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El teatro argentino y el uruguayo forman,
con sus variantes, un sistema teatral, el rioplatense.
En él, el realismo -en un sentido general de
sujeción al canon mimético- discursivo
del teatro ilusionista- es una constante desde sus mismos
inicios. Desde la denominada prehistoria gauchesca,
pasando por el moreirismo hasta el teatro nativista
de Víctor Pérez Petit y Martiniano Leguizamón,
se puede hablar de la formación del denominado
realismo finisecular. Con Florencio Sánchez,
esta tendencia se va a fundir con la estética
naturalista, creando un sistema teatral de notable productividad
en el Plata, que llega a ser el modelo del primer teatro
de Armando Discépolo, del Gorostiza de El
puente (1949) y El pan de la locura (1958)
y cuya marca es advertible en Los de la mesa diez
(1957) de Osvaldo Dragún y Las ranas (1960)
de Mauricio Rosencof.
A fines de la década del cuarenta, comienza en
los dos países una modernización de la
escena independiente, cuyos emergentes más claros
son la maduración estética de las técnicas
actorales a partir de nuevas formas dramáticas
-Miller,Brecht,Williams- y de actuación, como
el método Stanislavski y sus variantes; el establecimiento
de un público avisado -integrado por sectores
de la clase media, estudiantes, profesionales- y el
surgimiento, dentro del campo intelectual, de un nuevo
tipo de autor, Carlos Gorostiza, Jacobo Langsner, Osvaldo
Dragún, Antonio Larreta.
La maduración de este proceso se concreta en
los sesenta, a partir de la aparición de lo que
nosotros denominamos realismo reflexivo, basado en el
modelo de la textualidad de Arthur y sus tensiones,
luchas textuales y sustituciones respecto del realismo
finisecular. En textos como la ya citada Las ranas,
de Rosencof, los elementos del sistema nuevo aparecen
coexistiendo con los del sistema viejo, pero ya en Soledad
para cuatro (1961), de Ricardo Halac y Nuestro
fin de semana (1964), de Roberto Cossa, se concreta
una nueva del realismo reflexivo.1.
Luego hay una cantidad de textos de transición
-al promediar la década del sesenta- que producen
pequeñas variantes en la textualidad original:
Tentempié I y II (1968), de Ricardo Halac;
La fiaca (1967), de Ricardo Talesnik; El avión
negro (1970), del grupo de Autores integrado por
Cossa, Rozenmacher, Talesnik y Somigliana.
Finalmente aparece una segunda versión, con una
temprana manifestación en El patio de la Torcaza
(1967), de Carlos Maggi y después, Segundo
tiempo (1976), de Ricardo Halac, La nona
(1977), Ya nadie recuerda a Frederic Chopin (1982)
y Los compadritos (1985), de Roberto Cossa. Esta
segunda versión se caracteriza por terminar con
la ortodoxia realista. Así prueba la tesis realista,
pero a diferencia de lo que ocurría en la primera
fase lo hace con procedimientos teatralistas. Se refuncionalizan
los elementos propios del sainete, del grotesco criollo,
del absurdo, del expresionismo, con el fin de aclarar
la postulación social del texto.
El motivo de nuestro trabajo es observar cómo
estos cambios a nivel de la intriga repercuten en el
modo, es decir en los problemas discursivos de la obra
dramática,2. Analizaremos las variantes
en el discurso de los textos en una y otra fase del
realismo reflexivo y también la peculiaridad
de lo que podemos denominar como realismo emergente,
de piezas que parodian la modernidad del discurso de
los sesenta, como El partener (1988), de Mauricio
Kartun, y Y el mundo vendrá (1989), de
Eduardo Rovner.
La obra dramática es un enunciado, un acto de
habla -específico- que devela la realidad como
un suceder axiológico. En ella se ficcionaliza
el hablar cotidiano, se lo carga de sentido, de significación.
Precisamente esta peculiaridad en la primera fase del
realismo reflexivo está enderezada ya a mostrar
una crisis en el seno de nuestras sociedades. Pero a
pesar de hacerlo, todavía en el discurso de textos
como Soledad para cuatro, Nuestro fin de semana
o Réquiem para un viernes a la noche,
de Germán Rozenmacher, se impone una valoración
ideológica común a todos los personajes.
