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Desde el Kolossós prehelénico
al espejo stendahliano algo ha pasado bajo los puentes.
El mundo aparece frente al hombre como un caos. En el
mejor de los casos, construido por los otros, los hombres
difuntos. El hombre, perplejo, tiene tres maneras de
enfrentar el caos: la ciencia, la filosofía y
el arte. Se dice que la ciencia analiza lo finito renunciando
a lo infinito; que la filosofía, desde Platón,
da consistencia a lo infinito, y que el arte -¿por
qué no el teatro?- crea un finito que devuelve
al sujeto -al espectador- lo infinito.
Teatralmente, la construcción de este finito
que remite a lo infinito, aparece en la Grecia del Siglo
IV aC. y es el espectador, que presencia la fábula
a través del rito, el que le otorga consistencia,
densidad. En los ritos fúnebres de Osiris, en
el Egipto sacerdotal anterior a la Grecia democrática,
no hay teatralidad porque no hay espectadores en situación
frente al espectáculo; sólo hay sacerdotes,
oficiantes.
El rito, era la escenificación religiosa del
mito, y se celebraba con una fiesta sacramental en la
que, primero, participaba la comunidad toda, despojada
de mediadores y, luego, con los años, sólo
los iniciados en los misterios, lo que creó una
casta sacerdotal (no en vano Esquilo era sacerdote).
El rito que nos interesa a los "teatristas",
recordaba y representaba un hecho sagrado: el mito del
nacimiento, apogeo, muerte y resurrección de
Dionisio. Dionisio, hijo de Zeus, era el dios que personificaba
la zoé, la vida sin más caracterización,
la naturaleza. (No el bios, la vida con su caracterización,
la persona, con lo que no hay que confundir).
Dionisio, niño divino, según el mito,
había nacido en una cueva micénica de
la isla de Creta, junto a la adormidera, planta de opio,
la miel y la parra de vid. La expansión de los
cultivos de este vegetal creó una cultura del
éxtasis, de la violencia, que se expandió
por la isla incorporando al mito, por razones históricas,
la figura del toro, en Conossos, donde el Minotauro
tenía una cultura propia, del falo a través
de la influencia de Egipto, y de las bacantes y del
macho cabrío, que reemplaza al toro como sujeto
sacrificial, ya en su última fase de expansión
griega.
El sacrificio del macho cabrío se denomina tragodia
o canto con motivo del macho cabrío, ditirambo
que da lugar a la tragedia mientras que Komos, era la
forma en que grupos de hombres vagantes, alcoholizados,
adoraban al dios del vino, mediante la danza y el canto,
sin seguir un ritual estricto o sombrío, lo que
da lugar a la Comedia.
Esta fiesta, como dijimos, incumbía a la sociedad
toda, y es la repetición de la fiesta, la que
convierte en rito sagrado. La repetición es fundamental
como afirmación de lo real, como rechazo del
caos primigenio; pero también es en la repetición
donde se engendra el falso concepto de mimesis, como
afirma René Girard.
El ditirambo era un poema que aludía a los dos
nacimientos de Dionisio, uno de mujer, Selene, y otro
de dios, el mismísimo Zeus. A esta contradicción
se le cantaba y festejaba acompañada por oraciones
fúnebres -trenos-, y por los coros danzantes
de sátiros. Estos coros solían representar
a distintos sectores de la sociedad griega, tanto contemporáneos
como históricos: viejos, mujeres, gigantes, etc.
Coros que no eran precisamente escolares, sino más
bien obscenas murgas carnavalescas. Los Protagonistas
luchaban en el agón, frente al ciudadano-espectador,
que podía o no proclamar un vencedor. Los verdaderos
misterios de Dionisio habían sido expulsados,
por la razón socrática en alza, hacia
los misterios Órficos, hacia la Eleusis.
