Una larga e insustancial disputa,
basada en malentendidos y falsas preeminencias, ha
derivado desde hace algún tiempo en cierto
menosprecio por la dramaturgia y en su relativa exclusión
del campo de la literatura. Por un lado, la valorización
del fenómeno escénico, la puesta, la
actuación, la improvisación, hizo que
en ciertas expresiones teatrales la importancia del
texto dramático se viera reducida.
Por otro lado, no pocos autores cedieron ante este
desarrollo y empezaron a considerar el texto como
un simple guión, carente de validez en sí
mismo, y sólo justificado en la medida en que
pudiera dar pie a un hecho escénico. La fugacidad
propia de este último se apoderó así
del texto dramático, que fue perdiendo status
literario. El círculo de la "literatura"
se cerró en cierta medida en torno de la narrativa,
la poesía y hasta el ensayo. Desde luego, no
de modo absoluto e irreversible, pues el teatro es
por derecho propio uno de los más antiguos
y venerables géneros literarios.
Por lo que a mí respecta, no puedo considerarlo
sino de esta manera, y no vacilo en decir que la edición
de una obra, me desvela tanto o más que su
estreno. Por supuesto, esto no significa sacrificar,
en aras de la elaboración literaria, la eficacia
escénica de un texto. Todo lo contrario. Un
buen dramaturgo debe conocer a fondo las leyes del
género que cultiva. Precisamente, como un buen
novelista o un buen poeta . . . En todos los casos,
la estrategia literaria estará al servicio
del resultado que se quiere alcanzar. La excelencia
de un texto dramático se podrá medir
entonces por la multiplicidad de hechos escénicos
-puestas en escenas- que podrá generar, sin
agotarse en uno solo de ellos.
Es el aprendizaje, al lento reconocimiento y dominio
de esas leyes, que el artista dedica gran parte de
su tiempo y de su búsqueda. En mi caso, sólo
después de largos años de trabajo, centrado
en la narrativa y la poesía, pude acceder a
las primeras intuiciones respecto de las leyes teatrales.
Escribir teatro era una vieja ambición mía,
pero numerosos intentos frustrados habían terminado
por hacerme desistir. Fue cerca de los veinticinco
años en que, empeñado en una intrincada
novela, repentinamente descubrí el modo.
El secreto no estaba en el diálogo -un error
muy frecuente-, sino en el ámbito en el que
ese diálogo discurría: el espacio escénico.
Es decir, descubrí que en algún punto,
en algún "lugar" de la novela, podían
refluir todas sus imágenes, que ese mundo de
imágenes, complejo y abigarrado, podía,
por así decirlo, condensarse, absorberse, en
un espacio previamente intuido, palpablemente recortado
en la oscuridad, así como un escenario iluminado
a pleno se dibuja en una sala en penumbras, instaurando
una nueva realidad hacia la que confluyen, desde las
sombras, los ojos de los espectadores. Y bien, yo
no era, desde el punto de vista de mi creación,
sino uno de ellos, aunque fuera el primero. Acechando
en la oscuridad, como alguien que hubiera entrado
furtivamente a un ensayo. El secreto estaba pues en
el tratamiento de las imágenes.
En este punto debo decir que considero a la imagen
(auella que, en el caso del escritor, es previa a
su traducción en palabras) el núcleo
central del proceso creativo. En este sentido, incluso
el estilo está determinado por el tipo de imágenes
internas que mueven a un autor a escribir. La diferencia
entre el narrador y el dramaturgo tiene, por consiguiente,
ese punto de partida. El narrador trabaja, de alguna
manera, con sus primeras imágenes, transformándolas
en palabras de modo inmediato, sin limitación
de tiempo ni lugar. Personajes, ámbitos, acciones,
pueden desenvolverse con la mayor libertad, como un
sueño ininterrumpido o un film con sus distintos
planos y enfoques.
El narrador puede también zambullirse en el
interior de sus personajes, describir sus visiones
o pensamientos. O bien apartarse de aquellos y reflexionar
por su cuenta. Y este conjunto de cosas tiene cabida
en el cuerpo del texto. El valor de éste se
medirá por la perspicacia, la originalidad
o la audacia de las imágenes de arranque, la
profundidad del autor para desentrañar su significado,
y su talento para transmutar todo ello en materia
verbal.
El dramaturgo, por su parte, debe reelaborar sus imágenes
iniciales, espontáneas, y reubicarlas en un
espacio artificial -el espacio escénico- que
las transformará a su medida, magnificando
algunas o expulsando otras. Personajes, ámbitos
y acciones perderán así en libertad
lo que ganarán en intensidad. Condensación:
tal es el término que refleja la alquimia propia
del espacio escénico. Esta es una condición
que el dramaturgo incipiente pocas veces tiene en
cuenta. De acuerdo con ello, una obra de teatro podría
definirse como una condensación expresiva,
con reglas propias, del mundo de imágenes de
una novela, al cual, a su vez, debería remitir.
Esto tiene su correlato también en el plano
estrictamente verbal.
Del multifacético y minucioso desfile de visiones
que el dramaturgo contemplará sobre el escenario,
sólo registrará como texto aquello que
los personajes dicen -el diálogo- y acotará
las acciones fundamentales. A lo sumo podrá
agregar escuetas descripciones de lugares o caracteres.
El resto de la visión o de la imagen quedará
en penumbras, aludido por el texto pero ausente de
él, enriqueciéndolo desde la oscuridad.
Todas estas características son las que hacen
difícil la lectura de un texto dramático,
pues exige un mayor esfuerzo imaginativo. Así,
mientras la narrativa ofrece a la mirada del lector
todos los elementos de la imagen tal como ha sido
recortada por el autor -como lo hace el cine en su
lenguaje particular- , el texto teatral invita a que
se la reconstruya a partir de alusiones y mínimos
datos. El director sería, en este sentido,
un lector especializado, alguien que es capaz de hacer
sensible la imagen latente en el texto. En síntesis,
quizás se deba a estas dificultades y a esta
relativa necesidad de mediación, que la dramaturgia
ocupe un lugar ambiguo e incómodo dentro del
campo de la literatura.