Esta carta fue escrita a Peter
Wood, el director de Fiesta de cumpleaños,
justo antes de que los ensayos empezaran para el estreno
de la obra en abril de 1958. La había olvidado
totalmente, hasta que encontré una copia en
un viejo archivo hace pocos meses. Había estado
allí alrededor de 22 años. No es la
clase de carta que yo podría escribir ahora
y por esto la encontré de interés.
El debate entre Peter Wood y yo resultó académico
ya que la pieza bajó en Londres después
de una semana en cartel.
30 de marzo de 1958
Querido Peter:
La primera imagen de esta pieza, la primera cosa que
escribí hace alrededor de un año fue
una cocina, Meg, Stanley, copos de maíz y leche
cuajada. Allí estaban ellos, se sentaban, se
paraban, se inclinaban, se volvían, incontrovertibles.
Poco tiempo después aparecieron Goldberg y
Mc Cann. Habían venido con un propósito,
un trabajo en mano, para llevarse a Stanley. Así
lo hicieron, sin que Meg lo supiera, sin que Peter
pudiera hacer nada, Stanley arrastrado, final de la
pieza. Esta era la línea de acción pura,
y no podía librarme de ella. No tenía
en ese momento ninguna idea sobre qué o por
qué. La cosa germinaba y crecía por
sí misma. Procedía de acuerdo a su propia
lógica. ¿Qué hice yo? Yo seguía
las indicaciones, el ojo atento a las pistas que yo
mismo iba dejando. La escritura se acomodó
por sí sola y sin problemas en términos
dramáticos. Los personajes sonaban en mis oídos;
era claro para mí lo que un personaje diría
y cuál sería la respuesta del otro,
en cualquier momento dado. Era claro para mí
lo que dirían, o no podrían decir nunca,
sea lo que fuere que uno deseara. Yo interfería
sólo a nivel técnico. Mi tarea era no
dañar su consistencia en ningún momento
a través de mi propia visión exterior.
Cuando la cosa estaba cocinada empecé a formular
ciertas conclusiones. El punto es que, in embargo,
para entonces la pieza era ya su propio mundo. Estaba
determinada por su propia imagen generadora original.
Mis conclusiones sólo fueron útiles
en cuanto surgían del crecimiento de la obra
misma. Cuando empecé a pensar analíticamente
(tanto como puedo, que no es mucho) lo hice manteniéndome
a tono con lo que sugería el material, juzgando
la escritura total a través de una apreciación
precisa de los acontecimientos descriptos, o lo que
creí que era una apreciación precisa.
Nunca confronté el material con otro espejo,
no lo remití a nada fuera de sí mismo.
Con certeza no a ninguna otra obra literaria o consideración
de pública aprobación, llegado el caso.
La obra en sí misma. No es otra. Tiene su propia
vida (cualquiera sea su mérito en términos
dramáticos o sus logros y a pesar del displacer
que otros puedan experimentar con respecto a ella).
Entiendo que usted querría que yo insertara
una clarificación o juicio moral o ángulo
del autor acerca de la obra, de la fuente misma. Aprecio
su deseo pero no puedo hacerlo.
Confundí el punto en discusión por hablar
sobre lo que yo "pensaba" de los personajes.
A quién invitaría a tomar el té,
etc. Eso es irrelevante. La obra existe ahora más
allá de mí, usted o cualquiera. Creo
que lo que pasa en escena tendrá una potente
imagen dramática y una buena cuota de esa fuerza
va a ser visual, quiero decir que uno podrá
ver a los personajes, y esto ayudará
enormemente a la expresión de la cosa, la transmisión.
El telón sube y baja. Algo ha sucedido. ¿No
es cierto? Ridículo, brutal, absurdo, sin comentario.
¿Dónde está el comentario, la
tendencia de la pieza, la nota explicatoria? En la
obra. Todo lo que tiene que ver con la obra está
en la obra.
Muy bien. Usted sabe lo que yo pienso de Stanley.
Pienso que tiene el derecho haga lo que haga o esté
por hacer y al diablo con los costos. Eso es lo que
pienso. Pero ése no es el punto de la pieza.
Esa es una conclusión que saco de ella. ¿Es
un punto expresado en la obra? Sólo por implicación,
concedido. Y yo concluyo lo que concluyo a partir
de esa implicación. Stanley pelea por su vida,
no quiere que lo ahoguen. ¿Quién quiere?
Pero él no es un personaje que sabe expresarse
con claridad. La obra en efecto meramente establece
que dos hombres vienen a llevarse a otro hombre y
lo hacen. ¿Absorberá el público
las implicaciones o no? Pregúntele a Magoya.
La reacción del público, me parece,
podría ser una de estas tres: a) lo debieran
haber dejado solo, b) el hijo de puta se lo merecía,
c) es una montaña de mierda. También
está por supuesto d) ¡Qué fascinante!,
¿pero qué quiere decir? A lo cual contesto.
El significado empieza en las palabras, en la acción,
continúa en su cabeza y termina en ninguna
parte. No hay final para el significado. El significado
que se resuelve, se parcela, se etiqueta y listo para
exportar está muerto, inoportuno y carente
de sentido. Examino mi propia pieza y pregunto, ¿qué
pasa aquí? Noto, esto parece venir de aquello,
yo concluiría esto otro, pero los personajes
en sí no hacen nada amlo salvo moverse a través
de un suceso, una mañana, una noche, una mañana.