La técnica teatral se basaba en la mimesis. La
concepción mimética del arte y de la literatura
surge en los textos de Platón y Aristóteles,
aunque el de mimesis no es un concepto inventado por
ninguno de esos filósofos sino que aparece ligado
a la tradición de las manifestaciones artísticas
relacionadas con el culto o de él provenientes.
En el caso del teatro, con el de Dionisio.
Los griegos, como otras culturas, expresaron en una
forma visible los poderes del más allá
pertenecientes al dominio de lo invisible. Estos tótems
adquieren la forma necesaria al clan (Pueden ser por
ejemplo, un vegetal: el tirso en el que se enlazaban
las ramas y las hojas de la parra, etc.) y, como dice
Frazer: "Sus individuos se llaman a sí mismos
como el tótem. La vida de cada individuo del
clan está ligada a algún animal o vegetal
de esa especie -la vid en el caso de Dionisio- y la
muerte de él o de ella será la consecuencia
de matar a aquel animal determinado o destruir aquel
vegetal especial". De ahí los sacrificios
como parte del rito, y la extracción del maná
-palabra primitiva que significa fuerza, vitalidad,
prestigio, santidad y poder mágico, según
Gilbert Murray- del sacrificado para transferirlo al
tótem.
El tótem, en este caso, alumbra este escrito
con su significado freudiano, moderno. Pero tótem
es una palabra inglesa, tomada de una lengua norteamericana,
de la familia algonquina, pueblo aborigen de USA de
origen mongol, cuyo uso se hace vulgar en los estudios
antropológicos a partir de 1936. Los griegos
tenían la noción de kolossós para
expresar los poderes sobrenaturales. El kolossós
era un doble que permitía poner en relación
este mundo con el otro, el de los muertos.
Vernant señala que el término Kolossós
"de género animado y origen prehelénico,
se vincula a una raíz: kol, que se puede relacionar
con ciertos nombres del lugar en Asia Menor (Kolossai,
Kolofón, Kolura), y que retiene la idea de algo
erigido, alzado". Y luego, agrega:
Enterrado en la tumba vacía, al lado de los
objetos que pertenecen al muerto, el Colosos -así
lo llamaremos desde ahora en adelante- figura como sustituto
del cadáver ausente, ocupa el lugar del difunto.
Esta práctica de sustitución responde
a creencias que conocemos bien. Cuando un hombre, partido
a lejanos lugares, parece desaparecido por siempre,
o cuando ha perecido sin que se haya podido encontrar
su cadáver ni cumplir sobre él los ritos
funerarios, el difunto, o más bien su doble,
su psyqué, permanece errante sin fin entre el
mundo de los vivos y el de los muertos: ya no pertenece
al primero, todavía no ha sido relegado al segundo.
Su espectro oculta un poder peligroso que se manifiesta
mediante maldades con respecto a los vivos. (¿El
poder del rito de exorcismo, del teatro?) Sustituyendo
el cadáver en el fondo de la tumba, el Colosos
no tiene por objeto reproducir los rasgos del difunto,
dar la ilusión de su aparición física.
No es la imagen del muerto lo que encarna y fija en
la piedra, es su vida en el más allá,
el "bios" hecho "zoé", esa
vida que se opone a la de los vivos como el mundo de
la noche al mundo de la luz. El Colosos no es una imagen;
es un doble, como el mismo muerto es un doble del vivo.
Y refuerza este pensamiento con lo siguiente:
Un doble es algo completamente distinto a una imagen.
No es un objeto natural, pero tampoco es un producto
mental: ni una imitación de un objeto real, ni
una ilusión del espíritu, ni una creación
del pensamiento. El doble es una realidad exterior al
sujeto pero que, en su misma apariencia, se opone por
su carácter insólito a los objetos familiares,
al decorado ordinario de la vida...
