El mensaje del autor de "El
teatro en el Río de la Plata" es una profunda
reflexión sobre la dramaturgia nacional y las
posibilidades de los nuevos autores.
Me preguntás sobre cuál es, a mi criterio,
la realidad de la dramática nativa en la época
tan conflictuada y contradictoria que estamos viviendo.
Te adelanto, desde ya, que la etapa actual es mejor,
por determinadas razones importantes, que la de tiempos
muy cercanos cuyos coletazos aún nos perturban
y destartalan.
Yo me hago también muchas preguntas, pues el
panorama real no se abarca con una simple conjetura,
y procuro informarme en plena desorientación.
Así encuentro que Peter Brook, en su libro
"El espacio vacío", inquiere: "¿Por
qué y para qué el teatro?". Amplía
el interrogante: "¿Es un anacronismo,
una curiosidad superada, superviviente como un viejo
monumento, o una costumbre de exquisita rareza?".
El estupendo director de "Marat-Sade" se
refiere a las formas, así como a la esencialidad
y a las resonancias del espectáculo teatral
en una comunidad. Páginas antes, Brook había
advertido: "El público que asiste al teatro
decrece en todo el mundo". Habla de un "teatro
mortal" (que habrá de morir), al que califica
como "malo" por tratarse de algo que se
encuentra agotado, sin vigencia, y entender que "el
teatro se afirma en el presente".
El tema o los temas -se correlacionan varias líneas
que se cruzan y hasta se fusionan en algún
momento- inquietan a los estudiosos del teatro (el
caso de Brook), pero exigen ser analizados, asimismo,
por los jóvenes y nuevos autores como vos,
que han asomado o intentado hacerlo en los últimos
años. No aludo en esta oportunidad a los creadores
anteriores que llegan hasta estos días desde
finales de la quinta década, dado que, más
allá de cumplir una labor que demuestra capacidad
e inquietudes a través de aciertos, titubeos
y equivocaciones.
Como ejemplo -para hacerme entender- pondo a dos de
los autores más sobresalientes que provienen
de ciclos inmediatos: Carlos Gorostiza y Roberto Cossa.
Uno aparece en 1949 y el otro sube a escena por primera
vez en 1964. En los dos (no son únicos, y no
olvido al Eduardo Pavlovsky de "La mueca"
y "El señor Galíndez", ni
a la Griselda Gambaro de "Las paredes",
"El campo" y "Decir sí",
entre otros), se manifiesta el propósito de
ubicarse permanentemente dentro de un contexto preciso,
desde el talento dramático que particulariza
a cada uno. En las producciones de ambos se les ve
siempre inmersos en el tiempo que viven y de ahí
la significación de la tarea.
Mientras Gorostiza parte de "El puente",
pasa por la madurez de "El pan de la locura"
y alcanza los trazos magistrales de "El acompañamiento"
y el áspero aguafuerte de "Papi",
Cossa, que se inicia en el costumbrismo intimista
de "Nuestro fin de semana" y, a grandes
saltos, se remoza con el humor ácido y esperpéntico
de "La Nona", apunta hacia cauces renovadores
y singulares con "El viejo criado". Son
búsquedas empeñosas sin que las aspiraciones
ni los niveles decaigan nunca. Por eso los destaco.
Para que te sirvan de aliento ante los tropiezos momentáneos
que padecés, y tanto te descorazonan y amargan.
Puedo suponer que ambos -Gorostiza y Cossa; igualmente
que Pavlovsky y la Gambaro- se han formulado preguntas
semejantes a las de Brook, y han podido suscribir,
por experiencias propias y ajenas, sus opiniones relativas
al alejamiento del público de las salas teatrales,
en este caso porteñas.
Me preocupan -por ello intento responderte- los jóvenes
y nuevos autores como vos, que han ido haciendo sus
aportes y afirmándose (o no) en los años
recientes (durante y tras la larga pesadilla desbordada
de abusos, atropellos y atrocidades cotidianos) que,
entre otras consecuencias referidas a la materia específica,
figuran las de haberse abusado de un psicologismo
simplista, reiterante y aburrido, y de lo que dio
en llamarse la "metáfora teatral".
Como si esta última fuera una novedad recién
hallada. No creo que pueda existir un arte trascendental
sin metáforas. El "Prometeo" esquiliano
es la primera gran metáfora sobre el ansia
de libertad y el espíritu rebelde de los desvalidos
"efímeros" frente a los altos dioses,
y llegó al escenario de los padres griegos
hace más de veinticinco siglos. Se quiso implantar
-acuciados por circunstancias pavorosas- un juego
cabalístico con el que se pretendía
desenmascarar, desvelar, facetas de la situación
trágica que se padecía y, como paradoja,
lo único que se conseguía era cubrir
con nuevos mascarones y velos lo que se pretendía
denunciar. La "metáfora teatral"
se invocó demasiado a menudo, para justificar
dislates escénicos, que fueron mucho.