En las piezas mencionadas hay todavía una voz
autoritaria, hegemónica, la del autor, que "hace
hablar" a los personajes a partir de una visión
de mundo monológica. Tómese por ejemplo
a los protagonistas de Soledad para cuatro -Roberto
y Luis- , o a Max y Sholem Abramson, en Réquiem
para un viernes a la noche, en su larga serie de
encuentros personales, tenazmente eludidos pero, finalmente,
concretados. Estos encuentros implican actos de lenguaje
o situaciones de enunciación que hallan a los
oponentes cada uno en su posición, pero con una
valoración ideológica común. Expliquémonos:
hay en los textos una serie de elementos extraverbales
-concretados en las didascalias- que nos los muestran
con un horizonte espacial común -la tranquilidad
del living o el comedor de una casa de clase media-,
un saber común -la Argentina del sesenta y sus
contradicciones- y sobre todo a nivel verbal una valoración
ideológica común -"estamos en crisis,
la cosa no anda"-. Estos enunciados verbales y
extraverbales eran, por supuesto, comunes al horizonte
de expectativa del grupo social al que iba dirigido
el mensaje, la clase media de la época, todavía
segura de sí misma en el panorama general del
país y por eso mismo ávida de ser criticada.
Es por esto -por este horizonte ideológico común-
que hay en las primeras piezas de Cossa, Halac o Somigliana,
una serie de sobreentendidos, una parte callada.
Como el discurso teatral ficcionaliza, recrea las situaciones
sociales donde se producen los sobreentendidos, estas
piezas significan el advenimiento de lo que técnicamente
podríamos denominar los silencios significativos
del realismo o la palabra reprimida de la gente común.
Cualquiera que hojee estas obras o recuerde sus ya distantes
representaciones stanislavskianas, podrá advertir
la incidencia de estos silencios en la totalidad de
los textos mencionados. Esto era así porque en
el tiempo histórico de la primera fase del realismo
reflexivo, existía entre los personajes entre
sí y entre ellos y sus receptores una tranquila
seguridad metaforizada en el living apacible, réplica
de la platea que cobijaba al público. Este lugar
privilegiado, impreso en la enunciación inmediata
o acotaciones del texto, inducía a la cómoda
tentación de entablar el debate de la propia
mediocridad, o el pataleo por la imposibilidad de encontrar
su identidad en "una sociedad chata".
Se puede decir que en la primera versión del
realismo reflexivo había diálogo, pero
no dialogismo -lo que Bajtin denomina "la pluralidad
de conciencias en acción"-. Por supuesto,
estos textos, -como todo texto dramático-, eran
polifónicos, pero como ya se comenzó a
decir, las réplicas se supeditaban a lo que se
intentaba demostrar y se podrían sintetizar en
el ideologema: la joven clase media vive la búsqueda
de su identidad como una utopía.
Hay que pensar a esta primera versión como un
género serio, típico exponente del teatro
independiente, que entendía al género
casi como pura comunicación. Por supuesto, no
incluía el humor en su entonación. Lo
no dicho en el discurso de los personajes lo excluía
absolutamente, lo mismo que a la gestualidad finisecular
-grotesco-sainetera- por considerarlos ajenos a la modernidad
y al "compromiso" frente a los receptores.
A éstos se los pensaba como participantes del
mencionado acto comunicativo, cuyos significados "viajaban
inalterables" de un polo al otro de la comunicación
teatral.
Es cierto, como acostumbraba a decir Roberto Cossa en
la época, que el realismo que practicaba su grupo
era nacional. Esto se advierte al observar a los restantes
discursos ideológicos de ese momento histórico:
los enunciados políticos -los discursos de Perón
con sus silencios y su típica gestualidad-; los
periodísticos -los supuestos para "la gente
como uno", de Primera Plana- ; los literarios
-las novelas "testimoniales" de Viñas
y Marta Lynch. Todos tenían algo en común:
se concretaban todavía dentro de la "segura"
tónica del sobreentendido.
Más allá de los mencionados textos de
transición, ya en la segunda versión del
realismo reflexivo, nos encontramos con un manejo absolutamente
diverso de la palabra en el teatro.
La invención de Maggi en El patio de la Torcaza,
estilizada y amplificada luego por Cossa y Halac, consiste
en la mayor parte de los casos, en la incorporación
de procedimientos y personajes del sainete criollo,
que va a transgredir reiteradamente con el recurso realista
del encuentro personal. De esta manera, consigue que
haya un deslizamiento de todos los niveles del texto,
especialmente en el modo del discurso y en el semántico.
Es sabido que la forma sainete implica una parodia del
costumbrismo. Modulado por su principio constructivo
-lo sentimental- y por su rasgo secundario -lo caricaturesco-
el espacio convencional del patio del sainete es un
ámbito en el cual todo confluye sin jerarquías.
Todos los registros lingüísticos entran
en polémica. Uno de los procedimientos característicos
del género a nivel de la palabra consiste en
que las formas de una determinada lengua son agredidas,
parodiadas por las otras durante el diálogo teatral.