Pero el Colosos encarna, dobla, parodia, mimetiza, al
muerto. ¿Por qué? Por su carácter
de doble. Carácter del doble como soplo, humo,
sombra, vuelo de pájaro, psyqué, en fin,
que se convoca en un ritual, en un rito de la evocación
del muerto. (La tragedia griega habla sólo de
muertos. De los vivos, de la época, habla la
comedia) Durante el rito, se derramaba el vino, se esparcía
la sangre del toro o del macho cabrío, y los
celebrantes llamaban al muerto por su nombre: "Dionisio,
Dionisio, Dionisio", con los ojos en el tótem,
en el Colosos donde, supuestamente, aparecería.
Había una fiesta sombría y una alegre.
Los celebrantes se escondían, en una de ellas,
tras una máscara infernal de madera de higuera
y, en la otra, tras, una máscara báquica
de madera de vid. Esta resurrección de Dionisio
determinaba las características del calendario
pagano de períodos bianuales que indicaban el
alejamiento temporal de dios y su retorno, su llegada.
Entre un momento y otro, había un adversario
que se oponía al regreso del dios: Penteo, primo
de Dionisio, que entra en conflicto con el dios, a quien
llama charlatán e impostor. Así se instala,
quizás, el germen del conflicto dramático.
La mimesis del Colosos no es una encarnación
cualquiera. "Hace presente lo inaccesible",
dice Bozal, y refuerza Rodríguez Adrados: "Mimesis
deriva de mimos y mimeísthai, términos
que se referían originariamente al cambio de
personalidad que se experimentaba en ciertos rituales
en que los fieles (celebrantes a mi juicio) sentían
que se encarnaban en ellos seres de naturaleza no humana
-divina o animal- o héroes de otros tiempos".
En el Libro X de La República de Platón
se niega la moralidad de toda mimesis, pues "te
basta tomar un espejo y dirigirlo hacia todos lados".
Platón degrada la concepción mimética
a la mera exposición de la realidad. El poeta
no entrará en la república. "No hace
la esencia, no hace lo que es real", dice. El poeta
engaña; pero lo que Platón hace, realmente,
es negar la esencia del rito: la convocatoria y representación
de Dionisio, la encarnación de los celebrantes
en dioses, y con esto prefigura al cristianismo, como
veremos luego.
Y si, según Platón, la imitación
no roza más que un fantasma, simulacro o imagen,
Aristóteles, en cambio, dilucidó el problema
de la imitación como un problema de la poética
o arte productivo. Según el estagirita, las artes
poéticas (poesía épica, tragedia,
comedia, poesía ditirámbica, música
de flauta y lira) son, en general, modos de imitación.
El imitador o artista representa sobre todo acciones,
con agentes humanos, buenos o malos, habiendo tantas
especies de artes como maneras de imitar las diversas
clases de objetos. La doctrina artística de la
imitación, especialmente en su forma aristotélica,
ejerce considerable influencia hasta este siglo.
Pero no es la mimesis devenida espejo stendhaliano la
que eriza a los filósofos. La que se rechaza
es la mimesis devenida encarnación dionisíaca,
primitiva, enmascarada, aquella que engaña al
espectador. El racionalismo que se instala con Platón
y Aristóteles no puede aceptar que, en la fiesta
ritual los hombres cumplen su más alto destino:
son dioses. Debe huirse de la desmesura, de la hybris,
para construir la ciudad democrática. Asimismo,
la mimesis devenida espejo coadyuva con la ciudad nueva
porque, si esto es aquello, la enseñanza está
asegurada y con ello la continuidad, el statu quo.
La mimesis, no entendida tanto en el sentido aristotélico
de imitación sino, más bien, de convocatoria
a los dioses muertos, tiene que ver más con la
encarnación y la metamorfosis que con la copia.
Se encarnan y metamorfosean en dioses; claro está
que no se trata de dioses a la manera del Dios judeo-cristiano,
hoy en boga, hecho "a la imagen y semejanza del
Hombre", sino de dioses paganos, dioses para Hesíodo
y para Homero: Titanes, Gigantes, Cíclopes, etc.