Nada tiene que ver con el reparo -me interesa señalarlo-
las experimentaciones en los diversos planos del teatro,
presentes en todas las épocas para quebrar
estructuras y concepciones añejas y anquilosadas
y provocar cambios; ni el reproche enfila, tampoco,
contra las realizaciones del "absurdo" moderno
que, a pesar de los disloques integrales, la especie
posee una identidad que la define y califica cuando,
claro está, no se trata de pobres copias de
otras latitudes o del mero capricho que confunde absurdidad
escénica con ridiculez. No vale la pena que
entre en un tema que requiere otros planteos y al
que corresponde una escala de valores diferentes para
ser manejado con seriedad. Lo dejo rozado apenas,
como al pasar, para que no haya malos entendidos.
Lo cierto es que se salió felizmente de la
época que nos ha costado casi una generación
autoral representativa, y se la echa de emnos. Generación
que debió surgir y conformarse a lo largo de
los años 70 y comienzos de los 80. Una de las
excepciones es Ricardo Monti, quien se inicia al empezar,
la octava década con "Una noche con el
señor Magnus & Hijos", y sigue en
la brecha denotando una personalidad. Por lo común,
los autores no sólo carecían de incentivos
y de oportunidades, sino que, además, era palpable
la intención de frenar y desalentar todo posible
intento con censuras, amenazas y atentados; sin dejar
de lado las dificultades económicas que dominaban
el medio. Mucho se ha avanzado desde entonces. Si
bien en lo económico nada se superó
-diría, y vos lo sabés bien, que se
agravó la situación al tener que pagarse
descalabros heredados-, desaparecieron la censura,
las amenazas, los atentados, y hoy puede crearse sin
miedo y con entera libertad. Valga la anécdota
que ya conocés, pero es oportuno recordar.
Allá por 1979 me encontraba al frente de un
taller autoral y alguien empezó a escribir
una obra en la que una madre, desesperada, iba de
un lado a otro buscando noticias, sin hallarlas, sobre
su hijo desaparecido. Te repito el año, 1979,
porque después ha sido cada vez más
fácil hablar del calvario de las Madres de
Plaza Mayo. (En 1981, un autor valeroso como lo es
Ricardo Halac, extravía aún su intencionalidad
testimonial entre las alegorías de su "Lejana
tierra prometida"). Yo estimulaba para que el
autor siguiera desarrollando su pieza, hasta que una
tarde me confesó que había decidido
abandonar la idea. Puntualizó: "Si sigo
escribiendo nos van a llevar preso". Era un temos
visceral que posiblemente vos no podés ni imaginar
en la actualidad, y ello demuestra lo que hemos avanzado
en este sentido.
Por eso, si bien Teatro Abierto 1981 fue un hito valiosísimo
y fundamental del que parte, de alguna manera, la
etapa en la que se encuentra nuestro teatro, lo conveniente
no es seguir pregonando lo que se tiene ganado con
capacidad y entereza a toda prueba, sino asumir la
apertura conquistada y llevarla a la práctica
en los más variados terrenos. Hoy todo debe
ser "teatro abierto" sin que haya necesidad
de proclamarlo (a veces en vano, pues se retorna a
encierros dejados atrás). Esta es la realidad
que deben descubrir los jóvenes y nuevos autores
dramáticos como vos; siempre y cuando no deseen
continuar creando para minorías de iniciados
-a los que se debe respetar y respeto- , y se intenta
reconquistar un público al que se ha alejado,
e incorporar espectadores, particularmente jóvenes,
de los que precisa con urgencia la escena nacional.
Si un autor dramático escribe sólo para
regodearse de sí mismo y no le interesa el
público mayoritario, hará bien en desentenderse
de él: pero si continúa teorizando sobre
la necesidad de un teatro con atracción popular
-en el más hondo y limpio sentido del concepto-
, deberá recapacitar sobre lo que está
haciendo. Siempre conviene recordar que no puede existir
un teatro sin público, y que no es justo quejarse
de él cuando primero se lo ha confundido y
desorientado.
Vos que has podido disfrutar esa película extraordinaria
que es "Molière", de Ariane Mnounchkiene,
comprendiste la distancia que existía -y existe-
entre Corneille y el autor de "Tartufo".
