espectador de teatro.
- En el hecho escénico, vivimos el cuestionamiento
del poder de la palabra. Creemos cada vez menos en las
palabras y en las ideas. Los distintos sectores de poder
usan las mismas palabras y ésto nos lleva a cuestionarnos
no sólo lo que decimos, sino también cómo
lo decimos. Pero las palabras y las ideas quedaron vacías
de contenido. Y en un mundo que aparece cada vez más
estimulado por las imágenes, surgen espectáculos
de imágenes sugerentes, que, aunque estén
carentes del sentido que da a un hecho espectacular
un texto dramático, con una imagen del mundo,
expresan una necesidad: la de revalorizar lo lúdico,
lo caótico, lo irracional, lo imaginario.
Y, de esta manera, mientras las viejas ideas condicionan
e inhiben la creación de algunos autores, que
siguen aferrados a ellas y a viejos procedimientos que
son más ilustrativos que creativos, los directores
y los grupos que intentan una búsqueda poética
diferente se distancian cuestionando la validez del
texto dramático. Es así como el autor
cede el lugar de la imagen al director y éste
lo toma, no sólo para expresar una necesidad
que satisface su creatividad, sino también porque
es un espacio abandonado por ellos, más preocupados,
muchas veces, por transmitir un mensaje de transformación
social, que por contar poéticamente una historia,
que, de todas maneras, inevitablemente, expresará
su ideología, que, en última instancia,
será significada definitivamente por el contexto.
Por todo ésto, quiero proponer una redefinición
de la función de la dramaturgia, a partir de
un replanteo del sentido de la creación artística.
Considero como germen de la creación artística,
por un lado, a la necesidad, la vocación del
hombre de crear belleza en libertad, no sólo
debido a su condición de sujeto inserto en un
medio permanentemente condicionado por las necesidades
económicas, sino también como tendencia
natural del hombre (4-5). Por otro lado, su necesidad
de expresar sus pasiones, sus obsesiones, deseos, alegrías,
en general, sus emociones y pensamientos con el fin
de compartirlos y de encontrarse con el mundo, a través
de la expresión concreta de esa vocación:
la obra de arte.
Es desde este punto de vista, desde el encuentro entre
el artista con el mundo donde el teatro posee su singularidad
principal entre las artes, que es la de ser "un
encuentro vivo", razón por la que su tan
temida muerte no se producirá mientras el hombre
tenga esa necesidad de encontrarse (6). ¿No será,
una obra de teatro, en buena medida, una razón
para el encuentro? Quiero decir, ¿No será,
la representación misma en un teatro, un acto
donde se efectiviza, en un nivel simbólico, el
encuentro utópico deseado entre los hombres?
En relación al proceso de producción artística
mismo, podemos plantear, como elementos esenciales del
mismo: a) la imagen poética o estética,
en la que podemos reconocer dos características
fundamentales: su potencia metafórica y su potencia
imaginante, la que le permite generar nuevas imágenes,
y b) el manejo de las relaciones formales entre las
imágenes e ideas que van surgiendo, que le van
dando, al proceso de creación, una forma y estructura
que la hacen compartible, comunicable.
De esta manera, la obra de arte es, por un lado, la
concretización del proceso creador, la forma
en la que se plasman esas imágenes e ideas y
el vehículo a través del cual el autor
se encuentra con el contemplador. Pero por otro, posee,
en sí misma, una potencia metafórica e
imaginante, que la hace autónoma, trascendente
y decodificable no sólo en función de
su creación, sino también en función
del espectador.
Podemos plantearnos ahora ¿Cuál es el
sentido esencial de la experiencia estética?
¿Qué es lo que busca, fundamentalmente,
el contemplador, el espectador, al colocarse frente
a la obra de arte? Considero que esencias de la experiencia
estética son, por un lado, la búsqueda
de la belleza, de lo apolíneo, y por otro, el
reencuentro con lo dionisíaco, lo pasional, lo
imaginario, que nos produce una intensificación
de la vida inhibida por la cotidianeidad. Este reencuentro
con lo dionisíaco, inquietante y excitante, pero
que podría ser riesgoso en la vida real, nos
provoca, protegidos por la distancia que nos da la contemplación,
una sensación de placer y de libertad por la
posibilidad de dominar la naturaleza de nuestra vida,
aunque sea en la imaginación.
El espectador, entonces, percibe imágenes que
son, también para él, potencia imaginante
y metafórica. Y es así, como, al cruzar
esas imágenes con las suyas propias, su historia
y pensamientos, se generan nuevas imágenes y
reflexiones (7).
