Qué entendemos por dramaturgia:
El Teatro no es un género literario. Esta afirmación,
que hace algunos años resultó -en un
seminario, en Caracas- polémica y hasta escandalosa,
es hoy un punto de partida en los estudios de semiótica
teatral.1. Dentro de este orden de cosas
se dice que el teatro no es ni más ni menos
que el momento efímero en el cual se produce
una relación entre actores y espectadores.2
En otros términos, el teatro es el espectáculo
que organiza diferentes lenguajes sonoros y visuales,
uno de los cuales es el lenguaje verbal. Todo el mundo
sabe que ese momento es irrepetible, que no hay dos
funciones iguales, en la medida en que el público
influye decisivamente en cada ocasión, aunque
la estructura básica del espectáculo
de la impresión de permanecer intacta.
Lo que solemos llamar una obra o una pieza teatral
hace, naturalmente, parte de la literatura y hasta
podemos hablar de un género dramático,
dialogado, o como se lo quiera llamar, siempre y cuando
no lo confundamos con el espectáculo.
Ya el famoso comediante italiano Angelo Beolco, llamado
Ruzzante (siglo XVI) estableció esta diferencia
con entusiasmo: "Os juro por Hércules
y Apolo que mis comedias fueron dichas de manera muy
distinta a como aparecen ahora impresas, por la sencilla
razón de que muchas cosas se ven bien en el
papel se ven mal en escena". Según Gaspar
de Porres, editor, "Lope (de Vega) nunca las
hizo (las comedias) para imprimirlas" y el mismo
Lope advierte que las compuso para habladas en escena
y no para leídas en los aposentos.
El "genotexto":
La inventora del término es Julia Kristeva,
la conocida semióloga francesa. Por tal término
ella entiende la matriz, configurada por una gran
variedad de textos, literarios o no, donde se gesta
un texto literario. Pues bien, el genotexto de un
texto escrito para el teatro, como muy bien anota
Anne Ubersfeld,3 es la práctica
teatral. "En cierto sentido, la 'representación',
en la más amplia acepción del término,
es anterior al texto. El escritor de teatro, cuando
no está metido en la producción teatral,
no escribe, en todo caso, sin la perspectiva inmediata
del objeto-teatro: la forma de la escena, el estilo
de los actores, su dicción, el tipo de vestuario,
el tipo de historia que cuenta, el teatro que él
conoce". Una revisión contemporánea
de las traducciones de Shakespeare en francés,
hizo notar a los estudiosos que las versiones conocidas
pasan por encima de ciertas connotaciones impuestas
a esos textos por el espacio concreto del teatro isabelino.
El escritor de teatro parte de la práctica
teatral para desarrollarla o para transformarla como
Valle Inclán o Brecht, para citar dos casos
modernos. En resumen, la práctica teatral engendra
textos que a su vez desarrollan y transforman esa
práctica.
Interpretación e improvisación:
"La idea que ha prevalecido en el teatro occidental
es aquella -extrañísima si la miramos
bien- según la cual el espectáculo es
la puesta en escena de un texto. Como se vé,
es una idea que parece derivar no de la concreta vida
teatral sino de la ideología jurídica
o religiosa, que concibe el 'texto' como algo inamovible
en su forma, en la 'letra', e intrepretable en la
sustancia, en su espíritu".4
Es posible que tal ideología jurídica
o religiosa tenga que ver con el origen de esa "extrañísima"
idea. Parece, sin embargo, que la división
del trabajo que precede y sigue a la revolución
industrial, aquella que ordena las relaciones de producción
como relaciones entre los que "conciben"
y los que "ejecutan", ejerció una
decisiva influencia. De todos modos, como anota Ferdinando
Taviani en el artículo citado, las razones
para la implantación de la dichosa "idea"
constituyen "una historia confusa e incluso ignorada"
pero la idea misma "no puede ser considerada
como un dogma teatral" y el uso que de ella se
hace "no es el único posible ni el más
justo".5
Contra esta "idea" de que el montaje es
una "traducción" o una "interpretación"
del "texto", se pronuncia, con gran claridad,
Anne Ubersfeld,6: "Vemos cómo,
desde un simple punto de vista teórico, el
enunciado, en un texto de teatro, si bien tiene significación,
no tiene todavía sentido. Adquiere sentido
en cuanto deviene discurso, cuando vemos cómo
se produce, por quién y para qué es
producido, en qué lugar y en qué circunstancias.