Este suceso, tiene admitámoslo, un número
de implicaciones. Cualquiera tiene el derecho de ver
el espectáculo. La progresión dramática
y sus implicaciones pueden llegar al espectador o
no.
Poner estas palabras que discutimos en boca de Stanley
sería una imposición imperdonable y
una impostura de mi parte. Stanley no puede
percibir su única justificación válida
-la cual es que él es lo que es- y por lo tanto
ciertamente no puede expresarlo con claridad. Sólo
sabe intentar justificarse a sí mismo a través
de sus sueños, pretensiones y engaños,
a través de su miedo. Si él hubiera
caído en la cuenta del hecho de que él
necesita sólo admitirse a sí mismo lo
que en realidad es o no es -entonces Goldberg y McCann
no lo hubieran visitado-, y si lo hubieran hecho,
no podríamos asegurar de ninguna manera el
desenvolvimiento de la misma línea de acciones.
Stanley hubiera sido otro hombre. La obra hubiera
sido otra. Una pieza con un héroe sensible,
intelectual y capaz de examinarse a sí mismo
y expresarse calramente, hubiera sido también
otra pieza.
Stanley es el rey de su castillo y pierde su reino
porque lo valora y se valora equivocadamente. Debemos
ser muy cuidadosos. La bota está ansiosa por
aplastar, y es muy eficiente.
¿Goldberg y McCann? Están muriéndose,
pudriéndose, son escabrosos, arañas
en descomposición, la flor de nuestra sociedad.
Saben cómo moverse. Nuestros mentores, nuestros
ancestros, ellos, al diablo.
¿Qué haría usted, dicen? En el
tercer acto Stanley no puede hacer nada más
que un ruido. ¿Qué más? ¿Qué
más ha descubierto? Ha sido reducido al hecho
de no ser nada más que un ruido de garganta.
¿Pero este sonido significa algo? Bien podría
significar algo. Pienso que sí. El está
tratando de ir más lejos. Está al borde
de poder expresarse. Pero es un borde largo, imposible,
y la expresión, si él pudiera articularla,
podría resultar ser sólo un profundo
y "cataclismático" pedo.
¿Piensa que estoy bromeando? Póngame
a prueba. Con el ruido de su garganta Stanley se aproxima
más a la verdadera naturaleza de sí
mismo que nunca antes y ciertamente después.
Pero es tarde. Tarde en el día. No puede ir
más lejos.
En esa encrucijada, usted apreciará, que no
puede esperarse de él que recobre de repente
el don de la palabra y pronuncie una pieza de auto
análisis y auto conciencia, para puntualizar
una pequeña moral. Tampoco lo hubiera podido
hacer antes en la pieza porque jamás se le
hubiera ocurrido justificarse a sí mismo en
esa manera. Tampoco, por ejemplo, podría Peter
en su última conversación con Goldberg
y McCann pronunciar el pensamiento del día
en la homilía sobre "lo que hemos aprendido
de estas desagradables experiencias" ya que,
aparte de cualquier otra cosa, no estamos tratando
con un hogar esclarecido y no hay Coro en esta pieza.
En otras palabras, temo que no me encuentro dispuesto
a agregar una nota explicativa al programa sobre la
obra.
Nada de lo que he dicho significa que renuncio a la
responsabilidad sobre mis personajes. Por el contrario.
Soy responsable por ellos y ante ellos. La obra se
dictó a sí misma, pero confieso que
la escribí con intención, maliciosa,
expresamente, con control de su crecimiento. ¿Esto
contradice todo lo que dije antes? Espléndido.
Usted puede sugerir que este control no fue lo suficientemente
estricto o lúcido pero ¿quién
supone que estoy luchando por la lucidez? Pienso que
la casa está en orden. Nos hemos puesto de
acuerdo; la jerarquía, el establishment, los
árbitros, los monstruos socioreligiosos llegan
para reformar y censurar a uno de los miembros del
club que ha renunciado a la responsabilidad (esa palabra
otra vez) hacia sí mismo y hacia otros.
(¿Cuál es su opinión a todo esto,
sobre el acto de suicidio?) El posee sin embargo,
apuesto, una cierta fibra; él pelea por su
vida. No dura demasiado, esta pelea. Su corazón
es una ciénaga engañosa, su mente una
inconsistente caja de explosivos, se derrumba bajo
el peso de la acusación de ellos - una acusación
más pesada por las mierdosas censuras de siglos
de tradición. Aunque inconformista no es tampoco
un héroe ni un ejemplar revolucionario. Nada
complaciente para que el público se identifique
con él. Y sin embargo, al mismo tiempo, creo
que habrá una mayor cuota de identificación
que la que pareciera posible. Una gran parte, me parece,
dependerá del actor. Si él puede con
la pérdida de Stanley de sí mismo creo
que emanará una cierta cuota de patetismo.
¿No podría cualquiera de nosotros encontrarse
en el lugar de Stanley en un momento dado?
En cuanto a la cuestión práctica del
final del segundo acto. ¿dónde está
la dificultad? Stanley se comporta extrañamente.
¿Por qué? Porque ha tenido lugar su
alteración-disminución, lo han dejado
fuera de sí mismo, ha perdido toda comprensión
adulta e involuciona hacia una malicia y travesura
infantil, como su primer refugio. Es el comienzo de
su cambio, su caída. En el tercer acto vemos
la siguiente fase.
La obra es una comedia porque el conjunto de los acontecimientos
es absurdo y vergonzoso. Es, sin embargo, como usted
sabe, una pieza muy seria.
Una cuestión simple, ¿no cree usted?
Suyo.
Harold Pinter