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En diciembre del año pasado,
y como parte de nuestras investigaciones sobre el método
generacional -y más específicamente sobre
el conjunto de dramaturgos argentinos conocidos corrientemente
como miembros de las generaciones del '50 y del '60,
los que para nosotros forman parte de una misma generación
del '56- le hicimos la siguiente entrevista a Griselda
Gambaro.
Roster: Griselda, en general, la crítica divide
tu obra en dos partes, a veces en tres, y algunos han
señalado un cambio en tu obra a partir de 1971,
1972 con Dar la vuelta. ¿En qué
año la escribiste, en el '71?
Gambaro: Sí, '71-'72.
R.: Se ha dicho que desde ese momento hay como una especie
de dejar atrás la parte metafórica de
tu rabajo y que te metés en una línea
más abierta, más directa, más accesible.
¿Estás de acuerdo en eso?
G.: Las observaciones de la crítica suelen desconcertarme
un poco porque me cuesta tener la distancia suficiente
como para poder opinar con verdad. No sé. Por
ejemplo, Dar la vuelta me parece una obra que
está entroncada de cierta manera con El desatino.
Pero no podría decir si en Dar la vuelta
soy más directa o menos directa, más accesible
o no. Yo consideraba que mis primeras obras -Las
paredes, El desatino, Los siameses- eran transparentes,
y dieron lugar a muchos malentendidos. Así que
mal te podría contestar la pregunta respecto
a las restantes.
R.: Tal vez si enfocamos la pregunta desde otro punto
de vista: en esa misma obra, dejando aparte la cuestión
de su transparencia, me parece que hay por lo menos
una diferencia de actitud de parte de los protagonistas,
Joe y Valentina. Es como el primer indicio de un comienzo
de una rebeldía y de una concientización.
G.: Eso sí. Yo soy una persona que escribe; por
lo tanto, si como persona, cambio, ese cambio se traducirá
forzosamente en la escritura. Pero nunca de manera deliberada,
para mostrar o demostrar algo. Así que,
eso pudiera ser, pero nunca de manera deliberada. Si
ahora mis personajes se rebelan, es porque me he vuelto
más solidaria con ellos, y porque esa solidaridad
está antes, en mi pensamiento y en mi manera
de sentir.
R.: También se ha señalado que, por la
misma época, como que te fuiste dando cuenta
que los personajes femeninos no habían tenido
un papel principal en tus obras, es decir, un papel
activo. Y entonces, a partir de cierto momento, parece
que son precisamente los personajes femeninos los que
toman la iniciativa en esa rebeldía.
G.: Respecto a los personajes femeninos, yo he escrito
obras como Las paredes y Los siameses
donde no aparecía ningún personaje femenino.
Un mundo de hombres (autoritario, sádico y cruel)
donde las mujeres también vivían, pero
por omisión. Y después, vuelvo a lo que
te decía, que como persona voy cambiando y entonces
cambia también mi mirada. Un cambio que se acentúa
en el '76, aunque ya había tenido personajes
femeninos que se rebelaban, como en Puesta en claro
y Sucede lo que pasa. Pero mi cambio personal
está enlazado más con la novela que con
el teatro. En el '76 publiqué, conjuntamente
en Argentina y en Francia, Ganarse la muerte,
una novela donde intenté reflejar, a través
de una familia y de las relaciones familiares, la situación
política-social que se vivía en la Argentina.
En Francia, las mujeres se sintieron muy identificadas
con el personaje femenino y la lectura cambió
de óptica. Cada lectura escribe el libro de nuevo,
así que imaginativa y reflexivamente volví
a escribirlo, aunque no tocara una línea. Me
pregunté por qué la historia de Ganarse
la muerte, una historia terrible de humillación
y escarnio, pasaba a través de una mujer. Y me
interesé entonces, de manera muy particular,
sobre la situación de la mujer en el mundo, leí
mucho al respecto y le dediqué a la mujer una
mirada más atenta. Esto trasuntó después
en mis obras sin que signifique que yo las privilegie;
si escribo una pieza los hombres son tratados con el
mismo cuidado, pero necesito ahora que la historia pase,
sea contada, por una mujer, que es lo que también
soy. No hago de esto una regla, y menos inflexible,
es lo que necesito ahora. Por otra parte, yo creo que
en el teatro argentino, la mujer no está presente
para nada; hay muy pocos grandes personajes femeninos
en nuestra dramaturgia, que es una dramaturgia casi
exclusivamente masculina.
R.: No solamente en cuanto a las obras y los personajes,
sino también respecto a los creadores.