Vemos cómo, para pasar del texto de teatro
(diálogo) al texto representado, no se puede
hablar de traducción ni de interpretación,
sino de producción de sentido".
Ahora bien, si el texto escrito no es ni más
ni menos que uno de los lenguajes del texto del espectáculo
(el cual establece una organicidad discursiva con
los otros textos o lenguajes no verbales), el concepto
de dramaturgia no debe reducirse a los textos escritos
para el teatro.
La dramaturgia de los actores:
La "creación colectiva" no es un
invento moderno ni, mucho menos, como quieren algunos,
una moda pasajera del teatro colombiano y latinoamericano.
Con metodologías diferentes ha existido desde
que hay teatro. Uno de los movimientos teatrales en
los cuales la creación colectiva logró
un verdadero apogeo fue el de la Commedia dell'Arte
(siglos XVI y XVII) llamada, también, "teatro
all'improvviso". La Commedia fue una verdadera
revolución teatral y se constituyó en
el geno-texto de los grandes textos del barroco en
España, del teatro isabelino y, especialmente,
del teatro de Molière. Fue, por excelencia,
un teatro de actores y estableció una nueva
relación con un nuevo público,7.
Partiendo de los tipos (Arlequín, El Capitán,
Pantalón, etc.), los actores escogían
un argumento (los argumentos de la narrativa de aquella
época, en Italia, abundaban en truculentas
intrigas amorosas) y a partir del argumento elaboraban
un "canovaccio", algo como lo que hoy, en
lenguaje cinematográfico, conocemos como "guión".
Este guión no era la simple organización
en acciones de las intrigas del cuento. Por el contrario,
el guión era la conversación de la materia
significante narrativa en materia significante teatral
y, aunque no se lo plantearan en estos términos,
los cómicos italianos eran bien concientes
de la diferencia existente entre las dos materias
o sustancias,8. El guión se valía
del argumento para mostrar lo que era propio del teatro
en el concepto de ellos: la satisfacción tan
inmediata como fuera posible y por cualquier medio
de los impulsos amorosos y eróticos y el espíritu
vivaz, la agudeza y la falta de escrúpulos
de los criados, incluso la superioridad de éstos
sobre los amos. Las acciones que ordena el guión
no eran para ellos un problema literario sino un problema
visual. "Los sentimientos tienen aquí
(en la Commedia) una traducción visual, lo
mismo que los motivos de la intriga de tal modo que
la intriga "sólo proporciona la ocasión
para el juego de la expresión teatral",9,
y el profesionalismo del actor consistía en
que "sabe secundar aquellos que lo acompañan
en el escenario, sabe, en otros términos, acoplar
tan perfectamente sus palabras con sus acciones y
ambas con las palabras y las acciones de sus compañeros,
que logra introducirse intempestivamente, en la línea
de acción del otro, haciendo lo que el otro
le solicita, con tanta precisión que todo el
mundo crea que se trata de algo preparado", 10.
Si tenemos en cuenta que réplicas y movimientos
eran improvisados, comprendemos toda la complejidad
y riqueza del oficio.
No tenemos tiempo, desgraciadamente, para extendernos
sobre este momento estelar de la creación colectiva,
pero es preciso subrayar que esta dramaturgia de los
actores es la base, la matriz, de todo el teatro moderno
de Occidente. Esta participación dramatúrgica
de los actores se mantiene hasta fines del XVII como
lo prueban documentos del teatro isabelino, del teatro
barroco español y del teatro de Molière.