Entonces, si el lugar del artista es el de expresar
bella y libremente sus pasiones, obsesiones, deseos,
si el significado que tenga su obra depende del espacio
y tiempo en que se contemple, y si, además, él
mismo se considera, no como el portador de una verdad
a transmitir sino como un poeta portavoz de las pasiones
de sus contemporáneos, parece más conducente
que partir de ideas preconcebidas, supuestas verdades
ya conocidas, el partir de las imágenes poéticas
que sí nos conmueven, nos divierten, nos sorprenden
y que contienen, en sí mismas, las ideas que
"sentimos" como verdaderas.(8)
Como ejemplo, creo que puede ser esclarecedor, quisiera
narrar cómo surgió "Concierto de
Aniversario" (9).
A principios de 1983, próximo el fin del Proceso,
tuve la sensación de que las palabras amor, libertad,
justicia, democracia, paz, estaban quedando vacías
de contenido, y se me ocurrió la idea de una
obra en que un grupo de intelectuales fanáticos,
comenzaran a reunirse con el objetivo de salvar a la
Humanidad, a partir de estos valores. En el fragor de
las reuniones, en medio de los planes para llevar a
cabo esa ambiciosa campaña, a uno se le ocurre
preguntar: -¿Y si hay alguien que no está
de acuerdo con todo esto?-. Los demás le contestan
que no es posible. ¿Cómo puede ser que
una persona no esté de acuerdo con el amor, la
paz, la justicia, etc.? El que planteó la inquietud
insiste: -Y...supongamos que no esté de acuerdo-.
En ese caso, le responden, vamos a tratar de convencerlo
explicándole que la única manera de salvar
a la Humanidad es a través de esos principios.
-Pero supongamos -sigue el otro-, que el hombre no se
convence-. -Y...entonces -le contestan- tendremos que
eliminarlo, por el bien de la Humanidad. La idea terminaba
con este grupo de intelectuales saliendo a matar a todos
aquellos que no estaban de acuerdo con el amor, la justicia,
la paz y la libertad. Era una buena idea, pero la imagen
teatral era pobre. Yo escribía y cuando leía
lo escrito me aburría y lo rompía. Eran
diálogos de intelectuales ya escuchados muchas
veces. No surgía una acción rica, sorprendente,
una imagen teatral clara. La acción se producía
después, cuando salían, en otro escenario.
En ese entonces se me empezó a aparecer la imagen
de cuatro viejitos tocando el Segundo Movimiento del
Cuarteto "Razoumovsky" Nº3 de Beethoven,
la parte del pizzicato del cello, que me encanta. esta
imagen se me aparecía permanentemente, pero yo
estaba convencido de que no tenía nada que ver
con la obra. En todo caso, pertenecía a otra,
más lírica, creía yo, que intentaría
escribir más adelante. Finalmente, después
de un tiempo, me dejé invadir por esa imagen,
la desarrollé y me di cuenta que esos cuatro
viejos fanáticos de Beethoven eran los protagonistas
de la obra que había pensado antes. Beethoven
eran los protagonistas de la obra que había pensado
antes. Beethoven simbolizaba para ellos la libertad,
la paz y la alegría (cosas que, por otra parte,
simboliza) pero a eso se sumó la imagen de ellos
no tocando sino haciendo que tocaban, y la de la mujer
de uno de ellos, muriéndose en la habitación
de al lado de donde ensayaban para un concierto, sin
prestar atención a sus lamentos para no interrumpir
el ensayo. Aquí sí, ya tenía la
obra de teatro que surgió de una imagen que ya
contenía en sí misma una idea que fue
enriqueciéndose, luego, en el proceso creador,
dialécticamente, con la idea anterior.
Con relación al sentido de la obra, fíjense
que para mí era una metáfora sobre la
insensibilidad y la intolerancia, pero puesta en 1983,
en Teatro Abierto, adquiere las características
claras de una alegoría sobre el Proceso, con
los tres Comandantes y el presidente. La obra fue seleccionada
para representar a Teatro Abierto en el Festival Internacional
de Teatro de La Habana y, cuando se representó
ahí, recuerdo que un gran teatrista, amigo y
maestro, me esperó para decirme: -Esta obra habla
de los yanquis en Vietnam-. Luego fue representada en
Lima, una ciudad con una enorme influencia cultural
española y allí se dijo que la obra era
un Esperpento Valle Inclanesco que expresaba una alegoría
sobre el Presidente y los tres Poderes.
