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Ricardo Monti nació en 1944.
Estrenó cinco piezas teatrales: Una noche
con el señor Magnus E hijos, en 1970; Historia
tendenciosa de la clase media argentina, en 1971;
Visita, en 1977; Marathón, en 1980
(reestrenada, en el Payró, en 1982) y La cortina
de abalorios, pieza breve, en el ciclo de Teatro
Abierto de 1981.
No puede hablarse de trama en sus obras, porque la causalidad
que enhebra escenas está ausente. Podemos bosquejar
la materia escénica a grandes trazos, sin embargo.
Una noche con el señor Magnus E hijos
emplaza, desde el título, una familia. Magnus
es el padre y , al mismo tiempo, un tirano, un dios,
un espejismo, una fuerza social. Los hijos son Gato,
Wolfi y Santiago, sometidos a Magnus en esa vieja y
suntuosa casa que habitan, de donde no pueden escapar,
no porque las puertas estén cerradas sino porque
los ata el temor, las convenciones y los ritos. La contracara
de Magnus es el viejo Lou, un personaje que participa
del hombre y del perro. Con Magnus, llega a escena Julia,
una conquista amorosa que será sucesivamente
madre, virgen, prostituta. Los hijos presencian, como
un público vociferante, las representaciones
que inicia Magnus con Lou o con Julia. Son sucesos ya
ocurridos en la vida de Magnus, pero la repetición,
el ritual, les otorga validez. De algún modo,
el poder de Magnus se perpetúa en la reiterada
representación de su historia. La contingencia
de los actos iniciales se torna necesaria y, en consecuencia,
se vuelven necesarios y permanentes todos los actos
que desde entonces realiza. Así nos enteramos
de la derrota de Lou, del asesinato de Bibí (la
mujer de Magnus), del encuentro con Julia y también
de ciertas fábulas sociológicas o políticas:
la discusión entre un vendedor y un comprador,
la negación de las clases sociales según
Magnus o la repulsa del capitalismo. Hay además
un banquete que se torna una bacanal; hay un estado
de desenfreno. Dos actos violentos cierran la pieza:
la violación de Julia por parte de Magnus y el
asesinato de Magnus a manos de sus hijos. ¿Fin
de un mito e inicio de una historia contradictoria y
cambiante? ¿O vacío que condena a una
nueva recurrencia e inmovilidad?
La segunda obra de Monti tiene un título extenso:
Historia tendenciosa de la clase media argentina, de
los extraños sucesos en que se vieron envueltos
algunos hombres públicos, su completa dilucidación
y otras escandalosas revelaciones. Ese tono de burla
que desde ya adivinamos prevalece en la pieza. En ella
se muestra una visión de la clase media, como
agente histórico, en una suerte de farsa o función
circense compuesta por momentos claves de la historia
argentina, donde además se intercalan historias
personales. El Teatro, objetivado como personaje, presenta
a Pola, una prostituta que simboliza la Nación
o, mejor dicho, la idea que de la Nación parecieron
tener quienes la perjudicaron. Con la figura de Pola
se enlazan varios personajes que protagonizan diversos
episodios: el terrateniente en tratativas comerciales
nada justas con el inglés Mr.Hawker, la aparición
y eclipse del Peludo, su reemplazo por un general autócrata
en 1930, la breve historia de la familia Filipeau conmovida
por los sucesos del 45, la revolución del 55,
las ejecuciones de José León Suárez,
las tratativas de industriales y damas desarrollistas
con el americano Mr.Peagg (que a esta altura desplazó
definitivamente al inglés), la irrupción
de otro general que establece el orden por decreto y
el gran final circense que concluye en un confuso balbuceo
de consignas y frases políticas sin sentido.
La historia es tendenciosa porque Monti toma partido.
No obstante, la pieza no es "histórica",
es decir, no comporta una exégesis de situaciones,
personajes y coordenadas pretéritas que podrían,
además, espejar un presente. Es acentuadamente
farsesca y su distanciamiento se logra por una acumulación
de efectos paródicos. Esa sucesión abigarrada
lleva subrepticiamente al espectador una conclusión
tragicómica: la historia argentina puede leerse
como una farsa.