Vendrán después, en su orden, la tiranía
del texto y la del director, las cuales irán
reduciendo más y más el espacio dramatúrgico
del actor. No se trata de "regresar" a la
Commedia dell'Arte, puesto que regresar es imposible,
sino de, manteniendo el rol del texto literario y
el rol del director (así como del escenógrafo,
etc.) reconquistar para el discurso de montaje el
espacio perdido de la dramaturgia del actor.
Se suele reducir la creación colectiva al proceso
de la elaboración del texto por los actores
y oponerla al "teatro de autor". La elaboración
del texto por los actores, que es una posibilidad
eventual y en ocasiones positiva de creación
colectiva, no define a esta última en absoluto.
Es más, la escritura del texto (tarea profundamnete
relacionada con la práctica literaria) no es,
precisamente, función del actor. Su participación
dramatúrgica es en la escritura del discurso
del espectáculo durante el proceso de montaje.
Puede darse (y ha habido casos extraordinarios) el
actor-autor pero es preciso evitar, al respecto, cualquier
confusión. Dentro del proceso de producción
dramatúrgica hay dos etapas y dos discurso:
la etapa de escritura del texto verbal y la etapa
de escritura del texto del espectáculo (algunos
prefieren llamar a este último texto partitura
para mejor incluir en él los lenguajes no verbales).
El actor (y es el caso de Molière) puede participar
en las dos a condición de que no las confunda
pero la creación colectiva, que funciona fundamentalmente
en la segunda etapa, puede perfectamente hacerse con
un texto ya escrito (clásico, romántico,
moderno o arcaico).
Con cualquier metodología, la creación
colectiva se basa en la improvisación a condición
de que ésta no sea utilizada para comprobar,
corroborar, mejorar o adornar la concepción,
las ideas o el plan de montaje del director. A condición
de que se la reconozca -de hecho y de derecho- como
el campo creador de los actores y de que se la acepte
como antítesis de los planes de la dirección
en el juego dialéctico del montaje. Ello supone,
sin embargo, actores entrenados en la improvisación
y un grupo relativamente estable. Parece necesario
aclarar que la creación colectiva tiene por
objeto reivindicar lo colectivo en contra de lo individual
en nombre de cualquier ideología política
o concepción filosófica o sociológica.
Si algo reivindica la creación es, justamente,
la dramaturgia del actor, es decir, un terreno que
le ha sido arrebatado al actor desde hace más
o menos un siglo. No significa esto, sin embargo,
que la creación colectiva produzca, necesariamente,
mejores espectáculos que la forma tradicional
de producción basada en la interpretación,
por parte de los actores, de la concepción
y los planes de la dirección. Fuera de que
los términos "mejor" o "peor"
no son absolutos, el objetivo de la creación
colectiva no puede ser el de "mejorar" los
resultados aislados y circunstanciales de la producción
teatral establecida, del "establecimiento"
teatral. Sería insensato tratar de probar que
la Commedia dell'Arte produjo espectáculos
"mejores" que la comedia latina o la humanística
(para no remontarnos más). Lo que sí
se puede probar es que la Commedia, por su revolución
escénica, hizo posible la ruptura de los moldes
clásicos, defendidos por una retórica
humanista y organizó la expresión de
un "nuevo mundo" a través del teatro.
La reconquista de la dramaturgia del actor (con el
rigor y las precisiones que hemos exigido antes) es,
por lo tanto -pensamos nosotros- una condición
indispensable para la creación de una dramaturgia
nacional y latinoamericana y para la renovación
del teatro en general, para salvarlo de ese síndrome
mortal que son las repeticiones "multinacionales"
de un éxito. No se trata de cambiar los resultados
sino de una revolución en la materia del quehacer
teatral que permita los errores, los fracasos y los
tanteos que todo nuevo modo de producir sentido debe
necesariamente afrontar para expresar una nueva época
y una nueva vida.
Cuando hablamos de Dramaturgia nacional y latinoamericana
no lo hacemos, por supuesto, en nombre de ningún
nacionalismo o regionalismo. Nadie puede negar el
carácter universal de las más altas
expresiones de la literatura latinoamericana de hoy,
pero nadie puede negar su carácter latinoamericano,
su compenetración con realidades específicas
y nuevas, su relación con la vida de estos
países. Macondo puede ser el arquetipo de esta
simbiosis.