Por eso mimesis es , para los griegos, kolossós,
doble. El kolossós permitía poner a este
mundo en relación con los muertos y con los dioses
que aparecían en la epifanía.
¿Cómo recuperar, entonces, con los materiales
de nuestra época, la génesis original
del drama, resolviéndolo en una epifanía
contemporánea? ¿Deberíamos intentar
volver al teatro prearistotélico, incluso reconociendo
la naturaleza vana, inútil, de nuestro esfuerzo?
Breve genealogía del personaje
La sublevación postmodernista contra el pasado
¿es apenas contra el pasado reciente?
Tiremos del piolín del personaje como hilo conductor
de este pequeño artículo pues, en el actor,
su intérprete, reside, a nuestro juicio, la particularidad
del hecho teatral frente a otros géneros artísticos.
El personaje es el signo más cambiante de la
estructura teatral. En los orígenes tribales
y/o griegos, el personaje (etimológicamente per-sonare
-para sonar-) es una máscara que cumple la doble
función de identificar el rol y de amplificar
la voz al aire libre. En Grecia, el personaje aparece
primero como Coro, tanto de danzarines enmascarados
como de cantores, luego como Corista: recitante principal
en diálogo y lucha (agón) con el Coro.
En el Teatro Medieval, es símbolo y alegoría:
la Muerte, la Prudencia, la Justicia, la Templanza,
etc.; luego, la Commedia dell' Arte toma al personaje
como estereotipo: el criado cómico, el anciano
pícaro, el militar, etc. En el Renacimiento y
el Barroco aparece como individuo: Hamlet, Rey Lear,
Fausto (Marlowe), Volpone (Ben Jonson), la Celestina
(Rojas o Maquiavelo, indistintamente).
Tanto en el Clasicismo como en el Romanticismo franceses,
los personajes son esencias trágicas con cualidades:
El Cid, de Corneille; Fedra, de Racine. Hernani, de
Víctor Hugo; también lo son en el melodrama
-género popular que aparece con la Revolución
Francesa y que perdura comercialmente hasta nuestros
días, a través de los modernos medios
de reproducción de imágenes- : la niña
abandonada, el príncipe desdichado, el bandido
simpático, la huérfana heredera, la madre
sufrida, el padre noble y sus variaciones infinitas
(Pixérécourt, Dumas hijo, Augier, H.Moser,
E.Torres, etc.)
A partir del Siglo XIX, con el Realismo burgués,
aparece el personaje con sustancia tridimensional (física,
social y sicológica) Nora, de Casa de Muñecas,
de Ibsen; Tío Vania, de Chejov; Willy Loman de
La muerte de un viajante, de A. Miller. Este tipo de
personaje tiene preeminencia en la teatralidad occidental
de hoy y generó un método de actuación
-con varios acercamientos desde puntos de vista poco
diferenciados- para los actores de nuestra época.
De la misma manera que el animal humano, el personaje
no se crea de una vez y para siempre, se autocrea. Hay
una infinita pluralidad de sentidos y de mundos que
le son propios. Es así que, desde la década
del 50, con el advenimiento de la visión psicologista-estructuralista
del mundo, el personaje comienza a considerarse como
un signo, como un elemento estructural que organiza
las etapas del relato, construye la acción a
partir de la fábula y guía la materia
narrativa, concentrando en él una red de signos
en oposición a los otros personajes. El personaje
de hoy es binario, contradictorio, paradójico,
es un niño que se proyecta como adulto, un adulto
que se recuerda como niño. No es una esencia
trágica ni una sustancia tridimensional, pero
contiene algo de las dos. Está construido a partir
de la temporalidad de Bergson, del psicoanálisis
de Freud, del inconsciente colectivo de Jung, del deseo
de Lacan. El personaje es un actante, una fuerza puesta
en relación de peligro en el drama, que se opone
o alía a otros actantes según un proyecto
de sentido. Hoy, un personaje puede ser solamente una
estructura poética como en Heiner Muller.