G.: Sí. No son las mujeres las que hablan de
sí mismas, son los hombres los que hablan de
ellas y dicen cómo son. Yo también pienso
que la visión de Cossa, de Pavlovsky, dramaturgos
a los que admiro, son visiones muy masculinas, y esto
ocurre con muchos. Es una mirada particularmente masculina,
no ambigua, ni andrógina, como creo que es la
mía, ¿no?, sino particularmente masculina.
R.: Estábamos comentando hace poco con Pellettieri,
la escasez de dramaturgas en el teatro mundial, pero
de manera muy especial en Argentina, en contraste al
caso de México, donde rápidamente pudimos
pensar en cuatro dramaturgas bastante conocidas como
Maruxa Vilalta, Luisa Josefina Hernández, Elena
Garro y Rosario Castellanos.
G.: También en Estados Unidos hay una gran cantidad
de dramaturgas.
R.: Pero, ¿te parece que hay razones, además
de las muy obvias, por las que las mujeres no se han
dedicado tanto al teatro?
G.: Yo creo que esas razones son precisamente las obvias,
incluso diría que por esas mismas razones no
han accedido tampoco, en gran número, a la dirección,
a la puesta en escena. Entre nosotros, hay pocas directoras
de teatro, aunque el panorama está cambiando
poco a poco, muy lentamente. Las mujeres han intervenido
hasta ahora como actrices, por razones de necesidad
en la cobertura de roles femeninos; hay infinidad de
asistentes de dirección y vestuaristas, que en
la perniciosa jerarquía teatral tienen menor
imoprtancia, pero como dramaturgas y directoras de escena,
es decir, en los puestos considerados claves, no figuran
en el mismo número. Y creo que son esas condiciones
obvias de relegamiento de la mujer en el plano histórico
y social, lo que ha determinado la escasa inserción
de la mujer en estas funciones específicas dentro
del teatro.
R.: Normalmente, la crítica, especialmente aquí
en Buenos Aires, te asocia con la Generación
del '60, incluyendo a dramaturgos como Roberto Cossa,
Ricardo Halac y Eduardo Pavlovsky también. ¿Vos
, te sentís parte de esa misma generación?
¿Creés justa esa inclusión? Porque
si miramos por un lado el teatro de Pavlovsky, y el
tuyo, especialmente la primera parte, y luego las obras
de Cossa y Halac, son teatros bastante distintos.
G.: Yo creo que esa clasificación tiene un sentido
solamente generacional. Es decir, tenemos edades aproximadas
y empezamos a trabajar casi al mismo tiempo. Y allí,
punto. Ahí acaba. Por otra parte, cuando comencé
no me sentía unida a ninguna generación.
Cossa, Somigliana, Halac, formaban parte de un grupo;
pero yo aparecí un poco como una francotiradora;
no tenía mayor relación con la gente de
mi generación y nos separaban también
marcadas diferencias estéticas. Creo que lo que
nos unió fue, posteriormente, una situación
política. Es decir, cuando la situación
en la Argentina se hizo cada vez más dura y advino
la dictadura militar, entonces, creo que cada uno de
nosotros se dio cuenta que, de distinta forma, compartíamos
los mismos principios. Eso creo que nos unió
más que el hecho de participar de un mismo fenómeno
que era el teatro argentino.
R.: Eso tiene una especie de culminación en el
fenómeno de Teatro Abierto. ¿Cómo
ves la contribución de Teatro Abierto?
G.: En mi opinión, fue un fenómeno importante
de confrontación política, que no innovó
teatralmente, que no fue subversivo teatralmente. Fue
un hermoso fenómeno de solidaridad entre la gente
de teatro y el público; recuperó al público,
destruyó la atomización, ese aislamiento
que había impuesto la dictadura. Pero en el aspecto
teatral, no innovó mayormente. Y la prueba es
que , cuando desaparecieron las causas de presión
política, a Teatro Abierto le costó mucho
sobrevivir. Y terminó por desaparecer al cabo
de dos o tres años.
R.: Si no me equivoco, Teatro Abierto terminó
en el año '84. Aunque se había proyectado
un ciclo para ese año, no llegó a darse.
G.: Sé que buscaron distintas maneras de continuar
con Teatro Abierto, de mantenerlo vivo y vigente. Pero
creo que habían desaparecido las causas que nos
aglutinaban, que eran políticas y no teatrales.
Si hubieran sido teatrales, hubiéramos seguido
juntos.
R.: ¿Entonces, teatralmente lo ves más
como un fenómeno socio-político que como
un movimiento que tuviera mayores consecuencias estéticas?
