I) Introducción al período
inmigratorio
El proceso socio-económico que se cumplió
durante la llamada "etapa inmigratoria",
y abarcó los dos últimos decenios del
siglo anterior y las tres primeras décadas
de la actual centuria, ha sido muy bien estudiado
y expuesto con hondura por calificados especialistas.
Yo mismo he recurrido a tales investigaciones, con
frecuencia, para enmarcar la dramática más
popular de dicha época -la del "sainete
porteño"-, y ahora me es forzoso reiterar
informaciones y conceptos en el intento de una ubicación
cabal para el tema que me ocupa.
Existe, al respecto, una documentación abundante
pero, en afán de síntesis, me permito
recomendar a quienes se interesen en la materia, el
libro que se conoce el París con el título
de "Urbanisation et inmigration en Amérique
latine: Buenos Aires", escrito por Guy Bourdé,
y que en 1977 apareció en nuestro medio traducido
y editado por Huemul, bajo el nombre de "Buenos
Aires:urbanización e inmigración".
Incitados y alentados por el impulso político-económico
liberal que necesitaba transformar la Argentina después
de la batalla de Caseros y de la promulgación,
en 1853, de la Constitución Nacional, entre
los años 1890 y 1930 penetraron por el puerto
de Buenos Aires más de cinco millones de inmigrantes
de los que, en definitiva, quedaron en este suelo
más de tres millones, bien dispuestos para
"hacer lÁmérica" que se les
había prometido.
Muchos llegaron con el propósito de superar
estrecheces y hasta la miseria que padecían
en sus lugares de origen; pero también ingresaban
los que huían de una justicia no siempre justa
(por hechos de índole diversa), así
como quienes escapaban de las persecuciones raciales
cada vez más cruentas, que se producían
con insistencia en varias zonas de Europa. Argentina
era, por sobre todo, un país que ofrecía
trabajo en libertad y con paz. En porcentajes aproximados,
el cincuenta por ciento de los viajeros de Italia
(en especial del "mezzogiorno" peninsular);
el veinticinco por ciento, del norte y del sur de
España, y el veinticinco por ciento restante
lo completaban franceses, ingleses, alemanes, sirio-libaneses
(a los que se llamaba "turcos") y judíos
de distintas nacionalidades (a quienes se denominaba
"rusos").
Una buena cantidad de labradores siguieron viaje hacia
el interior, en procura de tierras generosas en las
que pudieran hundir sus raíces, demasiado tiempo
al aire por los largos y fatigosos trayectos. Pero,
como le señalara Bourdé: "de 1890
a 1930 se impone el éxodo del campo europeo
hacia las ciudades argentinas y, de manera particular",
hacia la ya designada Capital Federal. Millones de
extranjeros arribaban en oleadas constantes y bien
nutridas desde todos los puntos del orbe, y se afincaban
en una "gran aldea" no preparada para recibir
tales aluviones de seres que empezaban a sentir así,
con mucha inquietud, los primeros desencantos.
Después del paso casi obligado por el Hotel
de Inmigrantes, los recién llegados empezaban
a apiñarse y desbordar los conventillos ciudadanos
(antiguas casonas señoriales, muy venidas a
menos, ubicadas en su mayoría al sur de la
ciudad) que, ante la demanda insaciable, eran divididas
en tabucos en donde se amontonaban familias enteras
o media docena de hombre solos, en las más
completa promiscuidad. Médicos eminentes daban
testimonio de lo que sucedía. El doctor Eduardo
Wilde, informaba en 1885: "una habitación
de "conventillo", como se llamaba a esos
alojamientos ómnibus que albergan desde el
mendigo al pequeño artesano, tiene una puerta
sobre el patio y a veces una ventana". Subrayo
lo que "a veces una ventana", y continúa
el doctor Wilde: "es una pieza cuadrada de cuatro
metros de largo que sirve para todo. Es el dormitorio
del marido, de la mujer y de la "pollada"
de cinco o seis hijos muy sucios". El doctor
Samuel Gache aseveraba en el año 1900: "Cualquiera
que haya penetrado una vez en uno de esos antros de
miseria a los que en Buenos Aires se llama "conventillos",
ha recibido una impresión tan dolorosa que
jamás podrá olvidarla". Añadía,
por si quedaran dudas: "Nada es más inmundo
más repugnante que ese cuadro de pobreza, suciedad
e inmoralidad". Y completaba su juicio de severo
sanitarista :"Estos establos para cerdos, infectos,
constituyen la crítica más elocuente
de las desigualdades sociales". En el diario
El Obrero de 1892 se daba a publicidad, como denuncia
social, el reglamento que regía en uno de los
"conventillos". Se componía de 11
artículos colmados de deberes y prohibiciones
para inquilinos. El último establecía
que estaba "prohibido bailar, cantar, tocar el
acordeón, la guitarra o cualquier otro instrumento
de música". Conviene tener a mano estos
documentos de la época para que queden al descubierto
las evasiones "zarzueleras" y algunos "romanceos"
pintureros del "sainete porteño".
