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Tal vez por haber tenido el enorme
placer, este año, de montar La risa en los huesos,
de José Bergamín, con textos encuadrados
en las convulsiones vanguardistas de los años
1920 y 1930, se me piden estas reflexiones sobre el
escritor teatral y sus posibles caminos a través
del intrincado magma de las aún controvertidas
vanguardias. Confieso que el tema me apasiona, pero
también me preocupa que después de haber
escrito varias reflexiones en torno de la puesta en
escena de los textos bergaminianos pueda caer en reiteraciones
y puntos de vista ya suficientemente expresados. Desde
luego, el tema es lo suficientemente amplio como para
soportar un debate que dura ya muchos años, pero
debo advertir que más que un estudio riguroso,
lo que viene a continuación son ideas, apuntes
o impresiones dispersas desde la perspectiva militante
de la práctica escénica, y por tanto con
todos los riesgos que una postura radical puede conllevar.
Aunque también me gustaría precisar que
sólo entiendo lo "radical" con un fuerte
contenido autocrítico y, por tanto, lejos de
dogmatismos, ortodoxias y planteamientos reduccionistas.
Durante años, las páginas de las revistas
especializadas, las críticas teatrales y los
escritos universitarios han estado plagados de estudios
que fomentaban la división entre un teatro de
la palabra y un teatro de la imagen. Lógicamente,
a este fenómeno no ha sido ajena la práctica
de muchos grupos y creadores que, con la efervescencia
rupturista de los años 1960 y 1970, despreciaron
el texto teatral como un componente que llegaron a tachar
de "reaccionario" y "burgués".
De este modo, las trincheras proliferaron y la guerra
no se hizo esperar.
Múltiples escaramuzas, más retóricas
que dialécticas, han sembrado de confusión
durante algunos años en los que parecía
más importante la defensa a ultranza de ciertas
tesis que la conclusión reflexiva de un proceso
de trabajo. Quizás convenga nuevamente insistir
en que si analizáramos en profundidad y, sobre
todo, si lográramos situar sin tensiones cada
uno de los elementos y prácticas artísticas
que configuran el trabajo teatral, parte de estas polémicas
serían estériles. Una cosa es la literatura
dramática y otra la escritura escénica.
El autor teatral es la pieza clave del entramado posterior
de signos que confluirán en el espectáculo
terminado, ya que de su caudal literario emanarán
las imágenes que codificarán el director,
los actores, el escenógrafo, etcétera.
La pieza literaria del autor quedará para siempre
intacta al poder ser publicada; en cambio, el montaje
de esa pieza será siempre efímero, dependerá
de tantas variantes de espacio y tiempo, económicas
y poéticas, de nacionalidad y estructura cultural...complejas
variantes que hacen del montaje teatral una práctica
de síntesis. para los que nos dedicamos a la
dirección de escena, estas reflexiones tienen
mucho de obviedad, pero aún hoy siguen siendo
motivo de mala interpretación y, sobre todo,
de falta de clasificación por parte de estudiosos
y críticos que se empeñan en tener una
concepción reduccionista del hecho teatral.
Desde esta perspectiva, quizás sea más
fácil situar los múltiples problemas que
nuestra práctica teatral ha tenido a lo largo
del siglo XX. Nuestra carencia de una revolución
industrial burguesa a fines del XIX y comienzos del
XX condicionó una revolución de la arquitectura
teatral, de la estructura financiera del teatro, de
la consolidación de nuevas teorías sobre
el oficio teatral, y sobre todo, de la aparición
de un repertorio contemporáneo, actual, acorde
con los sectores más progresistas de la sociedad
de su tiempo. Si este teatro de grandes autores, aunque
de fuerte raíz burguesa en su concepción,
apareció y se desarrolló de forma contundente
en otros países de Europa, no ocurrió
lo mismo en España. Aquí no tuvimos a
Ibsen, Strindberg, Pirandello, Caudel, Chéjov,
D'Annunzio, Synge, Maeterlinck, Hofmannstahl, O'Neill,
y por lo tanto, difícilmente podía nuestra
conservadora sociedad teatral aceptar otras experiencias
más osadas, como las propuestas por Wedekind,
Witkiewicz, Brecht y, ya en el colmo de la ruptura,
las experiencias de las vanguardias tales como Jarry,
Artaud, Marinetti, Schlemmer y otros iluminados transgresores
del asentado teatro burgués de la época.
