Creemos que en lo que va del siglo
han aparecido tres signos fundamentales modificatorios
del sistema de trabajo teatral. Estos signos, que
describimos a continuación, erosionan el pedestal
donde los Autores habíamos erigido nuestra
estatua de comisarios del texto, tornándonos,
a lo sumo, en gigantes de pies de barro:
1) La educación obligatoria, la información
"gratuita" de los medios de comunicación
y la popularización de conceptos científicos
del análisis del yo, ha producido la "culturalización"
del Actor, que está, ahora, en mejores condiciones
globales no sólo para asumir el texto, como
desearíamos, sino específicamente para
ponerlo en tela de juicio y/o crearlo por cuenta propia.
2) La nueva concepción del tiempo que ha traído
la sociedad industrial con su exaltación de
lo perecedero -la moda- y de la fabricación
en serie, ha convertido en "cinético"
el ojo del Espectador,1, influenciado, también
por el arte cinematográfico, típico
de nuestro siglo, y por sus derivados electrónicos.
3) La actual organización social de la vida,
secularizada y caótica, hace aparecer como
indispensable y necesario para afianzar el desarrollo
de las fuerzas productivas capitalistas y cohesionar
la estructura del poder, a un nuevo rol social que
se sitúa en la parte superior de la actual
pirámide laboral: el rol del Director. La hegemonía
del pensamiento capitalista hace que el crédito
otorgado a los Directores de la producción
-el Directorio- se traslade a las actividades lúdicas
desde el fútbol hasta el teatro.
Heridos en el alma por la situación descripta
y destrascendentalizados también por la pérdida
de credibilidad de los dioses ante los vientos de
la razón, hoy los autores, desautorizados,,
erramos desorientados con nuestro bagaje de palabras
entre la aquiescencia cómplice del "establishment"
y la indiferencia activa del "underground",
sin ya ni siquiera migajas Nobel a las que aspirar.
Esta desacralización ha traído la decadencia
de la palabra entendida como la palabra de Dios. El
principio de que en el principio era el Verbo, ha
sido perturbado por el saber científico. La
palabra de Dios ya no es el origen de la creación
divina. Esa parte de la supuesta creación divina
que era la raza humana, ahora desciende del mismísimo
mono. Ya no es humano, como decía la leyenda,
gracias a otro de los milagros de Dios: al milagro
del habla humana, de la palabra, porque no hubo tal
milagro de un sábado, sino un largo período
de 500.000 años de historia humana en el que
el sonido gutural se convirtió en holofrase
y la holofrase por fin en silabario.
La racionalidad tiende a convertir la palabra teatral,
en palabra comunicativa, en herramienta o, a lo sumo,
como decía Sartre, en arma: "Las palabras
son como tiros de revólver, uno dice si o no
y mata". Y así como la palabra nos ayudó
a saber más que otros animales acerca del misterio
de la existencia, así nos ayudó también
a crear el actual enjambre de comunicaciones.
La revolución socialista, la otra cara de la
moneda burguesa, si bien revalorizó al Autor
como comunicador de la Revolución -nuestras
obras más queridas terminan siempre con un
amanecer rojizo que aparece en el horizonte-, no hizo
lo mismo con la palabra poética a la que dejó
en manos de la vanguardia dadaísta o de la
literatura teatral anacrónica. Por economía
y por eficacia del emnsaje transformador, la palabra
teatral fue despojada del carácter multiplicador
de sus imprecisiones que la hacían sospechosa.
Ajustada férreamente y encorsetada en un hablar
inútil, dio lugar a una teatralidad que todos
pudiéramos prever.
La palabra en tanto creador de imágenes, quedó
en poder de la historia como una antigualla del arsenal
romántico. Y como el análisis del yo
nos dijo que la imagen es anterior a la idea,2, poco
necesitó el ojo "cinético"
para separar la imagen de la palabra degradada.
El Director y el Actor, por el florecimiento ya descripto
de sus funciones, atrapan a la imagen en vuelo pero
sólo en su aspecto de detonante de la creación.
Pero nosotros creemos que la imagen es doble, dual
que existe una imagen creadora y una imagen receptora.
Y de la misma manera que la imagen no es simplemente
la representación mental de la cosa, una no
es consecuencia de la otra. El artista, opinemos,
no es sólo un caño que expulsa por un
agujero lo que recibe por el otro extremo, como un
tubo apenas digestivo. La imagen creadora puede terminar
en una elaboración estética pobre, incluso
en falta de imágenes para el receptor. A nuestro
juicio no hay determinismo, ni cristalización
alguna que permita afirmar que la imagen es la realidad.