Era tanta la demanda que se producía por los
tugurios de las "casas de vecindad" ciudadanas
que, al saturarse las viejas casonas, daría
comienzo la aventura hacia las orillas en donde, ya
en pleno arrabal, se irían formando barriadas
de "laburantes" y "linyeras".
Como lo puntualizara Bourdé: "la miseria
se desplaza del centro hacia el cinturón urbano".
Agrego, por mi cuenta, que ello ocurría por
el trazado acelerado y el crecimiento de suburbios
que tardarían mucho tiempo en figurar en los
catastros oficiales de los municipios.
Lo expresado en forma tan esquemática y desde
un realismo socio-político no demasiado habitual
en estos casos, en que se abusa de la anécdota
colorida y el dato pintoresco, permitirá, empero,
acercarse a los espacios originales sin subterfugios
fabuleros (patios de conventillo y áreas mostrencas
de los aledaños), e ir descubriendo a los seres
reales de los que se valdrá el "sainete
porteño" para perfilar tipos y prototipos
con sus cristalizaciones y caricaturas más
eficaces, o, también para la conformación
de "personajes", según la seriedad
y la penetración de los proposiciones.
II) El "sainete porteño"
El "sainete porteño" está
considerado como el "texto de la inmigración"
por antonomasia. Captó y reflejó, con
decidido gracejo popular, tiempos, espacios urbanos
y suburbanos, y utilizó una galería
de figuraciones típicas de su imperio a lo
largo de las tres primeras décadas del presente
siglo. Con altibajos notables de todo orden, pero
con un valor documental innegable.
Los espectáculos que se ofrecían sobre
los escenarios ciudadanos más populares, conformaban
una auténtica "commedia dell'arte"
porteña. Las máscaras del "tano",
del "gallego", del "turco", del
"judío", del "compadrito orillero"
y de las "percantinas" de "casas de
vecindad" o de barrio reo, iban quedando en fototipias
coloreadas que reiteraban problemáticas ingenuas
sobre ámbitos repetidos hasta el cansancio,
se detenían en lo más exterior y, en
consecuencia, sólo eran partes menores, enfoques
fragmentarios, de aspectos sumamente superficiales.
Pero el "sainete porteño" no era
sólo exterioridad y pintoresquismo. En el camino
tan jugoso que recorrió el género se
observan con cierta nitidez, dos líneas mayores
que se complementan. Existía, asimismo, algún
trazo intermedio que ahora no hace al caso.
La primera línea mayor -por ser la inicial-
provenía del "zarzuelismo criollo"
finisecular, que tuvo como patrones magistrales las
piezas del "género chico", con traslaciones
realizadas por autores locales como el Nemesio Trejo
de "Los políticos"; el Ezaquiel Soia
de "Justicia criolla" y el Enrique García
Velloso de "Gabino el mayoral". Zarzuelistas
nuestros que tuvieron la destreza de calcar o deformar
jocosamente tipos del contorno popular (los "barrios
bajos" porteños), para que fueran animados
por los mismos artistas hispanos que interpretaban
a las "chulapónas" retrecheras y
a los "chulos" verbeneros de los madriles
del género chico peninsular.
La tarea, con los autores nombrados al frente, fue
conduciendo hacia el "sainete porteño"
de estructuras cada vez más originales. Esta
primera línea se destacaba por el jugueteo
de situaciones con gracia de picaresca popular. "Entre
bueyes no hay cronadas", de José González
Castillo, y "El debut de la piba", de Roberto
Lino Cayol podrían ser dos muestras rescatables
de los centenares de petipiezas que, por temporada,
atosigaban el cauce.