En Visita todo es irreal o, más exactamente,
ideal, porque estamos ante un "instante de la imaginación"
o en el espacio del subconsciente. Equis llega a una
casa suntuosa y decrépita, habitada por Lali
y Perla, una mapreja de viejos fantasmagóricos,
de edad incierta, y por Gaspar, su criado, que se asemeja
a esos enanos de Velázquez que parecen magnificar
la infancia con el horror. Gaspar es niño y adulto:
monstruo. Como el mundo que la Alicia de Lewis Carroll
visitó detrás del espejo, el mundo de
Lali y Perla es absurdo y atemporal, pero si en Caroll
hay cierto tono de broma y non sense, en Monti hay violencia
contenido, disolución, obscenidad, humor negro.
Son numerosos los episodios de Visita. Entre
ellos recordamos el viaje a la inmortalidad de Lali
y Equis, tan real como el de Don Quijote montado en
Clavileño, o la muerte, funeral y resurrección
de Perla. Equis quiere huir, pero los viejos lo retienen.
Finalmente se reconoce como hijo, se acerca a Perla,
tiene una ensoñación, se duerme en su
regazo y el tiempo parace cerrarse sobre ese regressus
ad uterum. En Visita la minuciosa acción
es un modo paradójico de declarar la inmovilidad,
una negación del transcurrir a través
de situaciones que se agolpan y precipitan. Como en
Magnus...todo acto tiene aire de rito y en su
recurrencia confirma una suerte de ahistoricidad.
La acción de Marathón transcurre
en 1930. Se trata de uno de aquellos concursos de baile
y de resistencia usuales en la época, pero exasperados
por la pesadilla y los gestos extremos. Hay varias parejas
participantes; un animador cuya figura es miserable
y todopoderosa a un tiempo, larva y demiurgo; un guardaespaldas,
que hostiga y castiga. Nadie sabe cuál es el
premio pero los impulsa su propio deseo. Marathón
consta de veintitrés escenas, donde conocemos
las curiosas y desesperadas historias de cada pareja,
pero también sus sueños y afanes ocultos.
Se entrelazan, con esas historias individuales, cinco
mitos de la historia americana, que protagonizan los
mismos bailarines: el mito del conquistador, el mito
del industrial, el mito del fascista. Los bailarines
se sublevan contra el animador, pero cuando éste
va a revelarles su condición y el premio que
persiguen, lo restituyen a su sitio y el baile sigue.
La relación de esta pieza de Monti con la novela
They shoot horses, don't they de Horace Mc Coy (y con
el film homónimo de Sidney Pollack) parace evidente
a primera vista, considerando, además, la pervivencia
de la novela policial hard boiled o negra en el sistema
literario argentino de la década del setenta.
Sin embargo, la mera lectura de ambos textos permite
observar que la coincidencia sólo se sostiene
en la anécdota inicial: un baile de resistencia
cumplido por hombres y mujeres desesperados en una época
de crisis. Por lo pronto, ese referente se relaciona
tanto con los Estados Unidos de la época de la
Gran Depresión como con la Argentina de la década
del treinta, donde eran habituales los bailes de resistencia.
Por otra parte, el verosímil realista que caracteriza
la novela hard boiled se distancia en gran medida de
la estética sustentada por Monti en su pieza.
La coincidencia con la novela de McCoy es, acaso, fortuita
y, a lo sumo, irrelevante para el estudio de Marathón.
La acción de La cortina de abalorios transcurre
en un fantasmal prostíbulo del siglo XIX. Allí
una prostituta, Mamá, se encuentra con su amante,
el Bebé Pezuela, que llega de luchar contra los
indios. Pezuela necesita un empréstito y, para
conseguirlo, Mamá convocó a una partida
y para cubrir su deuda Pezuela le ofrece las tierras
públicas, la carne (que simboliza Mamá),
el dominio de los transportes y franquicias aduaneras.
Mientras ocurren estos sucesos el Mozo del lugar ha
sido humillado, violentado, herido y finalmente muerto
por insurrección. Hacia el final presenciamos
la decadencia de los personajes. El clima es orgiástico:
el inglé muere y su última palabra es
¡Trafalgar!, Pezuela ya no puede ver a Mamá
y la llama, Mamá se derrumba. Pezuela tropieza
con el cadáver del Mozo y presiente algo oscuro,
Mamá reconoce en esa noche una curda histórica.