Mientras el creador de "El Cid" perseguía,
con sus coturnos franceses, un teatro de indudable
calidad intelectual -en el film se aprecia cómo
se aburría el público "selecto"
al que estaba dedicado-, Molière cubría
con su dramática las capas populares más
amplias y era festejado a la vez -aunque no siempre
aceptado- por las esferas consideradas superiores
de la sociedad aristocrática de su tiempo.
Nuestro jóvenes autores como vos deben indagar,
dentro de sí mismos, por qué y para
qué escriben -¿tienen algo que decir,
o sólo aspiran a jugar al teatro?-; al comprenderlo
podrán ubicarse sin errores ni falseamientos
que no caben, por más prolijidad que pongan
en justificarse. Pues el creador no debe pedírsele
más de lo que lleva adentro y es capaz de dar.
Que eso interese o no, es otra cuestión. Lo
único que puede hacerse es ayudarle a asumir
su responsabilidad, que es más de la que supone.
Importa que no se confunda y, paralelamente, despiste
a quienes se le acerquen. El peligro es que el posible
espectador se aleje de las salas teatrales, atrapado
y deformado por una televisión mediocre y un
cine con mayores inquietudes y atracciones, que cumplen
la tarea a las mil maravillas, validos del desamparo
en el que se encuentra nuestro arte escénico
en particular y nuestra cultura en general.
Pienso en los públicos bulliciosos de la placera
"commedia dell'arte" italiana, en los "corrales"
del siglo de oro español, en los "patios"
isabelinos y, ya en nuestro medio, en la etapa del
sainete porteño tan rica y brillante -más
allá de los manoseos comerciales que le condujeron
a la prevista e inevitable decadencia- y que, , por
si fuera poco, engendró en su seno esa especie
local entrañable que es el "grotesco criollo".
Para que el teatro no sea un "anacronismo",
"un viejo monumento" o "una costumbre
de exquisita rareza" -como lo anota Brook- sospecho
que debe hallar ecos populares, sin oncesiones ni
bajezas de ninguna índole, y demostrar las
interelaciones que posee con su tiempo; ese tiempo
en desazón que estamos viviendo, hoy y aquí,
con todas las presiones que nos pertenecen y las de
un contorno que ha perdido todo límite cercano,
mientras aumenta en agresividad. Hacen falta ideas
claras para expresarse con claridad. El admirado don
Armando Discépolo, ante uno de los espectáculos
que no lograba entender por revesado y confuso, comentaba
sentencioso: "El autor escribe difícil,
porque no sabe hablar fácil". Se confunde
conflicto dramático con retorcimientos antojadizos,
hondura psicológica con oscuridad prefabricada
por el cierre hermético de puertas y ventanales
para que no pueda entrar la luz y ponga en evidencia
los trucos y las falsedades.
Creo profundamente en los jóvenes y nuevos
autores nuestro. Todos merecen aliento y apoyo pero,
por su parte, deben cuidarse para no defraudar las
expectativas que en cada caso despiertan. El período
doloroso ha sido cerrado en muchos aspectos, y no
vale la pena repetir lo que ha quedado bien dicho
(o no), y respondía a su tiempo. Cualquier
género es bueno y revive (o sigue adormecido
o muerto) de acuerdo con el talento de cada autor.
Nada debe ser apartado desde preconceptos descalilficadores.
Resulta oportuno traer a colación lo escrito
por el filólogo español Juan Valera,
al intervenir en la polémica desatada por las
petitpiezas líricas -el "género
chico"- que a fines del siglo pasado gozaban
de popularidad inmensa en la península. "No
hay género chico ni grande -sostenía-;
no hay más que género discreto y género
tonto; de suerte que un sainete divertido y chistoso
enriquece más el tesoro de la literatura patria
que dos o tres dramas y otras tantas tragedias que
cansen y enojen, aunque tengan cada una tesis y encierren
un caudal de profundos y filosóficos pensamientos".
Trasladado el juicio a estos días y adecuado
a las exigencias de nuevos códigos, no tendríamos
que pasarlo por alto sin reflexionar. Brook -al que
retorno luego de haberme facilitado echar a andar-
se ocupa de los arduos problemas que plantean el "espacio
vacío" de un escenario desnudo, y lo verdaderamente
grave para nosotros, y alarmante, es observar los
grandes "espacios vacíos" que, durante
las funciones, muestran habitualmente la mayoría
de nuestras salas teatrales de todo tipo.
En fin, la carta ha sido más extensa de lo
que podía suponer al empezar a escribirte y,
al revisarla ahora, comprendo que muchas cosas han
quedado sin tocar y otras, tal vez, no lo han sido
con la precisión y el cuidado debidos. Pero
resume algo de lo que pienso, incitado por tu pregunta,
y te hago llegar con un fuerte abrazo.
Buenos Aires, mayo 1986.