Como en los casos anteriores, esta nueva visión
enriquece sobremanera la construcción dramática
del personaje y sería conveniente, para el arte
teatral, que ella no produzca, como otrora, un hiato
con las construcciones previas. La experiencia indica
que, abandonadas por la moda de cada época histórica,
las características del sujeto protagónico
teatral vuelven a imponerse ante nuevos vientos, vgr.
El Neoclasicismo que retorna al Clasicismo, el Romanticismo
que se inspira en el medioevo, la nueva dramaturgia
que abreva en la primera vanguardia de los 30', etc.
Claro está que los defensores a ultranza del
canon actual, creen, sincera y apasionadamente, sublevarse
contra todas las definiciones anteriores, pese al relativismo
de cada una de ellas, incluida la de los propios defensores,
si juzgamos desde el punto de vista, ecuánime,
de lo general.
Acotemos que la sublevación contra el pasado
acaece, realmente, contra el cercano pasado moderno,
reivindicador de la pieza bien hecha y del personaje
tridimensional, porque es el pasado que molesta, el
pasado digamos aún presente. Las estructuras
culturales siempre cambian más lentamente -con
atraso- que las económico-históricas,
no tanto por la mayor o menor aptitud de los artistas
para captar el cambio sino por la lentitud del público
para adaptarse a la nueva mirada. Como ya dijimos en
otra "Aproximación", el hombre hereda
siempre un mundo hecho por los hombres muertos.
El nuevo personaje tiene una dependencia directa de
las teorías predominantes: psicologismo, lingüística,
análisis estructural, fin de la historia y del
sujeto. Rechaza, la moda, el Iluminismo y la Razón.
Este canon cuenta con el apoyo de la crítica
en cuanto al modo de escribir contemporáneo.
Dice, entre muchos, Patrice Pavis, en un excelente artículo
sobre el personaje (1): "Aportan su grano de arena
en la demolición del edificio del sujeto y del
personaje, propios de un humanismo ya agotado".
Pero las flamantes teorías no tratan solo de
demoler o de ignorar las construcciones anteriores,
tratan de apropiárselas -o expropiarlas como
decíamos en tiempos más rijosos (2)-,
de traerlas al mundo de hoy forzando, en el material
antiguo, significaciones nuevas, ignorando que es eso
lo que, sin ditirambos, ha venido haciendo el teatro
cada vez que acudió a las producciones artísticas
de los siglos pasados.
Pero hoy, ya no podemos no saber lo que sabemos, como
si podía Shakespeare cuando hacía sonar
un cu-cú renacentista en la Roma de Julio César.
Hasta fines del siglo XIX, el magro estudio de la historia
no permitía conocer, cabalmente, los modos de
producción de esas producciones. Hoy, la antropología
y la historia de las culturas nos han aproximado en
grado sumo. Y una real apropiación del personaje
de Alcestes, de Eurípides, por ejemplo, no es
convertirla en una desaparecida (3) -como se ha hecho,
lamentablemente, en crasa copia premiada de la realidad
argentina- sino investigar a fondo el concepto de colosos
y del doble (4) en la Grecia Antigua, para que el canon
clásico ilumine nuestro presente y revele las
condiciones del pasado para proyectar nuestro futuro.
Y no al revés.
En el fondo, el absolutismo de la novedad por la novedad
misma, tiende a salvar la obra como sistema, en detrimento
del significado del personaje. Tampoco cuestiona el
mundo propio de los griegos, o el del siglo XII, o el
de la época de las revoluciones burguesas, o
el de ayer mismo: otoño de 2000, cuando realiza
estos emprendimientos hacia el pasado.