Así termina esta suerte de alegoría sobre
el período que José Luis Romero llamó
del "liberalismo conservador" (1)
David Viñas ha señalado la falacia de
la antinomia Artaud-Brecht, a partir de una oposición
sígnica explícita: cuerpo-pedagogía.
Precisamente, en su búsqueda de un teatro materialista,
Viñas no divorcia los cuerpos de los discursos
que sostienen. Así, si el cuerpo es estructura,
la palabra es historia y el teatro salvaguarda esta
correlación. Ni rostros opacos cuyos discursos
son rutilantes y exteriores ni cuerpos en muda exasperación,
sino cuerpos históricos recorren la escena (2),
Monti ha intentado esa densidad en sus piezas y ha unido,
por cierto, crueldad y distanciamiento.
En un sentido estricto, las obras de Monti carecen de
argumento. Sus episodios constituyen notas de un crescendo
que desembocan en una violencia final o en el presentimiento
de ella. El teatro de Monti es no aristotélico,
es decir, cada escena es independiente de la que precede
o sigue y no hay causalidad. Esto recuerda al teatro
épico de bertold Brecht, así como el distanciamiento
irónico de ciertas escenas. Lo vemos por ejemplo,
en Historia tendenciosa...., la pieza de más
acusada manifestación brechtiana de Monti.
Nada parecido a un estado de beatitud se apodera del
espectador de las obras de Ricardo Monti. No hay una
sola de sus piezas que no presente algún acto
de violencia; no hay tampoco, una pieza que prescinda
del sueño. Crueldad y un raro aire onírico
circulan en sus episodios, inducidos por cambios de
luces, gestos extremos o furtivos, repeticiones, incongruencias.
Y ese sueño y esa violencia son el pulso de la
irrealidad y la furia del mundo exterior, ese que comienza
en la platea del teatro, persiste cada día oscuramente
y hace nuestra historia. Esta tendencia de Monti coincide
con la estética que Artaud esbozó en su
Teatro de la crueldad, donde escribe: "...las imágenes
del pensamiento pueden identificarse con un sueño,
que será eficaz si se lo proyecta con violencia
precisa. Y el público creerá en los sueños
del teatro, si los acepta realmente como sueños
y no como copia servil de la realidad, si le permiten
liberar en él mismo la libertad mágica
del sueño, que sólo puede reconocer impregnada
de crueldad y terror" (3).
En el artículo ya citado, Viñas señala
que el primer punto donde el teatro de Brecht y el teatro
que Artaud propone se interseccionan corresponde al
intento de provocar, sacudir, alzar en vilo al público
concreto, por agonía o extrañamiento.
Monti no desdeña esa coincidencia, si bien se
inclina más a menudo hacia cierta crispación
expresionista del teatro de la crueldad.
Cuando estrena Una noche con el señor Magnus
E hijos, Monti adopta una estética, en cierto
modo, homeopática. "Me interesa presentar
sobre el escenario -declaró- esencialmente, a
un puñado de culpables que representan a los
de la platea. (...) Me definiría como un autor
inhumanista; propongo a la platea burguesa el trabajo
de inhumanizarse, vale decir, asumir con crueldad la
lucidez; (...) hacer, en suma, un sacrificio de sí
mismos" (4). La figura de Magnus es destruida
es escena acaso para que ese crimen actúe mágicamente
en la conciencia del espectador. Ese veneno que para
Artaud es el teatro, mata o purifica. El crimen de Magnus
debería ser homeopático para el público,
pues matar a Magnus significa matar una parte
de nuestras conciencias. Monti expresó esa premisa
psicológica o psico-social: "La propuesta
ya la formuló claramente el psicólogo
Cooper: el sistema no solamente está afuera,
sino también está adentro" (5). Esa
idea, representada en personajes como Magnus,
especie de dioses que no son nada y son todos, se reitera
en la obra de Monti. Por ejemplo, dice: "Porque
yo...estoy vacío...Les he vendido...sus propias
imágenes" (6). Los viejos de Visita
son, según palabras de Monti (citado por Podol):
"sus dioses, los padres interiores, el poder desde
dentro" (7). El animador de Marathón
asegura: "Yo en realidad no existo; estoy, por
decirlo así, dentro de usted. Lo poseo porque
usted me posee. En síntesis, es su propio deseo
el que me da poder" (8). Por otra parte, en las
tres piezas citadas se plantea el caso del exterminio
de esas figuras opresivas que, al modo de los dioses
de los gnósticos, están hechas con la
materia del deseo, del hábito y del temor de
sus hipóstasis. Con respecto a esa occisión
de dioses, cada pieza de Monti propone una variante.
