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Si pretendemos llenar el escenario
de palabras, o, por el contrario, vaciarlo de ellas,
convendría tener siempre presente algo que Philip
Weissman supo ver en su estudio psicoanalítico
sobre la creatividad en el teatro. Refiriéndose
a éste, escribió: "Con la excepción
del cine, que es un derivado del arte dramático,
ninguna otra forma artística comparte tan cerca
la forma y el estilo de un sueño".
Ya sabemos que el cine olvida o traiciona muy a menudo
esa naturaleza onírica, condicionado como está
por los intereses financieros que dictan el gusto a
su antojo. También existe un llamado teatro "comercial",
cuyos objetivos están a la vista, y hemos escuchado
a ciertos dramaturgos decir que el día en que
el teatro ya no les dé dinero dejarán
de escribir para él.
Al margen de estos modos, más o menos encubiertos,
de prostitución intelectual, y reconociendo la
visión reveladora de Weissman, lo propio será
colegir que los materiales orales que deben nutrir el
discurrir del drama deberán estar más
cerca del mundo del non sense, de la lógica de
lo irracional, que de la lógica de lo racional;
o lo que es lo mismo, más escorados hacia la
locura que hacia la sensatez. Y en ese sentido comprendemos
por qué Shakespeare sigue siendo hoy más
vigente que otros autores posteriores a él. No
porque Shakespeare poblara el gran teatro universal
de locos, sino porque pone en boca de sus criaturas
todo el complejo y rico repertorio de imágenes
y conceptos que aguardan almacenados en el inconciente.
Por eso, y porque Shakespeare entiende el drama como
una estructura poética absoluta. "El teatro
-decía García Lorca- es la poesía
que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse,
habla y grita, llora y se desespera".
La práctica teatral nos ha enseñado que
la palabra en escena no puede degenerar en palabrería,
ni la poesía que debe regir la estructura de
la acción debe ser confundida con derrames de
verborrea ni tópicos poéticos que, en
su incontinencia, manchan toda la sala de un lirismo
mariposeante y libresco.
Por otra parte, tampoco ese recuadro de luz y de energía
concentrada, ese ámbito mágico por excelencia
que es la escena, soporta materiales fonéticos
o sintácticos que corresponderían al mundo
del periodismo o del coloquio cotidiano; porque si algo
hará que sobreviva este género será
su condición de paréntesis en el principio
de realidad. El paréntesis del sueño.
Difícilmente soporta el teatro un lenguaje llano
y plano, prosaico, convencional y chato, sin aristas.
Un lenguaje que la capacidad de síntesis asombrosa
de Valle-Inclán calificaba de "garbancero".
La normalidad del orden de lo cotidiano, eso que seguimos
empeñados en tildar como vida, no es sino un
simulacro que un noble orden estético se encargará
de desenmascarar. Estamos habituados a oir que el teatro,
para interesar al espectador, debe trasladar al escenario
los problemas de la vida ordinaria y actual, la fraseología
de las calles y plazas, y nos preguntamos: entonces,
¿Por qué entrar en la sala oscura y mohosa
del teatro? ¿Qué nos puede aportar esa
mímesis empobrecedora de la realidad? ¿No
es acaso ésta más rica en el original?
El reconocimiento del espectador de teatro con su realidad
profunda exige otros lenguajes y el placer estético
que espera recibir nunca vendrá de la repetición
de conductas, gestos y expresiones verbales que a diario
le ofrece su peripecia vital, sino del desvelamiento
de realidades ignotas pero que no por ello le son ajenas.
El teatro ha de proponer otra cosa, una tregua en los
intereses, inquietudes y zozobras minúsculos
que conforman nuestra rutina; de ahí que las
palabras que escuchemos en esa esfera no pueden ser
las mismas -salvo para satirizarlas- que las que repetimos
con fines funcionales en nuestro deambular de autómatas.
La funcionalidad del verbo teatral se alcanza en la
medida en que éste haya sido confeccionado con
el mismo material de los sueños.
Para algunos, el mundo moderno comienza en el teatro
con Ibsen, con Strindberg, con Chéjov...Autores
de enorme talla, decisivos y obligados en el repertorio.
Pero, curiosamente, se les suele blandir como espadas
para decapitar otras acbezas, o como cuerpos celestes
para llevar la penumbra a aquellos que encarnan hoy
una tradición de ruptura. El primero de ellos,
Alfred Jarry; después, los futuristas, los dadás,
los surrealistas (con Artaud y Vitrac a la cabeza),
los del absurdo, el happening de los años sesenta...Todos
ellos, dinamiteros del lenguaje. J.Rivière escribía
en La Nouvelle Revue Française (1920), en un
reconocimiento de Dadá, lo siguiente: "Los
Dadá consideran las palabras como si fueran incidentes,
y dejan que se verifiquen. Se comportan como ferroviarios
que se desinteresan de las señales...El lenguaje
para los Dadá deja de ser un medio para convertirse
en un ser. El escepticismo en materia de sintaxis se
alía aquí con una especie de misticismo.