La segunda línea mayor sobresalía por
su contenido dramático que, a mi juicio,resulta
la de mayor significación por lo propia. Carlos
Mauricio Pacheco se sentía incómodo
cuando se oía llamar "sainetero".
Tenía presente, sin duda, las escenitas pintureras
y graciosísimas del género español.
El observaba, perplejo, que nuestro medio era mucho
menos llano y simple que el hispano, por los conflictos
y enfrentamientos que se producían con demasiada
frecuencia. Descubría, y así habría
de volcarlo en su obra, que nuestras "máscaras"
no eran tan juguetonas y divertidas y, por momentos,
escapaban de los enredos y las burlerías. Notaba
que cuando "la trágica sensación
de la vida inquieta y desbordante de fiebre de conquista,
de pasiones renovadoras", que agitaban al "inmigrante
básico", invadían nuestra escena,
"un hálito de drama quebraba el pintoresco
trazo cómico". Pacheco detallaba así
rasgos peculiares de la línea dramática
del "sainete porteño". Que no sólo
tenía que ver con el "inmigrante básico"
al que aludía el autor de "Los disfrazados",
sino también a una serie de tipos y prototipos
con raíces y fisonomías del entorno
propio, que empezarán a buscar su nivel superior
de "personajes". Esta segunda línea
principal la había iniciado Florencio Sánchez,
bien a principios de la centuria, con "Canillita"
y "El desalojo", y muy pronto sería
ampliada por el mencionado Pacheco, con "Los
disfrazados", precisamente, uno de los títulos
representativos de su creación y del género
dentro de la etapa.
La característica más general de las
dos vertientes mayores del sainete local denotaba
que los desarrollos se realizaban sobre patios de
conventillos ciudadanos y callejas de suburbios que
empezaban a expandirse con límites inciertos.
El perímetro para ambas será el mismo,
como podían ser comunes muchos de los mascarones
"commedia dell'arte"" porteña
en la que participaban. La diferencia estribaba en
que mientras en el primer cauce -de incitación
zarzuelera- se utilizaba lo exterior de lugares, tipos
y prototipos que caían con facilidad en lo
burdo y payasesco, en el segundo -el de contenido
dramático-, además de la enmarcación
y de las máscaras que solían coincidir,
asomaban problemas pasionales o incidencias que tenían
que ver, ya sin escamoteos, con la realidad miserable
que se vivía, y empezaban a esbozarse individualidades.
Lo certifican Canillita, el chico vendedor de diarios
de la obra de Sánchez, y la desamparada Indalecia
de "El desalojo" del mismo autor oriental.
Este es el cauce que tiene la virtud de proporcionar,
con su desarrollo, la apertura de otra vertiente popular
con aguas mucho más caudalosas. El protagonista
podía ser el "tano" de máscara
bien conocida al que, sin desaprovecharse lo que tenía
de ridículo y risible, se hurgaban en las desazones
que lo perturbaban, hasta llevar a escena un "ser
en conflicto" no sólo con el medio que
lo contenía, sino también consigo mismo.
El "tipo" o "prototipo" anterior,
con sus comportamientos tragicómicos, se iba
convirtiendo en "personaje"; es decir, además
de un cuerpo (imagen exterior), poseía un espíritu,
una interioridad que lo expresaba y definía.
Esta es la labor que cumplió Armando Discépolo
como fundador del "grotesco criollo". Dejó
las exposiciones al aire libre -como pedía
Ramón de la Cruz para sus sainetes castizos
"barriobajeros", y se cobijó y recogió
en habitaciones. Con el "Mateo" discepoliano,
que se estrenó en 1923, quedó inaugurada
la nueva "especie" de la dramática
nativa.
III) El "grotesco criollo" discepoliano
El "grotesco criollo", que fundó
Armando Discépolo en 1923 al estrenar "Mateo",
no apareció de un día para el otro,
como nacido por generación espontánea.
En lo local se ha visto de donde derivaba, y existe
asimismo otra referencia que debe ser contemplada.
Luigi Chiarelli inició el "grotesco"
en el teatro italiano con "La máscara
y el rostro", escrito en 1916; pero será
el talento de su compatriota Luigi Pirandello el que,
con obras como "El gorro de cascabeles",
de 1917, y "Enrique IV", de 1922, fijará
la nueva especie en la escena de su patria y hará
trascender y afirmarse en la moderna dramática
universal.