G.: Sí.
R.: ¿Vos pensás que la vuelta a la democracia
ha cambiado de alguna manera el teatro aquí en
Buenos Aires? Lo que quiero decir, es que se han creado
dificultades -por paradójico que parezca- para
el dramaturgo en el sentido de que antes había
un tema inmediato en qué inspirarse. Y luego,
hay como un hueco, un vacío.
G.: Sí. Eso es lo que se suele decir, es lo que
se dijo en España después de Franco. Pero
yo no estoy de acuerdo. Por supuesto, puede ser necesario
un tiempo de acomodamiento y nuevas situaciones, pero
los temas pueden ser -y de hecho son- infinitos. El
material es inagotable; es infantil suponer que la desaparición
de la dictadura militar significó también
la desaparición de todos nuestros problemas,
pero dejando de lado situaciones de presión semejantes,
creo que el hecho de vivir, de estar vivo y en relación
con los demás, aporta al dramaturgo infinidad
de temas posibles. Que sea más fácil o
más difícil es otro asunto: depende de
la perspicacia, de la tensión, de la vigilancia,
del talento de cada uno. Rechazo el masoquismo absolutamente.
Me subleva la presunción de que haya que tener
peores condiciones para poder escribir mejores obras.
Yo creo que es mejor poder escribirlas en buenas condiciones
de vida, tanto personales como sociales y políticas.
Sería bueno alguna vez que el material de nuestra
experiencia colectiva fuera menos salvaje, y el personal
se redujera a contar "la continuidad de la vida
y la inevitabilidad de la muerte", lo que no es
poco.
R.: Volviendo al tema de las generaciones, si mal no
recuerdo, vos naciste en el '28 y la crítica
te ubica en la generación del '60 porque tu primera
obra se estrenó durante los '60, en el '65. Por
el contrario, a Dragún, que nace en el '29, lo
incluyen en la generación del '50.
G.: Bueno, allí es donde se ve lo esquemático
de este tipo de clasificación, porque Dragún,
para mí, pertenece a nuestra generación.
R.: Ese es precisamente uno de los puntos del libro
que estoy preparando porque yo también creo que
la obra de Dragún forma parte de la generación
tuya, junto con Cossa, Somigliana, Halac y Pavlovsky.
G.: Claro. Y también Adellach, un autor injustamente
omitido.
R.: Pero donde yo tengo un poco de duda es en el caso
de Cuzzani y las "farsátiras", que
se escriben en los últimos años de la
década del '50.
G.: Cuzzani tiene cierta relación con nuestra
generación, pero es la relación del que
precede. No es por su edad física ni los datos
cronológicos en los que se sitúa su escritura,
sino el espíritu de sus obras y sus elementos
formales los que lo ubican en una generación
anterior, contemporánea que nos une. Y no te
puedo decir las razones. Quizá porque él
haya trabajado mucho con los teatros independientes.
Pero no sé la realidad.
R.: Hace tres años, vine por primera vez aquí
a Buenos Aires y pude ver una puesta de una obra de
Cuzzani. No me acuerdo ya de cuál obra fue, pero
sí que el director fue Francisco Javier y que
la obra se puso en el Payró. El había
hecho todo lo posible por actualizar la obra; sin embargo,
yo salí de la puesta con la seguridad de que
Cuzzani no entraba dentro de la generación del
'60. Realmente pertenecía a una generación,
a una visión, tal vez en términos de Ortega,
que él miraba la vida desde "otro nivel",
desde otra "altura". Precisamente por eso,
en su obra se transparentaba una diferencia con la visión
de ustedes.
R.: Después de haberte conocido a vos y a Dragún
en el año '79 en Miami, me ha sorprendido la
manera en que la crítica argentina en especial,
parece casi ni hacerle caso a la obra de Dragún
después de Historias para ser contadas.
Habrá de vez en cuando una mención de
Heroica de Buenos Aires, o de su relación
con el teatro épico de Brecht, y toda la cuestión
brechtiana. ¿Hay algunas razones que a mí,
por se extranjero, se me escapan y que son obvias a
ustedes los argentinos?
G.: Yo te diría que ésa, salvo los estudiosos,
investigadores con mayor seriedad, es una crítica
bastante superficial. Y por lo general nunca se considera
la obra de un autor en totalidad; nunca se establecen
las coordenadas de una obra con otra en todo el periplo
autoral, sino que se toma una obra, seguramente una
que al crítico le guste, se rescata ésa,
se analiza ésta, y se pone más alto esa
obra. Y además creo que acá el teatro
también es una cuestión de moda, y ya
no interesa esa manera de ver. No encuentro otra explicación
más que la de la superficialidad de cierta crítica.