La conclusión válida de ésto, no
es el pensar que la recepción cambia el contenido
de una obra, sino que determina otras miradas, todas
válidas por la potencia metafórica de
las imágenes poéticas.
Y quisiera cerrar esta ponencia con una propuesta que,
a pesar de ser obvia, cada tanto los acontecimientos
de la Historia hacen que sea cuestionada. Esta es: Aunque
sea en el Arte, la imaginación al poder.
Bibliografía
-Bachelard, Gastón: Poética de la ensoñación.
-Barthes, Roland: El susurro del lenguaje.
-Brustein, Robert: De Ibsen a Genet: La Rebelión
en el Teatro.
-Espacio, Nº2: Entrevista a Ingmar Bergman.
-Kogan, Jacobo: La religión del arte.
-Paz, Octavio: Los signos de rotación.
(1) Robert Brustein, en De Ibsen a Genet: La Rebelión
en el Teatro, dice: -"Ese rasgo distintivo (el
de los dramaturgos modernos), es su actitud de rebeldía,
actitud que es producto de una herencia esencialmente
romántica"-. Y más adelante:-"Rechazando
a Dios, la Iglesia, la comunidad y la familia -reivindicando
los derechos del individuo contra las pretensiones del
Estado, la moral, las convenciones y las normas vigentes-,
adopta la postura de un rebelde, sublevándose
contra las prohibiciones, resuelto a romper las barreras
que lo coartan"-.
(2) Octavio Paz, en Los signos de rotación, dice:-"La
conversión de la sociedad en comunidad y la del
poema en poesía práctica no está
a la vista. Lo contrario es cierto: cada día
aparece más lejana. La idea (utópica)
de una sociedad en que se borre la distinción
entre el trabajo y el arte es una idea irrenunciable"-
(3) Nuevamente octavio Paz, en Los signos de rotación:-"Vivimos
actualmente una pérdida de la imagen del mundo;
éste se ha disgregado, a la vez que se ha dispersado
el hombre, en gran parte a causa de la técnica.
La técnica no da una imagen ni una visión
del mundo, porque una imagen implica un sentido unitario
y un porvenir, del hombre como ser histórico,
a pesar de que invente algo nuevo todos los días,
puesto que no da razón del por qué ni
del para qué de los cambios, no responde a esta
pregunta que contiene ya en germen una idea del hombre
y una imagen del mundo. La poesía, en cambio,
coincide con la humanidad misma en cuanto búsqueda
de los otros"-.
(4) Jacobo Kogan, en Filosofía de la Imaginación,
pág270, dice:-...porque la creación y
la contemplación estéticas proceden de
una vocación genuina del hombre y resultan así
en el advenimiento de un plano independiente de la causalidad
psidofísica. La libertad interior pone en tensión
todas las fuerzas del alma e intensifica la vida de
la conciencia, siendo la belleza su expresión
objetiva.
(5) Es interesante ver también, en relación
a ésto, el planteo que hace Jacobo Kogan frente
al enfoque psicoanalítico de la creación
artística como sublimación. En La religión
del arte, pag.93, dice: La idea de sublimación
puede ser adecuada, pero con signo inverso al de Freud:
no como una represión del impulso vital, sino
por el contrario, como la realización de un impulso
que perteneces también a la raza humana, aunque
en un plano distinto al de la vida común, que
es el de la libertad.
(6) Ingmar Bergman, en un reportaje publicado en ESPACIO
Nº2, dice que el Teatro existirá porque
existe esa necesidad de comunicación, ese encuentro
vivo entre los actores y el público...y las sublevaciones.
(7)Roland Barthes, en El susurro del lenguaje, dice:-"...un
texto está formado por escrituras múltiples,
procedentes de varias culturas y que, unas con otras,
establecen un diálogo, una parodia, una contestación;
pero existe un lugar en que se recoge toda esa multiplicidad,
y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho,
sino el lector".
(8)Gastón Bachelard, en Poética de la
ensoñación, dice: "En nuestro modesto
estudio de las más simples imágenes, nuestra
ambición filosófica, es, pues, grande.
Intentaremos probar que la ensoñación
nos da el mundo de un alma, que una imagen poética
nos da testimonio de un alma que descubre su mundo,
el mundo en el que quisiera vivir, donde merece vivir".
(9)Ya relatada a Jorge Dubatti, en la entrevista publicada
en el libro Teatro de Eduardo Rovner, editado por Corregidor.
Buenos Aires, abril 1990
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