La singularidad más sustantiva del "grotesco"
como "espacio teatral", es que ahonda en
los conflictos de personalidad y muestra sobre el
escenario la ambivalencia de "vivir" y "verse
vivir", de llorar y reir en un mismo gesto. Es
cuando se produce el "desenmascaramiento"
que deja al personaje en carne viva, inmerso en su
propio dolor, o sin ropa con qué cubrirse,
como le ocurría a la Ercilia Drei de "Vestir
al desnudo", del citado Pirandello.
Traigo ésto a colación no porque crea
que Armando Discépolo copiara al genial dramaturgo
siciliano, del que no sólo fue traductor de
algunas de sus obras, sino también conocedor
profundo y admirador ferviente de todo su teatro.
Considero que nuestro autor -de "tanto"
que era, como le placía puntualizar-, se identificó
con la problemática lacerante de "ser
en conflicto" pirandeliano y asumió sus
esencias, con elementos y condicionamientos del medio,
que lo llevaron a concretar estructuras dramáticas
absolutamente personales.
Discépolo había estrenado ya obras teatrales
de variados géneros, inclusive "sainetes
porteños" -todo dentro de un realismo-naturalista
con antecedentes locales inmediatos que, a su ves,
denunciaba las incidencias del "verismo"
italiano finisecular; cuando comprendió que
el "grotesco", como "especie teatral",
le permitía desenmascarar ámbitos, seres
y situaciones que hasta entonces habían ido
quedando en lo más exterior de lo convencional.
Al cavar en la nueva realidad de los personajes, se
encontró dando testimonios de las frustraciones
y de los fracasos padecidos, a lo largo de medio siglo,
por el "inmigrante básico" que él
aprisionaba, como metáfora escénica
válida, en personajes muy lastimados de la
Italia meridional. Era como calzarlo con altos coturnos
clásicos para que fueran vistos con mayor claridad,
y las tragedias que representaban llegaran con todos
sus detalles.
El "sainete porteño" como "teatro
de la etapa inmigratoria" llevaba a escena, primero,
levísimas peripecias con recursos zarzuelos,
para luego ir adensando tipos con caracterizaciones
cada vez más complejas y mejor elaboradas.
Era inevitable que el "tano" tuviera siempre
encontronazos divertidos con el "gallego"
de turno (o a la inversa), y que en el coro infaltable
se hallaran el "turco" mercero ambulante,
el "judío" de la "compra y venta"
y, como aportes lugareños, "guapos",
"malevos" y "percantas" de barrio
céntrico u orillero. Esta petipiezas que fueron
legión, tras el duelo a cuchillo o a tiros
entre el "héroe" y el "villano"
de la historieta -que podía alarmar y poner
cierto suspenso por los últimos tramos- concluían
con una fiesta en la que participaba el vecindario,
entre músicas y bailes populares. Nada se sabía
de los problemas íntimos de esos estereotipos
que nos mostraban preocupaciones mayores y hasta parecían
vivir en un Limbo escénicamente prefabricado.
Como lo proclamaba el "tano" don Gaetano
de "Mustafá", sainete de Armando
Discépolo y Rafael José de Rosa, al
referirse al conventillo: "¡esto e no paraíso!"
Se entusiasmaba: "¡ese una jauja!".
Por eso resultaba tan diferente el "conventillo"
del "sainete porteño zarzuelero, del "patio"
que exigía "Cremona", el "grotesco
criollo" discepoliano, como se verá algo
más adelante.
IV) Protagonistas del "grotesco criollo"
discepoliano.
Armando Discépolo anunciaba la posibilidad
del "grotesco criollo" en "Mustafá",
sainete que, como quedara dicho, le pertenecía
en colaboración con Rafael José De Rosa
y se estrenó en 1921. Lo cierto es que la pieza
no superaba aún los límites del género.
Tal vez porque el autor lo hacía acompañado
y los "groyescos criollos" los escribirá
bajo su sola responsabilidad, con la única
excepción de "El organito", que lo
hará en compañía de su hermano
Enrique Santos "Discepolín". Seguramente
porque, más allá de las diferencias
de géneros en los que cada uno se expresaba,
una misma concepción de la vida ante una sociedad
en crisis, y una idéntica actitud crítica
y socavante frente a un contorno tan dañado,
conjugaban a ambos creadores.