R.: Yo, por ejemplo, veo Las historias como el
comienzo, como la apertura de esta generación.
G.: Claro, eso es coherente porque es muy importante
la aparición de esa obra en ese momento.
R.: Sí, yo por lo menos veo la estructura y la
forma dialogal de Las historias como bastante
nueva en esa época.
G.: Claro. Estoy de acuerdo.
R.: Y veo, además, a Dragún como un dramaturgo
que está siempre en búsqueda de una forma
adecuada para llegar a un público y para expresarse
ante ese público. De alguna manera, lo veo como
casi el más personal y subjetivo de los dramaturgos
de la generación. No sé si eso te parece...
G.: A mí me interesa mucho el trabajo de Dragún.
Por ahí no participo de cierta actitud, como
en Arriba corazón: me interesó
muchísimo el tema, el enfoque, pero no me gustó
cierto compromiso emotivo que de manera muy directa
involucraba al público.
R.: Hay otro punto, volviendo a esta supuesta dicotomía
y polémica entre el realismo crítico y
el "neo-vanguardismo", "absurdismo"
de los '60. Parece que hubo toda una poémica
a raíz del premio que recibió una obra
tuya, El desatino, y una reacción muy fuerte
por cierto miembros del jurado.
G.: Sí, fue Pedro Espinosa. Pero después
nos encontramos en Montevideo y estuvimos charlando
y sacando malentendidos.
R.: Entonces, me estás diciendo que ese desacuerdo,
o polémica se ha resuelto.
G.: Bueno, sí, hace muchos años de ese
desacuerdo, pero también había cuestiones
políticas; por eso te digo que lo que nos aproximó
a todos los dramaturgos fue un poco la historia de la
dictadura militar, lo de vivir la misma historia. El
Instituto Di Tella se consideraba para cierto grupo
como el centro del "snobismo" de Buenos Aires;
y entonces, como yo estrené allí, entré
en la consideración de "ese paquete",
¿no?. Donde no hubo una mirada desprejuiciada,
sino que estaba cargada con todos los prejuicios que
provocaba el Di Tella. Porque se hicieron cosas muy
imoprtantes en el Di Tella y otros espectáculos,
bueno, un poco snobs, que significaba no estar relacionada
con el medio. Y por eso fueron los grandes malentendidos.
Yo estaba en la vereda de enfrente; te diría
que tiene relación con lo social, con lo poítico...Y
bueno, ´además, El desatino planteaba una
estética diferente al teatro que se hacía
en esos momentos. Y de ahí vino el gran desencuentro
que duró bastante tiempo.
R.: Según me dijo Osvaldo Pellettieri, esta misma
discusión se reanudó durante Teatro Abierto
entre Roberto Cossa y Pacho O'Donnell. Salió,
me parece en la revista Humor.
G.: es la primera noticia que tengo.
R.: ¿Cuál ha sido tu última obra?
G.: En realidad, son dos que casi he trabajado, no al
mismo tiempo, pero muy cercanamente. Una ha sido "Penas
sin importancia", sobre la cual estuve trabajando
en septiembre del año pasado; y después,
recibí un premio del Instituti Di Tella por mi
trayectoria teatral, que era el encargo de una obra
para dar en el San Martín. Entonces dejé
"Penas sin importancia" porque en ese momento
me pareció una obra más íntima,
y quería para el San Martín una obra más
cuestionadora, ya que estrenar en el teatro oficial
implica cierto compromiso de no estar tan de acuerdo.
Y así escribí Morgan, donde pensé
que tenía un gran elenco y pude trabajar con
muchos personajes, porque por lo general, aunque no
es un condicionamiento, uno sabe que una obra con muchos
intérpretes, en las actuales circunstancias,
está destinada al cajón. Así que
trabajé Morgan, y después cuando
la terminé, volví a retomar Penas sin
importancia, que seguramente se estrena el año
que viene con dirección de Laura Yusem.
R.: Has trabajado antes con ella, ¿verdad?
G.: Sí, ella estrenó La malasangre,
Antígona furiosa y Del sol naciente.
Ya es la cuarta obra que ella va a hacer. Yo me estoy
quedando con los directores con los que he trabajado,
como Alberto Ure, que son con los que tengo un acuerdo
tácito ya de largos años.
Quisiéramos agradecer a la Social Sciences
and Humanities Research Council of Canada que ha subvencionado
nuestras investigaciones durante los últimos
tres años.
Buenos Aires, octubre 1990
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