Creemos que la imagen que presenta nuestra imaginación
tiene un carácter peculiar, irreductible a
toda representación efectiva de la cosa imaginada
y , por lo tanto, distinta de una mera "reproducción"
de ella. La imagen que tenemos en el acto de imaginar
es distinta de la que percibimos, es "un modo
de actuar de la conciencia intencional",3. Para
decirlo de una vez: la imagen tiene un "defecto".
Desde el punto de vista de nuestra percepción,
la imagen es tan sospechosa como aquella palabra que
no comunica, expulsada del trabajo teatral. Porque
la imagen, como la palabra, también es una
metáfora. Decimos que la palabra fue la primer
metáfora cuando el jeroglífico dio paso
al silabario, es decir cuando se tuvo la noción
básica de que un signo escrito podía
representar no una cosa sino un sonido,4. Y decimos
que la imagen es una metáfora, es decir, como
hemos visto, la trasposición de su signo a
otro que no es el suyo primero y propio, pero que
conserva la conciencia de él.
Estas identidades parciales tanto de la palabra como
de la imagen con las cosas, establecen una conexión
vital con el signo rememorado por el artista,5. Concluimos,
así, que el pasaje de lo vital a lo abstracto
en el acto creativo teatral cuando pasamos al espacio
artificial de que disponemos, es el pasaje inexcusable
de la palabra poética.
Herbert Read,6, recuerda al respecto: "En nuestra
época Martín Heidegger ha recogido esta
idea de Hölderlin: la Poesía -dice-
es la fundación del ser por la palabra de la
boca . . . la Poesía es dar nombres
fundadores del ser y de la esencia de las cosas .
. . y no es un decir cualquiera, sino precisamente
aquel que por primigenia manera saca a luz pública
(esto es, a la conciencia) todo aquello de lo que
después, en el lenguaje diario, hablamos nosotros
con redichas y manoseadas palabras".
Creemos que lo expresado se une conceptualmente a
lo que el manierismo llama "concetto",
en la medida en que ambos consideran la metáfora
como imprescindible para su discurso.
"Con el tiempo las palabras se hacen opacas,
incoloras, inexpresivas; por la metáfora adquieren,
en cambio, nuevo fuego, nuevo color y nuevo sentido";
también "Las metáforas manieristas
no tratan de traer al recuerdo del espectador (lector)
una vivencia efectiva ni de despertar en él
el sentimiento de percibirla de nuevo; lo que persiguen
es provocar el asombro por la contraposición
entre la vivencia que pudo tener el espectador (lector)
y las palabras en la obra teatral (literaria)"
y por último "El concetto se basa
en una antítesis, en una aparente inconciabilidad
de las representaciones (imágenes) puestas
en relación",7.
Cervantes y Shakespeare, nuestros contemporáneos,
fueron los autores teatrales ejemplificadores del
uso del concetto, esa metáfora ruidosa
y explosiva, repleta de imágenes.
A nuestro entender, sin quitar la peligrosidad que
el realismo -socialista- le ha otorgado a la palabra
-profundizándola incluso- , si el Autor no
quiere quedar desplazado de la elaboración
de la obra de arte teatral, debe devolverle a la palabra
su carácter multiplicador. Como especialistas
de la metáfora y del concetto -además
de la historia, hoy fragmentada- los autores disponemos
de imágenes exclusivas, sonoras, a cargo de
la palabra pronunciada por la boca en el espacio escénico.
Insistamos:
Las imágenes son metáforas. Y no
hay mayor metáfora que la palabra.
1-"Bajo el signo del cine"
en "Historia Social de la Literatura y el Arte"
de Arnold Hauser, tomo III, pag.2,3 y sig.,Ed. Guadarrama,
Col.Punto Omega Nº21, Madrid,1968.
2-"Imagen e Idea" de Herbert Read.Ed.Fondo
de Cultura Económica,Col.Breviarios Nº12,
México,1972.
3-"La Imaginación" de Jean-Paul Sartre,pg.129,Ed.Sudamericana
Col.Indice, Buenos Aires,1967.
4-"Lenguajes y sistemas de escritura" en
"Los comienzos de la Civilización"
de Leonard Woolley,pg.733 y sig. "Historia de
la Humanidad-Desarrollo Cultural, y científico"
Tomo I, UNESCO, Ed.Sudamericana, Buenos Aires, 1966.
5-Para Lucrecio la imagen es un "simulacro",
definición que estimamos la más teatral
de todas las vistas. Citada en el "Diccionario
de Filosofía" de José Ferrater
Mora, pg.683, Ed.Sudamericana, Buenos Aires, 1958.
6-Obra citada.Pg.12.
7-"Literatura y Manierismo", de Arnold Hauser,Pg.52,53
y 71; Ed.Guarrama,Col.Punto Omega Nº39, Madrid,
1969.