Cabe consignar, sin embargo -para ser analizado en
otra ocasión con mayor detenimiento- que mientras
los protagonistas del "grotesco criollo"
discepoliano corporizaban inmigrantes (o sus descendientes
directos, como sería el caso de "Relojero")
llegados al país entre los oleajes que partían
de la Italia meridional, los personajes de las tragicomedias
tangueras de su hermano Enrique Santos eran seres
comunes, indiferenciados en sus orígenes étnicos,
extraídos de un entorno porteñero de
medio pelo para abajo, pero que abarcaba campos de
reflexión mucho más amplios. Lo demuestran
los desgarrones dolientes en 2x4 de "Yira yira".
"Qué sapa, señor?" y los versos
entrañables de "Cambalache".
En otras piezas de don Armando, no calificadas como
"grotescos criollos", asomaban individualidades
tragicómicas en potencia, es decir no resueltas
aún, ni asumidas como tales. Podrían
serlo, cada uno en su medida y a su debido tiempo,
el chef Piccione y su ayudante de cocina Cacerola,
los dos "tanos" de "Babilonia",
"Una hora entre criados" que se estrenó
en 1925. Por el cauce que quedara abierto con "Mateo",
desde 1923, seguirán "El organito",
de 1925 (en colaboración con su hermano Enrique
Santos); "Stéfano", de 1928; "Relojero",
de 1934 y, en 1971 (Discépolo había
fallecido pocos meses antes) subirá a escena
la versión algo ampliada y definitiva de "Cremona",
que se había conocido en 1932 como pieza breve.
De los cinco "grotescos criollos" anotados,
cuatro se desarrollan en estancos cerrados por exigencias
de la interioridad de los conflictos que se proponen,
mientras el restante, "Cremona", escapa
a la regla y su acción transcurre en el patio
de un conventillo monumental. Pero para que se comprenda
que nada tiene que ver este espacio con el de los
"conventillos" teatraleros habituales, el
autor advierte que son "patios de luz y sombra",
a los que asoman "covachas" y se forman
"rincones de sombra verde" y "Conos
violáceos". Además, los focos irán
destacando y aislando personajes y acciones, para
apartarlos del ámbito general e interiorizarlos.
Insisto en que estos espacios nada tienen que ver
con los patios del conventillo zarzuelero al uso.
En cuatro de los "grotescos" registrados
se plantean problemas agudos de mantenimiento y supervivencia
del grupo familiar que por hallarse hundido, a veces,
en los estratos más miserables, llevan a situaciones
límites de abandono, encanallamiento y hasta
de destrucción. Esto sucede, de manera coincidente
o distinta, en "Mateo", "El organito",
"Stéfano", y "Cremona".
En la quinta obra que he apartado del grupo, "Relojero",
el medio es un hogar de esa clase media porteña
que -enredada en los pliegues de su mentalidad pequeño
burguesa-, no consigue asentarse y menos aún
avanzar, como la había aseverado ya el Jorge
de "En familia", de Sánchez, allá
por 1905. Se llega a un final con desolación
idéntica y un derrumbe semejante.
Los "grotescos criollos" discepolianos poseen
varias facetas importantes de las que, por el momento,
sólo podré asomarme a dos de ellas.
La primera, es el "desenmascaramiento" de
una realidad hasta entonces no tomada en cuenta, o
negada, en las petipiezas más populares del
género saineteril y que, además de la
indagación psicológica de los protagonistas,
a los que se descubre en plena lucha interior consigo
mismos, aparece el contorno que los cerca y agrede
con todas sus violencias.
Como bien lo señalara Juan Carlos Ghiano: "de
la dualidad entre individuo y sociedad nace la frecuente
incomunicación de los personajes de Discépolo
-perdidos en la vida, extraviados en sí mismos-
que acaban por golpearse contra parientes y amigos
inmediatos, o contra la repetición de sus limitaciones".
Limitaciones que provienen de frustraciones con tanta
intensidad emotiva, que serán capaces de producir
la muerte. Tal el caso de Stéfano.
V) Temas del "grotesco criollo" discepoliano
La segunda faceta se refiere a enfrentamientos generacionales
que, según las concepciones y los alcances
de las individualidades problematizadas que intervienen,
y desde los planos que ocupan, aluden a la disolución
del núcleo familiar. por el desgaste y agotamiento
de las ideas madres que han ido nutriéndolo
sin evolucionar y que, como consecuencia, provocan
desencuentros y alteraciones entre sus miembros.