La tarea de una dramaturgia que quiera ponerse a la
altura de esa literatura no es sólo tarea de
unos escritores de teatro. Es tarea del teatro todo
y, sobre todo, es tarea de los actores porque ellos
son el teatro siempre y cuando no se dejen reducir
a la condición de virtuosos intérpretes
de concepciones que de una u otra manera les son impuestas.
Para ello es necesario pasar de la condición
de "histrión" a la condición
de actor, de la condición de intérprete
a la de creador que tiene el derecho y el deber de
intervenir (metodológicamente) en todos los
niveles y aspectos del proceso de producción
del discurso del espectáculo y en las relaciones
de éste con el público.
Sólo un proceso de producción que organice
la parrticipación creadora de los actores en
todas las etapas y niveles del discurso del espectáculo
puede ser el genotexto de textos que no sean meras
imitaciones o adaptaciones de la tradición
o la vanguardia del teatro occidental, de textos que
elaboren su lenguaje y sus personajes con las realidades
que hoy y aquí vivimos, mediante esa asimilación
de todas las influencias que solo da la madurez de
una expresión artística.
Mucha gente se preguntará (especialmente los
lectores que no están intimamente relacionados
con el quehacer teatral y a quienes va dirigido este
artículo) por qué planteamos como indispensable
la participación creadora de los actores, la
reconquista del espacio de la dramaturgia del actor,
para el desarrollo de una dramaturgia nacional y latinoamericana.
A fuerza de reiterativos debemos insistir en que el
teatro es el discurso del espectáculo en el
momento mismo en que el teatro es el discurso del
espectáculo en el momento mismo en que se relaciona
con el público y los creadores de ese discurso
son fundamentalmente los actores. El rol de la dirección
no es otro que el de crear las condiciones propicias
a esa creación, condiciones objetivas, es decir
metodológicas y subjetivas, es decir estimulantes
e incitadoras y el de estar atento a la totalidad,
a la organicidad de la estructura, la cual escapa
al actor por razón de su inmersión en
la continuidad. En la elaboración del discurso
de montaje, como en la de todo discurso, hay dos ejes:
el de selección o substitución, llamado
paradigmático y el de continuidad, llamado
sintagmático,11. Normalmente, en
la división del trabajo de puesta en escena,
el paradigmático es el eje del director y el
sintagmático el de los actores, de allí
que la contradicción entre los dos ejes se
convierta en contradicción dialéctica
entre improvisación y dirección.
Admitimos que esto en teoría aparece relativamente
sencillo pero en la práctica (además
de requerir condiciones especiales de trabajo) es
azaroso y extremadamente complejo como, por otra parte,
ocurre con cualquier empeño de transformación
de sentido.
Las experiencias (artísticas y de vida) de
los actores, su imaginación creadora, sus relaciones
con el texto, con los personajes, con el espacio y
el tiempo, la música, la gestualidad, etc.
son indispensables para renovar el teatro no sólo
aquí, sino en cualquier parte.
Cali, Junio 1985.
1. "Lécole du espectateur",
Anne Ubersfeld -(Lire le theatre 2), Editions Sociales,
París, 1981.
2. Ferrugio Rossi -Landi y otros.
3. Ob. cit.
4. "La improvisación en la Commedia dell'Arte:
testimonios", artículo de Ferdinando Taviani
aparecido en "Quehacer teatral 2".
5. Ob. cit.
6. Ob. cit.
7. "L'esprit de la Commedia dell'Arte dans le
theatre francais" de Gustave Attinger, París,
1930.
8. Sobre sustancia del contenido y de la expresión,
ver L. Hjelmslev. "Prolegómenos a una
teoría del Lenguaje". Biblioteca Romántica
hispánica, 1960.
9. Attinger, ob. cit.
10. Gherardi, citado por Taviani, artículo
citado.
11. Román Jakobson, "Essais de linguistique
generale", Editions de Minuit, París,
1963.