El asesinato de Magnus se produce en escena y
su muerte, como dijimos, procura despertar en el público
el deseo de la muerte de Magnus en la conciencia,
luego del extrañamiento que causa la repulsión.
A diferencia del teatro griego que ocultaba a la mirada
del espectador los hechos de sangre, Monti involucra
al público en la violencia. en la edición
de Visita hay un final desechado que es iluminador.
En ese final, Equis mata a los viejos, que se encarnaron
en la figura de los padres, y toma su lugar junto a
Gaspar. Como dijimos, la versión definitiva de
la obra demuestra que Equis se duerme sobre el regazo
de Perla y a través del sueño se reintegra
a la unidad primigenia, el paraíso perdido del
vientre materno. Pero ese reintegro es falso, porque
el vientre materno es la inversión de la tumba.
La madre engendra para la muerte.
Quevedo hubiera dicho: En el hoy y mañana y ayer
junto/pañales y mortaja. En esta resolución
dramática, el público no asiste al asesinato,
pero el recuerdo de la ominosa corrupción de
las escenas anteriores supone el rechazo de ese sueño
lleno de muerte que busca el tiempo perdido. Cuando,
en el final desechado, Equis reemplaza a los padres,
persiste en la inmovilidad, en la monarquía sedente
y mortuoria. En Marathón los bailarines
también perseveran en el engaño. Cuando
atacan al animador y éste va a revelar el premio
que tiene el feroz concurso, los bailarines se encrespan
y vociferan porque les aterra saber que el premio no
existe, que su perpetuo afán está incitado
por el propio deseo. Por eso cada cual, extasiado, refiere
su seuño, menos Tom Mix, que huye, pues quizá
es el único que sabe que su sueño no se
cumple en el fárrago de la maratón.
El tema de la figura autoritaria y el ansia de exterminio
o la persistencia en el engaño de su soberanía
admite dos aspectos entrelazados en la concepción
de Monti: uno metafísico y otro socio-histórico.
En La Gaia Scienza Nietzsche escribió la parábola
de la muerte de Dios a manos de los hombres (9). ¿No
sienten acaso la descomposición divina?, se pregunta.
La conciencia del nihilismo, la disolución de
los valores (de ciertos valores), son la huella de la
muerte de Dios. Esta metáfora de Nietszche recuerda
las historias de Monti. Son, quizá, fábulas
metafísicas o, para ser más exactos, fábulas
de la destrucción de la metafísica. Sitúa
su mira en el instante del asesinato o en el instante
del falso deseo de ese Dios muerto, cuando la extensa
sombra de su cadáver cae sobre las quebrantadas
y tercas siluetas de los hombres. De ellos dice el animador
de Marathón: "Renacen, renacen como
insectos fugaces. Y sin embargo ellos, luchando a muerte
con la indiferencia y con la nada, construyen sus frágiles
obras, disponiéndose para la eternidad. Señores,
si no fuera ridículo, esto sería una tragedia"
(10). El teatro de Monti es un teatro de la agonía,
no del nacimiento o de la resurrección. Esos
claros relámpagos, sólo se atisban en
la playa que sueña Tom Mix, una playa infinita
con niños inmortales hermosos y libres; o con
la nube que sueña Equis, infinitamente blanca.
Con todo, la crítica de Monti no es una crítica
a la religión sino al poder. Entraña,
por cierto, un cuestionamiento ético, cuya resolución
no se produce en escena sino que se arroja como problema
al espectador. Escribe Octavio Paz: "Después
de Sade, que yo sepa, nadie se ha atrevido a describir
una sociedad atea. Falta algo en la obra de nuestros
contemporáneos: no Dios sino los hombres sin
Dios" (11). Monti sitúa sus piezas en ese
intersticio, en ese hueco gigantesco que una ausencia
revela. ¿Hasta qué punto convenciones
y valores no son signos vacíos, puros gestos,
muecas? Y, subrepticiamente, la pregunta de Dostoiewski:
si Dios no existe ¿todo está permitido?