Los reflejos sin tapujos de las circunstancias y los
apremios que vive el "inmigrante básico"
discepoliano, aparecen en el don Miguel de "Mateo",
en el Stéfano de la pieza que se le dedica,
y el Saverio de "El organito", de ambos
Discépolo. Todos ellos más que fracasados
por haber hecho algo en forma mediocre, sin la capacidad
requerida son seres que se sienten frustrados en el
hondo anhelo de "hacer l'América".
En medidas muy diversas, por cierto. No se pueden
comparar las aspiraciones elementales de don Miguel,
"cochero de plaza" (cuya mayor ambición
es poder morir con la galera puesta y el látigo
en la mano, como terminaron sus vidas su padre y su
abuelo), con los altos sueños artísticos
de Stéfano que "no pudo" escribir
la gran ópera que llevaba en el corazón
y, por lo tanto, no ha podido "fracasar"
como compositor; pero sí, y queda bien precisado,
se fue comiendo el talento creador que poseía,
con las migajas del pan que debía ganar día
a día como músico de orquesta, para
mantener a los suyos. Su frustración es tanta,
que si bien explica a su hijo Radamés que "los
músicos de orquesta son casi siempre artistas
fracasados que se han hecho obreros", él
se gana el sustento tocando el trombón en una
orquesta de la que será despedido dado que,
por el paso de los años, ahora "hace la
cabra" cuando sopla el instrumento.
Saverio, en su desesperación de inmigrante
sin recursos, que llegara al puerto de Buenos Aires
con toda su cachorrada, había extendido la
mano opr las calles pidiendo limosna, sin encontrar
un sólo cristiano que se apiadara de la situación
y le ayudara. En pleno resentimiento -pues había
jurado vengarse robando al prójimo- explotaba
hasta a los suyos.
Cremona, por su parte, es una personalidad débil
y desvalida, con un candor que lo acerca al "poverello"
de Asís, y será muy maltratado y burlado
por los malandras del conventillo en que vive.
Los enfrentamientos generacionales -mansos o violentos-
quedarán en evidencia en varios de los "grotescos
criollos" se ñalados. En "Mateo"
se manifiesta el avance incontenible de una sociedad
arrolladora que, como imagen, muestra a don Miguel
llevado por delante por su hijo, que se ha convertido
en chofer de los automóviles de alquiler que
causan tanto pavor al viejo auriga al verlos circular
a su vera, con mucho ruido y como endemoniados, dede
lo alto del pescante de su maltrecho carricoche. Puesta
al día del joven Carlos que Don Miguel no podrá
comprender ni aceptar nunca.
Stéfano no sólo tiene ante sí
el reproche permanente de sus padres, que no logran
entenderlo en sus sentimientos e intenciones, sino
también a su hijo, que escribe versos y, para
reforzar la figuración lírica hasta
lo cursi, el autor, le hace vivir en el altillo de
la casa.
VI) Las "máscaras" de "Relojero"
La obra que insiste más en los enfrentamientos
que se producen en una familia, la de Daniel (conpresiones
directas en otra que marcha en forma paralela: la
de su hermano Bautista) es "Relojero", "grotesco"
con el que Armando Discépolo cerró su
labor original cuando le quedaban aún (se sabrá
luego) casi cuatro décadas de vida. Lo que
siempre fue un misterio, a pesar de las explicaciones
dadas por el autor, al argumentar que ya "no
le quedaba más que decir" como dramaturgo.
En "Relojero" se contraponen -con demasiada
simpleza en lo que concierne a la articulación
de las ideas- dos sentidos de vida, dos mentalidades
que chocan.
