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"Brujas" es todavía el éxito teatral de los últimos
años. Hay cierto concenso, ante lo inexplicable,
en atribuir su triunfal trayectoria a la eficacia de
las actrices y, entre ellas, insólitamente, a
la menos entrenada en la representación de conductas
imaginarias (1). Los críticos, en su oportunidad,
coincidieron en encomiar esa excelencia y también
en lo admirable de la dirección y de la estructura
teatral.
Nosotros creemos, sin embargo, que la singularidad de
"Brujas" está en su anécdota,
en la fábula -generalmente no contada por su
desenlace sorpresivo- y en su coincidencia con el imaginario
social.
En este caso se trata del mito de la víctima
propiciatoria (2). En las sociedades prehistóricas
para alejar el mal que circunstancialmente las aquejaba
-peste, guerra, corrupción- se elegía
una víctima a la que se estigmatizaba por algún
defecto físico -renguera, ceguera, corvatura,
etc.- y luego en ceremonia pública se la despanzurraba
en el altar sagrado.
"Entre vosotros hay un asesino, libraos de él
y os veréis libres", dice el Oráculo
a propósito de Edipo, -salvando las distancias
dramatúrgicas. Antes que a la prohibición
del incesto, "Edipo Rey" apunta a la búsqueda
de la víctima propiciatoria, estigmatizada, culpable
de la peste que reina en Tebas. Este antiguo mecanismo
mítico, vigente todavía en gran parte
de las sociedades modernas a través del "chivo
emisario", delimita la acción dramática
de "Brujas".
En un living-comedor acomodado, cinco elegantes muchachas
de tules vaporosos terminan de celebrar una fiesta íntima.
La fiesta implica una recreación del mundo que,
a la vez, es un retorno a la edad de oro mítica,
en este caso a la "juventud dorada" del "college".
Es la hora del café y de las confesiones. Aparecen
los recuerdos dichosos, el encanto de la adolescencia
pasada, el porvenir venturoso aún sin hollar.
Pero, poco a poco, en ese mar calmo, surge un hecho,
varios, de ignominia mayor que hasta entonces parecían
ocultos y que por su alto grado de corrupción
-cartas infamantes, amores prohibidos- provoca en las
señoras una violenta indagatoria, con el fin
de encontrar a la depravada responsable de haber turbado
la pacífica conmemoración del grupo reunido.
A las señoras, empero, les basta con un rápido,
policíaco, interrogatorio. La culpable, doble
culpabe -piel de oveja que oculta al lobo, hipócrita
infiltrada- es triunfalmente individualizada. En fin,
en una escena mitad confesión, mitad venganza
(3), la delincuente es expulsada del paraíso
doméstico. Se lleva a la calle la violencia que
por un instante ha paralizado la digestión de
las bellas damas.
Damos un suspiro de alivio. La víctima propiciatoria
ha suministrado una vávula de escape al unificar
a toda la comunidad en contra de ella. La paz ha vuelto
a la reunión. La obra dura unos minutos más.
Lo necesario como para que la tempestad se olvide...¡ha
sido todo tan vertiginoso! (4). La comunidad discipular
renueva sus lazos hasta el punto que cuando baja el
telón, canta su personal salmo epifánico:
"La canción de la amistad", himno de
clausura anual de las egresadas del "college"
religioso al que concurrían.
Con un cuchillo clavado en el corazón, la culpable
agoniza lejos de la escena. Sin embargo, su estigma
no es el parricidio, ni el incesto, ni siquiera la renguera,
como en el caso del pobre Edipo. Dolores, tal es su
nombre, tiene su culpa en sus placeres, placer intelectual
-es novelista-, placer sexual -es lesbiana. Al ciclo
áulico le alcanza con esos crímenes. Se
permite pensar y amar de otra manera. Culpable, expulsada,
la "gay", la diferente, agoniza.
A nosotros nos quedan dos conclusiones. La más
obvia: el mecanismo teatral es el rito con que el poder
político se desembaraza, hoy, de sus cíclicos
escándalos. ¿Cómo no va a interesar
al público? (5) La más vergonzosa: que
ese público, los ciudadanos de este pedazo del
mundo en que vivimos, ovaciones de pie, entusiasmado,
haga bajar y subir el telón dos, tres veces,
sin reparar en que el Estigma, el Mal Absoluto, está
representado por la chica novelista y homosexual. ¿O
repara y no le importa? O, peor, repara, le importa
y le parece fenómeno...
Notas
(1) Habría que analizar en otro lugar esta "preferencia"
pública por los legos, tan en boga hoy, pues
conlleva un otorgamiento de poderes sobrenaturales al
simple sujeto, sacando de quicio la igualdad democrática
de cuyo seno, justamente, el pensamiento "cualquiera
puede", surgió.
(2) Ver a propósito "Literatura, mímesis
y antropología" de René Girard, Ediciones
Gedisa, 1984.
(3) Sin embargo no sabremos si nos hemos encontrado
con la Verdad. Sólo nos hemos encontrado ante
la culpable que, según suponemos, contamina a
todo el grupo.
(4) La pieza es una tragedia contada en clave de comedia.
(5) Nos debemos, también, la discusión
sobre si los dramaturgos de hoy percibimos los temas
que importan al imaginario social.
Buenos Aires, 1995
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