¿Cómo se articula este problema metafísico
y ético con el problema socio-histórico
que campea en la obra de Monti? Para esclarecerlo, podríamos
remitirnos al pensamiento atrevido y lúcido de
Georges Bataille, un hombre que ha pensado el temor
y el temblor de nuestro tiempo y que contribuyó
no sólo con los secretos ríos del pensar
y del poetizar que caracterizan nuestra época
sino que ampliará los de épocas venideras.
Bataille afirma que la sociedad es un ser consciente
(12). Niega que la conciencia se considere indivisible
y asegura que no puede conferirse primordial importancia
a la conciencia individual aislada cuando la existencia
es comunional. Además de los individuos que componen
la sociedad, existe un movimiento conjunto que transforma
su naturaleza. Las instituciones, los ritos y las representaciones
mantienen profundamente la identidad colectiva. La novedad
que introduce Bataille con respecto a otras concepciones
sobre el individuo y la sociedad radica en concebir
a ésta como un ser consciente y no como una suma
de individuos a los que se les añade unos contratos.
Precisamente esa concepción de la sociedad como
un ser consciente, que une conciencia individual e historia,
está insinuada en la obra de Monti. Sujetos sociales,
los personajes no remiten, sin embargo, a la tipicidad
realista a lo que podríamos denominar cierto
"decoro", pues su razón es la del exceso.
En escena hay una constante correlación entre
lo limitado y lo abierto, una quiebra de lindes, un
desnudarse de lo concreto en la abstracta intemperie
de lo genérico. Y para abarcar lo concreto individual
como constituyente de lo abstracto genérico Monti
se vale, con gesto contemporáneo, del arquetipo
y del mito.
En las piezas de Monti el arquetipo aparece, pero a
través de una desgarradura de lo individual.
En Marathón, el mismo personaje que baila
por su casita encarna la figura del conquistador arquetípico,
arrasado por la enfermedad, en busca de su morada, la
tierra que habrá de conquistar; el mismo mezquino
y violento guardaespaldas es el fascista arquetípico
que asegura :"El sufragio universal, más
que una ficción, es una conspiración contra
el orden social" (13). El espectador de Marathón
presencia en continuidad un hecho circunstancial y un
mito, no porque estén confundidos sino porque
el ser del individuo y el ser de la sociedad están
enlazados en la obra de Monti. Al respecto, la síntesis
lograda en Marathón es fruto de una creciente
tendencia a lo arquetípico iniciada desde la
primera pieza. Magnus es un símbolo complejo
que, al mismo tiempo, representa una fuerza autoritaria
en el nivel psicológico, en el nivel socio-histórico
y en el nivel metafísico.
Esta discriminación, acaso arbitraria, no es
otra que la que la pieza postula, pues tales aspectos
están muy diferenciados. De ellos, el discernible
nivel socio-histórico era, no obstante, el más
oculto. En Historia tendenciosa...se acentúa
el matiz ideológico político pero, como
dijimos, con clara tendencia farsesca. En Visita
prevalece un cierto hermetismo, una acentuación
del aspecto señalados en Magnus..., pero
allí no están adicionados, sino que se
presentan en una contigüidad mediante el pasaje
mítico; por otra parte, la reflexión histórica
se vuelve más genérica y se afina lo arquetípico.
En Historia tendenciosa...el general de 1930
es una caricatura; en Marathón, el guardaespaldas
será luego un arquetipo, que pronuncia palabras
semejantes pero, si cabe, con un acento más lírico.
Es decir, a la yuxtaposición de los niveles en
Magnus se opone la correlación en Marathón;
a la sátira política que distancia en
Historia tendenciosa...se opone el mito en Marathón,
que actualiza la historia y la hace circular comprensivamente
en nuestra conciencia. La cortina de abalorios
implica un grado más de abstracción, porque
se elimina uno de los términos y sólo
persisten los arquetipos, aunque a los monólogos
líricos de Marathón se enfrenten
los diálogos casi esperpénticos de esta
pieza. Cabría preguntarse hasta qué punto
el discurso artístico de Monti fue cambiando
(si bien no en lo esencial) en relación con las
circunstancias sociopolíticas, interpretando
las modificaciones estéticas a la luz de las
fechas de estreno: 1970, 1971,1977,1980 y 1981. El exasperado
expresionismo de Magnus...y el hermetismo de Visita
¿no eran acaso asertos políticos?. No
olvidarán los espectadores de Visita,
en la ominosa Argentina Argentina de 1977, que ese ámbito
mortuorio de la escena era también una imagen
estilizada y fantasmal de las calles y de las casas
que recorrían y habitaban a diario.