Por un lado está la vieja moral severa de los
mayores (los padres); por el otro, la determinación
de actuar con entera libertad de los más jóvenes
(los hijos). Con un trasfondo de sociedad en decadencia,
plena de contradicciones y escapismos, que van subiendo
a escena mediante pinceladas que aportan colores fuertes
de desorientación y pesimismo. Andrés,
por ejemplo, el "borrachito" como lo nombraría
David Viñas, que llega desde el Eduardo "matero"
de "en familia", de Sánchez, que
por momentos parece actuar como fiel de la balanza,
mientras en otras circunstancias participa como contraste
o contrapeso. El autor mostraba a personales encerrados
en compartimentos estancos, heredados o nuevos, pero
incomunicados entre sí al pertenecer a tiempos
distintos que forzaban desencuentros. Lo dolorosa
-y a ello se iba- era que cuando empezaban a caer
las máscaras de unos y otros, se estaba en
el desbarranco total y no habría salvaci´no
por más que el protagonista, que era relojero,
descubriera que se encontraba detenido, y se diera
cuerda precipitadamente. Pero, ¿qué
les ocurría, entretanto, a los más jóvenes,
cuyas primeras experiencias de la vida en libertad
de elección, podía llevarlos a la angustia
y a la muerte, como le sucedía a Nené?
El autor había captado con exactitud la difícil
situación, pero no se atrevía a arrancar
todas las "caretas" de la "vieja y
sana moral", ni intentaba descubrir las motivaciones
esenciales que habrían llevado a Nené
a su fracaso sentimental, con desenlace trágico.
¿Qué estaba fallando?
Armando Discépolo con el poder de sus "grotescos
criollos" había ido desenmascarando los
rostros de un mismo infierno, pero no se decidía
a avanzar en una tarea que a él lo perturbaba
y extraviaba. Tan era así que después
de "Relojero", Discépolo no tendrá
ánimo para continuar escribiendo teatro, sobresaltado
-podría ser- por lo que pudiera seguir desentrañando.
Esta situación del autor frente al recuerdo
la advertencia que recibe Pedro, protagonista de "El
fabricante de fantasmas", de Roberto Arlt. Cuando,
en un lugar exótico, Pedro se empeñaba
en arrancar del rostro de alguien, disfrazado de Faraón,
las máscaras de sus propias pesadillas, aquel
personaje le prevenía con sorna: "Querido
imbécil, no sigas descubriendo, porque si no
vas a terminar por descubrir el infierno".
VII) El poder "desenmascarante"
En resumen, entre 1923 y 1934, en poco más
de una década (doce años) Armando Discépolo
fue arrancado "máscaras" a seres,
conflictos y ámbitos de los que habían
ido llegando a los escenarios lo más exterior,
mediante versiones zarzueleras del "sainete porteño".
Los "grotescos criollos" discepolianos empezaron
a mostrar sobre los tablados capitalinos -con crudezas
que a veces molestaban e irritaban-, las frustraciones
y los fracasos que agobiaban, anulaban y hasta destruían
a individuos que se encarnaban y definían dentro
del período inmigratorio. Etapa clave del proceso
político-social argentino que, por los falseamientos
e idealizaciones en los traslados a escena, bien pudo
llegar a suponerse que transcurrió entre las
piruetas graciosas y el jolgorio, característicos
del pintoresquismo saineteril que lograra tantas resonancias
populares.
Este es el valor revulsivo y testimonial que se les
reconocen a los "grotescos criollos" discepolianos;
así como el mérito enorme de fundar
y encauzar una "especie" que indujo a experimentar
su creación a otros dramaturgos relevantes
de la época -como el Francisco Defilippis Novoa
de "He visto a Dios"-, y cuyas influencias
llegan, adecuadas al talento y al estilo, a calificados
autores nuestros de estos días. Bastaría
recordar a Griselda Gambaro y a Roberto Cossa, con
dramáticas igualmente transgresoras, sin entrar
en consideraciones que escaparían a las propuestas
de este trabajo.
En la ocasión sólo he intentado subrayar
algunos aspectos de la importancia de los "grotescos
criollos" discepolianos, por su capacidad "desenmascarante"
dentro de una etapa tan singular de la escena nativa,
y resaltar la vigencia de sus esencialidades, luego
de más de seis décadas de haber sido
abierto el nuevo cauce con "Mateo", allá
por 1923, por nuestro tan admirado y siempre recordado
don Armando Discépolo.
Bibliografía
Además de las obras dramáticas que se
citan a lo largo de la exposición:
Berenguer Carisomo, Arturo: "Las ideas estéticas
en el teatro argentino", Comisión Nacional
de Cultura, Instituto Nacional de Estudios de Teatro,
Buenos Aires, 1947.
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(En 1973, el trabajo fue publicado en un tomo por
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Buenos Aires, abril 1989