Se produce el dialogismo, es decir, se entra en relación
con lo que dijo el otro y sobre todo con cómo
lo dijo. En el discurso de los personajes del sainete
hay ausencia de sobreentendidos. Es un género
típico de épocas de crisis, y su discurso
está en franca transgresión de las leyes
sociales y estéticas de la Argentina de comienzos
de siglo.
Maggi toma estos procedimientos claves del sainete criollo,
les cambia su función y concreta la parodia que
por sí significa la palabra del sainete. Como
afirma Bajtin, "introduce en la palabra ajena una
orientación de sentido absolutamente opuesta
a la orientación ajena. La segunda voz, al anidar
en la palabra ajena, entra en hostilidades con su dueño
primitivo y la obliga a servir propósitos totalmente
opuestos (...)".
La palabra de El patio de la Torcaza entra en
polémica abierta con la ideología y los
personajes del género. Los pobladores de su patio
-Carrizo, Raúl, el zorzal;Andolina,Pezpita,Gavilán,Churrinche
y la propia Filomena, la Torcaza-, se acercan a los
personajes de Miller a partir de repetir como ventrílocuos
un discurso viejo con el fin de encubrir su fracaso
existencial. La causa de su caída final tiene
su origen en su forma de vida absolutamente inactual.
Estos personajes parecen decirnos: no somos lo que el
sainete decía que éramos. No somos la
pareja imposible, el consejero sentimental, el joven
cantor enamorado, la buena celestina del conventillo,
la madre abnegada; somos entregadores de nuestros hijos
al vicio, comedores de raciones que estaban destinadas
a pájaros, secuestradores de viejas con el fin
de gastarles el dinero de la pensión, entretenedores
de turistas, rufianes, mendigos, prostitutas, esperas
eternos del hombre providencial.
Esta deformación de los roles estéticos
y sociales, que comienza por el título de los
textos y continúa con el discurso de los personajes,
se intensifica en La nona, Los compadritos
y Un trabajo fabuloso. Cada uno de los personajes
de estas piezas desconoce la valoración ideológica
del otro. Son grupos en franca disolución. Si
bien cuando comienza la acción están unidos
por determinadas características de familia o
clase, el verdadero vínculo ya es la conveniencia.
Se resisten a ser sujetos sociales. La diáspora
es inevitable desde el principio.
Es cierto que circula entre ellos cierto tipo de información
elemental destinada a la convivencia; sin embargo, los
datos con que aspiran a salir de su situación
marginal -como ocurre con Carmelo y Rosa en Los compadritos-
son cuidadosamente ocultados. El silencio ha dejado
de ser un sobreentendido tendiente a la comunicación:
es un arma usada deliberadamente para impedirla.
Si observamos La nona, Chicho tiene obsesión
por autodefinirse en el diálogo con los demás,
pero constantemente miente en su discurso. Habla "ocultándose
de". Se encubre tras el discurso "viejo",
del tango y el sainete. La palabra engañosa de
este "poeta sentimental" es la ayuda más
productiva que tiene la Nona para la elaboración
del desastre final de la familia. Nuevamente, la omisión
deliberada empobrece la comunicación. Ante el
problema que representa la Nona para la familia y la
"necesidad" de eliminarla, desaparece la evolución
ideológica común, hasta que en un momento
determinado -cuando ya no hay nada que hacer, en el
instante previo al desenlace- es necesario que se expliciten
de manera machacona los sobreentendidos. Tampoco consiguen
aclarar nada: no están seguros de sus pensamientos.
Si los personajes de la primera versión no podían
concretar el cambio, el discurso de los actores de la
segunda versión del realismo reflexivo no puede
ni siquiera pensarlo. Se verbalizan acciones que nunca
se llevan a cabo. En La nona, la única
acción posible es matarse.
No hay que esforzar mucho la mira para advertir que
este procedimiento de la palabra polémica, dialógica,
de la segunda versión del realismo reflexivo,
amplifica la tesis realista: ya no es una clase la que
es puesta en la picota, sino los países del Plata,
su sociedad en un sentido amplio. En el caso de El
patio de la Torcaza, el discurso de los personajes
que manejan la acción trata de encubrir su impericia
con un ridículo enmascaramiento verbal, parecido
al de nuestros gobernantes en las ya crónicas
situaciones de crisis. El manipuleo de la palabra en
Carrizo es paradigmático. Dice, por ejemplo,
"Hay que refinanciar la deuda", cuando ya
no hay qué comer, y "Pobrecito mi cantor.