En esta depreciación del personaje, hay un neonarcisismo
que tiende a rehabilitar el espectáculo por sí
mismo, el exhibicionismo lúdico y sin trabas,
la fiesta de las apariencias, al decir de Lipovetsky,
(5).
Hoy, el creador está antes que la obra de arte,
incluso hay creadores sin obra de arte. Se repudia lo
moderno y la razón y se promueve lo nuevo por
lo nuevo mismo que, paradójicamente, es la esencia
de lo moderno: la novedad. En esta aventura, con la
destrucción del personaje tridimensional -a la
que no nos oponemos estrictamente-, no falta quien invoque
el fin del "teatro representativo hegemónico
argumental" como modo de expresión crítica,
y anteponga el teatro de imagen, el teatro de estados,
la "nueva dramaturgia", etc. como signos verdaderos
y destinados a barrenar la insoportable fortaleza de
los poderosos.
Durante los últimos cien años, los pintores,
escritores y músicos gozaron, parece, de una
libertad de experimentación y de un poder para
atravesar las fronteras del arte que no tendría,
dicen, su equivalente en el teatro. ¡Experimentar,
experimentar...! es la consigna de hoy. Pero el concepto
mismo de la experimentación (6) no se discute.
No tenemos discusiones estéticas. Lo que aparece
son discusiones de poder; e , incluso absurdamente,
privilegiamos, en esta controversia, "la guerra
de los teatros" -en realidad, peleas por favoritismos
estatales, canonjías, ventajismo político,
regalías para presentaciones en el exterior,
etc.- oscureciendo la guerra principal que debiera ser
"la guerra contra el gusto burgués"
(7).
Ahora bien, veamos un poco más de cerca "lo
nuevo". Si descartamos la escritura por encargo
destinada al mercado -ésta es una interminable
repetición o eterno retorno-, la creación
siempre es "nueva" en tanto que tal. Ni el
más obsecuente realista ahogado en mimesis (8),
copia sin agregar a lo copiado su propia fantasía
que adultera el original. Tengamos como cierto, entonces,
que el realismo vulgar, el naturalismo, es una empresa
inútil; impracticable. La representación
-incluso la que el hombre hace en su psiquis del mundo
que lo rodea, es decir la representación consciente
del homínido y la "artística",
azarosa, del creador- solo aparece si éste condensa,
desplaza, imagina, fantasea. "Puede decirse que
en la representación algo está siempre
en lugar de otra cosa" (9). Sin embargo, no ceja
la opinión en boga, de atacar un pretendido realismo
que ya no existe, salvo en la letra muerta del esforzado
"manifiesto" de Zola (10), para defender este
nuevo personaje reducido a la abstracción y al
caos. Y hoy los procesos caóticos pueden ser
calculados mediante la computadora, una máquina.
El cambio por el cambio ¿resistirá el
cambio de época? Lo nuevo por lo nuevo ¿no
se vuelve una discusión bizantina? La búsqueda
de la originalidad absoluta ¿se engullirá
al personaje? Hay, en esta actualidad, como un manoseo
ideológico -las ideologías no han muerto,
están cada día más vigentes, pero
se niegan a reconocer su nombre- que entorpece la libertad
creadora, aparentemente conquistada por el siglo. No
es la búsqueda ideológica de lo nuevo
y de lo original, o la inserción en los clásicos
de conflictos de hoy, lo que abona la creación
-digo creación y no creatividad- sino, como hemos
dicho, el conocimiento de pasado y presente inundado
por la fantasía.
La desaparición del personaje es representada
naturalmente en experiencias festivaleras en unos cuantos
actores quedan estáticos sobre el escenario sin
producir siquiera acciones físicas, cual inmovilidad
oriental, en una preeminencia del estar sobre el ser.
Y otra pregunta: por nuestra desaprensión con
los temas que conflictúan al hombre ¿ya
no sólo la platea estará vacía,
pronto lo estarán los escenarios? Para un veterano
, como yo, ¿qué mejor que el realismo
crítico para nuestro personaje, para el nuevo
tipo antropológico del individuo de hoy, definido
por su avidez, frustración y conformismo?