Aun cuando no se atreven a confesarlo francamente, los
Dadá continúan tendiendo hacia aquél
surrealismo que fue la ambición de Apollinaire...Privemos
al lenguaje de toda utilidad: asegurémosle unas
vacaciones perfectas, y veremos que de inmediato lo
desconocido lo toma, lo acapara y lo usa en su propio
beneficio".
Tan perfecta definción de lo que fue Dadá
sólo fue superada por el laconismo de quien mejor
lo conocía, su fundador Tristán Tzara,
al redactar esta sentencia: "El pensamiento se
forma en la boca".
Sin embargo, tratar de imitar hoy los gestos de Dadá
será tan patético como imitar los gestos
de quienes intentan llevar la realidad de la calle al
teatro a través de manidas fórmulas culinarias
prestadas por la comedia de costumbres o el sainete.
Habríamos caído otra vez en la repetición,
en la mímesis. El tosco disfraz. ¿Qué
hacer entonces?
Partir de modelos nobles no es mala cosa; y no de uno
solo. La posmodernidad nos ha traído el eclecticismo,
el sincretismo de las formas y los estilos, lo que era
irremediable. Nos ha aportado también bastante
estupidez y una acriticidad histórica exasperante.
)Esto último no era irremediable). Si en brazos
de ella hemos entrado en el túnel del desconcierto,
saquemos artístico provecho de la confusión.
Con su lucidez habitual, Samuel Beckett ha escrito no
hace mucho que "encontrar una forma que contenga
la confusión es, en la actualidad, la tarea del
artista".
El autor teatral tiene hoy ante sí una ardua
y peliaguda labor, casi utópica. Estamos en tiempos
de grandes montajes, a cargo de grandes directores que,
o toman a los clásicos para moldearlos a su gusto
con toda impunidad, o parte de la desconfianza intrínseca
hacia la palabra, porque la palabra suele ir unida formando
identidad común con la figura del autor. Y se
desconfía del autor porque se supone que sólo
sabe construir con ladrillos orales sacados de los manuales
literarios el edificio de la representación.
En cierto modo, esos directores tienen razón,
pero no toda. En contra de este prejuicio se podría
argüir que existen autores -y de nuevo viene a
la mente el nombre de Beckett- que no ignoran que pueden
existir "actos sin palabras", y no por ello
éstos dejan de ser el resultado de una creación
coherente y estilísticamente identificable con
un nombre propio, con un sello, el del autor que lo
dio a luz en soledad, pero previendo su destino comunitario.
El autor moderno no puede confiar toda la eficacia de
la representación de la palabra, que no es sino
un signo más del conjunto. La acción dramática
puede avanzar también a través de los
objetos, de los colores, del cuerpo humano, de otros
sonidos. (Cotéjese ello con los experimentos
de Bob Wilson, quien cuenta a su favor con su condición
de demiurgo absoluto, que juega con todas las cartas
de la baraja en su mano). Es más dificultosa,
y el desafío puede llegar a la desesperación
y el abandono, la aventura creativa en solitario (el
escritor ante su máquina de escribir o su ordenador,
imaginándose escenarios que seguramente nunca
se materializarán), pero no por difícil
es imposible, y a veces los resultados son más
perdurables y auténticos.
Cuando ya parece que todo fue dicho, desde los griegos
hasta acá, cuando ya parece que todo lo que se
dijo lo fue de todas las maneras posibles en que puede
decirse, no dejamos de sorprendernos aún con
esta ilimitada forma de expresión que es el teatro,
quien de vez en cuando nos obsequia con una flor rara
que no teníamos en nuestro catálogo.
El autor, aún el menos ambicioso, aspira a la
originalidad, a encontrar todavía esa flor rara
entre los arbustos de un bosque ya demasiado poblado.
A principios de siglo y en el período de entreguerras,
la originalidad era perseguida a ultranza por los vanguardistas,
quienes medían sobre todo el valor de una obra
por las novedades que aportaba. Hoy, ya, la originalidad
no le quita tanto el sueño al creador, al que,
por lo menos, se le ha de exigir autenticidad y honradez
intelectual.
Entre la sobriedad y el laconismo oral de Beckett, la
distorsión humorística de Ionesco, la
metáfora deslumbrante de Lorca, el exacto lanzamiento
de cuchillos de Valle, la austera creación de
enigmas de Pinter..., y otros modelos más, legados
por este siglo que finiquita, el nuevo dramaturgo podrá
ir forjando su estilo oral, rumiando reflexivamente
palabras y palabras, sin olvidar que el pensamiento
se forma en la boca.
Buenos Aires, abril 1990
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