| La
mesa redonda de hoy es una invitación a mirar
hacia atrás. "Una mirada atrás vale
más que una hacia delante", decía
Arquímedes. Pero el pasado no se entrega rápidamente,
uno mira hacia atrás y por más que se
esfuerce sólo ve sombras. Sombras alfabéticas...
o cronológicas pero, a simple vista, indescifrables
para mi. ¿Confundo la sombra de Arlt con la sombra
de Esquilo? ¿Aquella es la sombra de Dioniso?
¿Esta otra, la de Amapolas, el gigante? ¡Y
más sombras! Siguen en mi cabeza dando vuelta
sombras... de ayer nomás, sombras de hace unos
minutos! Miles de sombras. Miles de sombras inabarcables.
¡Qué confusión de sombras! Para
peor uno es corto de vista. ¿Con qué linterna
iluminaré esas palideces? ¿Habrá
alguna luminaria cuyo haz de luz no esté acotado?
O, finalmente, sin remedio y sin pudor, omitiré
sombras viajeras, efímeras... ¿Debo castigarme
por estas flaquezas de la memoria? No, no, no. ¿De
qué vale saber si esas omisiones son justas o
injustas? ¿Los jacobinos no echaron a Goldoni,
junto a Luis XVI por la ventana de la revolución?
¿Cuántos fundamentales arrojaré
yo por la ventana en esta retrospectiva sombría?
Seguramente a muchos. Acepto esta limitación.
Simplemente se reducen entonces los postulantes en esta
pasarela del recuerdo.
Veamos. La propuesta procura que las sombras sean "fundamentales",
nada de sombras de un día, nada de admiraciones
pasajeras derrumbadas por la realidad o por el comportamiento
posterior del admirado o por nuestras propias opiniones
cambiantes. Nada de eso. Sombras sólidas es lo
que se pretende. "Fun-da-men-ta-les".
Para ir rumbeando los recuerdos, lo mejor, entonces,
es, por mis costumbres... digamos... librescas, acudir
a la etimología de la palabra "fundamentales".
Según Corominas la palabreja "fundamentales"
aparece en la segunda mitad del siglo XIV, digamos entre
el año 1350 y el año 1399. "Fundamentales"
es tomado del latín "fundare", poner
los fundamentos y hacia 1440 da lugar a "de profundo":
"profundidad". "Fundare" viene,
a su vez, del sustantivo "fondo", de 1220-50,
que viene del latín "fündus".
No hay registros previos. Nada de griego ni de arameo
en el origen de "fundamentales". La aparición
de esta palabra coincide -siglo XII, XIII, XIV- con
la aparición de la "mercancía"
capitalista, con el nacimiento de la burguesía
en Europa Occidental, con el comienzo del período
"moderno" en sentido amplio, según
los historiadores contemporáneos. Recalco: comienzo
del período moderno.Pero-Grullo: ¡Hay "fundamentales"
sólo entre los modernos! Dejo afuera todo el
espectro griego. Plauto incluso, Séneca... La
pasarela de mi sombría elección se achica
en grado sumo.
Se achica. ¿Pero lo necesario? Me parece que
no. Me han dicho, que hay ciertos indicios de que una
adhesión metódica, persistente, a la vida
de las sombras, una capacidad para identificarse profunda
y críticamente con sombras pasadas, frena nuestra
capacidad imaginativa, nuestra libertad creadora, nuestro...
no se como llamarlo... romanticismo... He visto hombres
que lloraban con Shakespeare o con Florencio Sánchez,
y que se movían, sin darse cuenta, en un infierno
material.
Impulsado más que nunca por este pensamiento
limitador volví a mi Corominas a la pesca de
la palabra "teatrista". Sólo encontré
"teatro" del latín "theätrum",
1275, tomado a su vez del griego "théatron"
derivado de la voz "yo miro, contemplo". (En
griego, naturalmente.) Nada de "teatrista".
"Teatrista"... "teatrista"... artista...
oficinista... no, no. No puede ser. Pero hay, en uso,
una palabra parecida que creo haber oído en lugares
más bastos que éste: "teatrero".
¿Será lo mismo? Lo busco en el Corominas.
No hay caso Corominas sólo acepta, además
de teatro, como ya hemos visto, "teatral"
-siglo XVI- "teatralidad"y "anfiteatro"
-1490-. ¡"Teatrero"! "Teatrero"...
"teatrero"... ¿Compañero..?
Compañero... ¿Montonero? En fin: palabras...
¿Neologismos? En la inauguración de este
Congreso escuché también una palabra tan
extraña como "teatrista", como "teatrero".
Escuchen bien. La dijo mi amigo Pellettieri. "Maestrandos...".
A uno se le redondea la boca diciéndolo. "Maestrando".
Tiene que ver con la maestría. Equivale a maestro
con chapa, recibido, creo. Si le pregunto a Corominas
temo que me conteste con la consabida chuscada: "¿Maestro?
¡Más maestro será usted!"
En fin... la pasarela se redujo aún más,
mi linterna se quedó sin pilas. Avanzo en busca
de las sombras que restan. Busco en la opacidad la sombra
salvador que me permita salir airoso de esta mesa. Si.
Hay un espectro todavía, una silueta gigantesca.
Al fin. Me acerco no sin cierto temor. Levanto mi mano.
Tanteo su rostro. Es mi amigo, lo que llamamos el amigo
del alma, es el fantasma de Carlos Correas, profesor
de filosofía de esta Facultad de Filosofía
y Letras donde nunca obtuvo la titularidad, ensayista,
novelista, colaborador de la revista "El Ojo Mocho",
escritor maldito que se suicidó en la mañana
del domingo 17 de diciembre último cortándose
la yugular primero y al no conseguir sus fines arrojándose
por el aire-luz de su departamentito del barrio del
Once, al estilo de la pelandusca Sofía de "300
millones", y que, como Zaratustra, me dice, con
voz cavernosa: "No, no. Prescindí de mi,
prescindí de mi..." y desaparece en la OSCURIDAD
TOTAL, tras el TELÓN FINAL.
Quedaron sus libros. De uno de ellos "Arlt, literato",
ediciones Atuel, Buenos Aires, 1995, rescato para la
ocasión: "El lenguaje teatral es presentación
de actos convertidos en objeto, es decir actos contemplados
por un público, o, de otro modo, gestos. En teatro
no hay más que gestos y la palabra es sólo
una clase, la más nítida y unívoca
de esos gestos.Por eso el público, al igual que
el actor, crea la obra y le da, en el modo de revelar,
el sentido. Es lo que llamaremos la modestia o el repliegue
estético del lenguaje teatral."
Sólo gestos, entonces, ni teatristas ni teatreros.
Gestos. Nada.
Les agradezco.
(*) Leído en la mesa redonda homónima,
durante el "X CONGRESO INTERNACIONAL DE TEATRO
IBEROAMERICANO Y ARGENTINO", organizado por el
Grupo de Estudios de Teatro Argentino e Iberoamericano
(GETEA) de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Buenos Aires, el 4 de agosto de
2001. |