El teatro que nos damos no es ni absolutamente necesario
como cree el realismo veterano ni absolutamente contingente
como cree la poética juvenil. Trabajemos sobre
la duda y no sobre la nueva certeza más errada
que la anterior porque ya no tiene dudas.
Bernardo Carey. Dramaturgo, escritor
y docente. Autor de una veintena de obras. Entre ellas
Cosméticos, El hombre de Yelo, El sillico de
alivio y Los dos ladrones. La última fue Hormiga
Negra, dirigida y coescrita por Lorenzo Quinteros, en
2000. Ha obtenido premios nacionales e internacionales.
Es secretario de la Fundación Carlos Somigliana
(SOMI) e integrante del consejo directivo del Teatro
del Pueblo. Dicta cursos y seminarios sobre dramaturgia.
BIBLIOGRAFIA
Aristóteles: Poética, Buenos Aires, Emecé,
1977.
Benjamín, Walter: "Sobre la facultad mimética",
en Ensayos Escogidos, Buenos Aires, Sur, 1967.
Bozal, Valeriano: Mimesis, las imágenes y las
cosas, Madrid, Visor, 1987.
Deleuze, Gilles y Félix Guattari: ¿Qué
es filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993.
Frazer, James George: La rama dorada, Bogotá,
F.C.E., 1993.
Girard, René: Literatura, mimesis y antropología,
Barcelona, Gedisa, 1984.
Kerenyi, Karl: Dionisios - La raíz de la vida
indestructible, Barcelona, Herder, 1998.
Murria, Gilbert: La religión griega, Buenos Aires,
Nova, 1956.
Platón: República, Buenos Aires, Eudeba,
1963.
Rodriguez Adrados, Francisco: Fiesta, comedia y tragedia,
Madrid, Alianza, 1983.
Vernant, Jean-Pierre: "La categoría sicológica
del doble" en Mito y pensamiento en la Grecia antigua,
Barcelona, Ariel, 1983. La muerte en los ojos. Figuras
del Otro en la antigua Grecia, Barcelona, Gedisa, 1996.
CITAS
(1) Patrice Pavis, Diccionario de Teatro, Barcelona,
Paidos, 1983, pag.362.
(2) En los tiempos rijosos corría la historia
de que los mingitorios del subterráneo de Moscú
estaban construidos en oro, como forma de apropiación
del proletariado de los bienes terrenales de los poderosos.
(3) También se ha modificado el personaje de
Ifigenia en Áullide, del mismo Eurípides,
sin investigar, a fondo, el tema de la sustitución
de las víctimas propiciatorias por animales o
viceversa, en las que se haya empeñada la antropología.
Para una primera mirada ver René Girard, La violencia
y lo sagrado y El chivo expiatorio, Barcelona, Anagrama,
1983 y 1986, respectivamente.
(4) Ver aproximación en "Breve genealogía
de la mimesis" que antecede al presente artículo.
(5) Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero,
Barcelona, Anagrama, 1990, pag.144..
(6) Llamamos experimentos a nuestros borradores. La
única experimentación posible es la de
las ciencias duras.
(7) Soslayando, de paso, la guerra principal contra
los burgueses. Contra el "alma burguesa".
El término "burgués" ha sido
retirado puntillosamente de gran parte de nuestras discusiones.
Se habla de poder pero no de burgueses, de mercado pero
no de capitalismo. Vocación metafórica
la nuestra.
(8) Ver aproximación en "Breve genealogía
de la mimesis" que antecede al presente artículo.
(9) Cornelius Castoriadis: Psicoanálisis y filosofía,
en Hecho y por hacer, Buenos Aires, Eudeba, 1998.
(10) Emile Zola: El naturalismo Barcelona, Península,
1988.
Buenos Aires, 2001 |