La primera víctima de la cruzada de la recuperación
nacional", cuando se han comido su canario. Y cuando
la cosa se pone peor amplifica sus eufemismos:"Ahora
sí viene la ayuda exterior, no hay problemas"
o "Ese es el único problema que tenemos,
lo demás son planteamientos". En este sentido
coincide con el discurso de Carmelo (La nona),
que cuando todo está perdido, cuando ya no hay
qué vender, en gran parte por su mal manejo de
la situación, dice: "Aquí tenemos
que poner el hombro todos y en serio".
Estos discursos ideológicos dialogan perfectamente
con los otros discursos ideológicos de los setenta.
Recordemos si no las constantes autodefiniciones de
la narrativa de Jorge Asís, las omisiones de
la palabra del ex-presidente Videla y la buscada mezcla
de registros del momento canónico del periodismo
practicado por Neustadt y Grondona.
En suma, la década de 1975-1985 en nuestros países:
sociedades que han perdido su seguridad en el presente.
La nona, El patio de la Torcaza, Un
trabajo fabuloso o Los compadritos connotan,
en términos bajtinianos, el horizonte espacial
de la cueva -de allí sale la Nona, según
las acotaciones- o en todo caso del campamento -listo
siempre para ser levantado- en Los compadritos.
En semejante situación, la valoración
ideológica común ha desaparecido. Por
su parte, el receptor percibe -como ya había
ocurrido antes con el grotesco criollo- el ideologema
del cambalache: amontonamiento, mezcla de registros,
opacidad en el discurso de los actores, polémica
abierta entre el individuo y sociedad.
La segunda fase del realismo reflexivo ha convertido
al género en serio-cómico. Sus personajes
aparecen como contradictorios, parodian y son parodiados
por los demás actores y por los otros discursos
ideológicos.
¿Y la actualidad? Ya en otras oportunidades señalamos
la presencia dentro del realismo argentino actual de
un nuevo tipo de texto -El partener, (1988),
de Mauricio Kartun, Y el mundo vendrá
(1989), de Eduardo Rovner, entre otras piezas- cuyo
discurso, en el momento más tremendo de la crisis
que viven nuestros países, parodia y polemiza
con el discurso "moderno" del realismo reflexivo.
Lo hace, en gran parte, tratando de restituir los sobreentendidos
en el diálogo de sus personajes. Si, acaso afirma
Bajtín, el teatro, como los restantes discursos
ideológicos, no es un reflejo de la realidad
sino que la crea, parecería que por lo menos
una parte de la comunidad busca restablecer el diálogo
roto.
1- Quien primero señala las tres fases de la
evolución literaria es J.Tiniánov en Avanguardia
e tradiziones, en "Il fatto letterario" (Bari,
Dedalo Libri, 1968). Este trabajo fue redactado en 1924.
Algo parecido manifiesta Alastair Flower en "The
Life and Death of Literary forms", en New Literary
History,II,Nº2 (Winter 1971) 202-212, quien a partir
de la noción de género y cambio genérico,
establece el cambio, la evolución y transformación
de un género en tres fases: en la primera fase
o versión se constituye el género; en
la segunda, una versión secundaria de aquel se
desarrolla y en la tercera se emplea este tipo secundario
en una forma completamente nueva, operando una reversión
total de la forma primaria. En el plano de los estudios
teatrales, Fernando de Toro, en "Reflexiones para
una historia literaria", Gestos,I,Nº1 (Abril
1986) 109, prácticamente coincide con Tiniánov
y Flower, aplicando esta teoría al teatro.
2- Estos problemas discursivos serán analizados
en este trabajo a partir de la teoría de Mijaíl
Bajtín. Especialmente citamos dos trabajos suscitadores
de este artículo: V.Vososhínov, El discurso
en la vida y el discurso en la poesía, en Tzvetan
Todórov (compilador), Mikhail Bakhtine, Le principe
dialogique (París, Seuil,1981) y La palabra en
Dostoievski, en Mijaíl Bajtín, Problemas
de la poética de Dostoievski (México:Fondo
de Cultura Económica, 1979)pp.253-378
Ultimamente ha habido una revaloración de los
estudios críticos sobre el discurso textual de
la obra dramática:Patrice Pavis en Remarques
sur le discours théâtral, en Voix et images
de la scène (Presses Universitaires de Lille,
1985)p.35, afirma que "En este punto de la investigación,
puede parecer imperioso introducir de nuevo el texto;
sin embargo, sería necesario procurar, después
del 'paso adelante' de la semiología de la representación,
hacer dos pasos hacia atrás y tratar el texto
a la manera antigua, es decir, como la única
base tangible del fenómeno teatral".
Buenos Aires, abril 1990
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