Entre otros, hay cuatro motivos que se repiten en la
obra de Monti: la familia, los espacios cerrados, los
rituales y las máscaras.
La familia es la célula y parte de un entramado
social. Las relaciones que establecen y los códigos
y valores que transfiere en tales relaciones son, de
algun modo, homólogos a los de la sociedad que
incluye a tal familia (14). En los dramas naturalistas
de Sánchez o en los grotescos de Discépolo,
la familia es índice y vehículo significativo
para manifestar una situación social. En Monti
también lo es, pero como los elementos realistas
de sus mayores han desaparecido, la familia es ahora
símbolo (como en Magnus...o Visita)
y no admite una referencia concreta individual. La familia
es una suerte de paradigma institucional que reproduce
las relaciones jerárquicas y de poder que el
individuo padece en una sociedad autoritaria. Un gesto
fenomenológico en la estética de Monti.
Jean-Francois Lyotard anota que "el individuo no
existe como entidad específica, puesto que significa
lo social, como lo demuestran las historias de vida,
y tampoco la sociedad existe a título de en sí
coercitivo, puesto que simboliza junto con la historia
individual" (15). Según tal premisa, en
la obra de Monti la familia no es signo de un referente
particularizado e individual sino símbolo polisémico.
El espacio cerrado adquiere una tendencia negativa en
Monti (la casa, el salón de baile, el prostíbulo).
En su Poética del espacio Bachelard escribe:
"frente a la hostilidad, frente a las formas animales
de la tempestad y del huracán, los valores de
protección y de resistencia de la casa se transponen
en valores humanos. La casa adquiere las energías
físicas y morales de un ser humano" (16)
. En las piezas de Monti la casa (o los espacios cerrados)
son el sitio imaginario que concentra ese mundo exterior
que se condena. Adquiere, por cierto, energía
física y moral, pero negativa. Allí la
casa, sin duda, ensimisma la hostilidad.
En el inteligente artículo del crítico
norteamericano Peter Podol se señalan los elementos
grotescos y surrealistas en el teatro de Monti. Una
señal del grotesco es la reiterción de
la máscara o, mejor dicho, del rostro que aparece
una máscara; los ritos, por otra parte, son indicios
del surrealismo visto con amplitud en Artaud, Genet,
Ionesco y Arrabal (17). Podemos, no obstante, ampliar
la significación de estos elementos. Los rostros
como máscaras caracterizan, con descripciones
muy similares, a personajes como Magnus, Pola, los viejos,
el animador o Mamá, que son símbolos totalizadores
y que manifiestan cierta ambigüedad, oscilando
entre la nada y la plenitud. Magnus, "Gruesos labios
rojos, semicalvo (...) el tono de su piel es sanguíneo,
la barba le deja un rastro azulado en las mejillas.
Espesas cejas negras" (18). En Historia tendenciosa...,
Pola dice: "Hay tanto maquillaje que a veces tengo
la sensación de mirar por dos agujeros. O que
debajo del polvo y la pintura no me queda piel"
(19). En Visita, la cara de Perla es una "máscara
blanca (...), labios de un rojo intenso y chillón
(...), ojos helados" (20). El animador de Marathón
tiene "rostro empolvado, ojos ocultos bajo el negro
de sus pestañas, labios pintados" (21).
El rostro de Mamá, "recargado de maquillaje,
tiene algo de máscara siniestra" (22), la
máscara indica, precisamente, la ausencia de
persona, muchos y nadie, múltiple nada. El ritual,
por otra parte, se vincula con algunos de estos personajes
para conservar la inmutabilidad de su orden, otorgar
validez a su situación dominante para separar
los roles y condenar como tabú aquello que se
aparte del rito. Es entonces un símbolo que denota
dominio. El ritual es un comportamiento institucionalizado,
generalizado y repetitivo. Esa reiteración que
lo signa, sanciona como impuro lo innovador. Los ritos
proliferan en Magnus o en Visita, y con ellos
el símbolo de Magnus y su casa y la casa de Lali
y Perla se completa. El rito implica, entonces, un tiempo
detenido y un sistema de reglas inmodificables (23).