Lógicamente, puede haber grandes opciones renovadoras
cuando hay grandes opciones conservadoras, per ésto
es algo que ni siquiera nuestro teatro tuvo a principios
de siglo. Aquí los autores dominantes eran Fernández
Villar, Paso, García Alvarez, Muñoz Seca,
entre los más comerciales; Arniches, Benavente
o el viejo Echegaray, entre los que pretendían
hacer un teatro digno; y los Marquina, los Alvarez Quintero,
mixtificadores del llamado teatro poético. Ante
este panorama, empobrecido en cuanto a literatura dramática
y prácticamente nulo ante la puesta en escena,
aparece lo que es sin duda, para mí, nuestro
gran teatro del siglo XX, un teatro de la palabra que
nunca fue representado en su tiempo (caso de algunos
títulos de Valle-Inclán y Lorca) y que
ha necesitado muchos años en algunos casos para
ser comprendido y valorado (precisamente a partir de
las puestas en escena actuales). Y también otro
teatro, que aún sigue siendo silenciado y maldito
a causa de la pertinaz creencia de que esos textos no
son teatro. Este es el caso de nuestros vanguardistas
Rafel Alberti, Ramón Gómez de la Serna
y José Bergamín, a los que se sigue aplicando
parámetros obsoletos sobre su forma de escribir
para la escena. Puede ser que, desde una perspectiva
tradicional, parte de sus obras teatrales no sean buena
"literatura dramática", pero lo que
sí contienen es una espléndida opción
a la escritura escénica. Junto con ellos podemos
citar a otros escritores aún no considerados
"dramaturgos", tales como Unamuno, Azorín
o Grau, dado que sus propuestas se siguen tachando de
excesivamente "literarias". Así pues,
se produce este curioso territorio de confusión
en el que a unos se los acusa de excesivamente libres,
abiertos, aforistas, metafóricos -en suma, poco
teatrales- , por no crear desde esta estructura tradicional,
y a los que escriben desde esta estructura tradicional
se los condena por carecer de conflictos dramáticos
o incidir en exceso en el discurso filosófico.
¿Pero es realmente malo escribir libremente o
aportar fantasmas interiores que tengan que ver con
la filosofía de la existencia? Evidentemente,
lo ideal es que el texto teatral tenga componentes propios
que puedan diferenciarlo de otros géneros literarios,
pero en principio es absolutamente necesario que sea
también buena literatura. Y es aquí donde
me parece que la sociedad teatral española ha
fracasado continuamente al no saber situar a los escritores
en el terreno de la práctica teatral. Aquí
se ha considerado siempre a la dramaturgia como un oficio
casi-excluyente y en el cual, a partir del triunfo,
bastaba instalarse en el aparato empresarial. Ya no
hacía falta escribir otra cosa que no fueran
funciones de teatro. Se ha despreciado continuamente
el concepto de dramaturgia, en el que se ha querido
ver una ingerencia, una perversión del oficio
del autor, cuando en realidad es una práctica
complementaria y asumida en la tradición de todos
los países cuyo teatro entró en la contemporaneidad
en la época adecuada, y no, como aquí,
con tantos años de retraso.
A partir de entender el teatro como un arte en el que
la poesía, la pulsión, la imaginación,
la interdisciplina, el color y la música forman
parte de una opción estética -y por tanto
ética-, será posible entender la actitud
de las vanguardias. Un vanguardista no es un raro, ni
tampoco alguien que se propone romper con lo establecido
por norma, sino más bien un creador que lleva
hasta el límite su capacidad de libertad, alguien
al que la teoría del mercado cultural lo tiene
sin cuidado, y que por ello construye un discurso artístico
basado en su propio mundo de signos imaginarios. Estos
signos pueden no coincidir con el pensamiento naturalista
o lógico que, en la mayoría de las artes,
se aplica para canonizar el gusto. Cuando Alberti o
Bergamín escriben sus textos teatrales de juventud,
son concientes de que el mercado teatral madrileño
no va a digerir sus textos y, por ello, prefieren incidir
en la opción de la escritura como placer y no
como medio o condicionante que les impida escribir lo
que ellos sueñan para los escenarios. Lorca o
Valle se debaten entre su pasión de pura literatura
y su necesidad de ser estrenados. El caso más
típico sería la diferencia abismal entre
textos como Yerma y El Público,
o Bodas de Sangre y Así que pasen cinco
años.
Sin duda, el término vanguardia tiene en España
una mala prensa. Los críticos recelan de su valor
y los espectadores lo enmarcan en cliches de ininteligibilidad
y aburrimiento. Sería preciso acabar con esta
ideologización del término, tanto más
porque hoy la vanguardia es casi imposible que exista
sino como un reflejo de las idas y venidas que el arte
ha experimentado en este siglo. La vanguardia es un
concepto histórico, pero aún hoy es preciso
hablar de transgresión, de renovación,
de cambio, de experimentación, en suma, de evolución
de los lenguajes escénicos.
