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"Creo que la escritura siempre
es una búsqueda, es una especie de viaje que
se da a través de las palabras."
Griselda Gambaro. La ética de la confrontación.
El empleo que Griselda Gambaro hace del discurso teatral
es algo que no solamente se ha prestado a las más
diversas -y a veces dispares- interpretaciones, sino
que tampoco su manipulación del discurso ha sido
captado, en general, por la crítica. Esta se
ha centrado, normalmente, en establecer comparaciones
opco fértiles entre el teatro de Gambaro y el
teatro artaudiano de la crueldad o teatro del absurdo.
La articulación del discurso en los textos de
Gambaro poco tiene que ver con ismos europeos; en cambio
tiene mucho que ver con una realidad argentina y latinoamericana
donde la ambigüedad del discurso y su manipulación
no vienen determinadas simplemente por un esteticismo
seudo-filosófico o por un falso espíritu
vanguardista, sino por la realidad misma que impone
el contexto social, el cual determina una práctica
de escritura. Si bien es cierto que el teatro de Gambaro
trasciende los límites estrictamente nacionales,
también lo es que procede, emerge y se gesta
en ese contexto nacional.
Textualidad, discurso, inscripción y erección
de un acto que especializa y descontextualiza la palabra,
desarticulación de la función lógico-referencial
del lenguaje, fundamento central de cierto tipo de teatro,
son los componentes fundamentales del teatro de Gambaro,
con los cuales la autora funda un tipo de escritura
sin precedentes en el continente.
En los textos de Gambaro parecería existir una
ausencia de toda referencia inmediata y una realidad
dada, no solamente por la carencia de una situación
claramente contextualizada, sino también porque
las indicaciones escénicas que determinan un
espacio y un tiempo están revertidas en su función
contraria: la indeterminación espaciotemporal.
La función de las indicaciones escénicas,
que en términos generales operan en el teatro
como una guía dramática que orienta al
espectador lector, de hecho aumenta la ambigüedad
del diálogo, parecerían no tener ninguna
dirección ni objetivo dado. La circularidad del
discurso/espacio/tiempo desorienta toda inducción
y por lo tanto toda deducción lógica de
los acontecimientos.
Estas características de la puesta en funcionamiento
del lenguaje en los textos de Gambaro, es, en nuestra
opinión, lo que ha conducido a muchos críticos
a caer en la trampa de considerar este teatro como absurdista.
Es decir, se lo clasifica como absurdo precisamente
por el empleo de un lenguaje que no cuenta una historia,
que no refiere a nada exterior claro, que alude pero
al mismo tiempo elude toda significación prístina.
A su vez, lo dicho por los personajes no está
expresado en una situación dialogal lógica
de pregunta-respuesta, sino como dos monólogos
que se cruzan sin comunicarse. Estas características
del diálogo teatral de Gambaro poseen, sin duda,
rasgos concomitantes con el de Beckett, Adamov o Ionesco,
pero de manera alguna se trata de una "imitación
absurdista"; a lo sumo, puede hablarse del empleo
de procedimientos retóricos del diálogo
motivados por la necesidad de producir un críptico
discurso anti-censura. Esto es, el manejo del discurso
gambarino nace del contexto social argentino, está
determinado y motivado por éste, no por razones
estéticas sino políticas, pero que se
plasma en esa estética de la discursividad, circular
y sin referente que caracteriza casi toda la primera
producción teatral de la autora argentina.
Por otra parte, se ha clasificado a Griselda Gambaro
como artaudiana, por presentar un teatro de la crueldad
a nivel del contenido (y no a nivel del significante,
que de hecho es donde se sitúa la propuesta de
Artaud), pero, otra vez, se trata de una deformación
de la dramaturgia gambarina: la crueldad, como bien
ha señalado Osvaldo Pellettieri, "como si
el autoritarismo no existiese en la realidad argentina".
Es aquí donde la mirada prejuiciada del crítico
(a través de Artaud), desvirtúa el origen
de la crueldad gambarina, que procede de la victimización
que toda una sociedad sufre pasivamente, sin rebelarse.
Es ésto lo que Gambaro ataca y subvierte a través
de la crueldad. Esto es, confronta al espectador con
la crueldad que se vive en su propia sociedad y en su
propio entorno inmediato. Pero, una vez más,
es este contexto el que determina los actos de cureldad
en obras como El campo, Las paredes o Real envido, y
no una estética artaudiana. Debe señalarse
que la propuesta artaudiana tenía que ver fundamentalmente
con la puesta en escena, con la construcción
de una nueva espectacularidad, y no de una dramaturgia,
como es el caso de Gambaro. La crítica ha confundido
el contenido dramatúrgico de Gambaro con la escenificación
artaudiana; de ahí el error.
En este tipo de teatro, las estrategias pragmáticas
(de comunicación), no van destinadas a guiar
o a orientar la percepción y la actividad receptiva,
sino a desorientarlas. Esta desorientación es
lo que permite confrontar al espectador con el espectáculo,
obligándolo a dialogar con ese texto, a rechazarlo
o a aceptarlo, a no permanecer neutral. Precisamente
una de las características del teatro de Gambaro
es que opera como una especularidad donde el espectador
se transforma en un ser observado al mismo tiempo que
observante. Este teatro se plantea fundamentalmente
como una postura ética, donde el teatro utiliza
recursos discursivos y escénicos para provocar
esta actitud ética que se materializa en el sentido
profundo del teatro. Es por ésto que disentimos
con toda conexión absurdista o artaudiana. Los
problemas que se planteaba Artaud, y más tarde
el teatro del absurdo, nada tienen que ver con el problema
de la opresión, de la tortura, del silencio y
la soledad en que ha vivido todo un pueblo por décadas.
Artaud deseaba recuperar la teatralidad, el sentido
ritual y sagrado del teatro, su origen catártico
perdido en Occidente y la creación de un nuevo
tipo de actor, lo cual no se realizará en Europa
hasta Grotowski y particularmente hasta Eugenio Barba.
El teatro del absurdo se planteó un problema
existencial, metafísico, del cual nuestro continente
jamás participó. Con ésto solamente
intentamos señalar que la producción,
tanto textual como lingüística del teatro
de Gambaro, es el resultado de una búsqueda estética
y ética que nace y se nutre de una realidad que
no solamente es argentina, sino también latinoamericana
y, por qué no, humana. El mensaje profundo y
más total de este teatro fuera de su contexto,
no relacionar los diversos niveles intertextuales, es
simplemente desvirtuarlos: en una palabra, es no leer
lo que el espectáculo (o el texto) propone, sino
superponerle una serie de lecturas exteriores que en
vez de iluminar al texto lo oscurecen. Gambaro, con
su teatro, produce un espejo espectatorial, pero un
espejo grotesco, deformado, donde el mirarse produce
horror. Es quizá por ésto que la crítica
argentina, y cierto tipo de público, han reaccionado
tan violentamente hacia su teatro. No es agradable ver
la propia suciedad exhibida públicamente. Quizá
la mejor forma de concluir este trabajo sea con palabras
de la propia Griselda Gambaro: "Recuperar el asombro
privado e íntimo, establecer una relación
emotiva con el otro, quizá sirva para mirar un
poco más lejos y salir de nuestra propia indiferencia
y soledad".
Buenos Aires, abril 1990
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