En el interior de la representación Monti cuestiona
las representaciones sociales y con una estética
que privilegia el ritualismo explicita los ritos vacíos
que fundamentan una sociedad. Doble juego espejeante:
la representación, de suyo irreal, acentúa
el carácter irreal de lo representado, revela
la máscara, distancia y parodia, en suma, carnavaliza
(24).
En cuanto a la filiación del teatro de Monti,
podría remitírselo a modelos esternos.
Sin embargo, Monti ha pensado su teatro en relación
con Discépolo, Defilippis Novoa, Arlt, y en la
última década, con griselda Gambaro. Sin
duda esa relación es más justa y, por
demás, el teatro de Monti aguza la percepción
de ciertos elementos latentes en esa línea del
teatro argentino. El propio Monti aprecia en He visto
a Dios ese entrecruzamiento tan particular entre lo
concreto y lo metafísico. Se ha insinuado también
que la profusión de espacios cerrados en la obra
de Monti se relaciona con el paso del patio a la habitación,
que se da en el grotesco.
Podríamos apuntar algunos aspectos de esa filiación,
en contrapunto con ciertas reflexiones de David Viñas,
que ha discurrido con aguda eficacia tanto sobre teatro
argentino como sobre la ecuación literatura y
política. En el estudio de Viñas sobre
Discépolo leemos una frase clave: "el sainete,
al refinarse en grotesco, gana en potencia simbólica
lo que pierde en referencia social" (25). Quizá
con esta frase Viñas señaló el
elemento dinámico que se transforma hasta Monti
y lo alínea en la tradición. Ese paso
de referencia a simbolismo tendría diversos grados
de desapego y una incidencia concreta en soluciones
estéticas diversas. En Los disfrazados, de Pacheco,
1906, el conflicto entre el ser y el parecer que acentuará
el grotesco está sugerido con timidez por un
motivo elemental: la máscara se pierde en la
mascarada. Hay emoción dramática, sin
duda, pero el motivo de la máscara no se aparta
de su referente típico. En He visto a Dios, de
Defilippis Novoa, hay un paso más, la acentuación
de una incongruencia. Si en Los disfrazados la máscara
implica una moraleja, en el grotesco supone una condición
moral. En esta pieza, la apariencia resalta, aparece
ferozmente bajo el haz de luz que enciende el vendedor
de Biblias. El fantasma tiene un soporte humano, se
adiciona a él, se individualiza, pero desaparece
cuando aparece Vittorio a plena luz. En El fabricante
de fantasmas, de Arlt, el desdoblamiento antes insinuado
ya se ha producido: Pedro se halla junto a su consciencia,
objetivada. No es una mascarada difusa, no es un disfraz
transfigurado por la luz. Dando cuenta de un desgarramiento,
de una escisión, la conciencia es otro personaje
junto a su contemplador. En Visita, de Monti,
Equis cortó amarras con el mundo real. Setenta
años después el fenómeno de la
mascarada se ha hecho esencial apariencia, símbolo
completo. El resabio naturalista que persistía
en los antecesores se ha liberado y ahora prevalece
un estado de irrealidad. Si el sainete se interioriza
en el grotesco, el grotesco se mitifica en el teatro
de Monti. Esta hipérbole que ha sufrido el grotesco,
que ahora se volvió fantasmagórico, también
puede rastrearse en el conflicto central que plantean
obras como El organito o Relojero, de Discépolo:
el enfrentamiento entre padres e hijos, que en Monti
devendrá parricidio (26). Dice Viñas que
el grotesco presenta a "los hijos en oposición
cerrada frente a los padres, el nihilismo frente a lo
establecido" (27). Ese enfrentamiento entre el
padre grotesco y sus hijos verdugos ¿no es el
mismo enfrentamiento, magnificado y exasperado por los
arquetipos, que son uno y todos, en el teatro de Monti?
Si el teatro de Discépolo es el grotesco del
proyecto liberal, en La cortina de abalorios
Monti ha mitificado las instancias de ese proyecto,
pero no apeló a individuos excéntricos
como Discépolo, sino a arquetipos, fuerzas brutales
en oscuro fluir de pesadilla. Esa exasperación,
esa magnificación tiene su correlato histórico.