Muchas veces se escribe mejor para el teatro desde la
utopía. Los visionarios, heterodoxos, marginales,
fronterizos, vanguardistas o demás epítetos
con que a veces son denostados ciertos creadores por
parte del sector más conservador o simplemente
desde tanta ignorancia como se atrinchera en las filas
de cualquier ideología, aportan con su lucidez
una anticipación, y el hecho de que ésta
no sea valorada en su tiempo, no implica ningún
carácter de medición en la calidad de
la propuesta. El éxito inmediato es siempre un
valor relativo si no va acompañado del rigor,
la búsqueda y la constancia. Es cierto que, en
los últimos tiempos, cierto mal entendido debate
sobre una posible modernidad artística -confundida
en algunos casos con fenómenos tan neosaineteros
como la "movida" madrileña y modas
más o menos pasajeras de otras ciudades europeas
o norteamericanas-, ha desviado una parte de la esencia
del discurso de lo actual o contemporáneo. Análisis
en profundidad de los textos de Eurípides, Esquilo,
Shakespeare, Marlowe, Calderón, Goethe o Hölderlin
nos proporcionan una esencialidad textual mucho más
rica, profunda y moderna que la de algunos autores de
hoy.
Lo mismo ocurre con nuestros autores de principios de
siglo; sus reflexiones y sus estéticas nos resultan
a veces más cercanas, que los pretendidos reflejos
de la "sociedad actual", plasmados en textos
mediocres o simplemente aceptables desde una coyuntura
de mercado. Pienso que el escritor debe crear desde
la libertad, así como el director de escena debe
reflejar su propuesta desde una libertad adicional.
De ese modo, resulta absolutamente necesaria la dialéctica
de ambos intereses, pero una lectura escénica
importante necesita antes una propuesta dramatúrgica
y, por tanto, perteneciente a la práctica literaria,
tenga luego texto hablado o pura resolución en
imágenes de ese imaginario textual. Así
pues, es imprescindible y fundamental volver a situar
al escritor, al autor de los textos literarios, en el
lugar básico que ocupa en un teatro contemporáneo.
Quizás esa fue la gran frustración del
teatro más vivo, audaz y renovador que se ha
escrito a lo largo del siglo XX en España: el
no disponer de una traslación escénica
acorde con su propuesta textual.
Un país sin una dramaturgia propia y asentada
carecerá de una práctica escénica
capaz de interesar y fortalecer el placer por el hecho
teatral, pero si los textos escritos no consiguen impactar
en el imaginario colectivo de los espectadores por medio
de montajes atrayentes, la síntesis artística
necesaria quedará rota por algún lado.
La escritura para la escena es sin duda una de las facetas
creadoras más difíciles en este último
tramo del siglo. Por eso, la mirada retrospectiva sobre
nuestros clásicos vanguardistas no es un mero
trabajo arqueológico o un acto de nostalgia,
es un factor necesario para trabajar la dialéctica
entre tradición y modernidad.
Decía Valle-Inclán en 1933: "Si se
trata de crear un teatro dramático español,
hay que esperar a que esos intérpretes, viciados
por un teatro de camilla casero, se acaben". Este
agudo pensamiento, extensible a autores, directores,
escenógrafos, críticos y espectadores,
es algo que aún padecemos en nuestro país
aquí y ahora.
Si algo tiene la escritura de una posible vanguardia
es la falta de miedo al fracaso, el riesgo ante la búsqueda
de nuevas estéticas, la pasión por el
discurso de la libertad interior, el rechazo de las
formas esclerosadas, el análisis de los posibles
errores cometidos, la fortaleza ante los ataques indiscriminados,
teniendo en suma la actitud del explorador ante territorios
desconocidos, no la del colonizador que invade e impone
sus criterios ideológicos. No conozco ni un solo
caso de auténticos escritores vanguardistas que
en algún momento hayan pretendido hacer "escritura
de vanguardia". Han escrito lo que querían
escribir, sin condicionantes éticos o estéticos
de ningún tipo, y de ahí, de esa honestidad
plena, ha resultado un proyecto artístico con
características renovadoras. No creo que haya
cosa más tonta y más vacía que
la "vanguardia" a la moda, esos repugnantes
productos de mercado que tratan al lector o al espectador
como si fuera un palurdo por no entender la propuesta,
o lo que es peor, los que continuamente echan mano de
la famosa incomprensión ante su obra para de
ese modo autoafianzarse en su mediocridad.
Muchas incógnitas, muchos interrogantes: ¿dónde
empiezan y dónde terminan los lenguajes innovadores?;
¿qué es más importante, un arte
de lo posible, de lo necesario o de lo utópico?
Nadie puede tener la verdad ante estas cuestiones, sólo
certezas ante la vigencia de una práctica anacrónica
y moderna a la vez: la escritura teatral.
Buenos Aires, abril 1990
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