Viñas señala el acuerdo entre ejército
y oligarquía que prevalece en la época
del liberalismo conservador o república conservadora,
hasta 1916. Y agrega: "Conjunto social que si en
1930 logra de por sí una equívoca reaparición
de diez años, hoy, después de un siglo,
se obstina en prolongar -con una creciente dureza que
se lee en el revés de su trama triunfalista-
un circuito que ya evidenció sus aportes más
fecundos, su eficacia si se quiere, pero cada vez más
sus límites, su agotamiento y sus categóricas
contradicciones. Entre las que se destaca, precisamente,
su crispada acción represiva" (28). Del
mismo modo, Monti erige una violencia que es la de la
década del setenta y una consecuente rebeldía
ética y estética. La interrogación
y la memoria de esa década se hallan, de un modo
profundo y elusivo, en sus obras.
El teatro de Monti es vanguardista en su aparición,
no complaciente. A su modo impugna y se rebela, seduce
con crueldad y no con mera belleza a la conciencia.
El eco del horror, el vacío giro de la frustración
y el trunco deseo, la violencia son facultades estéticas.
Paradójicas virtudes para ampliar la libertad
intelectual y conjurar la otra, la violencia real, la
violación sombría, el sometimiento.
Notas
(1) José Luis Romero, Las ideas políticas
en Argentina, Buenos Aires, 1975, pp. 184-204.
(2) David Viñas, "19 núcleos para
una primera discusión alrededor de un teatro",
en "Crisis", Nº1, Buenos Aires, mayo
de 1973, pp. 24-26
(3) Antonin Artaud, El Teatro y su doble, Buenos Aires,
1976, p.88
(4) Néstor Tirr, Realismo y teatro argentino,
Buenos Aires, 1973, p.100
(5) Idem,p.191.
(6) Ricardo Monti, Una noche con el Sr. Magnus E hijos,
Buenos Aires, 1971, p.44.
(7) Peter Podol, "Surrealism and the grotesque
in the Theatre of Ricardo Monti", en "Latin
American Theatre Review", Center of Latin American
Studies, University of Kansas, Nº 14/1, Fall 1980,
p.70.
(8) Ricardo Monti, Marathón, en el Teatro Argentino,
Cierre de un ciclo, selección prólogo
y notas de Luis Ordaz, Buenos Aires, 1981, p.117.
(9) Friedrich Nietzsche, La gaia scienza, Milano, 1927,
p.182.
(10) Op.cit.,p. 122.
(11) Octavio Paz, Corriente alterna, México,
1979, p.118.
(12) Georges Bataille, Obras escogidas, Barcelona, 1974,
pp. 362-379.
(13) Op.cit., p.108.
(14) María julia Carozzi, María Beatriz
Maya y Guillermo E. Magrassi, Conceptos de antropología
social, Buenos Aires, 1980, pp. 113-118
(15) Jean-Francois Lyotard, La fenomenología,
Buenos Aires, 1973, p.46.
(16) Gastón Bachelard, La poética del
espacio, México, 1975, p.78.
(17) Ver nota 7.
(18) Op.cit., p.11.
(19) Ricardo Monti, Historia tendenciosa de la clase
media argentina, de los extraños sucesos en que
se vieron envueltos algunos hombres públicos,
su completa dilucidación y otras escandalosas
revelaciones, Buenos Aires, 1972, p.7.
(20) Ricardo Monti, Visita, Buenos Aires, 1977,p.7.
(21) Op. cit., p.59.
(22) Ricardo Monti, La cortina de abalorios, en Teatro
abierto 1981, Buenos Aires, 1981, p. 161.
(23) ver M.J.Carozzi y otros, op.cit., pp. 174-176.
(24) Julia Elena Sagaseta estudia este aspecto en "grotesco
y carnavalización en el teatro argentino de los
años 70", ponencia presentada en el Tercer
Congreso de Literatura Argentina, Universidad Nacional
de San Juan, 1984.
(25) David Viñas, Grotesco, inmigración
y fracaso, Buenos Aires, 1973, p.21.
(26) Beatriz Trastoy estudia esta manifestación
en "El teatro argentino de los últimos años:
del parricidio al filicidio", ponencia presentada
en el Tercer Congreso de Literatura Argentina Universidad
Nacional de San Juan, 1984.
(27) Op. cit., p.103.
(28) David Viñas, Indios, ejército y frontera,
Buenos Aires, 1983, p.11.
Buenos Aires, abril 1987
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